Capítulo 10 - Dos minutos #7
Mi móvil vibró. Marc. «10 minutos.» Abrí mucho los ojos.
«¿QUÉ?» «Practica.» «Tengo una cita.» «A las 8.
» Miré la hora. Siete y veinticuatro. «¿Cómo sabes a qué hora?
» Tardó unos segundos. «Lo dijiste ayer.
» Ah. Sí. Cierto. «No.» «Cobarde.» «Estoy arreglada.
» Pausa. «¿Y?» «No voy a coger la guitarra.
» «Excusas.» «Marc.» «Jenn.» Me reí. «Mañana.
» «Ensayo.» «Viernes.» «Vaga.» «Pesado.» «Disfruta de tu cita.
» Me quedé mirando esa última frase. Normal.
Sin más. Respondí: «No es una cita.» Los puntos aparecieron.
«Claro.» Fruncí el ceño. «NO LO ES.» « ? ? »
—Cabrón.
Bloqueé el teléfono. Volví a sentarme. Esta vez aguanté aproximadamente un minuto. Después sonó el telefonillo. Miré la hora. Siete y cincuenta y ocho. Ah. Me levanté. Pulsé.
—¿Sí?
—Yo.
Carlos. Sonreí.
—Sube.
Silencio.
—¿Subo?
—¿No?
—Pensaba esperarte abajo.
—Pues ahora ya te he abierto.
—Buen argumento.
—Gracias.
Colgué. Diez segundos después llamaron a la puerta. Abrí. Carlos estaba al otro lado. Y durante un segundo olvidé decir nada. Vaqueros oscuros. Camisa. Mangas ligeramente remangadas. Nada exagerado. Pero... Bueno. Carlos. Me miró. De arriba abajo. Sin disimular demasiado.
—Hola.
—Hola.
Seguía mirándome.
—¿Qué?
—Nada.
—Tu cara.
Sonrió.
—Mi cara está perfectamente.
—Esa frase no es tuya.
—Ya no sé de quién es.
Me apoyé en la puerta.
—¿Vas a entrar o has subido para inspeccionar el rellano?
—¿Puedo?
—Ya estás aquí.
Me aparté lo suficiente para que pudiera pasar. Carlos entró. Miró alrededor. No de una forma rara. Solo miró. Mi salón. Mi sofá. Mi mesa. Raven. Se detuvo.
—Así que esta es Raven.
Cerré la puerta.
—Ya la conoces.
—En su hábitat natural.
—Exacto.
Se acercó.
—¿La has tocado?
—Ayer.
—¿Sola?
—Con Marc.
Carlos se giró.
—¿Con Marc?
—Sí.
—¿Vino?
—No. Fui yo.
—Ah.
Me quité un pelo de la camiseta.
—Vive aquí al lado.
Carlos frunció el ceño.
—¿Marc?
—Dos minutos.
—¿Dos minutos?
—Dos minutos y doce segundos, según el enfermo.
Carlos me miró. Después empezó a reírse.
—¿Lo cronometró?
—Sí.
—¿Por qué?
Abrí las manos.
—¿Tú entiendes a Marc?
—No.
—Pues eso.
Carlos negó con la cabeza. Volvió a mirar a Raven.
—¿Y qué tal?
—Soy mediocre.
—Eso ha dicho él.
—Entonces no le preguntes.
—¿Y tú qué dices?
Miré la guitarra.
—Que ayer conseguí que algo sonara como debía varias veces.
Carlos asintió.
—Entonces vas bien.
Lo miré.
—Gracias.
—De nada.
Silencio. Carlos volvió a mirarme. Esta vez fui yo quien lo notó.
—¿Qué?
—Nada.
—Otra vez.
Se acercó.
—Estás guapa.
Ah.
—Gracias.
—De nada.
—Tú tampoco estás mal.
—Qué generosa.
—Muchísimo.
Llegó hasta mí. Una mano a mi cintura. Natural. Como si no hubieran pasado dos días. Lo miré.
—Hola otra vez.
—Hola.
Me besó. Y sí. Definitivamente era distinto saludar así. Le agarré la camisa. Carlos me acercó un poco más. El beso duró bastante más de lo necesario para un saludo. Cuando me separé, lo miré.
—Como sigamos así no vamos a ir a ningún sitio.
—No veo el problema.
—Yo me he secado el pelo.
Carlos se rio.
—Argumento definitivo.
—Muchísimo.
Me dio otro beso. Más corto. Después se apartó.
—Vamos.
Cogí el bolso.
—Todavía no me has dicho dónde.
—A cenar.
—Eso lo había deducido.
—Bien.
—¿Dónde?
Carlos abrió la puerta.
—Cerca.
—¿Qué significa cerca?
—Quince minutos.
—¿Y por qué tanto misterio?
—No hay misterio.
—Pues dime el sitio.
—No.
Me detuve.
—Carlos.
Sonrió.
—Ven.
—Odio esto.
—No.
—No.
—Te está gustando.
Lo pensé.
—Un poco.
—Vamos.
Salí. Cerré la puerta. Y mientras bajábamos las escaleras recordé algo.
—Espera.
Carlos se giró.
—Qué.
—¿Qué coche has traído?
Sonrió.
—No.
—Carlos.
Siguió bajando.
—¡CARLOS!
Su risa llegó desde el piso de abajo.
—¡Te dije que no vinieras con el Porsche!
—No he venido con el Porsche.
Me detuve. Ah. Bien. Continué bajando.
—Gracias.
Llegamos al portal. Carlos abrió. Salimos. Miré hacia la calle. Después a él. Después otra vez hacia la calle.
—Carlos.
—Qué.
—¿Qué coño es eso?
—Un coche.
—Eso ya lo veo.
—Entonces vamos bien.
Señalé el Maserati aparcado unos metros más allá.
—Te dije que no vinieras con el Porsche.
—Y no he venido con el Porsche.
Lo miré. Carlos estaba intentando no sonreír.
—Eres gilipollas.
—Muchísimo.
—Esto es peor.
—¿Por qué?
—¡PORQUE ES UN MASERATI!
—Habla más alto, creo que no te han oído en Castellón.
Me tapé la cara.
—Me quiero morir.
Carlos empezó a reírse.
—Vamos.
—No.
—Jenn.
—Mis vecinos van a pensar que vendo cocaína.
—Tus vecinos probablemente están cenando.
—Pues mañana pensarán que vendo cocaína.
Carlos abrió la puerta del copiloto.
—Sube, narcotraficante.
Lo señalé.
—Esto te está haciendo demasiada gracia.
—Muchísima.
Miré el coche. Después mi portal. Después a Carlos.
—Como mañana haya una investigación policial, te denuncio.
—Lo tendré en cuenta.
Subí. Carlos cerró la puerta. Y mientras rodeaba el coche para ponerse al volante miré el interior. Cuero. Pantallas. Cosas caras. Probablemente hasta el cinturón de seguridad costaba más que mi reparación. Carlos entró. Arrancó. Lo miré.
—Mi Clio te odia.
—Tu Clio no me conoce.
—Te vio el lunes.
—Eso fue una presentación breve.
—Suficiente.
Carlos sonrió. Salimos. Y yo todavía no sabía dónde coño íbamos. Lo descubrí quince minutos después. Carlos salió de la avenida principal. Después de otra. Y cuando empezó a reducir la velocidad miré por la ventanilla.
—Ah.
—¿Qué?
—Nada.
—Esa palabra empieza a preocuparme.
Había restaurantes a ambos lados de la calle. Terrazas. Gente. Bastante gente. Carlos giró. Miré hacia delante. Después hacia él.
—¿Vamos ahí?
—Sí.
Volví a mirar.
—Vale.
—¿Qué?
—Nada.
—Jenn.
—Que parece caro.
Carlos miró hacia el restaurante.
—No especialmente.
Lo miré. Ah. Ahí estaba otra vez. El Porsche. El Clio. Solo que esta vez en versión comida.
—Para ti.
Frunció ligeramente el ceño.
—¿Quieres ir a otro sitio?
—No.
—Podemos ir a otro.
—Carlos.
—Qué.
—No he dicho que no quiera entrar.
—Has puesto cara.
—Mi cara está perfectamente.
—Eso es mentira.
—Maybe.
Aparcó. Apagó el motor. Yo seguí mirando el restaurante. No era uno de esos sitios en los que un señor con guantes blancos iba a juzgarme por respirar. Bien. Pero tampoco era exactamente el bar en el que pedirías unas bravas y te traerían cuatro servilletas pegadas al plato. Carlos abrió su puerta.
—Ven.
—Voy.
Bajé. Miré mi ropa. Vaqueros negros. Camiseta negra. Zapatillas. Carlos rodeó el coche. Me vio mirar hacia abajo.
—¿Qué haces?
—Nada.
—Jenn.
—Estoy comprobando una cosa.
—¿Qué cosa?
Levanté la cabeza.
—Si voy bien.
Carlos me miró. Otra vez.
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí.
—Vale.
Y ya. No dijo que debería haberme puesto otra cosa. No miró mis zapatillas. No hizo ningún comentario. Simplemente empezó a andar. Fui detrás. Dos pasos. Carlos se detuvo. Me esperó. Cuando llegué a su lado, apoyó una mano en mi espalda. Y entramos.
La carta confirmó mis sospechas. La abrí. Miré. Cerré. Carlos levantó los ojos.
—¿Qué?
—Nada.
—Has cerrado la carta.
—Estoy procesando.
—¿Qué estás procesando?
La abrí otra vez.
—Ventiocho euros.
—¿Qué?
—Una ensalada.
Carlos miró la carta.
—Sí.
—Tiene lechuga.
—Entre otras cosas.
—Espero que entre las otras cosas haya un billete de diez euros.
Se rio.
—Pide lo que quieras.
—Ese no es el problema.
—¿Cuál es?
Me incliné un poco sobre la mesa.
—Que hay una hamburguesa de trentaintidós euros.
—Está buena.
Lo miré.
—¿La has probado?
—Sí.
—¿Y hace algo?
—¿Qué tendría que hacer?
—No sé. Por trentaintidós euros espero que me dé conversación.
Carlos empezó a reírse.
—Pídela.
—No.
—¿Por qué?
—Ahora le tengo demasiadas expectativas.
—Entonces otra cosa.
Volví a la carta. Había cosas que conocía. Otras que parecían haber sido redactadas específicamente para impedir que una persona supiera qué estaba pidiendo.
—¿Qué es esto?
Carlos miró donde señalaba. Me explicó.
—Ah.
—¿Te gusta?
—No lo sé.
—Pues pide otra cosa.
—Gracias.
—De nada.
Seguí leyendo.
—Esto es agotador.
—¿Elegir comida?
—Sí.
—Puedo elegir por ti.
Levanté la vista.
—Ni se te ocurra.
Sonrió.
—Entonces sigue sufriendo.
—Eso haré.
Finalmente pedí algo cuyo nombre entendía entero. Carlos pidió otra cosa. Y cuando el camarero se marchó me apoyé contra la silla.
—He sobrevivido.
—Estoy orgulloso.
—Gracias.
—¿Quieres vino?
—¿Vas a conducir?
—Sí.
—Entonces no.
—Puedo tomar una copa.
—Ya.
—¿Tú quieres?
Pensé.
—Cerveza.
Carlos sonrió.
—Claro.
—¿Qué?
—Nada.
—No. Esa sonrisa.
—¿Qué sonrisa?
—La de «claro».
—No existe.
—Sí existe.
—Pide cerveza.
—Eso pensaba hacer.
La pedimos. Carlos agua. Yo cerveza. Muchísimo mejor. Me quedé mirándolo.
—¿Vienes mucho aquí?
—A veces.
—¿Con quién?
—Amigos.
—¿Los otros?
—Alguna vez.
—¿Familia?
—Sobre todo.
Asentí. Miré alrededor.
—Yo no.
—Ya.
Volví a mirarlo.
—¿Cómo que ya?
—Has estado cinco minutos analizando el precio de una ensalada.
—Porque es un robo.
—No he dicho que no lo sea.
—Pero vienes.
—Me gusta la comida.
—Burgués.
Carlos se echó a reír.
—¿Ya hemos llegado ahí?
—Has venido a buscarme en un Maserati.
—Porque no querías el Porsche.
—¡Eso no mejora tu defensa!
—Un poco sí.
—Nada.
—Cumplí exactamente lo que pediste.
—Eres insoportable.
—Y has venido.
Ah.
—Porque no sabía lo del Maserati.
—Podemos volver andando.
—Quince minutos en coche.
—Entonces tardaríamos bastante.
—Además llevo zapatillas.
Carlos miró debajo de la mesa.
—Sí.
—¿Qué?
—Nada.
—Has mirado mis zapatillas.
—Has hablado de ellas.
—No las juzgues.
—No las estoy juzgando.
—Son cómodas.
—Me parece bien.
—Y bonitas.
—También.
Entrecerré los ojos.
—No sé si te creo.
—Es un problema tuyo.
Sonreí. Llegó la cerveza. Bebí. Mucho mejor.
—¿Y mañana? —preguntó Carlos.
—Trabajo.
—Después.
—Voy a un ensayo.
—¿De quién?
—Adrián.
—Ah.
—Nos ha invitado.
—¿A todos?
—Sí.
Carlos cogió el agua.
—No sabía nada.
—Está en el grupo.
—No he mirado el móvil.
—Pues tienes treinta y siete mensajes pendientes cada quince minutos.
—Por eso no lo miro.
Me reí.
—¿Vienes?
Carlos pensó.
—Puede.
—Eso no es un sí.
Me miró.
—Muy observadora.
—No me robes.
—Ya es tarde.
Bebí.
—Marc va.
—Qué sorpresa.