La ley del rock Capítulo 12 - Un poco menos intocable #3
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Capítulo 12 - Un poco menos intocable #3

Me besó antes de que pudiera seguir protestando. Ah. Vale. Le pasé las manos por la espalda. Caliente. Mucho. Noté cómo se tensaba debajo de mis dedos cuando tiré de él hacia mí.

—El otro día tenías más paciencia —murmuré.

Carlos me mordió el labio antes de separarse apenas.

—El otro día no sabía cómo reaccionabas.

Lo miré.

—¿Y hoy?

—Hoy sé más.

Ah. Eso había sonado... Bien. Demasiado bien.

—Tampoco te emociones.

—No me estoy emocionando.

—Claro.

Le clavé los dedos en el costado. Carlos soltó el aire contra mi boca. Ahí. Eso. Sonreí. Volví a hacerlo. Esta vez me agarró las muñecas y me las dejó contra el sofá. Solo un segundo. Me miró. Ya no estaba sonriendo. Uy.

—Jenn.

—Qué.

—Lo estás haciendo aposta.

—Puede.

—Puede.

—Maybe.

Carlos negó con la cabeza. Pero esa calma suya ya no estaba exactamente donde la había dejado.

Bien. Me gustaba eso. Mucho. La ropa que quedaba empezó a sobrar bastante rápido.

La mía acabó en algún punto del salón. La suya también.

No miré dónde. Que se jodiera la galería.

Cuando volvimos a juntarnos, el sofá crujió.

Me quedé quieta. Carlos también. Lo miré.

—Estructuralmente dudoso.

Cerró los ojos.

—Jenn.

—Qué.

—Cállate.

—No.

Me besó. Ah. Así también. El siguiente rato tuvo bastante menos conversación.

No porque hubiéramos dejado de ser nosotros.

Simplemente había cosas más interesantes que hacer.

Carlos ya no iba con el cuidado de la primera vez.

No tenía que hacerlo. Sabía dónde tocar.

Cómo acercarme. Qué cosas hacían que dejara de pensar en el puto sofá.

Y yo también empezaba a saber cosas de él.

Eso era divertido. Descubrir que podía hacerle perder esa tranquilidad.

Que había determinados movimientos que le cortaban la respiración.

Que si le agarraba de cierta manera... Ah. Sí. Eso.

—Jenn...

Sonreí contra su cuello.

—Qué.

No respondió. Mejor. Seguí. Carlos dejó escapar una maldición y me agarró con más fuerza.

Vale. Aquello empezaba a gustarme demasiado.

El ritmo cambió. Más rápido. Más fuerte.

El sofá volvió a protestar debajo de nosotros.

Esta vez no dije nada. Milagro. Tenía las piernas alrededor de él, las manos en su espalda y bastante poco espacio en la cabeza para pensar en otra cosa.

Su respiración junto a mi oído. La mía. El calor.

Sus manos. La manera en que ya empezábamos a entendernos sin tener que parar cada dos segundos.

Y joder. Nos entendíamos bien. Muy bien.

Carlos enterró la cara en mi cuello. Yo me agarré a sus hombros.

Y durante un rato no hubo casa. Ni sofá carísimo.

Ni cinco habitaciones. Ni piscina. Ni coches.

Nada. Solo Carlos. Y yo. Y aquel sofá beige haciendo horas extra.

Cuando alcanzamos el clímax nos quedamos quietos. No sé cuánto. Un rato. Carlos seguía prácticamente encima de mí.

—Pesas.

—Gracias.

—De nada.

No se movió.

—Carlos.

—Mm.

—He dicho que pesas.

—Ya.

—Era una indirecta.

—La he entendido.

—¿Y?

—Estoy cansado.

Solté una risa.

—Pues imagínate yo, que estoy debajo.

Eso sí funcionó. Se movió lo justo para dejarme respirar como una persona normal.

—Mejor.

—Quejica.

—Gigante.

Carlos apoyó la cabeza junto a mi hombro. Le pasé los dedos por el pelo. Estaba húmedo. Yo tampoco debía estar precisamente presentable. Miré hacia arriba. Después hacia el respaldo. Sonreí.

—Oye.

—Qué.

—El sofá beige ha aguantado.

Carlos soltó una carcajada contra mi cuello.

—Por los pelos.

—No vuelvas a decir que es beige.

—Es beige.

—Después de esto ya es sofá.

—¿Eso es un ascenso?

—Muchísimo.

Me besó el hombro. Me quedé quieta un momento más. Cómoda. Demasiado. Después miré hacia mí. Después a él.

—Necesito una ducha.

Carlos levantó la cabeza.

—Arriba.

—¿Tienes ducha en tu baño?

—Sí.

—Claro que tienes baño en tu habitación.

—Jenn.

—Cuatro baños.

—¿Vas a superar eso algún día?

—No.

Me incorporé como pude. Recogí mi camiseta del suelo. Miré alrededor. El salón seguía prácticamente perfecto. Bueno. Casi. Sonreí.

—¿Qué?

—Nada.

—Tu cara.

Me puse la camiseta.

—Tu casa parece un poquito menos gilipollas ahora.

Carlos se quedó mirándome.

—Qué bonito.

—De nada.

—Ven.

—¿Dónde?

—A enseñarte uno de mis cuatro baños.

—Presumido.

—Muchísimo.

Subimos. Y un rato después, duchada y bastante más despejada, volví a bajar descalza. Eso ayudaba. Mucho. La casa parecía menos seria sin zapatos. No sabía por qué. Carlos venía detrás. También descalzo. Me giré.

—Así mejor.

—¿Qué?

—Tú.

Miró hacia abajo.

—¿Sin zapatos?

—Sí.

—Interesante.

—Pareces menos rico.

—Sigo siendo el mismo.

—Pero sin zapatos.

—Argumento incontestable.

Llegamos a la cocina. Abrí la nevera. Carlos se apoyó a mi lado.

—Ya tienes confianza.

—He estado desnuda por tu casa. Creo que puedo abrir tu nevera.

—Buen criterio.

Miré dentro.

—¿Qué cenamos?

—Lo que quieras.

—No digas eso.

—¿Por?

—Porque puedo pedir pizza.

—Pide pizza.

Me giré.

—¿Aquí?

Carlos miró alrededor.

—¿Dónde quieres comerla?

Señalé hacia el salón.

—En el sofá.

Carlos sonrió.

—Vale.

Entrecerré los ojos.

—¿En serio?

—Sí.

—¿Pizza?

—Sí.

—¿En el sofá blanco?

—Beige.

—Blanco.

—Pide la pizza, Jenn.

Sonreí. Ah. Vale. Saqué el móvil.

—¿Piña?

Carlos me miró.

—Vete de mi casa.

—¡Era una prueba!

—Fuera.

Me reí.

—Has aprobado.

—Gracias.

Abrí la aplicación. Y mientras elegíamos una pizza apoyados en aquella cocina que parecía sacada de una revista, con Carlos descalzo a mi lado discutiendo porque yo quería demasiados ingredientes... la casa dejó de parecerme un poco menos intocable. Solo un poco.

La pizza tardó treinta y cinco minutos. Lo sé porque Carlos miró la hora dos veces.

—Estás impaciente.

—Tengo hambre.

—Podríamos haber cocinado.

Lo miré.

—No.

—¿Por qué?

Señalé la cocina.

—Porque no pienso cocinar ahí.

Carlos miró alrededor.

—¿Qué le pasa a mi cocina?

—Está demasiado limpia.

—Otra vez.

—Sí.

—Las cocinas se limpian.

—Las cocinas tienen cosas.

—La mía tiene cosas.

—¿Dónde?

Abrió un cajón. Cubiertos. Lo cerró.

—Cosas.

—Eso no cuenta.

Abrió otro. Utensilios.

—Más cosas.

—Carlos.

—Qué.

—¿Dónde está el cajón de mierda?

Frunció el ceño.

—¿El qué?

Ah. No.

—Todo el mundo tiene un cajón de mierda.

—Yo no.

—Sí tienes.

—No sé qué es eso.

Me aparté de la isla.

—Un cajón donde metes cosas que no sabes dónde guardar.

—Si no sé dónde guardar algo, busco dónde va.

Me quedé mirándolo.

—No podemos ser amigos.

Carlos empezó a reírse.

—¿Qué metes tú en ese cajón?

—Pilas.

—Hay sitios para las pilas.

—Cinta adhesiva.

—También.

—Un destornillador.

—Tengo herramientas.

—Llaves que no sabes qué abren.

—¿Por qué conservaría una llave si no sé qué abre?

Abrí la boca. La cerré.

—Eres agotador.

—Tú guardas basura en un cajón.

—No es basura.

—No sabes qué abre la llave.

—Pero podría descubrirlo.

—¿Cuándo?

—Algún día.

Carlos se apoyó en la encimera.

—¿Cuánto tiempo lleva ahí?

—No estamos hablando de mi cajón.

—Ahora sí.

—Pues dejamos de hablar.

Sonó el telefonillo. Levanté un dedo.

—Salvada por la pizza.

—Por ahora.

Carlos fue a abrir. Yo miré los cajones. Después hacia donde había desaparecido. Mmm. Abrí uno. Manteles individuales. Otro. Paños. Otro. Nada interesante.

—¿Qué haces?

Cerré de golpe. Carlos estaba en la entrada de la cocina con dos cajas en las manos.

—Nada.

—Estabas buscando el cajón.

—No.

—Jenn.

—He abierto tres.

—Eso es buscar.

—Eso es investigar.

—¿Y?

—Decepcionante.

Carlos dejó las cajas sobre la isla.

—Te dije que no tengo.

—Algún defecto tendrás.

—Varios.

—Ya los encontraré.

Se quedó quieto. Solo un segundo.

—¿Sí?

Ah. Lo miré.

—¿Qué?

—Nada.

—Tu cara.

Carlos cogió las cajas.

—Mi cara está perfectamente.

Mmm. Vale. Lo seguí al salón.

Carlos dejó la pizza sobre la mesa baja. Yo me senté en el sofá. Normal. Como una persona. Duré aproximadamente veinte segundos. Primero me quité un cojín de detrás. Después doblé una pierna. Luego la otra. Carlos me miró.

—¿Qué?

—Nada.

—Estás mirando mis pies.

—Están encima del sofá.

Bajé la vista.

—Sí.

—Hace una hora no querías ni sentarte.

—He evolucionado.

—Rápido.

Cogí un trozo de pizza.

—Adaptación al medio.

Carlos se sentó a mi lado.

—Como manches el sofá...

Me quedé quieta. Lo miré. Él aguantó serio unos dos segundos.

—Hijo de puta.

Se rio.

—Tu cara.

—Casi bajo los pies.

—Lo he visto.