Capítulo 13 - Once minutos
Once minutos
Los siguientes días pasaron rápido. Por suerte.
Porque empezaba a sospechar que desde el viernes anterior habían ocurrido más cosas en mi vida que durante los tres meses anteriores juntos.
El jueves trabajé. El viernes también. Carlos apareció en ambos.
No todo el día. No estaba tan mal de la cabeza.
Todavía. El jueves me escribió a media mañana .
Carlos · ¿Comemos juntos?
Trabajo · Yo
Carlos · La gente que trabaja también come
Fuente? · Yo
Carlos · Sentido común
No fiable · Yo
Acabamos comiendo juntos. El viernes fue peor.
Carlos · ¿Qué haces esta noche?
Depende · Yo
Carlos · ¿De qué?
De lo que estés proponiendo · Yo
Carlos · Todavía nada
Pues todavía no hago nada · Yo
Carlos · Perfecto
Eso no tiene sentido · Yo
Carlos · A las ocho?
Carlos · Yo
Carlos · Qué
ESO SIGUE SIN SER UN PLAN · Yo
Carlos · Ya se nos ocurrirá
Ah. Eso sí me gustaba más. Quedamos. No fuimos a su casa.
Ni a la mía. Cenamos en un sitio pequeño del centro que no tenía seguridad privada, cuatro baños ni sofás con opinión.
Mucho mejor. Después caminamos. Nos besamos en una esquina.
Luego en otra. Y cuando nos despedimos delante de mi portal tardamos bastante más de lo necesario.
Carlos me gustaba. Eso estaba bastante claro.
Me gustaba mirarlo. Me gustaba besarlo. Me gustaba todavía más cuando dejaba de parecer el hombre que tenía perfectamente decidido dónde iba cada cosa.
Y él... Bueno. Carlos empezaba a buscarme bastante.
No me molestaba. Al contrario. Solo que algunas veces tenía la extraña sensación de que él estaba avanzando por una carretera mientras yo todavía iba mirando el paisaje.
No pensé demasiado en ello. Tenía veintisiete años.
No estaba firmando una hipoteca. Podía simplemente pasármelo bien.
Así que lo hice. El sábado por la mañana me desperté tarde.
Muy tarde. Las diez y treinta y siete. Glorioso.
Me quedé en la cama otros veinte minutos por principios.
Después desayuné. Puse música. Recogí un poco.
Muy poco. Tampoco había que ponerse radical.
Pasé por delante de Raven tres veces. A la cuarta me detuve.
Ah. Seguía sin probarla en condiciones desde que Adrián la había ajustado.
Me acerqué. La cogí. Me senté en el sofá.
La apoyé sobre la pierna. Mucho mejor. Eso lo noté incluso antes de tocar nada. Saqué el móvil. Abrí Impresentables.
Voy a probar a Raven · Yo
Adrián respondió primero. Normal.
Adrián · 👀
No me presiones · Yo
Adrián · No he dicho nada
Ese ojo presiona · Yo
Gabriel · Son dos ojos
Miré el mensaje.
Gracias Gabriel · Yo
Gabriel · Servicio público
Adrián · Solo dime si notas mejor la altura
Sí doctor · Yo
Adrián · Luthier
No vamos a volver a discutir esto · Yo
Adrián · No
Gabriel · Yo voto doctor
Adrián · Tú cállate
Sonreí. Dejé el móvil a mi lado. Vibró. Lo miré.
Marc · Voy
Fruncí el ceño.
¿Dónde? · Yo
Marc · A tu casa
Me quedé mirando la pantalla. ¿Qué?
¿Sabes dónde vivo? · Yo
Marc · Jenn
Es una pregunta legítima · Yo
Marc · Vivo en tu calle
Ah. Cierto.
Eso no responde · Yo
Marc · Sí sé dónde vives
Eso es inquietante · Yo
Marc · Carlos te dejó delante de tu portal el martes
Ah. También.
Cotilla · Yo
Marc · Tengo ojos
Pues úsalos desde tu casa · Yo
Marc · No
Marc · Yo
Marc · Qué
No te he invitado · Yo
Marc · Ya
??? · Yo
Marc · 2 minutos
Miré el mensaje. Después la hora. Las once y veintidós.
Negué con la cabeza. Dejé el móvil. Cogí a Raven.
Toqué una cuerda. Luego otra. Mucho más cómoda.
Bien. Probé el riff de Seven Nation Army.
Una vez. Otra. La tercera salió peor que la segunda.
Perfecto. Volví a empezar. El telefonillo sonó.
Paré. Miré el móvil. Once y veinticuatro.
No. Me levanté. Fui hasta el telefonillo. Descolgué.
—¿Sí?
—Dos minutos.
Miré la hora.
—Dos minutos y doce segundos.
Silencio.
—¿Me has cronometrado?
—No.
—Acabas de decir doce segundos.
—He mirado la hora.
—Eso es cronometrar con menos compromiso.
Me reí.
—¿Vas a subir o vas a discutir desde la calle?
—Para subir tendrías que abrirme.
Ah. Pulsé el botón.
—Qué exigente.
—¿Ves?
Colgué. Miré alrededor. Taza en la mesa.
Manta hecha un ovillo en una esquina del sofá.
Una zapatilla debajo. La otra... Miré. Ahí.
Junto a la mesa. Bien. Mi casa. No hice nada.
Volví a sentarme. Raven sobre las piernas.
Dos minutos después llamaron a la puerta.
Me levanté. Abrí. Marc estaba al otro lado.
Vaqueros. Camiseta negra. Pelo suelto. Y una funda de guitarra colgada a la espalda. Miré la funda. Después a él.
—¿Qué coño haces?
Marc miró hacia atrás como si acabara de descubrirla.
—Ah.
—¿Ah?
—Se ha venido.
—Claro.
—No quería dejarla sola.
—Tiene problemas de apego.
—Curioso.
Me aparté. Marc entró. Y mientras cerraba la puerta detrás de él pensé que era la primera vez que estaba en mi casa. Él no pareció pensarlo. Dejó la funda apoyada junto a la pared. Miró a Raven sobre el sofá. Después a mí.
—A ver.
—Hola a ti también.
Marc volvió a mirarme.
—Hola.
—Mejor.
—Raven.
—Pesado.
Fui hacia el sofá. Marc detrás. Señaló la guitarra.
—Toca.
Me senté.
—No.
—Acabas de decir en el grupo que ibas a tocar.
—Antes de que vinieras.
—Pues ya estoy.
—Ese es el problema.
Marc sonrió.
—Toca, vecina.
Levanté la cabeza.
—¿Otra vez vecina?
—Vivo en tu calle.
—Eso no nos hace vecinos.
—Dos minutos y doce segundos.
—Eso te hace pesado.
—También.
Cogí la púa. Marc se sentó a mi lado. Demasiado tranquilo para alguien que acababa de autoinvitarse a mi casa.
—Venga.
Lo miré.
—Como te rías, te echo.
—No me voy a reír.
—Mentira.
—Depende de lo que hagas.
—Fuera.
Marc se rio.
—Todavía no has tocado.
—Y ya me estás molestando.
—Eso es independiente de la guitarra.
Ah. Eso era verdad. Volví a colocar los dedos. Marc miró.
—Otra vez.
—¿Otra vez qué?
—El riff.
—Ya sabes tocarlo.
—Quiero verte a ti.
Ah. Vale. Miré el mástil. Mucho mejor. Toqué. Una vez. No demasiado mal. Seguí. Marc no dijo nada. Eso era peor. Paré.
—¿Qué?
—Nada.
—Estás mirando.
—Para eso he venido.
—Has venido porque te has autoinvitado.
—También.
Volví a tocar. Esta vez llegué hasta el final sin equivocarme. Levanté la cabeza. Marc seguía mirando mis manos.
—¿Y?
—Mejor.
—¿Mejor bien o mejor antes dabas pena y ahora un poco menos?
Marc sonrió.
—Mejor bien.
—Ah.
—La altura te va mejor.
Miré a Raven.
—Sí.
Pasé los dedos por las cuerdas.
—Mucho.
Marc asintió.
—Adrián sabe lo que hace.
—Doctor de guitarras.
—Como le llames así delante de Alberto te va a odiar.
—¿Por qué?
—Porque lleva años intentando que deje de arreglar guitarras gratis.
Me reí.
—¿Lo hace gratis?
—A los amigos.
Miré a Marc.
—Pues espero que me considere amiga, porque no me ha cobrado una mierda.
—Te invitó a su casa, te arregló la guitarra y ayer estuvo preguntándote por ella.
—Buen punto.
—Además le llamas doctor de guitarras.
—Eso demuestra confianza.
—Demuestra que tienes ganas de tocarle los cojones.
—También.
Marc sonrió.
—Entonces sí. Sois amigos.
—Qué bonito. Ya tengo certificado oficial.
—De nada.
—No te lo he pedido.
—Mi cara está perfectamente.
Lo miré.
—Ni siquiera había dicho nada de tu cara.
—Pero ibas a hacerlo.
Ah.
—Eso también da un poco de miedo.
—Te vas acostumbrando.
Hijo de puta. Toqué otra vez. Marc se inclinó un poco.
—Espera.
Paré.
—¿Qué?
—La muñeca.
La miré.
—¿Qué le pasa?
—La estás doblando demasiado.
—Porque mis dedos miden tres centímetros.
—Tus dedos están bien.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Pues ya me lo he quedado.
Marc negó con la cabeza.
—Mira.
Le tendí la guitarra.
—Hazlo tú.
—No.
—¿No?
—Hazlo tú.
—Marc, si supiera hacerlo no estarías aquí.
—Estoy intentando enseñarte.
—Pues enseña.
—Eso hago.
—Estás señalando partes de mi cuerpo y diciendo que están mal.
Se quedó callado. Un segundo.
—He dicho la muñeca.
—Parte de mi cuerpo.
—Jenn.
—Qué.
—Dame la mano.
Ah. Se la di. Marc me colocó los dedos sobre el mástil.
—No aprietes tanto.
—Se me escapan.
—Porque intentas sujetarla como si fuera a huir.
—No conoces a Raven.
—La conozco desde antes que tú.
—A la mía no.
—Son el mismo modelo.
Levanté la cabeza.
—Gemelas.
Marc cerró los ojos.
—No.
—Sí.
—No vuelvas con eso.
—La tuya es roja y la mía negra.
—Eso no las convierte en gemelas.
—Mellizas.
—Peor.
Me reí. Marc volvió a señalar mi mano.
—Concéntrate.
—Estoy concentrada.
—Llevas treinta segundos hablando de parentescos entre guitarras.
—Puedo hacer dos cosas.
—No parece.
Le di con el hombro.
—Gilipollas.
Marc sonrió.
—Otra vez.
Coloqué los dedos. Esta vez sin apretar tanto.
—¿Así?
—Mejor.
—¿Ves? Sé aprender.
—No he dicho que no.
—Lo has pensado.
—Tampoco.
Toqué. La cuerda sonó limpia. Paré. Miré a Marc. Él levantó las cejas.
—Otra.
Toqué otra vez. Limpia.
—Hostia.
—Otra.
—Déjame disfrutar.
—Otra.
—Qué pesado eres.
Pero lo hice. También salió. Sonreí. Marc también.
—Ahí está.
—¿Qué?
—Eso.
—¿Eso qué?
—Que ya no estás peleándote con ella.
Miré a Raven.
—Nos estamos conociendo.
—Lleváis meses.
—Las relaciones necesitan tiempo.
Marc soltó una risa.
—Claro.
—Además ella también tiene que adaptarse a mí.
—Es una guitarra.
—Y tú un insensible.
—Toca.
—Dictador.
Volví a hacerlo. Una vez. Otra. Después intenté cambiar de posición. Mal. Muy mal. El sonido murió de una forma bastante humillante. Marc hizo una mueca.
—No hagas esa cara.
—No he hecho nada.
—Has sufrido.
—Un poco.
—Pues ahora lo hago peor.
—No.
—Sí.
Lo repetí deliberadamente mal. Marc me quitó la púa.
—Eh.
—Se acabó.
—Devuélvemela.
—Cuando te comportes.
—Es mi casa.
—Y mi púa.
Miré mi mano vacía. Después a él.
—¿Cómo que tu púa?
Marc la levantó entre dos dedos. Negra. La miré. Mierda.
—Pensaba que era mía.
—Ya veo.
—Son todas iguales.
Marc me miró.
—No digas eso delante de Adrián.
Me empecé a reír.
—Sois insoportables con las cosas de guitarra.