La ley del rock Capítulo 11 - Cosas que uno guarda #5
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Capítulo 11 - Cosas que uno guarda #5

—Yo llevo años esperando este momento.

Carlos chocó la suya contra la mía.

—Por las cuatro A.

Adrián nos miró a todos.

—Os odio.

—No —dije.

Marc levantó su botella desde el otro extremo.

—Un poco.

Adrián lo señaló.

—Tú cállate.

—Ni siquiera he brindado.

—Tu cara.

Marc sonrió.

—Mi cara está perfectamente.

Choqué mi cerveza con la de Carlos. Bebí.

Y durante un rato hablamos de absolutamente todo.

Y de nada. Pero no de ese nada aburrido.

Del otro. El bueno. Historias de conciertos que habían salido mal.

Una vez que Álex había roto no sé qué pieza de la batería a mitad de una canción.

Una actuación en la que se había ido la luz.

Alberto jurando que una vez Adrián había empezado una canción con la letra de otra.

—Eso es mentira —dijo Adrián.

—No lo es.

—Fue una palabra.

—Fueron dos frases.

—Me di cuenta.

—Porque Alfredo dejó de tocar.

Miré a Alfredo.

—¿Tú?

Se encogió de hombros.

—Alguien tenía que avisarle.

—El hombre del autobús salvando el concierto.

Alfredo cerró los ojos.

—Me arrepiento de haber venido.

Me reí. Carlos tenía la rodilla pegada a la mía debajo de la mesa. No se apartaba. Yo tampoco. En algún momento me pasó un brazo por detrás de la silla. Normal. Otra vez. Y me gustó. También otra vez. Cuando terminé la cerveza miré la botella. Después la hora. Once menos cuarto.

—Me voy a morir mañana.

—No —dijo Carlos.

—Tú no sabes cómo funciono por las mañanas.

—Esta mañana te he visto.

—Precisamente.

Gabriel miró a Carlos. Después a mí. Sonrió. No. Lo señalé.

—Ni se te ocurra.

—No he dicho nada.

—Pero ibas a hacerlo.

—Puede.

—Pues no.

—Vale.

Marc estaba terminando la suya. Miré su botella. Después la mía.

—¿Quieres otra?

Levantó los ojos.

—¿Yo?

—No, Alfredo.

Alfredo negó con la cabeza.

—No me metas.

—Tú espera el autobús.

—Jenn.

—Perdón.

Volví a Marc.

—Sí. Tú.

—¿Por?

—Porque quiero otra y así no bebo sola.

Marc miró mi botella.

—Carlos está bebiendo.

Miré a Carlos. Todavía le quedaba más de la mitad.

—Carlos bebe lento.

—Disfruto las cosas —dijo él.

—Yo también.

—Tú te has bebido eso en diez minutos.

—Disfruto rápido.

Marc sonrió.

—Vale.

Me levanté.

—Invito yo.

—No hace falta.

—Ya lo sé.

—Entonces...

—Marc.

—Qué.

—Cállate.

Me miró. Dos segundos.

—Vale.

—Gracias.

Fui a por otras dos. Cuando volví, dejé una delante de él.

—Tu cerveza.

—Gracias, vecina.

—De nada, obrero.

Me senté. Carlos me miró.

—¿Yo no tengo?

—Tú todavía tienes.

Miró su botella.

—Cierto.

—Administración eficiente.

—Ahora entiendo tu trabajo.

—Por fin.

Marc abrió su quinto. Yo el mío. Levanté la botella.

—¿Por qué brindamos?

Marc pensó.

—Porque mañana trabajo de tarde.

Lo miré.

—Eso es una mierda de brindis.

—Para mí es excelente.

—Yo trabajo por la mañana.

—Problema tuyo.

—Te acabo de invitar.

—Problema mío.

Sonreí.

—Por Raven.

Marc levantó ligeramente la botella.

—Por Raven.

Chocamos. Y bebimos.

Al final una cerveza fueron dos. Bueno. Dos para mí. No sabía cuántas llevaban ellos. Tampoco era asunto mío. Carlos tenía que conducir. Él sí había parado. Responsable. Qué desagradable. Me levanté cuando dieron las once y cuarto.

—Ahora sí.

Adrián me miró.

—¿Te vas?

—Mañana trabajo.

—Nosotros también.

—Pues sois idiotas.

—Sí.

—Bien.

Cogí el bolso. Carlos se levantó conmigo.

—Voy pagando.

—Te doy lo mío.

—No.

—Carlos.

—Jenn.

—No empieces.

—No estoy empezando.

—Te doy...

—He dicho que no.

Lo miré.

—Mandón.

Sonrió.

—Muchísimo.

Se fue hacia dentro. Yo negué con la cabeza.

—Qué tío.

—Te gusta —dijo Álex.

Giré la cabeza.

—Tú llevas conociéndome dos horas.

—Suficiente.

—No.

—Vale.

—Gracias.

Empecé a despedirme. Alberto. Alfredo. Álex. Gabriel me dio un abrazo. Adrián también. Más largo.

—Gracias por venir.

—Gracias por dejarme invadir tu taller una hora y media antes.

—Puedes invadirlo cuando quieras.

—No me tientes.

—Te estoy tentando.

Sonreí.

—Buenas noches, cantante.

—Buenas noches, Jenn.

Me separé. Marc estaba sentado todavía. Tenía la botella vacía delante.

—Adiós, obrero.

—Adiós, vecina.

Di un paso. Marc bajó la mirada. Cogió algo de la mesa. La chapa. La de su cerveza. La hizo girar entre los dedos. Y se la metió en el bolsillo. Me detuve.

—¿Qué haces?

Marc levantó la vista.

—¿Qué?

—Eso.

—¿Qué?

—Te acabas de guardar la chapa.

Miró hacia su bolsillo. Después a mí.

—Sí.

—¿Por qué?

Se encogió de hombros.

—Es mía.

Fruncí el ceño.

—Era de la cerveza.

—La cerveza me la has pagado tú.

—¿Y?

Marc volvió a encogerse de hombros.

—Pues eso.

Lo miré.

—Eres raro.

—Tú le has puesto Raven a una guitarra.

Ah.

—Touché.

Marc sonrió.

—Buenas noches, Jenn.

—Buenas noches.

Me giré. Carlos salía ya del bar. Vino hacia mí. Su mano encontró mi cintura.

—¿Vamos?

—Sí.

Empezamos a andar. Di tres pasos. Miré hacia atrás. Marc estaba hablando con Gabriel. Normal. Como si no acabara de guardarse una puta chapa de cerveza en el bolsillo. Negué con la cabeza.

—¿Qué? —preguntó Carlos.

—Nada.

—Tu cara.

Lo miré.

—Mi cara está perfectamente.

Carlos sonrió. Seguimos andando. Y no volví a pensar en la chapa. No aquella noche.