Capítulo 11 - Cosas que uno guarda #4
Marc apartó los ojos. Alberto se levantó.
Álex cogió las baquetas. Alfredo se colocó.
Marc dejó la guitarra en el soporte. Y Balas de Acero empezó a tocar.
Me quedé mirando hacia delante. Ah. Vale.
Carlos apoyó un brazo detrás de mí en el sofá.
Me acerqué un poco a él. La música llenó el taller.
Y seguí mirando a Adrián. Pero durante unos segundos todavía tuve el riff anterior metido en la cabeza.
La siguiente canción era más rápida. Mucho.
Álex empezó y durante unos segundos pensé que iba a desmontar la batería a golpes.
Alfredo entró después. Alberto. Adrián. Y aquello cambió.
No sabía explicar por qué. Quizá porque hasta entonces los había visto ensayar.
Ahora parecía que estaban tocando de verdad. Carlos se inclinó hacia mí.
—Esta me gusta.
—¿Es suya?
—Sí.
—¿Cómo se llama?
Carlos abrió la boca. La cerró.
—No me acuerdo.
Lo miré.
—Fan número uno.
—Me sé la canción.
—No el nombre.
—Detalles.
Gabriel, al otro lado, se inclinó hacia nosotros.
—Sin red.
Miré a Adrián.
—¿Qué?
—La canción. Se llama Sin red.
—Gracias.
Miré a Carlos.
—Fan número dos.
—Vete a la mierda.
Sonreí. Adrián cantaba con los ojos cerrados.
Esta vez sin guitarra. Y sí. Me gustaba más así.
No porque tocara mal. Ni de coña. Pero sin ella podía moverse.
Agarraba el micrófono. Se apartaba. Volvía.
Álex parecía estar intentando asesinar algo detrás.
Alberto no paraba quieto. Y Alfredo... Alfredo seguía pareciendo el único adulto responsable del lugar.
—¿Siempre está así? —pregunté.
Carlos miró hacia donde señalaba.
—¿Alfredo?
—Sí.
—Sí.
—Parece que esté esperando el autobús.
Gabriel me oyó. Se atragantó con la cerveza.
—Joder.
—¡Míralo!
Alfredo estaba tocando el bajo con una tranquilidad insultante mientras los otros tres parecían estar en mitad de una evacuación. Carlos empezó a reírse.
—Es verdad.
—¿Nunca os habíais dado cuenta?
—Claro que sí.
—Pues alguien tenía que decirlo.
La canción terminó. Alfredo levantó la vista.
—¿Qué?
Negué con la cabeza.
—Nada.
—Estáis mirando.
—Estamos admirando tu capacidad para mantener la calma.
Frunció el ceño.
—¿Qué?
Álex empezó a reírse detrás de la batería.
—Dice que pareces estar esperando el autobús.
Alfredo me miró. Yo lo miré.
—Un poco.
Silencio.
—Llevo veinte años tocando el bajo.
—Pues ya sabes esperar muy bien.
Adrián soltó una carcajada. Alberto tuvo que apartarse del ampli. Y Alfredo... Alfredo sonrió. Pequeño.
—Me cae mal.
—Hace media hora no.
—Ha evolucionado.
—Rápido.
—Muchísimo.
Bien. Ya me sentía mejor.
Tocaron un rato más. No supe cuánto. Lo suficiente para que dejara de mirar la hora.
Eso en mí era bastante. En algún momento Carlos se levantó del sofá.
Gabriel ocupó su sitio. Después Marc apareció con otra cerveza.
Se sentó en el suelo. Luego Adrián paró una canción porque Álex había entrado antes de tiempo.
—No he entrado antes.
—Has entrado antes.
—Tú has entrado tarde.
—Yo canto.
—Precisamente.
—Otra vez —dijo Alberto.
Volvieron a empezar. Pararon. Discutieron.
Empezaron otra vez. Y entendí una cosa. Me gustaba aquello.
No solo la música. Aquello. Verlos trabajar.
Equivocarse. Mandarse a la mierda. Repetir veinte segundos de una canción cuatro veces porque algo no terminaba de encajar.
Yo pensaba que un ensayo sería tocar canciones enteras una detrás de otra.
No. Era bastante más feo. Y bastante más interesante.
En uno de los descansos Adrián vino hacia mí. Estaba sudando. Mucho.
—¿Qué?
—Nada.
—Me estás mirando.
—Das asco.
Se miró la camiseta.
—Gracias.
—Estás empapado.
—Hace calor.
—Hay aire.
—Y cuatro personas tocando.
Álex levantó una baqueta desde el fondo.
—¡Cinco grados más solo conmigo!
—No me extraña —dije—. Estás intentando atravesar los parches.
Adrián cogió mi botella de agua. Bebió. Lo miré.
—Esa era mía.
Paró. Miró la botella. Después a mí.
—Sí.
—Ah.
Bebió otra vez.
—¿Algún problema?
—No.
—Bien.
Me la devolvió.
—Gracias.
—Cerdo.
Me besó en la cabeza.
—Muchísimo.
Se alejó. Sonreí. Gabriel estaba mirándome.
—¿Qué?
—Nada.
—Tu cara.
—Mi cara está perfectamente.
—Pues deja la mía.
—No he dicho nada.
—Pero estás pensando.
—Siempre.
—Eso tiene que ser agotador.
—Muchísimo.
Le di un golpe con el hombro.
Pasaban de las diez cuando Adrián dejó el micrófono.
—Ya.
Álex soltó las baquetas.
—Gracias a Dios.
—¿Cansado? —pregunté.
—No siento los brazos.
—Eso parece malo.
—Mañana vuelven.
—¿Seguro?
—Normalmente.
Alfredo empezó a desconectar el bajo. Alberto estaba recogiendo cables. Yo miré la hora. Diez y doce. Ah.
—Hostia.
Carlos apareció a mi lado.
—¿Qué?
—Son las diez.
—Sí.
—Mañana trabajo.
—También.
Lo miré.
—No pareces preocupado.
—No lo estoy.
—Qué vida.
—¿Te llevo?
Abrí la boca.
—¿Ya?
—No.
—Ah.
—Preguntaba después.
—¿Después de qué?
—De la cerveza.
Fruncí el ceño.
—¿Qué cerveza?
—La que vamos a tomar.
—¿Vamos a tomar una cerveza?
Gabriel apareció por detrás.
—Sí.
—¿Quién lo ha decidido?
—Yo.
—¿Cuándo?
—Ahora.
—Ah.
Adrián se secó la cara con una toalla.
—Hay un bar aquí al lado.
—¿Aquí al lado cuánto es?
—Dos minutos.
Marc levantó la cabeza desde donde estaba guardando un cable.
—Para ti, tres.
Lo miré.
—No.
Sonrió.
—Dos y doce.
—Que te jodan.
—Estoy cansado.
—Pues mañana.
Marc se quedó quieto. Yo también. Un segundo. Después empezó a reírse.
—Esa era mía.
—Ya no.
—Ladrona.
—Yep.
Carlos me puso una mano en la espalda.
—¿Vienes?
Miré la hora otra vez. Diez y trece. Mañana tenía que levantarme. Trabajar. Ser una persona funcional. Responsable. Adulta.
—Una.
Gabriel asintió.
—Una.
Adrián también.
—Una.
Marc no dijo nada. Miré a Carlos.
—Una.
—Claro.
Entrecerré los ojos.
—No os creo a ninguno.
Álex pasó por nuestro lado.
—Haces bien.
El bar estaba realmente a dos minutos. Eso fue decepcionante.
Esperaba poder echarle algo en cara a Adrián.
Era pequeño. Terraza. Mesas de plástico.
Un toldo enorme. Nada especial. Perfecto.
Nos sentamos como pudimos alrededor de dos mesas que juntamos.
Éramos demasiados. Adrián a mi izquierda.
Carlos a mi derecha. Gabriel enfrente. Marc un poco más allá.
Álex, Alfredo y Alberto completaron aquello como pudieron.
—¿Qué quieres? —preguntó Carlos.
—Cerveza.
—Eso lo había deducido.
—Un quinto.
—Voy.
Se levantó. Gabriel también.
—Te ayudo.
Los vi entrar. Adrián apoyó los brazos sobre la mesa.
—¿Qué te ha parecido?
—¿El ensayo?
—Sí.
—Mal.
Su cara cayó. Me entró la risa.
—¡Adrián!
—Eres gilipollas.
—Maybe.
—Pensaba que lo decías en serio.
—Me ha encantado.
—Ahora ya no te creo.
Le agarré el brazo.
—Que sí.
—No.
—Adrián.
—Qué.
—Me ha gustado mucho.
Me miró. Esta vez no hice broma.
—Muchísimo.
Sonrió. Ahí. Esa sonrisa suya pequeña.
—Pues puedes venir cuando quieras.
—No digas eso.
—¿Por?
—Porque vendré.
—Esa era la idea.
—Luego no te quejes.
—No lo haré.
Álex se inclinó sobre la mesa.
—Yo sí.
—Tú no mandas.
—Soy el batería.
—Exacto.
—¿Qué significa eso?
—No sé. Pero no mandas.
Alberto soltó una carcajada.
—Definitivamente puede volver.
—Gracias.
Carlos y Gabriel regresaron con las bebidas. Una delante de mí. La cogí. Fría. Perfecto.
—Por las cuatro A —dije.
—No —dijo Adrián inmediatamente.
Levanté la botella.
—Por las cuatro A.
Álex levantó la suya.
—Por las cuatro A.
—Traidor —dijo Adrián.
Alberto brindó. Alfredo tardó dos segundos. Después también.
—No puedo creer esto.
Gabriel levantó la cerveza.