La ley del rock Capítulo 15 - Sin nombre
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Capítulo 15 - Sin nombre

Sin nombre

Para finales de julio, dejé de pensar en ellos como la gente que había conocido en un festival .

No ocurrió ningún día concreto. Simplemente un viernes eran cuatro tíos que me habían recogido de una carretera porque mi coche había decidido morirse y, unas semanas después, Adrián me estaba mandando un audio de dos minutos y cuarenta y siete segundos para explicarme por qué necesitaba comprarme una correa nueva para Raven.

A las ocho y doce de la mañana.

Adrián · Escúchalo entero

Estoy trabajando   · Yo

Adrián · Luego

Estoy fingiendo que trabajo   · Yo

Adrián · Pues ahora

Dura casi tres minutos   · Yo

Adrián · Porque explico cosas

No quiero aprender tanto   · Yo

Adrián · Jenn

Doctor de guitarras   · Yo

Adrián · Te odio

❤ ️    · Yo

No escuché el audio.

Bueno. Sí. Pero después de desayunar.

Y tenía razón. El cabrón.

No se lo dije.

***

Agosto llegó sin pedir permiso. Con calor. Mucho. Un calor de mierda que convertía cualquier desplazamiento de más de siete metros en una decisión que había que valorar seriamente.

También llegó con una rutina que no recordaba haber decidido.

Trabajaba. Escribía cuando podía. Tocaba Raven bastante peor de lo que me gustaría y bastante mejor que un mes antes.

Veía a Carlos. Mucho.

Y al resto también. A veces juntos. A veces no.

El grupo de WhatsApp se había convertido en una especie de vertedero digital en el que cualquiera podía aparecer a cualquier hora para decir absolutamente cualquier cosa.

Gabriel · Mañana barbacoa

Eso es una invitación?   · Yo

Gabriel · Sí

Adrián · No

Gabriel · Tú no

Adrián · Por qué

Gabriel · La última vez tocaste la carne

Adrián · UNA VEZ

Gabriel · Fue suficiente

Puedo ir?   · Yo

Gabriel · Sí

Carlos · Yo?

Gabriel · Sí

Marc · Yo?

Gabriel · No

Marc · Por qué coño no

Gabriel · Quería ver si protestabas

Marc · Gilipollas

Gabriel · A las 14

Llevo algo?   · Yo

Gabriel · Hambre

Adrián · Yo llevo cerveza

Gabriel · Tú lleva dinero para comprar la carne que estropees

JAJAJAJAJAJA   · Yo

Aquello era normal ya. Eso era lo raro. Que fuera normal.

Carlos empezó a aparecer en mi semana sin necesidad de organizarlo demasiado. A veces me escribía por la mañana.

Carlos · Esta noche?

Qué plan   · Yo

Carlos · Tú

Eso no es un plan   · Yo

Carlos · Mi casa

Eso tampoco   · Yo

Carlos · Cena

Mejora   · Yo

Carlos · Sexo

Carlos   · Yo

Carlos · Qué

Podías fingir romanticismo   · Yo

Carlos · Cena romántica

Carlos · Sexo

Muchísimo mejor   · Yo

Otras veces aparecía directamente al salir de trabajar. No siempre con el Porsche. Ni con el Maserati.

El tercero seguía tapado.

Lo había intentado otra vez. Sin éxito.

—Solo quiero mirar.

—No.

—Cinco segundos.

—No.

—Tres.

—Jenn.

—UNO.

—No.

Empezaba a ser personal.

Dormí en su casa varias veces. Él en la mía también.

Una mañana abrí el armario de su cocina y encontré mi café exactamente donde lo había visto la primera vez. Al lado había leche de avena. ColaCao. Y una taza que no recordaba haber visto antes.

La cogí.

Negra. Grande. Sin diseño.

Perfecta.

Carlos entró en la cocina mientras la examinaba.

—¿Esto?

Miró la taza.

—Una taza.

—Gracias, arquitecto.

—De nada.

—No estaba.

—Ahora está.

Entrecerré los ojos.

—¿Es mía?

—Es una taza.

—Carlos.

Abrió la nevera.

—Qué.

—¿Has comprado una taza para mí?

—He comprado una taza.

—Que uso yo.

—Puedes usar cualquiera.

Miré el resto. Blancas. Todas.

Volví a mirar la negra.

—Ajá.

Carlos sacó la leche.

—Quieres café?

—No cambies de tema.

—Sí o no.

—Sí.

—Entonces dame la taza.

Se la entregué.

—Esto empieza a parecer peligrosamente doméstico.

—Es café.

—Así empiezan.

—Qué.

—Las hipotecas.

Carlos soltó una risa.

—No voy a hipotecarme contigo por una taza.

—Menos mal.

Preparó el café. Fuerte. Leche de avena. ColaCao. Sin preguntar.

Me apoyé en la encimera.

—Te lo has aprendido.

—No era difícil.

—Hay gente que necesita años.

—Tú echas ColaCao al café.

—No juzgues mi cultura.

—Estoy intentando entenderla.

Me tendió la taza.

La probé.

Perfecto.

Mierda.

—Qué.

—Nada.

—Está malo?

—No.

—Entonces.

Bebí otra vez.

—No te acostumbres a hacerlo bien.

Carlos sonrió.

—Demasiado tarde.

Marc funcionaba distinto.

Marc no aparecía en mi semana. Estaba.

Un mensaje. Una foto. Una canción. Una estupidez.

Una tarde escribí en el grupo:

Voy a torturar a Raven un rato   · Yo

Adrián · PObrE RAVEN

Tú calla   · Yo

Gabriel · RIP

QUE OS DEN   · Yo

Carlos · 😂

Marc · Abre

Me quedé mirando el mensaje.

Qué?   · Yo

Marc · El portal

Fruncí el ceño. Fui hasta la ventana. Me asomé.

Y allí estaba. Abajo. Con la guitarra colgada a la espalda.

Levantó la cabeza. Me vio. Alzó una mano.

Hijo de puta.

Qué haces ahí   · Yo

Marc · Salvar a Raven

Vete a tu casa   · Yo

Marc · Estoy a 2 minutos y 12 segundos

¿CRONOMETRASTE OTRA VEZ?   · Yo

Marc · Tal vez

Me reí.

Sube   · Yo

Abrí arriba segundos más tarde. Marc estaba apoyado en el marco. Pelo suelto. Camiseta negra. Guitarra a la espalda.

—Buenas tardes.

—Eres imbécil.

—Yo también me alegro de verte.

Entró. Cerré.

—¿Por qué has traído la guitarra?

—Porque has dicho que ibas a tocar.

—Sí.

—Pues eso.

—Podías haber venido sin ella.

Marc me miró.

—¿Y hacer qué?

Pensé.

—No sé.

—Buen plan.

—Cállate.

Fui hacia el salón. Raven estaba en el sofá.

Marc la señaló.

—Eso no es tocar.

—Estaba preparándome psicológicamente.

—Lleva ahí cuánto.

—No importa.

—Jenn.

—Cinco minutos.

—Mentira.

—Ocho.

—Mentira.

—No eres bienvenido en esta casa.

Se rio. Dejó su guitarra con cuidado junto al sofá.

—Venga.

—Qué.

—Toca.

—Ahora no quiero.

—Por qué.

—Porque estás mirando.

—La otra vez también.

—Ya.

—Y sobreviviste.

—Por los pelos.

Marc se sentó.

—No voy a decir nada.

—Eso es mentira.

—Vale.

—Gracias.

—Voy a intentar no decir nada.

—Peor.

Cogí Raven. Me senté.

Marc esperó.

Lo miré.

—No me mires.

Giró la cabeza.

—¿En serio?

—Sí.

—Vale.

Se quedó mirando la pared.

Me reí.

—Así tampoco.

—Jenn, decide.

—Mira, pero normal.

Volvió la cabeza.

—¿Cómo se mira normal?

—Sin juzgar.

—No estoy juzgando.

—Tu cara juzga.

—Mi cara es esta.

—Pues arréglala.

—No puedo.

—Problema tuyo.

Coloqué los dedos.

Toqué.

Mal.

Paré.

—Joder.

—Otra vez.

—Has dicho que no ibas a decir nada.

—He fallado.

—Rapidísimo.

—Otra vez.

Lo hice.

Mejor. No bien. Mejor.

Marc asintió.

—Ahí.

—No hagas eso.

—Qué.

—Asentir como un profesor.

—Lo has hecho mejor.

—Ya lo sé.

—Entonces para qué coño estoy aquí.

Lo miré.

Buena pregunta.

—Para salvar a Raven.

—Exacto.

Volví a tocar. Esta vez llegué un poco más lejos antes de equivocarme.

—Mierda.

—No pares.

—Me he equivocado.

—Y?

—Pues que me he equivocado.

—Sigue.

—Pero...

—Jenn.

Lo miré.

Marc señaló la guitarra.

—Si paras cada vez que fallas, practicas parar.

Ah.

Miré Raven.

—Eso ha sonado sospechosamente inteligente.

—A veces me pasa.

—Qué desagradable.

Sonrió.

Volví a empezar. Fallé. Seguí. Volví a fallar. Seguí.

Y cuando terminé levanté la cabeza.

Marc sonreía.

—Qué.

—Nada.

—Qué.

—Has seguido.

Miré la guitarra.

—Sí.

—Pues eso.

Pequeña cosa.

Otra.

—Otra vez —dije.

Marc se acomodó en el sofá.

—Dale.

Y volví a empezar.

Durante agosto aprendí que una rutina podía aparecer sin pedir permiso. No tenía horarios. Ni normas. Ni siquiera era exactamente una rutina.

Pero empezó a haber cosas que simplemente ocurrían.

Los jueves Adrián solía preguntar qué hacíamos el fin de semana. Gabriel respondía que nada. Carlos proponía algo. Marc decía que le daba igual.

Y yo acababa haciendo planes con cuatro hombres que un mes antes no sabía que existían.

La barbacoa de Gabriel fue un sábado. A las dos y cuarto, porque llegar a las dos habría supuesto un nivel de organización que ninguno de nosotros poseía.

Cuando llegué, Adrián estaba delante de la barbacoa. Gabriel, a su lado.

—¿No podía tocar la carne?

Gabriel señaló unas pinzas.

—No la está tocando.

—La estoy vigilando.

—Desde ahí.

—Eres un dictador.

—Y tú quemas cosas.

Dejé la bolsa que llevaba sobre la mesa.

—He traído pan.

Gabriel la miró.

—Bien.

—Y patatas.

—Mejor.

—Y cerveza.

Adrián levantó una mano.

—Te quiero.

—Tú no puedes beber.

—¿Por qué?

—Estás vigilando la carne.

Gabriel asintió.

—Exacto.

—Que os den.

Carlos apareció detrás de mí. Noté su mano en la cintura antes de verlo. Un beso rápido en la mejilla.

—Hola.

—Hola.

Miré hacia atrás.

—¿Cuándo has llegado?

—Ahora.

—No te he oído.

—Eso suele pasar cuando alguien llega andando.

—Qué tecnología.

Carlos sonrió.

—Algún día te la explico.

Adrián nos miró.

—Qué asco dais.

—No hemos hecho nada —dije.

—Precisamente. Lo hacéis sin hacer nada.

—¿Qué hacemos?

—Eso.

Señaló vagamente hacia nosotros.

Miré a Carlos. Carlos me miró.

—No sé.

—Yo tampoco.

—Pues dejad de hacerlo —dijo Adrián.

Gabriel levantó las pinzas.

—Adrián.

—Qué.

—La carne.

—¡QUE NO LA ESTOY TOCANDO!

Me eché a reír.

—¿Dónde está Marc?

—Trabajando —dijo Gabriel.

—¿Hoy?

—Sale a las dos.

Asentí. No pregunté nada más.

A las dos y veintisiete apareció por la puerta. Lo supe porque Adrián gritó:

—¡EL FUNCIONARIO!

—Chúpame un huevo.

—¿Qué tal el servicio a la ciudadanía?

—Fantástico hasta ahora.

Marc dejó unas bolsas sobre la mesa.

—He traído hielo.

Lo miré.

—Otra vez.

Marc me vio.

—Qué.

—Siempre traes hielo.

—Alguien tiene que hacerlo.

—Empiezo a pensar que es tu función en el grupo.

—Trabajo toda la mañana, vengo aquí y esto es lo primero que recibo.

—Hola.

—Tarde.

Sonreí.

Marc también.

Entonces miró a Carlos.

—Qué pasa.

—Nada —dijo Carlos.

Se chocaron la mano.

Normal. Completamente normal.

Carlos volvió a ponerse a mi lado. Su brazo rozó el mío. Marc abrió una cerveza.

Y durante las siguientes dos horas no ocurrió absolutamente nada digno de ser contado. Que quizá era precisamente lo importante. Porque nadie tenía que esforzarse ya.

Yo estaba sentada en el suelo apoyada contra una pared porque las sillas estaban al sol. Carlos acabó sentado a mi lado. Marc enfrente.

Gabriel discutía con Adrián sobre si Dire Straits era música apropiada para una barbacoa.

—Claro que lo es —dijo Gabriel.

—Para divorciados.

—Tienes treinta y dos años.

—Y tú treinta y cuatro.

—Precisamente.

—¿Qué escuchan los casados? —pregunté.

Adrián señaló el altavoz.

—Esto.

—Entonces tiene razón.

Gabriel me miró.