La ley del rock Capítulo 16 - Nada #2
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Capítulo 16 - Nada #2

El hombre pasó junto a nosotros. Me miró. Sonrió.

—Encantado.

—Igualmente.

Cogió una caja. Antes de salir volvió a mirar a Adrián.

—Bonito sofá.

La puerta se cerró.

Silencio.

Miré a Adrián. Adrián me miró. Aguantamos dos segundos. Tres. Me eché a reír. Él detrás.

—Bonito sofá —repetí.

—Cállate.

—Creo que piensa que follamos.

—Claramente piensa que follamos.

—Qué romántico.

—Precioso.

—Podrías haberle dicho que no.

Adrián me miró.

—Tú estabas debajo de mí diciéndome que nunca te habías fijado en mis ojos.

Empecé a reírme otra vez.

—Era el momento perfecto.

—Eres gilipollas.

—Pero me quieres.

Adrián señaló a Raven.

—Coge tu guitarra y vete.

—Me quieres.

—Fuera.

—Y me has regalado cuerdas.

—Me estoy arrepintiendo.

Cogí Raven.

—Mentira.

Adrián sonrió.

—Sí.

Me colgué la funda. Antes de salir me acerqué otra vez. Esta vez no lo abracé. Solo le di un beso rápido en la mejilla.

—Gracias.

Adrián negó con la cabeza. Pero sonreía.

—No es por las cuerdas —añadí.

—Ya lo sé.

Salí. Y durante todo el camino a casa seguí riéndome cada vez que me acordaba de la cara de aquel hombre. Bonito sofá. Gilipollas.

Marc escribió dos días después.

Marc · ¿Trabajas mañana?

Solo por la tarde   · Yo

Marc · Ven antes

Buenos días a ti también   · Yo

Marc · Buenos días

Ven antes

Qué modales   · Yo

Marc · Gracias

Para qué   · Yo

Marc · Raven

Miré la guitarra apoyada junto al escritorio.

Tiene cuerdas nuevas   · Yo

Marc · Ya lo sé

Cómo lo sabes   · Yo

Marc · Adrián

Ese hombre no sabe guardar secretos   · Yo

Marc · No era un secreto

Para mí sí   · Yo

Marc · ¿Vienes?

Pensé en el horario. Entraba a las dos.

Un rato   · Yo

Marc · Vale

UN RATO   · Yo

Marc · Sí

No pongas café porque luego me tengo que ir   · Yo

Marc · No iba a poner café

Pues ahora quiero café   · Yo

Marc · Pesada

Con leche de avena   · Yo

Marc · Ya tengo

Me quedé mirando el mensaje.

Por qué tienes leche de avena   · Yo

Marc · Porque vienes a mi casa

Ah. Escribí. Borré. Volví a escribir.

Qué considerado   · Yo

Marc · A veces

No te acostumbres   · Yo

Marc · Ven a las 11

Mandón   · Yo

Marc · A las 11, Jenn

Maybe   · Yo

Marc · A las 11

Llegué a las once y siete. Por principios. Marc abrió la puerta.

—Siete minutos.

—Buenos días.

—Son casi las once y diez.

—Qué exagerado.

—Once y siete.

—Entonces no son casi las once y diez.

Marc se apartó.

—Pasa.

Entré con Raven a la espalda.

—Además, he venido.

—Eso veo.

—Podrías estar agradecido.

—Estoy emocionadísimo.

—Se te nota.

Dejé la funda junto al sofá. Marc iba descalzo. No era importante. No sé por qué me fijé.

—Café —dije.

—Hola, Marc. Qué alegría verte.

—Ya te he saludado en la puerta.

—No.

—He dicho buenos días.

—Eso no es saludarme a mí.

Lo miré.

—Buenos días, Marc.

—Buenos días, Jenn.

—Café.

Negó con la cabeza.

—Qué encanto de mujer.

—Gracias.

Fui detrás de él hasta la cocina. Ya sabía dónde estaban las cosas. Eso era raro. No raro de verdad. Solo... Raro.

Marc abrió un armario.

—¿ColaCao también?

—¿Tienes?

Sacó el bote. Lo miré. Después lo miré a él.

—No me jodas.

—Qué.

—Tienes ColaCao.

—Sí.

—Tú no tomas ColaCao.

—No.

—Y leche de avena.

—Sí.

—Que tampoco tomas.

—No.

Me apoyé en la encimera.

—¿Has montado una despensa para mí?

Marc soltó una risa.

—Son dos cosas.

—Dos cosas que no consumes.

—Dramática.

—Organizado.

—Eso también.

Preparó el café.

—¿Fuerte?

—Mucho.

—Ya lo sé.

Lo dijo sin mirarme. Me callé. Otra vez aquella sensación pequeña. La de encontrar cosas mías en sitios donde yo no vivía. Carlos sabía mi desayuno. Marc tenía mi leche. No significaba nada. La gente aprendía cosas de la gente. Fin.

Cogí la taza cuando me la tendió.

—Gracias.

—De nada.

Volvimos al salón. Marc abrió la funda de Raven.

—A ver qué ha hecho Adrián.

—Habla con respeto.

—Todavía no he dicho nada.

—Pero lo estabas pensando.

—¿Ahora lees mentes?

—La tuya es sencilla.

—Claro.

Cogió Raven. Tocó un par de notas. Después otras.

—Mejor.

Sonreí.

—¿A que sí?

—Mucho.

—Me las ha regalado.

—Ya lo sé.

—Chivato.

—¿Adrián?

—Sí.

—Me escribió para decirme cuáles había puesto.

—Ah.

Marc volvió a tocar.

—Buenas.

—Eso dijo.

—Te van bien.

—Eso también dijo.

Marc levantó la vista.

—Entonces ¿para qué he venido?

—Porque yo explico mejor.

Solté una carcajada.

—Qué humilde.

—También.

Dejó Raven sobre sus piernas.

—Ven.

Me senté a su lado.

—Quiero que hagas lo del otro día.

—Qué específico.

—Lo que te salía mal.

—Mucho más específico.

—El cambio.

—Ah.

Cogí Raven. Empecé. Mal. Paré.

—Otra vez —dijo.

Lo hice. Mal.

—Otra.

—Marc.

—Qué.

—Estoy haciéndolo.

—Mal.

Lo miré.

—Qué motivador eres.

—Si quieres te miento.

—Un poco.

—Ha sido precioso.

—Gracias.

—Otra vez.

—Gilipollas.

Volví a empezar. Esta vez salió algo mejor. Marc señaló mi mano.

—Ahí.

—Qué.

—Te tensas antes de cambiar.

—Porque sé que voy a fallar.

—Y fallas porque te tensas.

—Fantástico.

—Relaja.

—Estoy relajada.

Marc me miró.

—Tienes la mano como si estuvieras estrangulando a alguien.

Aflojé los dedos.

—Mejor.

—¿Ves?

—Sí.

—Otra.

Resoplé. Volví a hacerlo. Marc se levantó.

—Espera.

Fue hacia una estantería. Yo seguí practicando. Una vez. Otra. Otra. A la cuarta me salió.

—¡Eh!

Marc se giró.

—Otra vez.

—¿No puedes dejarme disfrutar cinco segundos?

—No.

—Qué asco das.

Sonrió. Volví a colocar los dedos. Entonces vi algo detrás de él. Paré.

En uno de los estantes había varios libros tumbados. Encima de uno de ellos, perfectamente cerrada formando un círculo pequeño, estaba la pulsera. Mi pulsera. Bueno. Su pulsera. La chapa del festival quedaba justo arriba. Visible.

Me levanté.

—Hijo de puta.

Marc miró hacia mí.

—Qué.

Señalé. Siguió mi dedo.

—Ah.

—La tienes ahí.

—Sí.

Me acerqué a la estantería.

—La has cerrado.

—Sí.

—Perfectamente.

—No sabía que hubiera diferentes grados de cerrar una pulsera.

—Cállate.

La miré de cerca. No la toqué.

—Pensaba que la tendrías metida en un cajón.

—¿Por qué?

—No sé.

Marc se apoyó junto a la estantería.

—Me dijiste que no la perdiera.

Lo miré.

—Y no la has perdido.

—No.

—Todavía.

—Jenn.

—Qué.

—Lleva ahí un tiempo ya.

Sonreí.

—Bien.

—¿He aprobado?

—De momento.

—Qué alivio.

Volví a mirar la pulsera. Seguía pareciéndome gracioso verla allí. Entre sus cosas.

—Mi pulsera.

—Mi pulsera.

—La llevé yo primero.

—Y ahora es mía.

—Porque te la regalé.

—Exacto.

—Podría recuperarla.

Marc levantó una ceja.

—Inténtalo.

Alargué la mano. Él puso la suya delante.

—Eh.

—Has dicho que lo intentara.

—No que te dejara.

Intenté pasar por un lado. Movió la mano. Por el otro. Otra vez.

—Marc.

—Jenn.

—Dámela.

—No.

—Ni siquiera puedes ponértela.

—Me da igual.

—Entonces no la necesitas.

—Tampoco necesito la mitad de las cosas que tengo.

—Argumento de mierda.

—Sigue siendo mía.

Me rendí.

—Vale.

—Vale.

Di un paso atrás.

—Pero como la pierdas...

—No la voy a perder.

—Eso dijiste.

—No. Lo dijiste tú.

—Pues eso.

Marc negó con la cabeza. Volví al sofá. Cogí Raven.

—Otra vez —dijo.

—Ya voy.

Empecé. Me equivoqué.

—No anticipes.

—No anticipo.

—Sí.

—No.

—Jenn.

—Marc.

Se sentó enfrente de mí.

—Mira.

Cogió su guitarra. Colocó los dedos. Empezó a explicarme el movimiento.

Lo estaba escuchando. De verdad. Hasta que un mechón de pelo le cayó hacia delante.

Marc siguió hablando. Dejó de tocar un momento.

Levantó una mano. Y se echó el pelo hacia atrás.

Todo. Desde la frente hasta detrás de las orejas.

Despacio. Sin pensar. Un gesto de mierda.

Normal. Lo había visto hacerlo más veces. Seguramente.

Marc volvió a coger la guitarra.

—Y entonces entras aquí.

Silencio.

Levantó la vista.

—¿Jenn?

Parpadeé.

—Qué.

—¿Me estás escuchando?

—Sí.

—¿Qué he dicho?

Abrí la boca. Nada. Marc esperó.

—Lo de...

Hice un gesto hacia la guitarra.

—Eso.

—Eso qué.

—Los dedos.

Entrecerró los ojos.

—No estaba hablando de los dedos.

Mierda.

—Pues de la mano.

—Tampoco.

—Marc, hay muchas partes implicadas.

Empezó a sonreír.

—No estabas escuchando.

—Sí estaba escuchando.

—No tienes ni puta idea de lo que he dicho.

—Estaba procesándolo.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Internamente.

—Ah.

—Sí.

—Vale.

Volvió a mirar la guitarra. Yo lo miré. Un segundo. Solo uno. El pelo había vuelto a caerle un poco a los lados de la cara. Aparté la vista. Era guapo. Ya está. Eso tampoco era una revelación. Tenía ojos. Lo sabía desde julio. No hacía falta convocar una comisión de investigación.

—Otra vez —dije.

Marc levantó la cabeza.

—¿Seguro que estás preparada?

—Toca.

—Miedo me das.

—Marc.

—Voy.

Empezó otra vez. Esta vez lo escuché. Todo. Absolutamente todo. Incluso demasiado. Cuando terminó, cogí a Raven.

—Vale.

—Ahora tú.

Lo intenté. Me salió. Marc sonrió.

—Eso.

Lo miré.

—¿Eso?

—Eso.

—¿Bien?

—Bien.

Sonreí.

—Hostia.

—No te emociones.

—Déjame vivir.

—Otra vez.

—Qué pesado eres.

Volví a tocar. Me salió otra vez. Y otra. A la cuarta fallé.

—Mierda.

—Normal.

—Estaba yendo bien.

—Y seguirá yendo bien.

—He fallado.

Marc se encogió de hombros.

—¿Y?

Lo miré.

—¿Y?

—Llevas dos meses tocando.

—Ya.

—Jenn, vas bien.

Lo dijo como si fuera evidente. Sin animarme por animarme. Sin exagerar. Solo como un hecho. Bajé la vista hacia Raven.

—Quiero aprender de verdad.

—Ya estás aprendiendo de verdad.

—Ya sabes lo que quiero decir.

—Sí.

Marc dejó su guitarra a un lado.

—Y vas a hacerlo.

Levanté la vista.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque sigues viniendo.

Sonreí.

—También vengo por el café.

—Claro.

—Y la leche de avena.

—Importantísima.

—Mucho.

—Y el ColaCao.

—Fundamental.

Marc sonrió. Miré el reloj.

—Mierda.

—Qué.

—Me tengo que ir.

—¿Ya?

Me levanté.

—Trabajo.

—Ah.

Guardé Raven. Marc se levantó también. Me colgué la funda. Antes de salir volví a mirar la estantería. La pulsera seguía allí. Perfectamente cerrada. Marc siguió mi mirada.

—No la voy a perder.

—Más te vale.

—Pesada.

—Greñudo.

Abrió la puerta. Salí.

—Jenn.

Me giré.

—Qué.

Marc se llevó una mano al pelo y volvió a apartárselo de la cara. Otra vez. Mi cerebro decidió registrar el gesto con una precisión completamente innecesaria.

—El domingo estoy de tarde —dijo—. Si quieres venir por la mañana, seguimos.

Tardé un segundo. Uno.

—Vale.

Marc sonrió.

—¿Vale?

—Sí.

—Sin maybe.

—No abuses.

—Domingo.

—Domingo.