La ley del rock Capítulo 12 - Un poco menos intocable #2
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Capítulo 12 - Un poco menos intocable #2

Tardamos bastante más de 20 minutos. Eso ya me pareció ofensivo. Salimos de mi zona. Después del centro. Después de las calles que conocía bien. Las casas empezaron a separarse. Más árboles. Menos edificios. Más muros. Muchos muros. Miré por la ventanilla.

—¿Dónde coño vives?

Carlos sonrió.

—Ya llegamos.

—Eso no responde.

—Aquí.

Señaló hacia delante. Una entrada. Garita. Barrera. Ah. No. Carlos redujo la velocidad. El hombre de seguridad levantó una mano al verlo. Carlos respondió. La barrera subió. Me giré lentamente hacia él.

—¿Tienes que pasar un control fronterizo para ir a tu casa?

Se rio.

—Es seguridad.

—Ya.

Miré hacia atrás. La barrera volvió a bajar.

—Si intento salir corriendo, ¿me piden documentación?

—Probablemente no.

—Probablemente.

—Jenn.

—Qué.

—No estás secuestrada.

—Todavía.

—Qué confianza.

—Te conozco desde el viernes.

—Y ya has dormido conmigo dos veces.

—Malas decisiones.

—Claro.

Sonreí. Seguimos. Las casas eran grandes. No. Grandes no. Grandes. Parcelas enormes. Jardines perfectos. Piscinas que apenas se veían detrás de muros. Coches que probablemente costaban más que mi piso entero si mi piso fuera mío. Me hundí un poco en el asiento.

—Carlos.

—Qué.

—¿Tú eres rico?

Giró la cabeza. Solo un segundo.

—¿Ahora preguntas?

—Antes tenía sospechas.

—¿El Porsche no ayudó?

—Pensé que eras un imbécil con prioridades económicas cuestionables.

Carlos empezó a reírse.

—¿Y el Maserati?

—Reforzó la hipótesis.

—Tengo trabajo.

—Ya.

—Y familia.

—Ajá.

—Y...

—Carlos.

—Qué.

—Era una pregunta sencilla.

Pensó.

—Sí.

Ah.

—Vale.

—¿Vale?

—Sí.

—Esperaba algo más.

—Estoy procesando.

—Llevas cinco días procesando mis coches.

—Los coches puedo fingir que son alquilados.

—No lo son.

—Gracias.

Giró. Una calle más estrecha. Árboles a ambos lados.

Y frenó delante de una puerta. Se abrió sola.

Claro. Entramos. Miré. Jardín. Mucho. Una casa de dos plantas.

Líneas rectas. Piedra. Cristal. Madera. Piscina al fondo.

O parte de ella. No veía dónde terminaba.

Carlos condujo hacia un lateral. Otra puerta empezó a abrirse.

Garaje. Entramos. Porsche. Ahí. Otro coche tapado con una funda.

Y espacio. Mucho espacio. Carlos aparcó el Maserati. Apagó. Yo seguí mirando.

—Tienes un garaje más grande que mi piso.

—No.

Lo miré.

—Carlos.

—No sé cuánto mide tu piso.

—Pues no contradigas.

Se rio. Bajó. Yo tardé un poco más. Abrí la puerta. Salí. Miré el Porsche. Después el coche tapado.

—¿Qué hay ahí?

Carlos cerró el suyo.

—Un coche.

—Gracias, arquitecto.

—De nada.

—¿Cuál?

—Luego.

—¿Por qué luego?

—Porque quiero entrar en casa.

—Yo quiero saber qué coche escondes.

—No está escondido.

—Tiene una sábana.

—Es una funda.

—Una sábana cara.

Carlos empezó a andar.

—Ven.

—No.

Se giró. Yo estaba junto al coche tapado.

—Jenn.

—Qué.

—No vas a levantarla.

Puse dos dedos en el borde.

—No.

—Te estoy viendo.

—No estoy haciendo nada.

—Tu mano.

—Mi mano está perfectamente.

Carlos volvió. Me agarró por la cintura.

—Dentro.

—Dictador.

—Muchísimo.

Me apartó del coche.

—Esto queda pendiente.

—Vale.

—No me estás dando la razón para que me calle, ¿no?

—Sí.

—Hijo de puta.

Me besó en la sien.

—Ven.

Entramos.

Lo primero que pensé fue: Joder. Lo segundo: No toques nada.

No porque hubiera carteles. Ni cosas especialmente delicadas.

Era... perfecto. Demasiado. El recibidor se abría hacia un salón enorme.

Suelo claro. Paredes claras. Muebles que parecían elegidos todos el mismo día por alguien que sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Un sofá enorme. Claro también. Mesa baja.

Cristal. Una chimenea. Cuadros. Pocos. Grandes.

Ninguno torcido. Ni una chaqueta. Ni unas zapatillas.

Ni una taza. Nada. Miré a Carlos. Después el salón.

—¿Vives aquí?

—Sí.

—¿Seguro?

—Bastante.

Entré un poco más.

—Parece una casa piloto.

Carlos dejó las llaves sobre una bandeja. Por supuesto había una bandeja para las llaves.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo sé.

Me acerqué al sofá. No me senté. Carlos me observó.

—Puedes tocarlo.

Lo miré.

—Cállate.

Sonrió. Pasé una mano por el respaldo.

—Es blanco.

—Beige.

—Es blanco.

—No.

—Carlos, eso es blanco con miedo.

Se rio.

—Es beige.

—¿Comes aquí?

—Sí.

—¿En este sofá?

—A veces.

Lo miré.

—Mentira.

—¿Por qué?

—Porque está limpio.

—Limpio las cosas.

—No existe limpieza suficiente para comer pizza encima de esto.

—Tengo una mesa.

—Ah.

—Como los humanos.

Seguí andando. La cocina estaba abierta al salón. Enorme. Negra. Madera. Una isla en medio. Todo guardado. Nada sobre la encimera salvo una cafetera.

—Aquí tampoco vive nadie.

—Jenn.

—¿Dónde están tus cosas?

—¿Qué cosas?

Abrí los brazos.

—Cosas.

—Muy específico.

—Una bolsa de pan.

—No compro pan de bolsa.

Lo miré.

—Claro que no.

—¿Qué significa eso?

—Nada.

Abrí una puerta. Despensa. Ah. Sí había comida. Mucha.

—Vale.

—¿Qué haces?

—Comprobando.

—¿Qué?

—Que comes.

—A veces.

Cerré. Abrí otra. Vasos. Perfectamente colocados. La cerré inmediatamente.

—Me pone nerviosa tu casa.

Carlos se apoyó en la isla.

—¿Por qué?

Miré alrededor.

—Porque parece que todo tiene un sitio.

—Todo tiene un sitio.

—Eso es exactamente lo que me pone nerviosa.

Sonrió.

—En tu casa también.

—No.

—Sí.

—En mi casa las cosas tienen zonas.

—¿Zonas?

—Sí.

—Explícame eso.

—El mando está en la zona sofá.

—¿Dónde exactamente?

—Depende.

—¿De qué?

—De dónde haya acabado.

Carlos se rio.

—Eso no es un sitio.

—Es una zona.

—Claro.

Me acerqué a la isla. Apoyé las manos.

—¿Cuántas habitaciones tienes?

—Cinco.

Lo miré.

—¿Para qué?

—Dormir.

—¿En las cinco?

—No.

—Entonces ¿para qué quieres cinco?

—No diseñé la casa pensando en optimizar camas.

—Eres arquitecto.

—Precisamente.

—¿Cuántos baños?

—Cuatro.

Cerré los ojos.

—No.

—¿Qué?

—Nada.

—Jenn.

—Tienes más baños que culos viven aquí.

Carlos empezó a reírse.

—Eso suele pasar en casas grandes.

—Es absurdo.

—Puede.

—¿Piscina?

—Sí.

—La he visto.

—Entonces para qué preguntas.

—¿Gimnasio?

—Sí.

Lo señalé.

—Sabía que tenías pinta de tener gimnasio.

—¿Qué pinta es esa?

—Esa.

—Gran explicación.

—Gracias.

Miré alrededor otra vez. Era preciosa. De verdad. No podía decir que no. Todo encajaba. Todo parecía caro sin necesitar demostrar que lo era. Todo estaba exactamente donde debía. Y aun así...

—¿Qué? —preguntó Carlos.

Lo miré.

—Nada.

—Llevas un rato poniendo cara.

—Estoy mirando.

—Eso veo.

Volví hacia el salón.

—Es muy bonita.

—Gracias.

—Mucho.

Carlos se acercó.

—Pero.

Ah.

—No hay pero.

—Hay un pero.

—No.

—Jenn.

Suspiré.

—Parece que no se pueda hacer el gilipollas aquí.

Silencio. Carlos me miró. Yo miré el sofá beige.

—Por ejemplo, ahí.

—Qué le pasa.

—No me tiraría encima.

—¿Por qué?

—Porque parece caro.

—Es un sofá.

—Es un sofá que tiene opinión sobre mí.

Carlos soltó una carcajada.

—No te rías.

—Estoy intentando entenderte.

—Tu sofá me juzga.

—Mi sofá no sabe quién eres.

—Peor. Prejuicios.

Carlos se acercó más.

—Hazlo.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

Señaló el sofá.

—Tírate.

—No.

—¿No querías?

—No delante de ti.

—¿Te da vergüenza?

—No.

—Entonces.

Lo miré. Miré el sofá. Otra vez a Carlos.

—Como se rompa...

—No se va a romper.

—Como lo manche...

—Lo limpiamos.

—Como...

—Jenn.

—Qué.

—Es una casa.

Ah. Lo dijo tan normal que me callé. Miré alrededor. Después a él.

—Ya.

Carlos se encogió de hombros.

—Vivo aquí. No la expongo.

Miré otra vez el salón. Eso no era exactamente lo que parecía. Pero quizá para él sí.

—Vale.

Dejé el bolso en el suelo. Carlos levantó una ceja.

—¿Qué haces?

Retrocedí dos pasos.

—Una prueba.

—Jenn.

Corrí. Dos metros. Me lancé sobre el sofá.

—¡Joder!

Reboté. Carlos empezó a reírse. Muchísimo. Me quedé boca arriba.

—Está duro.

—Es nuevo.

—Tu sofá es una mierda.

—Hace treinta segundos era precioso.

—Una cosa no quita la otra.

Carlos se acercó. Me miró desde arriba.

—¿Mejor?

Pensé.

—Un poco.

—Bien.

—Pero sigue juzgándome.

—Dale tiempo.

Levanté los brazos.

—Ven.

—¿Yo?

—No, el sofá.

Carlos sonrió. Se inclinó. Me agarró de las manos.

—Arriba.

—No.

—¿No querías que fuera?

—Sí.

Tiré de él. Carlos perdió el equilibrio lo justo. Cayó encima de mí.

—¡Animal!

—Has tirado tú.

—No calculé tu masa.

—Arquitectura básica.

—Eso no es arquitectura.

—Ahora sí sabes lo que hacemos.

—Sigo sin saberlo.

Carlos estaba riéndose. Yo también. Y entonces dejó de hacerlo. No de golpe. Simplemente... se quedó mirándome. Ah. Tenía una rodilla entre mis piernas. Una mano apoyada junto a mi cabeza. La otra todavía agarraba la mía.

—Qué —murmuré.

—Nada.

—Tu cara.

—Mi cara está perfectamente.

—Mentira.

Me besó. Y el sofá dejó de preocuparme bastante rápido. Su mano soltó la mía. Fue a mi cintura. La mía a su nuca. Otro beso. Más lento. Otro. Carlos se separó apenas.

—¿Sigue juzgándote?

Miré hacia el respaldo.

—Muchísimo.

—¿Nos vamos a otro sitio?

Volví a mirarlo.

—¿Tienes cinco habitaciones, no?

Sonrió.

—Sí.

—Habrá que amortizarlas.

Carlos soltó una risa contra mi boca.

—Solo uso una.

—Qué desperdicio.

Volvió a besarme. Y cuando su mano empezó a subir por debajo de mi camiseta decidí que, por una vez, aquella casa podía dejar de parecer una galería. Aunque fuera solo durante un rato.

—La habitación está arriba —dijo, sin apartarse demasiado de mi cuello.

—El sofá está aquí.

Carlos levantó la cabeza.

—Es beige.

—Sobrevivirá.

—Hace diez minutos decías que te juzgaba.

—Y ahora voy a darle motivos.

Se rio. Le agarré de la nuca y tiré de él hacia abajo.

—Menos dudas, arquitecto.

—No estaba dudando.

—Pues demuéstralo.

Mala idea. O buena. Carlos volvió a besarme. Definitivamente buena. Mi camiseta duró poco. La suya menos porque me encargué yo. Acabó en el suelo. Encima de la alfombra. Perfecta. Claro. Miré un segundo.

—Tu camiseta está en el suelo.

Carlos ni se giró.

—Sobrevivirá.

—Estás aprendiendo.

—Muchísimo.

Volví a besarlo. El sofá no era especialmente ancho. Carlos sí. Problemas. Me sujetó por la cintura y me movió con una facilidad que ya empezaba a conocer.

—Qué manía tienes de moverme.

—Eres pequeña.

—No soy mobiliario.

—No he dicho eso.

—Lo has pensado.

—No.

—Mentira.