La ley del rock Capítulo 11 - Cosas que uno guarda #3
45%

Capítulo 11 - Cosas que uno guarda #3

Gabriel se llevó una mano a la cara.

—Joder.

—¡TODO A!

—Llevan años intentando superar eso.

—Pues no deberían.

Álex señaló hacia mí con una baqueta.

—Me cae bien.

—Gracias.

—No la animes —dijo Adrián.

Gabriel miró a Raven, apoyada junto al sofá.

—¿La has traído?

—Me obligaron.

—Te pedí que la trajeras —dijo Adrián.

—Eso.

—No es obligarte.

—Interpretaciones.

Gabriel sonrió.

—¿Has tocado?

—No.

—¿Nada?

—Nada.

—Cobarde.

Lo miré.

—Hay cuatro músicos profesionales delante.

Alfredo levantó una mano.

—Tres.

Miré a Adrián.

—¿Qué?

—Yo arreglo guitarras.

—Y cantas.

—Eso no me hace profesional.

—¿Cobras alguna vez por tocar?

Adrián hizo una pausa.

—Sí.

—Pues cállate.

Gabriel soltó una carcajada.

—Cinco días.

—¿Qué?

—Llevas cinco días con nosotros.

—¿Y?

—Nada.

Negó con la cabeza.

—Nada.

Se sentó a mi lado. Álex golpeó dos veces las baquetas.

—¿Seguimos o vais a montar una tertulia?

—Seguid —dije.

Gabriel me miró.

—¿Te gusta?

—Mucho.

Adrián lo oyó. Sonrió. Pequeño. Después volvió al micrófono. Y siguieron.

Gabriel llevaba allí unos veinte minutos cuando la puerta volvió a abrirse. Esta vez sí miré directamente. Marc. Ah. Vaqueros. Camiseta negra. Pelo suelto. Cara de haber dormido. Pero no suficiente. Entró mirando hacia el fondo.

—Buenas.

—Hombre —dijo Gabriel.

Marc sonrió. Y mientras avanzaba se pasó una mano por encima de la cabeza, recogiendo todo el pelo hacia atrás. Despacio. Lo sujetó un segundo. Lo soltó. No. Eso no era necesario. Miré hacia Adrián. Mucho mejor.

—¿Has resucitado? —preguntó Gabriel.

—A medias.

—¿Cuánto has dormido?

—No sé.

Marc dejó unas llaves sobre una mesa.

—Suficiente.

—Eso significa poco.

—Probablemente.

Adrián levantó una mano desde el otro lado.

—Buenas.

—Buenas.

Marc saludó a los demás. Uno por uno. Sin presentación. Claro. Los conocía. Después miró hacia el sofá. A Gabriel. A mí. Sus ojos se quedaron un momento. Sonrió.

—Vecina.

Ah.

—Obrero nocturno.

—Qué bonito.

—Estoy practicando.

Se acercó.

—¿Desde cuándo estás aquí?

Gabriel respondió por mí.

—Desde antes de que existiera el ensayo.

—Cállate.

Marc miró la hora.

—No.

—Tú tampoco.

—¿A qué hora has llegado?

—No importa.

—¿Siete?

—Antes.

Su sonrisa aumentó.

—¿Seis y media?

—Casi.

Marc me miró.

—Jenn.

—Qué.

—Eso no es llegar pronto.

—Ya me lo han dicho.

—Eso es ocupar el local.

—Adrián me ha dejado.

—Error suyo.

Levanté el dedo corazón. Marc sonrió. Ahí sí. Normal. El mismo gilipollas. Bien. Miró a Raven.

—La has traído.

—Sí.

—¿Has tocado?

—No.

—Cobarde.

—¡Gabriel me ha dicho exactamente lo mismo!

—Porque tiene razón.

—No voy a tocar delante de vosotros.

Marc frunció el ceño.

—Tocas delante de mí.

—Tú no cuentas.

Silencio. Marc me miró. Gabriel me miró. Yo los miré.

—¿Qué?

Marc ladeó ligeramente la cabeza.

—Nada.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa.

—Mi cara está perfectamente.

Hijo de puta. Gabriel soltó una risa por la nariz.

—Ya empezamos.

—Él ha empezado.

—Acabo de llegar —dijo Marc.

—Y ya estás molestando.

—Eficiencia.

Se dejó caer al otro lado de Gabriel. Me incliné hacia delante para mirarlo.

—¿Has trabajado esta noche?

—Sí.

—¿De diez a seis?

—Sí.

—¿Y has venido?

Marc me miró como si la pregunta fuera rara.

—Sí.

—Yo estaría muerta.

—Lo estoy.

—No lo pareces.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Ahora sí.

Sonreí. Y entonces caí en una cosa. Marc había llegado a casa esta mañana.

A su casa. En mi calle. Miré hacia él. Estaba hablando con Gabriel.

Normal. Completamente normal. No. No tenía por qué haber visto nada.

Mi calle tenía coches. Muchos. Y aunque hubiera visto el Maserati...

Bueno. Qué más daba. Esperé. No sé exactamente qué.

Una mirada. Una sonrisa de cabrón. Un: ¿Qué tal has dormido?

Algo. Marc siguió hablando con Gabriel. Nada.

Ah. Pues nada. Me acomodé otra vez en el sofá.

Carlos llegó bastante más tarde. La banda había parado. Álex estaba bebiendo agua. Alfredo y Alberto discutían sobre algo de un ampli. Adrián tenía a Raven encima del banco de trabajo. Y yo estaba prácticamente pegada a él.

—¿Eso qué es?

—Una llave Allen.

—Ya sé que es una llave Allen.

—Entonces ¿por qué preguntas?

—Pregunto qué vas a hacer.

—Ajustar el puente.

—¿Mucho?

—No.

—¿Seguro?

Adrián dejó la herramienta. Me miró.

—Jenn.

—Qué.

—Llevas diez minutos vigilándome.

—Te dije que quería mirar.

—Mirar, sí.

—Esto es mirar.

—Estás respirándome encima.

Me aparté cinco centímetros.

—Mejor.

Adrián se rio.

—Muchísimo.

La puerta se abrió. Levanté la cabeza. Carlos. Entró mirando hacia nosotros. Y me encontró. Sonrió. Yo también.

—Buenas —dijo.

Varias voces respondieron a la vez. Carlos saludó primero a Álex. Después a Alfredo. Alberto. Gabriel. Marc. Normal. Como si aquello fuera una rutina que llevaban haciendo años. Probablemente lo era. Después vino hacia nosotros.

—¿Qué le está haciendo?

—¡Gracias!

Adrián levantó las manos.

—Nada malo.

—Está tocando el puente.

Carlos miró la guitarra.

—Parece grave.

—No le ayudes —dijo Adrián.

Me reí. Carlos llegó hasta mí. Una mano en mi cintura. Automática. Me giré hacia él.

—Hola.

—Hola.

Me besó. Sin prisa. Tampoco demasiado. Solo... normal. Cuando se apartó su mano siguió en mi cintura.

—¿Qué tal?

—Bien.

—¿Has tocado?

—No.

Carlos sonrió.

—Te lo dije.

—No me dijiste nada.

—Que ya veríamos.

—Pues ya hemos visto.

—Todavía no ha empezado el ensayo.

—Carlos.

—Qué.

—No voy a tocar.

—Vale.

Entrecerré los ojos.

—No me gusta ese «vale».

—Es un vale normal.

—No tienes vales normales.

—Eso es mentira.

Me dio otro beso. Más corto. Después soltó mi cintura.

—Voy a por algo de beber.

—Hay agua —dijo Gabriel.

—¿Cerveza?

—También.

—Mejor.

Carlos se alejó. Volví hacia Adrián.

—Sigue.

—¿Me das permiso?

—De momento.

Adrián negó con la cabeza. Cogió otra vez la herramienta. Yo miré. Un momento después levanté los ojos. Marc estaba al otro lado del local. Alberto le estaba diciendo algo. Él escuchaba. Normal. No estaba mirando hacia aquí. Bien. Volví a Raven.

—¿Eso estaba así?

Adrián suspiró.

—Sí.

—Seguro.

—Voy a echarte.

—No puedes.

—Es mi taller.

—Tengo a Raven secuestrada.

—La secuestradora eres tú.

—Detalles.

Cuando Adrián terminó, me la devolvió.

—Prueba.

No.

—No.

—Jenn.

—No.

—Solo quiero que notes la diferencia.

Miré alrededor. Álex. Alfredo. Alberto. Gabriel. Carlos. Marc. Volví a mirar a Adrián.

—¿Tú ves esto?

—¿Qué?

Abrí un brazo.

—Público.

—No te están mirando.

Los seis me miraban. Miré a Adrián.

—Claro.

Álex se giró inmediatamente hacia la batería. Alfredo empezó a mirar el móvil. Alberto encontró de repente algo fascinante en el suelo. Gabriel miró al techo. Carlos bebió cerveza. Marc no. Marc seguía mirándome.

—Tú también —le dije.

—¿Qué?

—Deja de mirar.

—Quiero ver si notas el ajuste.

—No sé ni qué ha ajustado.

—Entonces será una prueba excelente.

—Marc.

—Jenn.

—Date la vuelta.

Sonrió.

—No.

Lo señalé.

—Por esto no toco delante de ti.

—Tocas delante de mí todas las semanas.

—Porque estamos solos.

Ah. Otra vez ese silencio mínimo. No sabía por qué aparecía cada vez que decía algo completamente normal. Adrián me tendió Raven.

—Un acorde.

—No.

—Uno.

—No.

—Jenn.

—Adrián.

Me miró. Esos ojos de persona buena eran una trampa.

—Solo uno.

—Te odio.

Sonrió.

—No.

Cogí a Raven. Me senté. Miré alrededor.

—Como alguien se ría, me voy.

—Nadie se va a reír —dijo Adrián.

—Marc sí.

—No —dijo Marc.

Lo miré. Parecía serio. Eso era peor.

—No me mires.

—Vale.

Y, sorprendentemente, apartó la vista. Ah. Coloqué los dedos. Toqué. Sonó. Bien. Fruncí el ceño. Volví a tocar. Otra vez. Miré a Adrián.

—¿Qué has hecho?

Sonrió.

—Nada.

—No sonaba así.

—Ahora sí.

Toqué otra vez. Era más fácil. No muchísimo. Pero... sí.

—Hostia.

Adrián sonrió más.

—¿Mejor?

—Sí.

Miré a Raven.

—Mucho.

—Te lo dije.

Levanté la cabeza.

—Gracias.

Adrián se inclinó. Me besó en la coronilla.

—De nada.

Sonreí. Eso era muy Adrián. Dejé a Raven con cuidado.

—Ya está.

—¿Ya está qué? —preguntó Gabriel.

—El concierto.

—Has tocado un acorde.

—Y ha salido bien. Retirada en la cima.

Carlos empezó a reírse.

—Inteligente.

—Muchísimo.

Marc volvió a mirar hacia mí.

—Cobarde.

—Vete a la mierda.

—Mañana.

—¿Por qué mañana?

—Hoy estoy cansado.

Me reí.

—Gilipollas.

—Muchísimo.

Un rato después empezaron a preparar otra canción.

Yo había vuelto al sofá. Carlos estaba a mi lado.

Gabriel hablaba con Álex. Adrián revisaba algo del micrófono.

Alfredo tenía ya el bajo. Alberto estaba agachado junto a un pedal.

Marc había cogido una guitarra. No supe de quién.

Probablemente daba igual. Estaba de pie a un lado.

Esperando. Tocó un par de notas. Paró. Otra.

Y entonces empezó un riff que conocía. Levanté la cabeza.

Ah. Creep. No cantó. Solo tocó. Limpio. Sin hacer el idiota.

Sin mirarme. Sin poner cara. Nada. Sus dedos se movían por el mástil con una facilidad que me resultó casi ofensiva.

Lo había visto tocar. Claro. En mi casa.

En la suya. Me había enseñado. Había cogido Raven.

Había tocado delante de mí. Pero esto era distinto.

No estaba enseñándome nada. No estaba corrigiendo mis dedos.

No estaba haciendo una demostración. Estaba tocando.

Ya. Y era bueno. Muy bueno. Me quedé mirando sus manos.

Después su cara. Seria. Concentrada. El pelo le caía otra vez hacia delante.

No se lo apartó. Siguió. Reconocí perfectamente el riff.

Y durante unos segundos el resto del taller pareció bajar un poco de volumen.

No porque nadie se callara. Porque dejé de escucharlos.

Marc terminó. Levantó la vista. Y me encontró mirándolo.

Un segundo. Nada más. No sonrió. Yo tampoco.

Pero hubo algo. No sé qué. Algo. Entonces Adrián habló.

—Va.