Capítulo 10 - Dos minutos #6
—¿Cuánto lleváis juntos?
Marc me miró.
—¿Juntos?
—De amigos, imbécil.
—Ah.
—No te emociones.
—Desde siempre, más o menos.
—Eso no es una fecha.
—Adrián y yo desde el colegio. Carlos llegó después. Gabriel...
Pensó.
—También hace demasiados años.
—¿Nunca os habéis matado?
—Varias veces.
—Entiendo.
—Pero mal.
Me reí. Marc bebió.
—¿Y tú?
La pregunta salió fácil.
—¿Yo qué?
—Tus amigos.
—Ah.
Me encogí de hombros.
—Están lejos.
—Ya.
—Nos vemos cuando podemos.
Marc asintió. Nada más. No preguntó por qué. Ni puso cara de pena. Bien. Dejó la cerveza en la mesa.
—Come.
—¿Ahora?
—Has dicho que tenías hambre.
—También quiero sentarme.
—Llevas sentada diez minutos.
—Insuficiente.
—Come y tocamos.
—Qué frase tan poco atractiva.
Marc me miró. Tardó un segundo. Después empezó a reírse.
—No iba por ahí.
—Ya.
—Jenn.
—Qué.
—Come.
—Mandón.
—Ya.
La pizza estaba fría. No me importó. Marc calentó la suya. Yo no. Eso provocó una discusión de aproximadamente cuatro minutos sobre si comer pizza fría era aceptable. Ganó él. Según él. Según yo no había competición. Después apartamos los platos. Marc cogió su guitarra. Yo a Raven.
—Vale —dijo.
—Vale.
—Lo de ayer.
—No me acuerdo.
Me miró.
—Perfecto.
—Era broma.
—Toca.
—Qué presión.
—Jenn.
—Voy.
Coloqué los dedos. Mal. Lo supe antes de hacer nada. Marc también.
—No.
—No he tocado.
—Ya está mal.
—Déjame vivir.
Se inclinó. Señaló mi mano.
—Ese dedo.
—¿Qué le pasa?
—Está donde le da la gana.
—Es independiente.
—Pues dile que vuelva.
Moví el dedo.
—¿Ahí?
—No.
—¿Ahí?
—Tampoco.
—¿Aquí?
—¿Lo haces aposta?
Sonreí.
—Maybe.
Marc negó con la cabeza.
—Dame.
—No.
—La mano, Jenn.
Ah. Estiró la suya. Le di la mía. Marc me colocó los dedos. Uno. Después otro.
—Así.
—Me duele.
—Normal.
—No me gusta.
—Normal.
—¿Todo es normal?
—Contigo empiezo a dudarlo.
Levanté la vista. Marc seguía mirando mi mano.
—Aprieta.
—Estoy apretando.
—Más.
—No puedo.
—Sí puedes.
—Marc.
—Jenn.
—Te odio.
—Aprieta.
Lo hice.
—Ahí.
Soltó mi mano.
—Ahora toca.
Toqué. Sonó. No perfecto. Pero sonó. Abrí mucho los ojos.
—¡EH!
Marc sonrió.
—Otra vez.
—¿Lo has oído?
—Estoy aquí.
—¡Ha sonado bien!
—Ha sonado reconocible.
—Eso es bien.
—No.
—Para mí sí.
Volví a hacerlo. Peor.
—Mierda.
Marc se rio.
—Otra.
—No.
—Otra.
—La anterior era perfecta.
—Era mediocre.
—Tú eres mediocre.
—Otra.
Lo intenté. Otra vez. Otra. A la quinta salió. A la sexta no. A la séptima sí. Marc empezó a tocar encima. Me detuve.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Eso.
—¿Tocar?
—Sí.
—Es una guitarra.
—Me desconcentras.
—Pues concéntrate.
—Cabrón.
Volví a empezar. Marc siguió. Muy sencillo. Sin hacer nada raro. Solo acompañándome. Yo repetí. Una vez. Otra. Y durante unos segundos funcionó. Dos guitarras. La suya. Raven. La misma habitación. El mismo ritmo. Me equivoqué. Todo se fue a la mierda. Marc paró. Lo miré.
—Ha sido culpa tuya.
—Claro.
—Me has distraído.
—Estaba tocando dos notas.
—Muchas.
—Dos.
—Para ti.
Marc empezó a reírse. Dejé caer la cabeza hacia atrás.
—Necesito otra cerveza.
—No.
Levanté la cabeza.
—¿Perdón?
—Primero otra vez.
—Esto es explotación.
—Otra vez.
—Voy a denunciarte.
—Hazlo mañana.
—¿Por qué mañana?
—Hoy tienes que practicar.
Lo miré. Sonreía. Hijo de puta. Coloqué otra vez los dedos.
—Una.
—Las que hagan falta.
—Una.
—Toca.
Toqué.
No fue una. Fueron muchas. Tantas que cuando finalmente dejé a Raven sobre mis piernas tenía las yemas de los dedos ardiendo.
—Mira.
Le enseñé la mano. Marc la miró.
—¿Qué?
—Estoy lesionada.
—No.
—Mira mis dedos.
—Los veo.
—Están destrozados.
—Están un poco rojos.
—Destrozados.
Marc cogió mi mano. La giró. Miró las yemas.
—Vas bien.
—¿Eso significa que puedo parar?
—Sí.
—Gracias a Dios.
Retiré la mano. Me hundí en el sofá. Marc dejó su guitarra en el soporte.
—Mañana te dolerán menos.
—Mañana tengo una cita.
Silencio. No sé por qué lo dije. Simplemente salió. Marc cogió su cerveza.
—¿Sí?
—Sí.
—¿Con quién?
Lo miré. Marc bebió.
—Cotilla.
—Si.
—Carlos.
—Ah.
Eso fue todo. Ah. Bebió otra vez. Yo cogí mi cerveza.
—Me recoge a las ocho.
—Muy bien.
—No sé dónde vamos.
—Pues pregúntale.
—No quiero.
—Entonces no preguntes.
—Gracias por tu ayuda.
—Para eso estoy.
Lo miré. Normal. Completamente normal. Claro. ¿Por qué iba a ser otra cosa? Marc dejó la botella.
—¿Vas a venir el jueves?
—¿Al ensayo?
—Sí.
—Supongo.
—No vengas.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—Llevas tomates.
Sonreí.
—Voy a llevar muchos.
—Entonces ponte lejos.
—Cobarde.
—Precavido.
Cogí a Raven.
—Me voy.
Marc miró la hora.
—¿Ya?
—Son casi las nueve.
—¿Y?
—Tengo que cenar.
Miró los restos de pizza.
—Has cenado.
—Eso era merienda.
—Has comido tres trozos.
—Merienda fuerte.
Marc negó con la cabeza. Me levanté. Él también. Guardé a Raven.
—¿Mañana practicamos?
Lo miré.
—Tengo una cita.
—Antes.
—Trabajo.
—Después del trabajo.
—Tengo una cita.
—Tienes dos horas.
—¿Quieres matarme?
—Quiero que aprendas.
—Qué pesado eres.
—Muchísimo.
Me colgué a Raven. Marc abrió la puerta.
—Buenas noches.
Salí al rellano.
—Buenas noches.
Di dos pasos.
—Jenn.
Me giré. Marc estaba apoyado en el marco.
—Qué.
—Dos minutos.
Lo miré.
—¿Qué?
—He contado.
—No.
—Sí.
—Estás enfermo.
—Dos minutos y doce segundos.
Abrí la boca.
—¿Me has cronometrado?
Sonrió.
—Buenas noches.
—¡MARC!
Cerró la puerta. Me quedé mirando la madera.
—Gilipollas.
Desde dentro:
—¡TE OIGO!
Me entró la risa. Y volví a casa.
***
El miércoles pasó rápido. Bueno. Mentira. El miércoles pasó a la velocidad aproximada de una piedra cuesta arriba. A las nueve y media ya había mirado el reloj cuatro veces. A las once, siete. A las doce y cuarto decidí que quedaban unas doce horas para las ocho. Luego hice bien la cuenta.
—Joder.
Mi compañera levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Nada.
—Llevas toda la mañana rara.
—Estoy trabajando.
—Eso también es raro.
La miré.
—Gracias.
Sonrió y volvió a su pantalla. Yo hice lo mismo.
Pedido. Albarán. Factura. Correo. Teléfono.
Pedido. Otro albarán. A las doce y treinta y dos vibró el móvil.
Lo miré. Marc. No. El grupo. Marc había enviado una foto.
Una guitarra. Roja. Su guitarra. Debajo: «La malvada.
» Me quedé mirando la pantalla. Hijo de puta.
Sonreí. Respondí: «Raven sigue siendo mejor.
» Marc: «Raven no sabe tocar sola.» «La tuya tampoco.
» «La mía tiene un dueño competente.» «Discutible.
» Adrián apareció. «¿De qué coño habláis?
» Marc: «Nuestras guitarras.» Adrián: «Ah.
» Dos segundos después: «No quiero saberlo.
» Me reí. Gabriel: «Yo tampoco.» Marc: «Nadie os ha preguntado.
» Guardé el móvil. Volví al trabajo. Tres minutos después vibró otra vez.
Esta vez sí. Carlos. «¿Siguen en pie las ocho?
» Respondí: «Sí.» «Bien.» Esperé. Nada más.
Fruncí el ceño. «¿Eso es todo?» Los tres puntos aparecieron.
«¿Querías algo más?» «No.» «Entonces sí.
» Entrecerré los ojos. «Gilipollas.» «Te estás juntando demasiado con Marc.
» Ah. Me reí. «Puede.» «A las ocho.» «A las ocho.
» Dejé el móvil boca abajo. Mi compañera volvió a mirarme.
—Vale.
—¿Qué?
—Nada.
—Pues no pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa.
—¿Tienes una cita?
La miré.
—No.
—Tienes una cita.
—He dicho que no.
—¿A qué hora?
—A las ocho.
Silencio. Mierda. Ella sonrió lentamente.
—No es una cita.
—Claro.
—No lo es.
—¿Cómo se llama?
—Carlos.
—¿Dónde lo conociste?
Volví a mirar el ordenador.
—En la carretera.
—¿Qué?
—Es una historia larga.
—¿El del festival?
—Uno de ellos.
—¿Uno de ellos?
Ah. No.
—No significa lo que parece.
—¿Qué parece?
—Nada.
—Jenn.
—Tengo trabajo.
—Son las doce y media.
—Precisamente.
—¿Está bueno?
La miré. Pensé en Carlos.
—Sí.
—¿Mucho?
Volví a pensar en Carlos.
—Cállate.
Empezó a reírse.
—¡Mucho!
—Tengo una factura pendiente.
—¿Qué hace?
—Arquitecto.
Su cara cambió.
—Hostia.
—¿Qué?
—Nada.
—Esa cara.
—¿Qué cara?
—La de arquitecto.
—No existe una cara de arquitecto.
—Sí existe.
—Pues este no lleva jersey sobre los hombros.
—Qué pena.
—Muchísima.
—¿Y qué vais a hacer?
—No sé.
—¿Cómo que no sabes?
—Me recoge.
—¿Y no sabes dónde vais?
—No.
—¿Y vas?
—Sí.
Me observó un momento.
—Te lo pasaste muy bien en el festival.
Cogí un papel.
—Muchísimo.
—Ya.
—Trabaja.
—Sí, jefa.
Sonreí. Y seguimos.
***
A las seis y siete aparqué cerca de casa.
Tenía menos de dos horas. De sobra. Subí.
Dejé el bolso. Abrí la nevera. La cerré.
No tenía hambre. Bueno. Sí tenía. Pero iba a salir.
Me fui al baño. Ducha. Rápida. Sola. Mucho menos interesante que la última que había compartido.
Me lavé el pelo. Salí. Toalla. Secador. Y entonces llegó el problema.
Abrí el armario. Lo miré. Vaqueros. Camisetas.
Más camisetas. Un vestido que llevaba allí meses sin que nadie pudiera explicar exactamente por qué.
Otra cosa que técnicamente podía considerarse arreglada.
Me quedé quieta. Carlos no había dicho dónde íbamos.
Cogí el móvil. Abrí su chat. «¿Cómo tengo que ir?
» Lo miré. No. Borré. «¿Dónde vamos?» Tampoco. Borré.
—A tomar por culo.
Dejé el móvil. Vaqueros. Negros. Una camiseta también negra. No de ningún grupo. Bueno. Eso ya era esfuerzo. Me miré en el espejo.
—Perfecto.
No estaba perfecta. Estaba yo. Servía. Me maquillé un poco. Nada extraordinario. Me dejé el pelo suelto. Miré la hora. Siete y veintidós. Muchísimo tiempo. Fui al salón. Me senté. Miré la televisión apagada. Veinte segundos. Me levanté.
—No.
Raven estaba en su soporte. La miré. Ella me miró. Otra vez no.
—Ni de coña.