Capítulo 15 - Sin nombre #2
—No te había preguntado.
—Pero te hacía falta ayuda.
Marc soltó una risa.
Carlos me pasó su cerveza. Bebí. Se la devolví.
—Tienes una —dijo Marc.
Miré la mía. Estaba a veinte centímetros.
—Esta estaba más cerca.
—Literalmente no.
—Emocionalmente sí.
Carlos se rio.
—No intentes entenderla.
Marc me miró.
—Hace semanas que dejé de intentarlo.
—Muy inteligente.
—Gracias.
Seguimos hablando.
Así.
Sin nada.
Y con todo empezando a estar demasiado colocado.
La primera mitad de agosto desapareció. No sabría decir exactamente dónde.
Entre SUINVAL. Raven. Cenas. Mensajes. Cervezas. Alguna piscina. Noches en casa de Carlos. Noches en la mía.
Y tardes en las que alguien escribía:
Impresentables
Adrián · Cerveza?
Y cuarenta minutos después estábamos todos en algún sitio.
No siempre podía ir. Ellos tampoco.
Marc tenía sus turnos imposibles. Dos mañanas. Dos tardes. Dos noches. Tres días libres.
Según él era perfectamente sencillo. Según cualquier persona normal era un sistema diseñado por alguien que odiaba los calendarios.
Una mañana me escribió a las seis y diecisiete.
Marc · Mira
Debajo había una foto. Una luna enorme entre dos edificios.
La abrí.
Bonita · Yo
Marc · Acabo de salir
A estas horas debería estar prohibido existir · Yo
Marc · Díselo a mi jefe
Dame su número · Yo
Marc · No
Cobarde · Yo
Marc · Por qué coño estás despierta
Miré la hora.
Buena pregunta.
No desvíes el tema · Yo
Marc · Duérmete
TÚ también · Yo
Marc · Voy
Mentira · Yo
Marc · Tengo hambre
JAJAJA · Yo
Marc · Buenas noches
Bona nit · Yo
Marc · Bona nit
Sonreí.
Apagué la pantalla.
Carlos empezó a dejar cosas en mi casa. No muchas.
Un cargador. Una camiseta. Un neceser pequeño que apareció un día en el baño.
Lo encontré mientras me lavaba los dientes. Salí con él en la mano.
Carlos estaba tumbado en mi cama mirando el móvil.
—¿Esto?
Levantó la vista.
—Mío.
—Ya.
—Entonces para qué preguntas.
—¿Vives aquí?
—No.
—Bien.
Volví al baño.
—Jenn.
Asomé la cabeza.
—Qué.
—Puedo llevármelo.
Miré el neceser. Después a él.
—Me da igual.
—Vale.
—Solo preguntaba.
—Vale.
Seguí mirándolo.
—¿Qué?
—Nada.
—Estás rara.
—Tú tienes un neceser en mi baño.
—Y tú un cepillo de dientes en el mío.
Ah.
—Eso es diferente.
—Por supuesto.
—Yo no lo compré.
Carlos dejó el móvil.
—No.
—Lo compraste tú.
—Sí.
—Por tanto es culpa tuya.
—Perfecto.
—Bien.
Volví al baño.
Dejé el neceser exactamente donde estaba.
Fue una tarde de mediados de agosto cuando descubrí otra cosa.
Marc sabía cuándo estaba enfadada.
No triste. No cansada.
Enfadada.
Que era peor.
Estábamos los cinco tomando algo y yo llevaba diez minutos intentando no pensar en una llamada de trabajo que había terminado como el culo. No había contado nada. Ni pensaba hacerlo.
Adrián estaba hablando. Yo asentía cuando parecía apropiado. Carlos tenía una mano sobre mi pierna debajo de la mesa. Gabriel miraba el móvil.
Marc estaba enfrente.
—Qué te pasa.
Levanté la vista.
—Nada.
—Vale.
Volvió a su cerveza.
Fruncí el ceño.
—¿Vale?
—Sí.
—¿Entonces para qué preguntas?
—Para confirmar.
—¿Confirmar qué?
Marc bebió.
—Que estás de mala hostia.
Carlos se rio a mi lado.
Lo miré.
—Tú cállate.
—Yo no he dicho nada.
—Te has reído.
—Porque tiene razón.
—No estoy de mala hostia.
Gabriel levantó la vista del móvil.
—Estás un poco de mala hostia.
—¿TÚ TAMBIÉN?
Adrián se echó hacia atrás.
—Yo no voy a participar.
—Cobarde.
—Quiero vivir.
Marc sonreía.
Lo señalé.
—Y tú deja de poner esa cara.
—Esta es mi cara.
—Ya tuvimos esta conversación.
—Y sigo sin poder arreglarla.
Lo odié un poco.
Lo suficiente para que se me pasara parte del enfado.
***
Una semana después, Carlos y yo salimos a cenar. Nada especialmente caro aquella vez.
Lo agradecí.
—Estás aprendiendo —le dije al salir.
—Qué.
—Restaurantes para personas.
—Todos son para personas.
—No.
Carlos me pasó un brazo por la cintura mientras empezábamos a andar.
—Algún día vas a tener que explicarme tu sistema de clasificación.
—Es sencillo.
—Claro.
—Si me da miedo tocar algo porque quizá me cobren por romperlo, no es para personas.
—Muy razonable.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo acepto igualmente.
Me reí.
Carlos dijo algo más.
No llegué a escucharlo.
Porque al levantar la vista lo vi.
A unos metros. Caminando hacia nosotros.
Y durante un segundo el resto de la calle desapareció.
No por amor. Ni por nostalgia. Ni siquiera por dolor.
Por reconocimiento.
Seis años hacían eso.
Podías sacar a alguien de tu vida. Pero tu cerebro seguía sabiendo encontrarlo entre cien personas.
Él también me vio. Redujo el paso. Yo hice lo mismo.
Carlos lo notó.
—¿Qué?
No aparté la mirada.
—Mi ex.
Carlos miró hacia delante. No preguntó quién. Tampoco hacía falta.
—Ah.
—Sí.
Mi ex se detuvo a unos pasos de nosotros.
Durante un segundo ninguno dijo nada.
Cuatro meses.
Habían pasado cuatro meses y seguía resultando extraño verlo fuera del sitio que había ocupado durante seis años de mi vida.
—Hola.
—Hola.
Carlos se detuvo conmigo. Su brazo seguía alrededor de mi cintura. No lo quitó. Tampoco hizo nada distinto. Simplemente siguió ahí.
—¿Qué tal estás? —preguntó mi ex.
—Bien.
Y era verdad.
Eso fue quizá lo más raro.
—¿Tú?
—Bien también.
Asentí.
—Me alegro.
—Sí. Yo también.
Sus ojos fueron hacia Carlos. Rápido. De arriba abajo. Después volvieron a mí.
Conocía esa mirada. Había conocido demasiadas miradas suyas durante seis años como para no hacerlo.
Volvió a mirar a Carlos. Esta vez apenas un segundo. Después bajó los ojos. A su brazo. A mi cintura.
Ah.
Aquello también lo había visto.
—Él es Carlos.
Carlos retiró el brazo solo para tenderle la mano.
—Qué tal.
Mi ex se la estrechó.
—Hola.
Y en cuanto terminaron, la mano de Carlos volvió a mi cintura. Como antes. Sin más.
Mi ex lo miró. Después a mí.
—¿Y vosotros...?
Ah.
Buena pregunta.
—Nos estamos viendo.
Noté que Carlos giraba ligeramente la cabeza hacia mí. No lo miré.
Mi ex asintió despacio.
—Ah.
Otra puta vez esa sílaba.
—Sí.
Hubo un silencio pequeño. Incómodo. Pero no insoportable.
—Me alegro —dijo.
No sabía si era verdad. Tampoco importaba.
—Gracias.
Me miró durante un momento. Yo también.
Intenté encontrar algo. Rabia. Pena. Nostalgia. Algo que justificara los seis años que había pasado con aquel hombre.
No encontré nada de eso.
Solo una sensación extraña. Como entrar en una casa en la que habías vivido y descubrir que ya no recordabas dónde estaba el interruptor.
—Bueno... —dijo—. No os entretengo.
—Vale.
Dio un paso hacia un lado.
—Cuídate, Jenn.
Durante seis años aquellas palabras habían significado muchas cosas. Ahora solo eran una despedida.
—Tú también.
Empezó a andar.
Yo también.
No miré hacia atrás.
Carlos tampoco dijo nada.
Seguimos caminando. Su mano permanecía en mi cintura.
Pasaron unos metros.
—Bueno.
Lo miré.
—Qué.
—Nada.
—Has dicho «bueno».
—Sí.
—Eso normalmente precede a algo.
Carlos pensó.
—¿Era él?
—Sí.
—El de los seis años...
—Ese.
—Vale.
Esperé.
Nada.
—¿Vale?
—Vale.
—¿Eso es todo?
Carlos me miró.
—¿Qué quieres que diga?
—No sé.
—Yo tampoco.
Seguimos andando.
—Me ha mirado raro —dijo.
Ah.
Giré la cabeza hacia él.
—¿Lo has visto?
—Era difícil no verlo.
—Ha sido rápido.
—No tanto.
Sonreí.
—Te ha hecho un escáner.
—Me siento utilizado.
Solté una risa.
—Pobrecito.
—De arriba abajo.
—Igual le ha gustado el jersey.
—Seguro.
—Te queda bien.
—Gracias.
Seguimos unos pasos más.
—También ha mirado tu mano.
Carlos bajó la vista hacia mi cintura.
—¿Esta?
—Esa.
—Puedo quitarla.
Lo dijo sin moverla.
Lo miré.
—No he dicho eso.
—Vale.
Y siguió donde estaba.
Algo en aquello me gustó. Que no la hubiera quitado cuando apareció él. Pero también que hubiera preguntado.
—¿Te ha molestado? —dijo Carlos.
Pensé la respuesta.
—Verlo, no.
—¿Hablar con él?
—Tampoco.
—Entonces.
Miré hacia delante.
—Ha sido raro.
—Eso sí me lo creo.
—Seis años son muchos años.
Carlos asintió.
No hizo ningún comentario. Ni preguntó por qué había terminado. Ya lo sabía. Ni me dijo que estaba mejor sin él. Ni convirtió aquello en una competición que nadie le había pedido.
Simplemente caminó conmigo.
Y se lo agradecí en silencio.
Hasta que habló.
—Una cosa.
—Ya sabía yo.
—¿Qué soy?
Lo miré.
—¿Qué?
—Has dicho «nos estamos viendo».
Mierda.
—Ah.
—Sí. Ah.
—¿Qué querías que dijera?
—No sé.
—Pues yo tampoco.
Carlos sonrió.
—Podías haber dicho que soy tu arquitecto.
—Eso habría sido muchísimo más raro.
—Tu amigo.
—Nos acostamos.
—Amigo con derechos hidráulicos.
—Carlos.
Se rio.
—Qué.
—No iba a decirle eso.
—Cobarde.
—Imagínate la conversación. «Hola, este es Carlos, follamos bastante, sobretodo en la ducha».
Carlos empezó a reírse.
—Bastante.
—Cállate.
—Has especificado tú.
—Era un ejemplo.
—Muy preciso.
Le di con el codo.
—Gilipollas.
Me acercó un poco más con el brazo.
—El arquitecto guapo.
Lo miré.
—¿Qué?
—Eso podías haber dicho.
Me quedé mirándolo.
—¿Perdón?
—Carlos. Arquitecto guapo.
—Qué humilde.
—No he dicho excelente arquitecto.
—Menos mal.
—Eso se sobreentiende.
Me eché a reír.
—Eres idiota.
—Pero ya sabes cómo presentarme la próxima vez.
—No va a haber próxima vez.
—Nunca se sabe.
—Como «el arquitecto guapo» seguro que no.
—Te ha faltado decisión.
—Te ha sobrado ego.
Carlos sonrió.
Seguimos andando.
Y durante un rato pensé que aquello había terminado ahí. Hasta que me di cuenta de algo.
Había visto al hombre con el que había imaginado prácticamente toda mi vida adulta.
Seis años. Planes. Costumbres. Una versión de mí que había existido durante muchísimo tiempo.
Y después había seguido caminando.
Sin mirar atrás.
Con la mano de otro hombre en mi cintura.
No sentí que hubiera ganado nada. No había ninguna victoria.
Solo distancia.
Cuatro meses de distancia.
Y por primera vez desde que todo había terminado, me pareció suficiente.
***
Agosto empezó a acabarse sin que yo me diera cuenta. Los días seguían siendo largos. El calor seguía siendo insoportable. Y yo seguía teniendo la sensación de que llevaba mucho más de dos meses conociéndolos.
Una noche Adrián mandó una foto al grupo.
Impresentables
Adrián · Necesito opiniones
Era una guitarra.
Negra.
Preciosa.
Cómprala · Yo
Gabriel · No