La ley del rock Capítulo 12 - Un poco menos intocable #4
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Capítulo 12 - Un poco menos intocable #4

—Estaba dispuesta a respetarte.

—Error.

—Muchísimo.

Le di un mordisco. La pizza estaba buenísima. Eso también me molestó un poco.

—¿Qué has puesto?

—Lo que querías.

—Había demasiadas cosas.

—Lo dijiste tú.

—Ya.

—Y luego quitaste la mitad.

—Porque tú me estabas juzgando.

—No te estaba juzgando.

—Tu cocina sí.

Carlos negó con la cabeza. Encendió la televisión. Apareció una plataforma con perfiles. El primero: CARLOS. El segundo: INVITADO. Me giré muy despacio.

—¿Invitado?

—Sí.

—Tienes un perfil de invitado.

—Sí.

—¿Por qué?

—Para invitados.

—No me jodas.

Carlos empezó a reírse.

—¿Qué tiene de raro?

—¿La gente viene a tu casa y tiene su propio Netflix?

—No es su propio Netflix.

—¿Hay contraseña para el wifi de invitados también?

Silencio. Abrí mucho los ojos.

—No.

Carlos cogió otro trozo de pizza.

—Sí.

—¡CARLOS!

—¿Qué?

—¿Tienes wifi para pobres?

Casi se atragantó.

—No se llama así.

—¿Cómo se llama?

—Invitados.

—Wifi para pobres.

—Jenn.

—¿Yo cuál estoy usando?

Carlos sacó el móvil.

—Ninguno.

—¿Cómo que ninguno?

—No me has pedido la contraseña.

Ah. Cogí el mío. Datos móviles.

—Hostia.

—Dámelo.

—No.

—Te pongo el wifi.

—¿Cuál?

—El normal.

Entrecerré los ojos.

—¿El de ricos?

Carlos dejó la pizza y se tapó la cara con una mano.

—No puedo contigo.

Sonreí.

—Dame la contraseña.

Me la dijo. La escribí. Conectado.

—Ya soy clase alta.

—Enhorabuena.

—Gracias.

Volví a coger pizza. Carlos puso una película.

—¿Qué es?

—Una película.

—Gracias.

—De nada.

—¿Es buena?

—Sí.

—¿La has visto?

—Sí.

—Entonces pon otra.

—¿Por qué?

—Porque si te duermes puedes decirme cómo termina.

—No pienso dormirme.

—Claro.

Media hora después tenía los pies encima de sus piernas.

No sé cuándo ocurrió. Otra evolución. Carlos tenía una mano apoyada sobre uno de mis tobillos.

Sin hacer nada. Simplemente ahí. La película estaba bien.

Creo. Había perdido parte del argumento porque cada cierto tiempo Carlos movía el pulgar sobre mi piel.

Una vez. Dos. Luego paraba. Después otra vez.

No parecía darse cuenta. Yo sí. Miré su mano. Después la pantalla. Su mano. Pantalla.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

—Estás mirando.

—Tú también miras.

—La película.

—Pues sigue.

—Vale.

Pasaron unos segundos. Su pulgar volvió a moverse. Sonreí. Muy poco. Y seguí mirando la película.

Cuando terminaron los créditos quedaban dos trozos de pizza. Miré la caja. Carlos también. Lo miré.

—Ni se te ocurra.

—Hay dos.

—Uno para cada uno.

—No quiero más.

—Entonces son dos para mí.

—Cómetelos.

Fruncí el ceño.

—¿Así de fácil?

—Sí.

—No vas a luchar.

—No.

—Qué decepción.

Carlos sonrió.

—Puedes dejar uno para mañana.

—No.

—Entonces no veo el problema.

Cogí uno.

—No lo hay.

Carlos cerró la caja con el último dentro.

—Ese sí.

—Ese es desayuno.

Se quedó mirándome.

—¿Pizza para desayunar?

—Sí.

—Fría.

—Obviamente.

—No.

—¿Cómo que no?

—La calentamos.

Me quedé inmóvil.

—No.

—¿Qué?

—La pizza del día siguiente se come fría.

—¿Quién ha decidido eso?

—La humanidad.

—Yo la caliento.

Aparté los pies de sus piernas.

—Carlos.

—Qué.

—Esto sí puede ser un problema serio entre nosotros.

Se rio.

—Lo superarás.

—No sé.

—Te adaptarás al medio.

Cabrón. Le señalé.

—Eso era mío.

—Ya no.

—Ladrón.

—Muchísimo.

Miré la hora. Las once y veinte. Ah.

—Mierda.

—¿Qué?

Le enseñé el móvil.

—Mañana trabajo.

—Yo también.

—Tengo que irme.

Lo dije. Pero no me levanté. Carlos miró mis piernas todavía encima del sofá. Después a mí.

—Ya.

—No tengo ninguna intención de moverme.

—Eso veo.

—Pero debería.

—Puedes quedarte.

Lo miré. Así. Sin más.

—Necesito ropa.

—Pasamos por tu casa por la mañana.

—Necesito maquillarme.

—También puedes hacerlo allí.

—Necesito...

Pensé. ¿Qué coño necesitaba? Mi cepillo de dientes. No. Había cuatro baños. Ese hombre probablemente tenía cepillos de dientes para invitados clasificados por dureza.

—¿Qué? —preguntó.

—Estoy buscando excusas.

Carlos sonrió.

—¿Para irte?

Lo pensé.

—Para no levantarme mañana media hora antes.

—Ah.

—Es importante.

—Muchísimo.

—No te burles.

—No lo hago.

Miré otra vez la hora. Después el salón. La caja de pizza. Mis zapatillas tiradas junto al sofá. Mi bolso en el suelo. Ah. Mis cosas. Había cosas. Sonreí.

—¿Qué?

Señalé alrededor.

—Tu casa.

Carlos miró.

—Qué le pasa.

—Ya tiene cosas.

—Siempre ha tenido cosas.

—No.

Señalé mis zapatillas.

—Eso no estaba.

Después el bolso.

—Eso tampoco.

La caja.

—Eso.

Mi vaso en la mesa.

—Eso.

Carlos volvió a mirarme.

—Has dejado mierda por todo el salón.

—Exacto.

—¿Estás contenta?

Miré alrededor. Sí. Un poco.

—Mucho.

Carlos se rio. Me agarró de una pierna y tiró de mí hacia él.

—Entonces quédate.

Caí de lado contra su pecho.

—Eso ha sido manipulación.

—Sí.

—Ni siquiera lo niegas.

—No.

Levanté la cabeza.

—Vale.

—¿Vale qué?

—Me quedo.

Carlos sonrió. No esa sonrisa de cuando acababa de soltar una gilipollez. Otra. Pequeña. Le duró poco. Pero la vi. Ah.

—No te emociones.

—No me estoy emocionando.

—Tu cara.

—Mi cara está perfectamente.

—Claro.

Me besó. Corto. Nada más. Y, por alguna razón, eso fue lo que terminó de decidirlo.