La ley del rock Capítulo 11 - Cosas que uno guarda #2
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Capítulo 11 - Cosas que uno guarda #2

El taller estaba en una calle bastante más tranquila de lo que esperaba.

Casas bajas. Algún edificio de dos plantas.

Persianas medio bajadas por el calor. Coches aparcados.

Nada especialmente llamativo. Excepto el ruido.

Lo escuché antes de bajar. Batería. Guitarra.

Bajo. Y una voz. Miré hacia el edificio. Después a Carlos.

—Están tocando.

—Es un ensayo.

—Ya.

—Suele ocurrir.

—Cállate.

Carlos sonrió. El bajo del edificio tenía una persiana metálica completamente abierta. Encima, una vivienda. Ah. Claro. Taller abajo. Casa arriba. Me bajé. Saqué a Raven. Carlos también salió.

—¿No vienes?

—Tengo que hacer una cosa.

—¿Qué cosa?

—Una cosa.

—Misterioso.

—Muchísimo.

Miré la hora.

—¿Vuelves?

Carlos se acercó.

—Sí.

—¿A las ocho?

—Antes.

—Eso espero.

Me puso una mano en la cintura.

—¿Me vas a echar de menos?

—Muchísimo.

—Mentira.

—Un poco.

—Me sirve.

Lo besé. No demasiado largo. Bueno. Un poco. Carlos me dio otro antes de separarse.

—Luego te veo.

—Luego.

Cogí a Raven. Di dos pasos.

—Jenn.

Me giré.

—Qué.

—No toques sin mí.

Lo miré.

—No pienso tocar CON nadie.

—Eso ya lo veremos.

—Carlos.

Sonrió. Subió al coche.

—¡NO PIENSO TOCAR!

Cerró la puerta. Levantó una mano. Arrancó. Hijo de puta otra vez. Me giré hacia el taller. La música seguía sonando. Vale. Respiré. Entré.

Lo primero que vi fueron guitarras. Muchas.

Pero esta vez tenía sentido. Colgadas. En soportes.

Algunas enteras. Otras no. Cuerpos sin mástil.

Mástiles sin cuerpo. Herramientas. Cajas.

Cables. Piezas que no sabía nombrar. Un banco de trabajo ocupaba buena parte de una pared.

Había madera. Virutas. Botes. Una lámpara enorme.

Y al fondo, separado de la zona de trabajo, estaba el espacio del que venía la música.

No entré. Me quedé en la puerta. Adrián estaba de espaldas.

Guitarra. Ah. No lo había visto nunca con una.

Había tres tíos más con él. Uno a la batería.

Otro al bajo. El tercero, guitarra. No conocía a ninguno.

Adrián empezó a cantar. Y dejé de prestarles atención.

Me quedé quieta. No porque cantara especialmente alto.

Ni porque estuviera haciendo nada espectacular.

Simplemente... era Adrián. Pero no era el Adrián que yo conocía.

No estaba sentado en una tumbona. Ni cocinando.

Ni preguntándome si estaba bien. Ni apareciendo con una botella de agua cuando llevaba demasiado rato al sol.

Estaba delante de un micrófono. Los brazos tatuados visibles bajo una camiseta sin mangas.

La guitarra bastante más baja de lo que yo habría sabido llevarla.

El pelo apartado de la cara. Y cantaba. Joder.

Cantaba muy bien. Me apoyé ligeramente en el marco.

No quería interrumpir. La canción siguió.

No la conocía. Probablemente era suya. Álex marcaba el ritmo detrás.

El bajo entraba por debajo. La otra guitarra hacía algo que no sabía describir pero sonaba de puta madre.

Y Adrián... Adrián parecía cómodo. Eso fue lo raro.

No concentrado. No esforzándose. Cómodo.

Como si aquel fuera exactamente el sitio donde tenía que estar.

Terminó la canción. La batería paró. El último acorde se quedó un momento.

Y entonces Adrián levantó la cabeza. Me vio. Su cara cambió inmediatamente. Sonrió.

—¡Jenn!

Ah. Mierda. Los otros tres se giraron. Instinto. Di medio paso atrás.

—Hola.

Adrián dejó la guitarra.

—Has venido pronto.

—Me dijiste que podía.

—Sí.

—¿Demasiado?

—No.

—¿Seguro?

—Jenn.

—Qué.

—Ven aquí.

Me reí. Entré. Adrián se acercó. Me dio un abrazo. Normal. Como si no llevara una guitarra colgando y acabara de descubrir que tenía una segunda personalidad.

—¿Qué tal?

—Bien.

Me separé. Lo miré.

—Tú...

—Qué.

Señalé el micrófono.

—Eso.

Adrián sonrió.

—¿Eso qué?

—No sabía que cantabas así.

—Sabías que cantaba.

—Sí.

—Entonces.

—No es lo mismo saberlo que verlo.

Su sonrisa cambió un poco. Más pequeña.

—¿Te ha gustado?

—Mucho.

—Gracias.

Y ahí estaba otra vez. Adrián. El de siempre. Se giró.

—Ven, te presento.

Ah. Los tres. Perfecto. Señaló al de la batería.

—Álex.

El de la batería levantó una baqueta.

—Hola.

—Alfredo.

El del bajo.

—Buenas.

—Y Alberto.

Guitarra.

—Qué tal.

—Bien.

Los miré. Después miré a Adrián. Otra vez a ellos.

—Espera.

Adrián frunció el ceño.

—¿Qué?

Señalé uno por uno.

—Adrián. Álex. Alfredo. Alberto.

—Sí.

—Sois cuatro A.

Alberto suspiró.

—Ya estamos.

—¡Y os llamáis Balas de Acero!

Silencio. Los cuatro me miraron. Abrí los brazos.

—¡OTRA A!

Álex empezó a reírse.

—Técnicamente es una preposición —dijo Alfredo.

—Me da igual. Está ahí.

Adrián negó con la cabeza.

—No fue aposta.

—No te creo.

—Te juro que no.

—¿Cómo buscáis músicos nuevos?

Alberto se encogió de hombros.

—Por orden alfabético.

—Lo sabía.

—Por eso nunca encontramos teclista —dijo Álex—. Todos se llaman Sergio.

Me entró la risa.

—Sois gilipollas.

Adrián me pasó un brazo por los hombros.

—Bienvenida a Balas de Acero.

—No. A partir de ahora sois las cuatro A.

—Ni se te ocurra.

Sonreí.

—Demasiado tarde.

Alberto miró el estuche que llevaba.

—¿Tocas?

Abrí la boca.

—No.

Adrián empezó a sonreír. Lo miré.

—No.

—No he dicho nada.

—Tu cara.

—Mi cara está perfectamente.

Alfredo miró a Adrián. Después a mí.

—Entonces, ¿qué llevas?

Abracé un poco más el estuche.

—Una guitarra.

—Eso suele utilizarse para tocar.

—Gracias, Alfredo.

—De nada.

Adrián se rio.

—Está aprendiendo.

—Estoy empezando.

—Está aprendiendo.

—Estoy EMPEZANDO.

Álex apoyó los brazos sobre la batería.

—¿Cuánto?

Pensé.

—Poco.

—¿Cuánto es poco?

—Sé hacer cosas.

Adrián se tapó la boca.

—No te rías.

—No me río.

—Te estás riendo.

—Un poco.

Alberto señaló el estuche.

—¿Qué tienes?

Ah. Eso sí. Sonreí.

—Raven.

Silencio.

—¿Le has puesto nombre? —preguntó Álex.

—Sí.

—Bien.

—Gracias.

Alberto miró a Adrián.

—¿Qué es?

—Déjala que la saque.

No. No.

—¿Hace falta?

Adrián me miró.

—La has traído para que la vea.

—Tú.

—Sí.

—TÚ.

—Ellos no muerden.

Miré a los tres. Álex levantó una mano.

—Yo un poco.

—Perfecto.

Adrián me cogió suavemente por los hombros.

—Ven.

—No voy a tocar.

—Nadie te ha pedido que toques.

—Lo aviso.

—Vale.

—En serio.

—Jenn.

—Qué.

—Enséñame a Raven.

Ah. Eso sí. Dejé el estuche sobre una mesa libre. Lo abrí. Y los cuatro se acercaron.

—No.

Adrián se detuvo.

—¿Qué?

—Esto parece una autopsia.

Álex soltó una carcajada.

—Nos alejamos.

—Gracias.

No se alejaron. Ninguno.

—Sois horribles.

Saqué a Raven. Adrián la cogió. Y su cara cambió. Otra vez. Pero de otra forma. La sostuvo con cuidado. Miró el cuerpo. El mástil. Las pastillas. Movió algo. No sabía qué.

—Está bien.

—Claro que está bien.

—No he dicho que no.

—La estás mirando como un médico.

—Es literalmente su trabajo —dijo Alberto.

Lo miré.

—No te conozco suficiente para que te pongas de su parte.

—Perdón.

Adrián sonrió.

—¿Te la ajustaron cuando la compraste?

—No sé.

Levantó la vista.

—Eso es un no.

—Entonces no.

—¿Cuánto hace que la tienes?

Se lo dije. Adrián volvió a mirarla.

—Te la puedo dejar un poco más cómoda.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo?

—Altura de cuerdas. Revisar quintaje. Mástil. Lo normal.

—No he entendido casi nada.

—Ya.

—¿Le pasa algo?

—No.

—Entonces no la toques.

Los tres se rieron. Adrián no. Me miró con una paciencia insultante.

—No voy a hacerle daño.

—Eso dicen los médicos antes de pincharte.

—Jenn.

—Qué.

—Confía en mí.

Miré a Raven. Después a Adrián. Otra vez a Raven.

—¿Va a dolerle?

Alfredo se dio la vuelta. Estaba riéndose.

—¡A ELLA!

Adrián cerró los ojos un segundo.

—No.

—Vale.

—¿Vale?

—Sí.

—Gracias.

—Pero quiero mirar.

—Puedes mirar.

—Todo.

—Todo.

—Y si haces algo raro...

—Te aviso.

—Bien.

Adrián me devolvió la guitarra.

—Luego.

—¿Luego?

—Ahora estamos ensayando.

—Ah.

Claro. Miré hacia el espacio de ensayo.

—Seguid.

—¿Quieres quedarte?

—Para eso he venido.

Adrián sonrió.

—Pues siéntate.

Había un sofá viejo contra una pared. Me senté. Raven a mi lado. Adrián volvió al micrófono. Los otros ocuparon sus sitios. Álex giró una baqueta entre los dedos.

—¿Preparada?

—¿Yo?

—Sí.

—No tengo que hacer nada.

—Mejor.

—Gracias.

Adrián negó con la cabeza.

—Desde el principio.

Y empezaron. Esta vez sabía que estaba mirando.

Y aun así fue distinto. Porque ahora podía fijarme.

Álex era una bestia. No sabía suficiente de batería para decir otra cosa.

Alfredo parecía no moverse casi. Alberto sí.

Muchísimo. Y Adrián... Me gustaba verlo.

Había algo bonito en descubrir a alguien dentro de aquello que sabía hacer.

Sin explicación. Sin presentación. Simplemente haciéndolo.

Tocaron una canción. Después otra. En la tercera Adrián dejó la guitarra.

Solo voz. Y ahí entendí que no la necesitaba.

Me acomodé en el sofá. Sonreí. Sí. Había llegado demasiado pronto.

Me daba exactamente igual. La puerta del taller se abrió cuando estaban terminando la siguiente.

No miré enseguida. Bueno. Sí miré. Gabriel.

Entró con una bolsa en una mano y dos botellas de algo en la otra. Se quedó parado al verme en el sofá.

—Pero bueno.

Sonreí.

—Hola.

—¿Desde cuándo estás aquí?

Adrián se apartó del micrófono.

—Desde hace rato.

Gabriel miró la hora. Después a mí.

—El ensayo es a las ocho.

—Ya.

—Son las siete y cuarto.

—También.

—¿Has venido cuarenta y cinco minutos antes?

—Más.

Adrián sonrió.

—Bastante más.

Gabriel dejó la bolsa encima de una mesa.

—Claro que sí.

—¿Qué?

—Nada.

—¿Por qué todo el mundo tiene un problema con que llegue pronto?

—Ninguno.

Se acercó. Me levanté. Gabriel me abrazó.

—¿Qué tal, pequeña?

—Bien.

—¿Has sobrevivido al primer día?

—Segundo.

—Ah, sí.

—Ayer también trabajé.

—Cierto.

Se separó.

—¿Y estos?

Miré hacia la banda.

—Las cuatro A.

Silencio. Adrián cerró los ojos. Alberto empezó a reírse. Gabriel me miró.

—No.

—Sí.

—¿Te lo han contado?

—Lo he descubierto yo.

—No le des cuerda —dijo Adrián.

—¡Adrián, Álex, Alfredo, Alberto y Balas de Acero!