Capítulo 10 - Dos minutos #5
Se sentó. Yo volví al correo. Factura. Pedido.
Albarán. Otra factura. Normalidad. Duró exactamente seis minutos.
Mi móvil vibró dentro del bolso. No lo cogí.
Volvió a vibrar. Tampoco. Una tercera vez.
Suspiré. Lo saqué. El grupo. Adrián. «El jueves ensayamos.
» Debajo: «Si queréis venir.» Marc: «Yo ya iba a ir.
» Gabriel: «Nadie te ha preguntado.» Marc: «Pero voy.
» Adrián: «Jenn, tú también puedes venir.
» Me quedé mirando el mensaje. Un ensayo.
Balas de Acero. Sonreí. Escribí debajo de la mesa.
«¿Puedo llevar tomates?» Adrián: «¿Por qué?
» «Por si sois malos.» Marc: «Lleva una guitarra mejor.
» «Tengo una guitarra mejor.» «No.» «VETE A LA MIERDA. » Mi compañera levantó la cabeza.
—¿Todo bien?
Bloqueé el teléfono.
—Perfectamente.
—Estás sonriendo.
—No.
—Sí.
—Trabajo.
—Ya.
Volví al ordenador. Intenté concentrarme.
Lo conseguí. Más o menos. Hasta las once y veinte.
A esa hora me levanté para ir a por café.
Salí de administración. Crucé el pequeño pasillo.
Máquina. Vaso. Botón. Esperé. El móvil vibró otra vez.
Lo saqué por pura inercia. Carlos. «¿Sobrevives?
» Respondí: «De momento.» «¿Mucho trabajo?
» «Muchísimo.» «Entonces no molesto.» Me quedé mirando aquello.
Curiosamente... no quería que dejara de molestar.
«No he dicho eso.» Pausa. «Ah.» Sonreí. «No te emociones.
» «Demasiado tarde.» El café terminó de caer.
Cogí el vaso. «Trabaja, arquitecto.» «Trabaja, administrativa.
» Fruncí el ceño. «No uses mi profesión contra mí.
» «Jamás.» Guardé el teléfono. Di dos pasos.
Volvió a vibrar. Carlos. «Mañana. Ocho.» Sonreí.
«Mañana. Ocho.» Esta vez guardé el móvil de verdad. Y volví a mi mesa.
***
A las seis salí del trabajo con la sensación de haber vivido tres martes seguidos.
Me dolía la espalda. Tenía hambre. Y estaba cansada.
Mucho. Solo quería llegar a casa. Ducharme.
No. Ya me había duchado. Comer. Sofá. Eso.
Sofá. Llegué al Clio. Dejé el bolso en el asiento.
Entré. Arranqué. Bien. Seguíamos cooperando.
El trayecto hasta casa era corto. Lo había hecho tantas veces durante aquellos cuatro años que prácticamente podía conducirlo sin pensar.
Misma avenida. Misma rotonda. Mismo semáforo.
Misma calle. Encontré sitio relativamente cerca de casa.
Milagro. Aparqué. Cogí el bolso. Bajé. Cerré el coche.
Y empecé a andar. Cincuenta metros. Quizá menos.
Entonces vi a alguien delante. Pelo largo.
Camiseta negra. Vaqueros. Caminando en mí misma dirección.
Fruncí el ceño. No. Seguí andando. El hombre se detuvo junto a un coche. Sacó unas llaves. No.
—¿Marc?
Se giró. Marc me miró. Yo lo miré. Miró detrás de mí. Después otra vez a mí.
—¿Qué haces aquí?
Me detuve.
—¿Qué haces TÚ aquí?
—Vivo aquí.
Silencio. Lo señalé.
—No.
Marc frunció el ceño.
—Sí.
—No.
—Jenn.
—Tú no vives aquí.
—Llevo seis años viviendo aquí.
Miré el edificio junto al que estaba. Después mi edificio. Después a Marc. Después otra vez los edificios.
—No.
Marc empezó a sonreír.
—¿Tú vives aquí?
—No.
—Sí.
—No.
—Acabas de venir andando desde ese coche.
—Puede ser de otra persona.
—Lo has cerrado tú.
—Detalles.
Marc se rio.
—¿Dónde?
—No te lo voy a decir.
—¿Por qué?
—Porque eres un acosador.
—Tú has aparecido en mi calle.
—¡Es mi calle!
—También es la mía.
Me quedé mirándolo. Aquello era absurdo.
—¿Qué número?
Marc señaló unos portales más adelante. Miré. Después señalé hacia atrás.
—Yo ahí.
Marc siguió mi dedo. Calculó la distancia. Me miró.
—Joder.
—Exacto.
—Estamos a...
Miró hacia un lado. Después al otro.
—Dos minutos.
—No.
—Cuatro si vas con tus piernas.
Abrí la boca.
—Hijo de puta.
Marc empezó a reírse.
—Era una observación técnica.
—Mido perfectamente.
—Sí.
—No termines esa frase.
—No iba a hacerlo.
—Mentira.
—Muchísimo.
Me crucé de brazos.
—¿Cómo no nos hemos visto nunca?
Marc se encogió de hombros.
—Porque hay más gente en Valdara.
—Gracias.
—Y trabajo a turnos.
—Yo horario de oficina.
—Ahí lo tienes, pero no sé dónde vives.
—Mejor.
—Hasta ahora.
—Marc.
Sonrió.
—Qué.
Negué con la cabeza.
—Nada.
—¿Has practicado?
Lo miré.
—No puede ser.
—¿Qué?
—Acabo de trabajar ocho horas.
—Yo también.
—¿Hoy trabajabas?
—De mañana.
—¿Y qué haces?
Levantó las llaves.
—Acabo de volver de comprar.
—Qué vida tan apasionante.
—Muchísimo.
Empecé a caminar. Marc vino conmigo.
—Entonces no has practicado.
—No.
—Mal.
—Estoy cansada.
—Excusas.
—Tengo hambre.
—Más excusas.
—Quiero sentarme.
—Mi casa está ahí.
Me detuve. Marc también. Lo miré. Él señaló hacia delante.
—Segunda lección.
—¿Ahora?
—Ahora.
—Marc.
—Qué.
—He trabajado ocho horas.
—Ya lo has dicho.
—Estoy cansada.
—También.
—Tengo hambre.
—Tengo comida.
Entrecerré los ojos.
—Esto empieza a parecer un secuestro.
—Puedes irte.
Miré hacia mi portal. Después hacia el suyo. Dos minutos. Quizá cuatro. Hijo de puta.
—Raven está en casa.
Marc sonrió.
—Pues ve a por ella.
—No.
—Vale.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa.
—Mi cara está perfectamente.
—Te odio.
—Nos vemos en diez minutos.
—No he dicho que vaya.
Marc empezó a caminar hacia su portal.
—Diez minutos.
—¡MARC!
Levantó una mano. No se giró. Me quedé plantada en mitad de la acera. Miré hacia mi casa. Después hacia él.
—Hijo de puta.
Marc levantó otra vez la mano. Me había oído. Claro que me había oído. Fui a por Raven. Subí a casa. Dejé el bolso. Me quité las zapatillas. Di tres pasos hacia el sofá. Me detuve. Lo miré. El sofá me miró a mí. Bueno. No. Pero sabía lo que quería.
—No.
Seguí hacia la habitación. Raven estaba en su soporte. La cogí. Volví al salón. El sofá seguía ahí. Cómodo. Vacío. Perfecto.
—No me hagas esto.
Cogí el móvil. Mensaje nuevo. Marc. «9 minutos.» Lo miré.
—Te odio muchísimo.
Respondí. «Como vuelvas a cronometrarme no voy.» Tres puntitos. «8.»
—Hijo de puta.
Me puse otra vez las zapatillas. Cogí a Raven. Salí de casa.
Dos minutos. Dos putos minutos. Eso tardé.
Ni siquiera me dio tiempo a arrepentirme correctamente.
Llegué al portal que Marc había señalado.
Miré el telefonillo. Ah. No sabía el piso.
Saqué el móvil. «Estoy abajo.» Respuesta: «Enhorabuena.
» Cerré los ojos. «¿PISO?» «2º.» «Gracias, imbécil.
» «De nada ❤ ️ » Llamé. El portal se abrió.
Subí. Cuando llegué al segundo piso, Marc ya estaba en la puerta.
Apoyado contra el marco. Descalzo. Camiseta negra.
Pelo suelto. Me miró. Después miró a Raven.
—Has venido.
—No.
—Ah.
—Estoy teniendo una experiencia extracorporal.
Marc se apartó.
—Pasa.
Entré. Y me detuve. No sabía qué esperaba de la casa de Marc.
Probablemente nada. Nunca había pensado en ella.
Era... Normal. Eso fue lo primero. Un salón no demasiado grande.
Sofá. Televisión. Una mesa baja con cosas encima.
Demasiadas. Una sudadera tirada en un extremo del sofá.
Un par de zapatillas junto a la pared. Una taza sobre la mesa.
Un bajo en un soporte de pared. Ah. Y allí.
En un soporte de suelo. La gemela de Raven. La reconocí inmediatamente.
—Ahí está.
Marc cerró la puerta.
—¿Quién?
Señalé.
—La hermana perdida de Raven.
Miró su guitarra.
—Ah.
—¿Ves? Son gemelas.
—Te dije que era la misma.
—Sí, pero ahora las he visto juntas.
—No están juntas.
Miré la distancia entre los dos soportes.
—Marc.
—Qué.
—No me jodas.
Sonrió.
—Es la misma guitarra.
—En rojo.
—Y Raven en negro.
—Gemelas.
—Si te hace ilusión.
—Me hace ilusión.
Me acerqué un poco para verla mejor.
—La tuya parece la versión malvada.
Marc frunció el ceño.
—¿La roja es la malvada?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque Raven es Raven.
—Argumento impecable.
—Gracias.
—Adrián estaría orgulloso de este análisis técnico.
—¿Verdad?
—No.
Me reí. Marc cogió a Raven.
—Eh.
—Qué.
—Trátala bien.
Me miró.
—La estoy cogiendo.
—Ya.
—Sé coger una guitarra.
—No sé.
—Dámela.
—No.
—Marc.
Sonrió.
—Siéntate.
Señaló el sofá. Me dejé caer.
—Gracias.
—¿Tan cansada estás?
—Quiero morir.
—Drama.
—Ocho horas trabajando.
—Yo también he trabajado ocho horas.
—Pero tú haces cosas de fábrica.
Marc se quedó mirándome.
—¿Y?
Pensé.
—No sé qué pretendía decir con eso.
—Yo tampoco.
—Que estás acostumbrado a sufrir.
—Ah.
—Yo estoy diseñada para estar sentada.
Marc miró el sofá. Después a mí.
—Se nota.
Le tiré un cojín. Lo esquivó.
—Gilipollas.
—Mediocre.
Dejó a Raven con cuidado en el soporte vacío que había junto a su guitarra. Después desapareció hacia la cocina.
—¿Dónde vas?
—A por cerveza.
—Ah.
Volvió a asomar la cabeza.
—¿Quieres?
—Sí.
—¿No tenías hambre?
—También.
—Tengo pizza.
Me incorporé.
—¿Pizza?
—De ayer.
Volví a hundirme en el sofá.
—Me sirve.
—Qué exigente.
—Estoy en modo supervivencia.
Marc volvió a la cocina. Escuché abrirse la nevera.
—¿De qué es?
—Barbacoa.
—Bien.
—¿Bien?
—Sí.
—Pensaba que ibas a quejarte.
—¿Por qué?
—Te quejas de todo.
—Eso es mentira.
Marc apareció con dos cervezas.
—Llevas dos minutos en mi casa y ya me has llamado imbécil, gilipollas y has criticado mi pizza.
—No he criticado tu pizza.
Me dio una cerveza.
—Todavía.
—Gracias.
—De nada.
Se sentó en el otro extremo del sofá. Abrí la cerveza. Bebí. Silencio. Miré alrededor otra vez. Había discos. No muchos. Algunos libros. Cables. Una caja pequeña llena de púas. Fotos. Me incliné un poco para ver una de ellas. Marc siguió mi mirada.
—¿Qué?
—Nada.
—Estás cotilleando.
—Estoy conociendo el entorno.
—Estás cotilleando.
—Muchísimo.
Cogí una foto. Marc con Adrián. Más jóvenes. Bastante. Gabriel también estaba. Carlos detrás. Los cuatro.
—Joder.
Marc miró.
—¿Qué?
—Parecéis niños.
—Teníamos veinte y pocos.
—Niños.
—Tú tienes veintisiete.
—Exacto.
—Eres casi un bebé.
Lo miré.
—Tienes cinco años más que yo.
—Una eternidad.
—Viejo.
—Niña.
Dejé la foto.