La ley del rock Capítulo 15 - Sin nombre #3
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Capítulo 15 - Sin nombre #3

Adrián · Dos tipos de persona

Gabriel · Ya tienes guitarras

Eso no significa nada   · Yo

Gabriel · No ayudes

Estoy ayudando   · Yo

Carlos · Cuánto cuesta

Adrián · Eso es irrelevante

Gabriel · JAJAJAJA

Marc · Cuánto

Adrián · No quiero hablar de dinero

CÓMPRALA   · Yo

Gabriel · JENN

QUÉ   · Yo

Gabriel · Eres una influencia de mierda

Gracias ❤ ️    · Yo

Marc · No la compres

Adrián · TÚ TAMBIÉN?

Marc · Por ese precio no

Traidor   · Yo

Marc · Tú cállate que llevas dos meses tocando

Me incorporé en el sofá.

Y?   · Yo

Marc · Que no tienes criterio

Tengo ojos   · Yo

Marc · Eso no es criterio

Es negra   · Yo

Marc · Argumento impecable

Gracias   · Yo

Marc · No era un cumplido

Lo acepto igualmente   · Yo

Carlos · Eso me suena

Sonreí.

Estoy rodeada de gente que no sabe reconocer mis virtudes   · Yo

Adrián · YO SÍ

Gracias Adri   · Yo

Gabriel · Porque quiere que le digas que la compre

Adrián · Cállate

Dejé el móvil sobre el pecho.

Volvió a vibrar.

Marc.

Esta vez fuera del grupo.

Marc · No le digas que la compre

Por qué no   · Yo

Marc · Porque mañana se arrepiente

Pero hoy será feliz   · Yo

Marc · Eres peligrosa

Muchísimo   · Yo

Marc · Ya

Miré aquel «ya».

Sonreí.

Además es bonita   · Yo

Marc · No he dicho que no

VES   · Yo

Marc · He dicho que es cara

El dinero vuelve   · Yo

Marc · Eso es lo que dice la gente antes de quedarse sin dinero

Qué negativo eres   · Yo

Marc · Realista

Gabriel 2   · Yo

Marc · Retira eso

Me reí.

Buenas noches Gabriel   · Yo

Marc · Que te den

Yo también te quiero ❤ ️    · Yo

Guardé el móvil.

No pensé en aquella conversación más de cinco minutos.

Quizá diez.

El último viernes de agosto acabamos en casa de Adrián.

No había ningún motivo especial.

Era viernes.

Parecía suficiente.

Cuando llegué, Gabriel ya estaba allí. Carlos también. Marc no.

—¿Dónde está el vecino? —pregunté mientras dejaba el bolso.

Adrián me miró.

—Buenas tardes a ti también.

—Buenas tardes. ¿Dónde está el vecino?

—Trabajando.

—Ah.

—Qué decepción.

—Devastada.

Carlos, sentado en el sofá, estiró una mano hacia mí.

Fui hasta él.

Me agarró de la cintura y tiró lo justo para hacerme caer a su lado.

—Hola.

—Hola.

Me besó.

Corto. Fácil. Familiar.

—¿Has cenado? —preguntó.

—No.

Adrián levantó la voz desde la cocina.

—¡PEDIMOS PIZZA!

—Pues ya está.

—Qué eficiente.

Carlos dejó la mano sobre mi pierna.

Gabriel apareció con cuatro cervezas. Cogí una.

—Gracias.

—Esa era la mía.

Miré las otras tres.

—Qué mala suerte.

—Acabo de traerlas yo.

—Y has hecho un trabajo excelente.

Gabriel negó con la cabeza.

—Cada día me caes peor.

—Mentira.

—Sí.

Adrián volvió.

—Marc ha dicho que viene luego.

—Claro, sale a las diez.

Carlos me miró.

—¿Te sabes sus horarios?

Giré la cabeza hacia él.

—Me sé los horarios de todos.

—El mío no.

—Tú haces lo que te da la gana.

Gabriel soltó una risa.

Carlos asintió.

—Buen punto.

—Además Marc tiene un sistema absurdo.

—No es absurdo —dijo Adrián.

Lo miramos los tres.

—Vale, sí.

Marc llegó a las diez y treinta y seis.

No llevaba guitarra. Ni hielo.

Solo cara de haber pasado ocho horas deseando mandar a alguien a la mierda.

Entró.

Me miró.

—Hola.

—Hola.

Miró la mesa.

—¿Habéis dejado pizza?

Adrián señaló las cajas vacías.

—No.

Marc cerró los ojos un segundo.

—Hijos de puta.

—Llegas tarde —dijo Gabriel.

—Estaba trabajando.

—Excusas.

Marc dejó el móvil sobre la mesa.

—Ojalá os atragantéis la próxima vez.

—Qué bonito llegar a casa —dijo Adrián.

Me levanté.

—Espera.

Marc me miró.

—Qué.

Fui a la cocina. Había apartado una caja antes de que empezaran a repartirse los últimos trozos.

La cogí y volví al salón. Se la tendí.

—Toma.

Marc frunció el ceño.

—¿Qué es?

—Una lavadora.

—Jenn.

—Ábrela.

Lo hizo.

Cuatro trozos.

Su pizza favorita.

Levantó la vista hacia mí.

—¿Esto estaba ahí?

—No.

—¿Lo has apartado?

—Llegabas a las diez.

Marc miró otra vez la caja.

—Son cuatro.

—Sé contar.

Adrián soltó una carcajada.

—A mí no me guarda cuatro trozos nadie.

—Porque normalmente tú estabas aquí comiendo —dije.

—Es un detalle importante.

Marc cogió uno.

—¿Cómo sabías cuál quería?

Me encogí de hombros.

—La pides siempre.

Se quedó mirándome.

Solo un momento.

—Gracias.

—De nada.

Le dio un mordisco.

—Está fría.

Lo miré.

—Te la quito.

Marc apartó la caja inmediatamente.

—Ni se te ocurra.

Me reí.

—Pues cállate.

—Está buenísima.

—Eso pensaba.

Volví a sentarme junto a Carlos.

Marc se quedó de pie unos segundos más, comiendo. Después se sentó con la caja sobre las piernas.

—Cuatro trozos —repitió Adrián.

—Supera el abandono —dije.

—No puedo.

—Haz terapia.

—La pagarás tú.

—Entonces sigue sufriendo.

Marc soltó una risa con la boca llena.

Una hora después estábamos discutiendo sobre música. No recuerdo cómo empezó. Solo recuerdo que Adrián dijo algo imperdonable sobre una canción y los otros tres empezaron a hablar a la vez.

Yo estaba sentada en el suelo. Carlos en el sofá detrás de mí. Tenía una mano apoyada distraídamente en mi hombro.

Marc estaba enfrente.

—No —dijo.

—Sí.

—No.

—Que sí.

—Jenn, no.

—¿Qué pasa?

—Que estás equivocada.

—Eso no pasa.

—Está pasando ahora.

—No.

Marc me miró.

—¿Quieres apostar?

Ah.

—Sí.

—No —dijo Carlos detrás de mí.

Giré la cabeza.

—¿Por qué?

—Porque esa cara significa que vas a perder.

Volví hacia Marc.

Sonreía.

Cabrón.

—¿Qué apostamos?

Marc pensó.

—Una cerveza.

—Eso es una mierda.

—Elige tú.

Pensé.

Y entonces vi su llavero enganchado a su pantalón. Colgando con las llaves había una pequeña púa negra.

La señalé.

—Eso.

Marc siguió mi dedo.

—¿Mi púa?

—Sí.

La cogió entre los dedos.

—No.

—¿Por qué?

—Porque es mía.

—Precisamente por eso tiene valor.

—Apuesta otra cosa.

—Cobarde.

Marc me miró.

—No soy cobarde.

—Demuéstralo.

Adrián empezó a reírse.

—Esto se está poniendo interesante.

Gabriel se inclinó hacia delante.

—Yo quiero saber qué pone ella.

Ah.

Cierto.

—Una cerveza.

Marc soltó una carcajada.

—Ni de coña.

—¿Qué quieres?

Sus ojos bajaron un instante. A mis manos. Después volvieron a mí.

—La pulsera.

Miré mi muñeca. Llevaba una fina de cuero negro. Nada especial. La había comprado hacía años.

—¿Esta?

—Sí.

—¿Por qué?

Marc se encogió de hombros.

—Porque es tuya.

Uy.

Me quedé quieta. Solo un segundo.

Después sonreí.

—Hecho.

Carlos retiró la mano de mi hombro. Solo para coger su cerveza.

—Vais a perder los dos.

—Eso no es posible —dije.

—Con vosotros, sí.

Marc dejó la púa sobre la mesa.

—Hecho.

Extendió la mano.

La miré. Después a él.

Se la estreché.

—Hecho.

Solté su mano.

—Ahora recuerda exactamente lo que has dicho —dijo Marc.

—Lo recuerdo perfectamente.

—Eso me preocupa.

—A mí me preocupa tu exceso de confianza.

Adrián se inclinó hacia delante.

—A mí me preocupa que llevéis cinco minutos discutiendo y todavía no hayamos buscado quién tiene razón.

—Porque tengo razón yo —dije.

—No —dijo Marc.

—Sí.

—No.

—Busca.

Gabriel cogió el móvil.

—¿Qué estamos buscando exactamente?

Se hizo un silencio.

Lo miré. Después miré a Marc.

—Que lo diga él.

Marc soltó una risa.

—Ni de coña.

—¿Por qué?

—Porque vas a cambiar lo que has dicho.

Abrí la boca.

—¿Perdona?

—Te conozco.

—Llevas dos meses conociéndome.

—Suficiente.

—Qué valiente para alguien que está a punto de perder una púa.

Marc apoyó los codos en las rodillas.

—Has dicho que Slash grabó el solo de «Sweet Child O' Mine» con una Les Paul del cincuenta y nueve.

—Sí.

—Y yo he dicho que no era una Gibson original.

Parpadeé.

—Eso no es lo mismo.

—Es exactamente lo mismo.

—No. Tú has dicho que no era una Les Paul del cincuenta y nueve.

—He dicho que no era una Gibson Les Paul del cincuenta y nueve.

—Mentira.

Marc me señaló.

—Eso he dicho.

Miré a los demás.

—¿Ha dicho eso?

Carlos bebió de su cerveza.

—Yo estaba intentando no involucrarme.

—Cobarde.

—Muchísimo.

Miré a Gabriel.

—¿Tú?

—Estaba escuchando.

—¿Y?

—No recuerdo las palabras exactas.

—Inútil.

—Gracias.

Adrián levantó la mano.

—Yo sí.

Todos lo miramos.

Sonrió.

Mierda.

—Marc ha dicho que la guitarra no era una Gibson del cincuenta y nueve.

Lo señalé.

—¡Pero era una Les Paul!

—Una réplica —dijo Marc.

—¡Pero una Les Paul!

—Eso no funciona así.

—Claro que funciona así.

Gabriel ya estaba buscando.

—Callaos.

Nos callamos.

Tres segundos.

Cinco.

Gabriel levantó las cejas.

—Hostia.

Sonreí.

Marc lo miró.

—Qué.

—Pues...

—Gabriel.

—Espera.

—¿Qué pone?

Gabriel empezó a sonreír.

Yo también.

No sabía por qué.

Pero aquello tenía buena pinta.

—La guitarra que usó Slash para grabar buena parte de Appetite for Destruction era una réplica de una Les Paul Standard del 59.

Levanté los brazos.

—¡JA!

Marc abrió la boca.

—No.

—¡JA!

—Eso me da la razón.

—¡Una Les Paul del cincuenta y nueve!

—¡Una réplica!

—¡Pero del cincuenta y nueve!

—¡Inspirada en una del cincuenta y nueve!

—Eso son detalles.

—¡Ese era literalmente el punto de la discusión!

Miré a Gabriel.

—Veredicto.

—Ni de coña me meto ahí.

—Eres el juez.

—¿Desde cuándo?

—Desde que tienes el móvil.

Gabriel miró a Marc. Después a mí.

—Técnicamente...

Marc señaló hacia él.

—Cuidado.

—Técnicamente los dos tenéis parte de razón.

—No —dijimos los dos a la vez.

Adrián empezó a reírse.

—Perfecto.

—Tiene que ganar alguien —dije.

—Yo —dijo Marc.

—Tú cállate.

—Es mi púa.

—De momento.

Marc la cogió de la mesa.

—No vas a tocarla.

Me levanté.

—Dámela.

—No.

—He ganado.

—No has ganado.

—Gabriel.

Gabriel levantó las manos.

—No pienso decidir.

—Adrián.

—Yo voto por Jenn.

Marc lo miró.

—Por qué.

—Porque quiero ver cómo pierdes la púa.

—Eso no es un criterio válido.

—Para mí sí.

Miré a Carlos.

—Desempata.

Carlos suspiró.

—No quiero.

—Carlos.

—Jenn.

—Decide.

Miró a Marc. Después a mí.

—¿Qué dijiste exactamente?

—Que Slash grabó el solo con una Les Paul del cincuenta y nueve.

Carlos asintió.

—¿Y tú?

Marc apretó los labios.

—Que no era una Gibson Les Paul original del cincuenta y nueve.

—Entonces tiene razón Marc.

Me quedé mirándolo.

—¿Qué?

Carlos sonrió.

—Lo siento.

—No lo sientes.

—Nada.

Marc extendió la mano.

—La pulsera.

—Ni de puta coña.

Soltó una carcajada.

—Has perdido.

—Esto está amañado.

—La pulsera, Jenn.

Me agarré la muñeca.

—No.

—Apostaste.

—Bajo coacción.

—Me diste la mano.

—Estaba confundida.

—La pulsera.

—Eres un ladrón.