La ley del rock Capítulo 16 - Nada #4
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Capítulo 16 - Nada #4

Marc · Para que supieras que había sobrevivido

Sonreí.

Estaba profundamente preocupada   · Yo

Marc · Lo sé

Dos lágrimas   · Yo

Quizá tres

Marc · Dramática

Duerme greñudo   · Yo

Marc · Sí mamá

Dejé el móvil. Me levanté. Fui a preparar café. El teléfono vibró otra vez.

Marc · Martes a las 11?

Sí   · Yo

Marc · Puntual

No abuses de los milagros   · Yo

Marc · 11 Jenn

Bonanit   · Yo

Marc · Son las 8 y media

Tú vas a dormir   · Yo

Para ti es bonanit

Tardó unos segundos.

Marc · Bonanit entonces

Sonreí. Dejé el móvil boca abajo. Preparé el café.

Y no pensé absolutamente nada raro en que Marc me hubiera escrito al terminar su turno.

Ni en que yo supiera cuándo dormía. Ni en que él supiera cuándo trabajaba yo.

Ni en que el martes a las once ya estuviera reservado sin que ninguno de los dos hubiera tenido que comprobar demasiado.

Era una rutina. Eso era todo. Una que había aparecido sin pedir permiso.

Como tantas otras. Y mientras no la mirara demasiado de cerca, tampoco había ninguna razón para preguntarse por qué me gustaba tanto.

***

El martes, después de practicar, acabamos en un bar.

No sé muy bien cómo. Marc dijo que necesitaba una cerveza.

Yo dije que necesitaba recuperar la dignidad después de haber fallado el mismo cambio de acorde seis veces.

Él dijo que para eso una cerveza no iba a ser suficiente.

Le dije que se fuera a la mierda. Y diez minutos después estábamos sentados en una mesa pequeña junto a la ventana, con dos botellas delante y Raven guardada en el coche.

—Has mejorado —dijo Marc.

—No me hables como a una niña de cinco años que acaba de colorear sin salirse.

—No iba a hacerlo.

—Bien.

—Has coloreado casi sin salirte.

Le enseñé el dedo corazón.

—Eso sí te sale perfecto.

—Años de práctica.

Marc sonrió y bebió. Yo cogí la servilleta que había debajo de mi botella porque estaba mojada por un lado. Había un bolígrafo sobre la mesa, de esos que llevan el nombre del bar impreso y desaparecen misteriosamente en bolsillos ajenos. Lo cogí.

—¿Qué haces?

—Nada.

—Eso nunca es verdad.

Empecé a dibujar. Cuatro patas. Un cuerpo. Un cuello exageradamente largo.

Marc inclinó la cabeza.

—¿Eso qué coño es?

—Una jirafa.

—No.

Levanté la vista.

—¿Cómo que no?

—Eso no es una jirafa.

—Tiene cuello largo.

—También una lámpara.

—Pues dibuja tú algo, Picasso.

Marc me quitó el bolígrafo. Giró la servilleta un poco y empezó a dibujar al lado de mi jirafa. Dos alas. Pico. Patas.

—Un pollo —dije.

—Un halcón.

—Eso es un pollo enfadado.

—Es un halcón.

—Tiene cara de deber dinero.

—Los halcones no deben dinero.

—Ese sí.

Marc dejó el bolígrafo.

—Tu jirafa parece una llave inglesa.

—Mi jirafa tiene personalidad.

—Mi halcón también.

—Tu halcón necesita terapia.

—Tu jirafa necesita un veterinario.

Me reí. Miré los dos dibujos. Eran horribles. Muchísimo. Y no sé por qué aquello me hizo gracia otra vez.

—Espera.

Cogí el bolígrafo. Dibujé algo atravesando el cuerpo de la jirafa.

Marc frunció el ceño.

—¿Qué le has puesto?

—Una Stratocaster.

—Eso parece una pala.

—Es una guitarra.

—No.

—Sí.

—Jenn, tiene un mástil de dos centímetros y el cuerpo parece una patata.

—Es perspectiva.

—Es un delito.

—Le queda bien.

Marc miró la servilleta. Después me miró a mí.

—A una jirafa no le queda bien una Stratocaster.

—¿Perdona?

—No puede tocarla.

—¿Y tu halcón sí?

—Mejor que la jirafa.

—No tiene manos.

—La jirafa tampoco.

—Tiene pezuñas.

—Exactamente.

—Puede aprender.

—No.

—Tú dijiste que cualquiera podía aprender.

Marc abrió la boca. La cerró.

—No utilices mis enseñanzas contra mí.

—Ley del rock.

—Eso no es la ley del rock.

—Acaba de serlo.

Marc me quitó otra vez el bolígrafo y dibujó una guitarra diminuta sobre el halcón.

—Mira.

—Eso está peor.

—Le queda mejor.

—Ni de coña.

—Es un halcón. Tiene actitud.

—Mi jirafa mide cinco metros. Tiene presencia escénica.

—No puede agachar el cuello para mirar el mástil.

—No necesita mirar.

—Claro.

—Toca de oído.

Marc soltó una carcajada.

—No sabes ni tú tocar de oído.

—Pero mi jirafa sí.

—Tu jirafa no existe.

—Tu halcón tampoco.

—Los halcones existen.

—No ese. Ese tiene antecedentes.

Marc se rio otra vez. Bajó la cabeza. El pelo le cayó hacia delante y tuvo que apartárselo con una mano. Yo seguí mirando la servilleta. Añadí unas gafas de sol a la jirafa.

—Ahora sí.

—Ahora parece gilipollas.

—Rockstar.

—Gilipollas.

—Envidia.

Marc dibujó unas gafas al halcón.

—Copión.

—Coherencia de banda.

—No están en la misma banda.

—Claro que sí.

—Se odian.

—Eso no impide estar en una banda.

Me quedé mirándolo.

—Buen argumento.

—Gracias.

Durante los siguientes diez minutos discutimos sobre algo que no tenía absolutamente ninguna importancia.

Si la jirafa necesitaba correa. Si el halcón podía usar una púa.

Si una Stratocaster Fiesta Red quedaba mejor con plumas que una negra con manchas.

Marc defendió que el halcón tenía ventaja aerodinámica.

Yo señalé que nadie tocaba la guitarra volando.

Él dijo que yo no podía saberlo. Yo dije que, si alguna vez veía un halcón tocando una Stratocaster en el aire, le pagaría una cerveza.

—Dos —dijo.

—Una.

—Tres.

—Acabas de empeorar tu negociación.

Marc sonrió.

—Una.

—Trato.

Chocamos las botellas.

Y ya. Eso fue todo. Dos adultos sentados en un bar discutiendo durante demasiado tiempo sobre qué animal llevaría mejor una puta Stratocaster.

No hablamos de Carlos. Ni de nosotros. Ni de nada que tuviera que significar algo.

Cuando nos levantamos dejé la servilleta sobre la mesa, debajo de mi botella vacía.

—Vamos —dije.

Marc miró un segundo hacia la mesa.

—Sí.

Salimos.

Carlos volvió a intentarlo el miércoles. No con un cóctel. Peor. Una cena.

—No.

—Todavía no te he dicho dónde.

—No.

—Jenn.

—Carlos.

Estábamos en su coche. Yo había salido de trabajar hacía diez minutos y él había aparecido delante de SUINVAL como si aquello empezara a formar parte de su ruta habitual. Probablemente ya lo era.

—Es una cena pequeña —dijo.