Capítulo 16 - Nada
Nada
Septiembre empezó con Carlos intentando llevarme a un cóctel. No era una metáfora. Un cóctel. Con gente. Importante, según él .
—No.
Carlos levantó la vista del móvil.
—¿No qué?
—No voy.
—Ni siquiera te he dicho cuándo es.
—No importa.
—El viernes.
—El viernes no voy.
—Jenn.
—Carlos.
Estábamos en mi cocina. Él apoyado contra la encimera. Yo preparando café. Había llegado hacía veinte minutos con una bolsa de una cafetería y mi desayuno dentro. Todo. No «algo que pensó que me gustaría». Mi desayuno. El cabrón ya sabía perfectamente qué compraba.
—Es una copa —dijo.
—Has dicho cóctel.
—Es lo mismo.
—No.
—¿Qué diferencia hay?
—La gente que dice cóctel lleva zapatos que cuestan más que mi coche.
Carlos sonrió.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Para mí sí.
Cogí la leche de avena.
—Además, ¿qué hago yo allí?
—Estar conmigo.
—Puedes estar conmigo aquí.
—Ya estoy aquí.
—Pues problema resuelto.
—Jenn.
—No quiero ir.
Esta vez lo dije sin bromear. Carlos se calló. Seguí preparando el café.
—Vale.
Lo miré.
—¿Vale?
—Sí.
—¿No vas a intentar convencerme?
—Ya has dicho que no quieres ir.
Ah.
—Bien.
—Bien.
Eché ColaCao. Carlos observó la taza.
—Sigo sin acostumbrarme a eso.
—Y sin embargo sigues comprándolo.
—Porque tú lo tomas.
—Eso demuestra que eres capaz de evolucionar.
—Gracias.
—De nada.
Bebí. Carlos cogió una de las tostadas de mi plato. Le di en la mano.
—Eso es mío.
—Lo he comprado yo.
—Y me lo has dado.
—No recuerdo haber formalizado la cesión.
—Soy pobre. Tengo derechos.
—No funciona así.
—En mi casa sí.
Cogió la tostada igualmente. Lo odié durante aproximadamente cuatro segundos. Después me besó. Lo odié un poco menos.
No fue solo el cóctel. Dos días después fue una cena.
—No.
—Otra vez no.
—Otra vez sí.
—Ni siquiera sabes con quién.
—Has dicho «unos clientes».
—Y dos compañeros.
—Peor.
—¿Por qué peor?
—Porque los clientes al menos tendrán obligación contractual de aguantarte.
Carlos soltó una risa.
—No tienes que hacer nada.
—Precisamente.
—Vienes, cenas, hablamos...
—¿De qué?
—De cosas.
—Carlos, soy capaz de hablar de cosas sin mantel de tela.
—Lo sé.
—Pues llévame a comer una hamburguesa.
—También.
—Eso sí.
Me miró.
—Pero a la cena no.
—No.
Esta vez tardó un poco más en responder.
—Vale.
Y volvió a decirlo. Vale. No discutía. No se enfadaba.
No intentaba hacerme sentir mal. Y quizá habría sido más fácil si lo hubiera hecho.
Porque Carlos no estaba haciendo nada malo.
Quería que conociera gente de su vida. Quería llevarme a sitios a los que él iba.
Quería incluirme. Ese era precisamente el problema.
Yo no sabía si quería que me incluyera tanto.
Impresentables
Adrián · Trae a Raven mañana
Por? · Yo
Adrián · Las cuerdas
Qué les pasa · Yo
Adrián · Que son una mierda
PObrE · Yo
Adrián · La guitarra o las cuerdas?
Raven · Yo
No tiene culpa
Adrián · Mañana
Trabajo · Yo
Adrián · Después
Mandón · Yo
Adrián · Sí
Vale mamá · Yo
Adrián · Y no compres cuerdas
Por qué · Yo
Adrián · Porque ya tengo
Te las pago · Yo
Adrián · No
Adrián · Yo
Adrián · Jenn
TE LAS PAGO · Yo
Adrián · Mañana hablamos
Eso significa que vas a intentar no cobrarme · Yo
Adrián · Hasta mañana ❤️
HIJO DE PUTA · Yo
No respondió. Perfecto.
El taller de Adrián estaba casi vacío cuando llegué.
Taller. Estudio. Trastienda. Nunca había sabido exactamente cómo llamarlo.
Había guitarras. Amplificadores. Cables.
Herramientas. Una mesa que parecía llevar años acumulando objetos sin llegar nunca a colapsar.
Un sofá al fondo. Y suficiente desorden como para que encontrar cualquier cosa allí me pareciera un acto de fe.
Adrián levantó la cabeza cuando entré.
—Llegas tarde.
Miré la hora.
—Cuatro minutos.
—Tarde.
—Me voy.
—Dame a Raven.
—Ni hola.
—Hola. Dame a Raven.
Le tendí la funda.
—Trátala bien.
—Sé tratar una guitarra.
—No sé.
—Jenn.
—Qué.
—Dámela.
—Ya la tienes.
—Entonces cállate.
Sonreí. Adrián sacó Raven y la dejó con cuidado sobre la mesa.
—A ver.
Me acerqué. Tocó una cuerda. Después otra.
—Sí.
—Qué.
—Basura.
—No insultes a mi hija.
—Estoy insultando a las cuerdas de tu hija.
—Delante de ella.
—Que vaya aprendiendo cómo es el mundo.
—Qué cruel eres.
Adrián abrió un cajón. Sacó un paquete. Lo miré.
—Esas son las buenas.
—Sí.
—¿Cuánto cuestan?
—Nada.
—Adrián.
—Qué.
—Precio.
—Cero.
—Precio real.
—Para ti, cero.
Entrecerré los ojos.
—No.
—Sí.
—Te las pago.
—No.
—No quiero que me regales las cuerdas.
—Pues qué pena.
—Adrián.
—Jenn.
—No hagas eso.
—Lo has hecho tú primero.
Dejó el paquete sobre la mesa.
—Además, te dije que no compraras.
—Porque eres un manipulador.
—Exacto.
—Te voy a dejar el dinero escondido.
—Y yo te lo voy a meter en el bolso.
—No sabes cuánto llevo.
—No necesito saberlo.
—Puedo esconderlo bien.
—Vas a tardar cinco minutos en encontrar un sitio que yo llevo años viendo todos los días.
Pensé.
—Buen punto.
—Gracias.
—No era un cumplido.
Sonrió.
—Siéntate y aprende algo.
—Qué carácter.
Me senté. Y durante un rato dejé de discutir.
Adrián quitó las cuerdas viejas mientras me explicaba lo que hacía.
No como si yo fuera idiota. Tampoco como si supiera más de lo que sabía.
Me enseñó a limpiar lo que normalmente quedaba debajo de las cuerdas, me explicó un par de cosas sobre la tensión y me hizo acercarme cuando empezó a poner las nuevas.
—Algún día lo harás tú.
—No.
—Sí.
—Para eso te tengo.
—No soy tu servicio técnico.
—Ahora mismo literalmente lo eres.
—Y gratis.
—Porque no me dejas pagarte.
—Exacto.
—Entonces no protestes.
Adrián negó con la cabeza.
—No sé para qué te recogimos.
—Porque soy encantadora.
—Claro.
—Y pequeñita.
—Eso sí.
—Hijo de puta.
Se rio. Tardó bastante menos de lo que habría tardado yo. Probablemente porque yo habría pasado cuarenta minutos mirando un tutorial, otros veinte dudando si estaba girando algo hacia el lado correcto y finalmente habría llamado a Adrián. Cuando terminó, me tendió Raven.
—Prueba.
La cogí. Toqué un acorde. Paré. Volví a hacerlo.
—Hostia.
Adrián sonrió.
—¿Qué?
—Se nota.
—Claro que se nota.
Toqué otra vez.
—Mucho.
—Te lo dije.
—Ya.
—Pero tú no me haces caso.
—Eso no es verdad.
Me miró.
—Vale. A veces.
—Gracias.
Volví a mirar Raven. Las cuerdas nuevas brillaban. Pasé los dedos sobre ellas sin tocar.
—¿Cuánto?
Adrián suspiró.
—Otra vez.
—Sí.
—Nada.
—Pero...
—Jenn.
Levanté la vista. Ya no estaba sonriendo. No serio. Solo tranquilo.
—Déjame regalarte unas putas cuerdas.
Me callé. Miré la guitarra. Después a él.
Y de repente pensé en una carretera. En un Clio muerto.
En una furgoneta. En cuatro desconocidos.
En aquel hombre acercándose conmigo a un coche que no arrancaba mientras yo todavía intentaba decidir si acababa de cometer el error más estúpido de mi vida subiéndose con ellos.
Dos meses. Solo habían pasado dos meses.
Dejé Raven con cuidado en un soporte libre. Adrián me miró.
—¿Qué haces?
No contesté. Me acerqué y lo abracé. Fuerte. Lo pillé desprevenido. Noté cómo tardaba un instante. Después sus brazos me rodearon.
—Gracias.
—Que son unas cuerdas, idiota.
Negué contra su pecho.
—No es por las cuerdas.
Adrián se quedó quieto. Solo un momento. Después me apretó un poco más.
—Ya.
Eso fue todo. No necesitaba explicárselo. Me separé lo suficiente para mirarlo.
—Te quiero mucho, gilipollas.
Sonrió.
—Yo también te quiero, enana.
—Lo de enana sobraba.
—No.
Me dio un beso en la frente. Sonreí. Le planté uno en la mejilla.
—Gracias.
—Pesada.
—Mandón.
—Paga las cuerdas.
Abrí mucho los ojos.
—¿AHORA?
Adrián empezó a reírse. Le di un empujón.
—¡Hijo de puta!
—Era broma.
—Pues toma.
Volví a empujarlo.
—Para.
—No.
—Jenn.
—Qué.
Intentó agarrarme las muñecas. Me aparté riéndome.
—No me toques.
—¡Eres tú la que me está pegando!
—No te estoy pegando.
—¿Esto qué es?
Le di otro empujón.
—Cariño.
—Ah, vale.
Intentó devolvérmelo. Me aparté. Adrián dio un paso detrás de mí. Y pisó un cable. Lo vi. Él también. Demasiado tarde.
—Hostia.
Me agarró por puro reflejo.
—¡ADRIÁN!
El mundo se movió. Yo fui hacia atrás. Él vino conmigo. Y un segundo después caí de espaldas sobre el sofá con Adrián prácticamente encima.
Silencio.
Parpadeé. Él también.
—Au.
—¿Te he hecho daño?
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
Adrián tenía una mano apoyada junto a mi cabeza y la otra todavía alrededor de mi cintura. Una de mis piernas había quedado atrapada debajo de la suya. Lo miré.
—Uy, Adrián...
Entrecerró los ojos.
—Ni se te ocurra.
Me mordí el labio para no reírme.
—Ahora que te veo de cerca...
—Jenn.
—Nunca me había fijado en tus ojos.
—Te tiro al suelo.
—Ya estoy en un sofá.
—Pues al suelo desde aquí.
Me eché a reír. Adrián intentó incorporarse.
—Espera.
—Qué.
—Mi pierna.
—¿Qué le pasa?
—Que estás encima.
—Pues sácala.
—Gracias. No se me había ocurrido.
—De nada.
Movió la rodilla. Yo intenté sacar la pierna. Él perdió otra vez el equilibrio.
—¡No!
Cayó de nuevo.
—¡JODER!
—¡Deja de moverte!
—¡ESTOY INTENTANDO QUITARME!
—¡PUES LO HACES FATAL!
Y entonces se abrió la puerta. Los dos nos quedamos quietos. Muy quietos. Adrián giró lentamente la cabeza. Yo miré por encima de su hombro. Había un hombre en la entrada. No lo conocía. Él nos miró. A Adrián. A mí. Otra vez a Adrián.
Silencio.
—Ah.
Adrián cerró los ojos.
—No.
El hombre levantó una mano.
—Yo no he dicho nada.
—Pero lo has pensado.
—Tampoco he dicho que no.
Me tapé la cara con una mano.
—Por favor.
—Puedo volver luego —dijo el hombre.
—¡NO! —dijimos los dos.
El hombre levantó las cejas. Adrián volvió a intentar incorporarse.
—Espera —dije.
—¿Otra vez qué?
—Mi pelo.
—¿Dónde?
—Debajo de tu mano.
—Joder.
Movió la mano.
—¿Ahora?
—Sí.
Consiguió levantarse. Por fin. Me tendió una mano. La cogí. Cuando estuve de pie me coloqué la camiseta y miré al hombre. Seguía allí. Sonriendo.
—Ha tropezado —dije.
—Claro.
—De verdad.
—No tienes que explicarme nada.
—No estoy explicando nada.
—Perfecto.
Adrián señaló hacia dentro.
—¿Qué querías?
—Venía a por el pedal.
—Está ahí.
—Vale.