Capítulo 11 - Cosas que uno guarda
Cosas que uno guarda
Me desperté antes de que sonara el despertador.
Eso ya era mala señal. Abrí los ojos. Oscuro.
Más o menos. La persiana dejaba entrar una línea fina de luz.
No sabía qué hora era. Tampoco quería saberlo.
Me moví. O lo intenté. Había un brazo encima de mí.
Ah. Carlos. Cierto. Me quedé quieta. Su brazo me cruzaba la cintura.
Él estaba detrás. Pegado. Caliente. Mucho.
Cerré los ojos otra vez. Esto estaba bastante mejor que despertarme sola.
Mi móvil vibró en algún sitio. No. Ni de coña.
Volvió a vibrar. Carlos se movió detrás de mí .
—Tu móvil.
—No tengo móvil.
—Sí tienes.
—Hoy no.
Silencio. Su brazo se cerró un poco más alrededor de mí. Bien. Así. Volvió a vibrar.
—Jenn.
—Qué.
—Mátalo.
—Está lejos.
—¿Dónde?
Pensé.
—No sé.
—Pues estamos jodidos.
Me reí con los ojos cerrados. Carlos enterró la cara en mi pelo.
—¿Qué hora es?
—No quiero saberlo.
—Tienes que trabajar.
—Tú también.
—Ya.
Ninguno se movió. Perfecto. El móvil volvió a vibrar. Abrí un ojo.
—Como sea Marc preguntando si he practicado, lo bloqueo.
Carlos soltó una risa detrás de mí.
—Hazlo.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque vive a dos minutos y vendría a tocar al telefonillo.
—Buen punto.
Me giré como pude. Carlos aflojó el brazo. Quedamos frente a frente. Tenía el pelo fatal. Sonreí.
—Qué.
—Nada.
—Tu cara.
—Tu pelo.
—¿Qué le pasa?
—Todo.
Carlos cerró los ojos.
—Buenos días.
—Buenos días.
Le pasé una mano por el pelo. Peor. Mucho peor.
—Ahora sí.
Abrió los ojos.
—¿Qué has hecho?
—Arreglarlo.
—No me fío.
—Haces bien.
Me agarró de la cintura.
—Ven.
—Ya estoy aquí.
—Más.
—Qué obsesión.
Me acercó. Lo besé. Despacio. Sin prisa. Eso fue un error. Porque un beso llevó a otro. Y otro. Y cuando su mano empezó a moverse por mi espalda recordé que existía una cosa horrible llamada horario laboral. Me separé.
—No.
Carlos volvió a buscarme.
—Sí.
Me aparté otra vez.
—Tengo que trabajar.
—Yo también.
—Pues compórtate.
—Tú has empezado.
—Mentira.
—Me has besado.
—Tú has dicho «ven».
—Y tú has venido.
Lo miré.
—Odio cuando tienes argumentos.
—No.
—Un poco.
—Tampoco.
Mi móvil empezó a sonar de nuevo.
—Joder.
Me incorporé. Carlos me soltó. Busqué el teléfono. Suelo. Ahí. Lo cogí. Alarma. Siete. La apagué.
—Las siete.
Carlos se incorporó detrás de mí.
—Bien.
—¿Bien?
—Tenemos tiempo.
Me giré.
—¿Tenemos?
—Sí.
—¿A qué hora entras?
—A las nueve.
—Yo a las ocho.
—Ah.
—Exacto.
Me levanté. Carlos volvió a dejarse caer sobre la almohada. Lo señalé.
—Tú también.
—Entro a las nueve.
—Me da igual.
—Jenn.
—Has dormido en mi casa. Ahora sufres mis horarios.
—Eso no estaba en el contrato.
—Cláusula nueva.
Me fui al baño. Escuché:
—Abusiva.
—¡MUCHÍSIMO!
Abrí la ducha. Esperé a que saliera caliente. Me quité la camiseta con la que había dormido. Entré. Agua. Bien. Cerré los ojos. Silencio. Cinco segundos. La puerta del baño se abrió. Abrí los ojos.
—No.
Carlos apareció.
—Qué.
—No.
—¿Qué?
—Sé cómo termina esto.
—Duchándonos.
—La última vez casi llegamos tarde.
—No teníamos hora.
—Precisamente.
Carlos empezó a quitarse la camiseta. Lo señalé.
—Tengo que fichar a las ocho.
—Lo has dicho.
—Y tú eres un problema.
—También lo has dicho.
Entró. Me aparté.
—Como llegue tarde...
—Te llevo.
—Tengo coche.
—Puedo llevarte igual.
Lo miré.
—¿Y luego?
—Te recojo yo.
Silencio.
—¿Has organizado mi día sin preguntarme?
—No.
—Acabas de hacerlo.
—Era una propuesta.
—Ha sonado sospechosamente cerrada.
Carlos sonrió.
—¿Quieres que te lleve?
Pensé. Sí.
—Vale.
—Entonces te recojo a las seis.
—Salgo a las seis.
—Eso he dicho.
—Tengo el ensayo.
—Lo sé.
—Tengo que pasar por Raven.
—Pasamos.
—Y quiero llegar pronto.
—¿Cuánto es pronto?
—Pronto.
—Eso no es una hora.
—Ya veremos.
Carlos se rio.
—Vale.
—¿Vale?
—Sí.
—Qué fácil.
—A veces.
Me puse debajo del agua. Carlos intentó hacer lo mismo.
—Eh.
—Qué.
—Mi agua.
—Es una ducha.
—Mi ducha.
—Compartida.
—Temporalmente.
Carlos me apartó con una mano en la cintura.
—Abusón.
—Muchísimo.
Me quedé mirándolo. Él me miró.
—No.
—No he hecho nada.
—Tu cara.
—Mi cara está perfectamente.
—Dúchate.
—Eso hago.
—Sin ideas.
—No prometo nada.
—Carlos.
Sonrió. Y por algún milagro conseguimos salir del baño sin convertir una ducha de diez minutos en una catástrofe logística.
Carlos estaba haciendo café en mi cocina. Aquello era raro. No malo. Raro. Yo estaba sentada en una silla poniéndome las zapatillas mientras él buscaba azúcar.
—Arriba.
—¿Dónde?
—Armario de la izquierda.
Abrió.
—Eso es sal.
—El otro izquierda.
Carlos me miró.
—Solo hay una izquierda.
—Pues el otro armario.
—Gran sistema.
—Llevo tres meses viviendo aquí. Todavía puedo improvisar.
Encontró el azúcar.
—Aquí.
—Enhorabuena.
—Gracias.
Terminó los cafés. Dejó uno delante de mí. Lo cogí.
—Ah.
—¿Qué?
Bebí otra vez.
—Está bueno.
—Pareces sorprendida.
—Eres arquitecto.
—¿Qué tiene que ver?
—No sé.
—Sigues sin saber qué hacemos.
—No especialmente.
Carlos se apoyó en la encimera con su taza. Yo bebí. Silencio. Pero uno bueno. Sin necesidad de llenarlo. Miré alrededor. Carlos en mi cocina. Su camisa sobre el respaldo de una silla. Mi bolso encima de la mesa. Dos tazas. Me gustó. Eso fue todo. Me gustó. Carlos miró la hora.
—Tenemos que irnos.
—No quiero.
—Hace veinte minutos querías echarme de la cama.
—Porque tenía que trabajar.
—Sigues teniendo.
—Qué mierda.
Dejó la taza en el fregadero.
—Vamos.
—Mandón.
—Muchísimo.
Me levanté. Cogí el bolso. Carlos cogió su camisa. Se la puso. Lo observé abrochársela.
—¿Qué?
—Nada.
—Tu cara.
—Estoy esperando.
—¿A qué?
—A que termines.
—¿Por?
—Quiero despedirme correctamente.
Carlos dejó de abrochar un botón. Sonrió.
—Ah.
—No te emociones.
Terminó. Se acercó.
—Ya.
—Bien.
Le agarré de la camisa. Lo besé. Carlos me sujetó por la cintura. Y durante unos segundos volví a considerar seriamente la posibilidad de no ir a trabajar. Me separé.
—Ya.
—Eso ha sido correcto.
—Mucho.
—Podemos mejorar.
—No.
Cogí las llaves.
—Vamos.
***
A las siete y cuarenta y ocho el Maserati se detuvo delante de mi trabajo. Miré el edificio. Después el coche.
—Esto es humillante.
Carlos apoyó un brazo en el volante.
—¿Por qué?
—Porque mis compañeros tienen ojos.
—Suele pasar.
—Mañana vendré en mi Clio.
—Me parece bien.
—Y nadie hará preguntas.
—Eso ya no lo sé.
Lo miré.
—Gracias.
—De nada.
Me incliné. Le di un beso. Corto. Carlos me agarró de la nuca antes de que pudiera apartarme. Otro. Menos corto.
—Carlos.
—Qué.
—Estoy delante del trabajo.
—Sí.
—Tengo compañeros.
—También tendrán ojos para esto.
Le di un golpe en el brazo. Se rio. Abrí la puerta.
—A las seis.
—A las seis.
—No llegues tarde.
Carlos levantó una ceja.
—Tú quieres llegar una hora antes al ensayo.
—No sabes cuánto antes quiero llegar.
—Eso me preocupa.
—Adiós.
—Adiós, Jenn.
Bajé. Cerré. Di unos pasos. El Maserati seguía ahí. Me giré. Carlos levantó una mano. Yo hice lo mismo. Entonces arrancó. Entré al trabajo. Mi compañera estaba junto a recepción. Me vio. Miró hacia fuera. Volvió a mirarme.
—No.
—No he dicho nada.
—Ni se te ocurra.
—¿Ese es Carlos?
Seguí andando.
—Buenos días.
—¿EL ARQUITECTO?
—Tengo correos.
—Jenn.
—Muchos.
—¿Has venido en un Maserati?
—No sé de coches.
—¡PONÍA MASERATI!
—Qué observadora.
—¿Ha dormido contigo?
Me detuve. La miré. Ella me miró.
—Buenos días —repetí.
Su boca se abrió.
—¡JENN!
Entré en administración. Sonriendo. Mierda.
***
A las seis menos diez ya tenía el ordenador apagado. A las seis menos ocho tenía el bolso preparado. A las seis menos cinco miré el móvil. Carlos: «Estoy abajo.» Sonreí. Mi compañera lo vio.
—Ha venido.
—Cállate.
—Ha venido Carlos.
—No sabes quién es.
—Maserati.
—Eso no es un nombre.
—Para mí sí.
Cogí el bolso.
—Hasta mañana.
—¡Quiero información!
—Trabaja.
—¡YA HEMOS TERMINADO!
Salí antes de que pudiera seguir. Carlos esperaba fuera.
Esta vez apoyado contra el coche. Me vio.
Sonrió. Y cuando llegué hasta él, ni siquiera hubo un «hola».
Su mano fue a mi cintura. La mía a su brazo.
Y me besó. Natural. Fácil. Como si lleváramos haciéndolo bastante más de cinco días. Cuando nos separamos miré el reloj.
—Vamos tarde.
Carlos lo miró.
—Son las seis.
—Exacto.
—¿A qué hora empieza el ensayo?
—A las ocho.
Silencio.
—Jenn.
—Qué.
—Que son las seis.
—Lo sé.
—Hay media hora hasta tu casa.
—Menos.
—Y luego...
—Tengo que coger a Raven.
—Sí.
—Y llegar.
Carlos me miró.
—Dos horas antes.
—No son dos horas.
—Casi.
—Quiero estar allí antes.
—¿Por qué?
Me encogí de hombros.
—Prefiero esperar yo a que me esperen.
Carlos se quedó mirándome un segundo. Después abrió la puerta del copiloto.
—Vale.
Sonreí.
—¿Vale?
—Vale.
—Sin discutir.
—Sin discutir.
Subí.
—Me gusta.
—No te acostumbres.
Lo miré.
—Eso es mío.
Carlos cerró la puerta.
—Ya no.
Hijo de puta. Pasamos por casa. Tardé exactamente cuatro minutos. Carlos los contó.
—Cuatro minutos y doce segundos.
Cerré la puerta del coche con Raven en la mano.
—No.
—¿Qué?
—No hagas eso.
—¿El qué?
—Cronometrarme.
—Has dicho que tardabas cinco minutos.
—Y he tardado menos.
—Por eso.
Me quedé mirándolo.
—No puedes empezar a hacer cosas de Marc.
Carlos sonrió.
—¿Cronometra cuánto tardas?
—Una vez.
—Dos minutos y doce segundos.
Entrecerré los ojos.
—¿Cómo sabes eso?
—Me lo contaste ayer.
Ah. Cierto.
—Pues no lo imites.
—Vale.
—Gracias.
—Has tardado cuatro minutos y doce segundos.
—Vete a la mierda.
Se rio. Metí a Raven con cuidado detrás. Subí.
—Veinte minutos, eso tardamos en llegar al taller.
Miré la hora. Seis y treinta y seis. Perfecto.
—Llegamos tarde.
Carlos giró lentamente la cabeza.
—Jenn.
—Qué.
—El ensayo es a las ocho.
—Ya.
—Llegamos a las siete.
—Perfecto.
—Una hora antes.
—Sí.
—Eso no es llegar pronto.
—Claro que sí.
—Eso es presentarse mientras están cenando.
—Adrián me ha dicho que podía ir antes.
—¿Cuánto antes?
Silencio.
—No ha especificado.
Carlos empezó a reírse.
—Arranca.
—Sí, jefa.
—No me llames jefa.
—Arrancando, jefa.
—Te odio.
—No.
—Hoy bastante.
Salimos.