Capítulo 10 - Dos minutos #4
Benialmar desapareció poco a poco por el retrovisor.
Primero las casas. Después las calles. Después nada.
Carretera. Música. Raven detrás. Yo delante.
Como el viernes. Pero no igual. El viernes había salido de Valdara sola.
Con una entrada para el RockFest. Una bolsa.
Una guitarra. Y una idea bastante simple.
Ir. Escuchar música. Beber algo. Hacer una gilipollez por una vez.
Volver. Ese era todo el plan. Luego el Clio decidió morirse en una carretera.
Cuatro desconocidos aparecieron en una furgoneta.
Uno era arquitecto. Otro trabajaba en una fábrica y tenía la irritante costumbre de tocarme los cojones.
Otro construía guitarras. Y Gabriel... Bueno.
Gabriel era probablemente el único adulto funcional de todo el grupo.
Había terminado durmiendo en una casa que no conocía.
Había ido a la playa. Había bebido demasiado.
Me había metido en una piscina de madrugada.
Había tocado a Raven delante de gente. Me había reído hasta dolerme la barriga.
Había besado a Carlos. Mucho. Muchísimo.
Y algo más. Ahora volvía a casa. No sabía qué esperaba encontrar cuando compré aquella entrada.
Quizá nada. Un fin de semana. Una anécdota.
Algo que rompiera durante tres días la sensación de estar empezando de cero.
Había ido buscando eso. Tres días. Música.
Ruido. Cualquier cosa. Y volvía con cuatro números nuevos en el teléfono.
Bueno. Cinco, contando el grupo. Sonreí.
El cartel de Valdara apareció delante. Mi móvil vibró en el soporte.
Miré de reojo. El grupo. Marc. Por supuesto.
Esperé al semáforo de entrada al pueblo.
Rojo. Cogí el teléfono. Una foto. Abrí. Era una guitarra.
Debajo: «Lección 2. Mañana.» Me quedé mirando la pantalla.
Otro mensaje. Gabriel: «Déjala llegar a casa, enfermo.
» Adrián: «No puede. Está enamorado de Raven.
» Marc: «Raven tiene más futuro que su dueña.
» Abrí el teclado. «Vete a la mierda.» Enviar.
La respuesta apareció casi inmediatamente. « ❤ ️ » Solté una carcajada.
—Gilipollas.
El semáforo cambió a verde. Dejé el móvil. Metí primera. Y entré en Valdara.
Capítulo 10
Dos minutos
El despertador sonó al día siguiente a las siete. Lo apagué. Volvió a sonar a las siete y cinco. Lo apagué. A las siete y diez tomé una decisión adulta y responsable .
—Que le den al trabajo.
Cerré los ojos. El despertador volvió a sonar.
—Joder.
Me incorporé. Vale. Al trabajo no podía darle nadie.
Sobre todo porque llevaba cuatro años allí y probablemente resultaría sospechoso que, después de pedirme el lunes libre para ir a un festival, el martes apareciera misteriosamente enferma.
Me quedé sentada en el borde de la cama.
Pelo. Fatal. Espalda. Fatal. Piernas. Curiosamente peor. Ah. Carlos.
—Hijo de puta.
Me levanté. Fui al baño. Me miré en el espejo.
Aquella mujer no estaba preparada para gestionar albaranes.
Aquella mujer necesitaba volver a acostarse.
Me lavé la cara. Me vestí. Vaqueros. Camiseta.
Zapatillas. Recogí el pelo. Café. Mucho.
Mientras esperaba a que terminara de salir, miré alrededor.
Mi cocina. Mi taza. Mi cafetera. Mi piso.
Silencio. Ayer, cuando había llegado, me había parecido maravilloso.
Después de tres días rodeada de gente, música, conversaciones, puertas abriéndose y algún imbécil apareciendo cada vez que intentaba estar cinco minutos tranquila, entrar en casa había sido casi un regalo.
Esa mañana... Bueno. Seguía estando bien.
Pero era raro. Cogí el café. Mi móvil vibró sobre la encimera.
Lo miré. El grupo. Claro. Lo abrí. Treinta y siete mensajes.
—¿Pero vosotros cuándo dormís?
Subí. Habían empezado a escribir a las seis y cuarenta y ocho.
Adrián había mandado una foto de una guitarra desmontada sobre una mesa.
Marc había preguntado si aquello tenía arreglo.
Adrián le había dicho que sí. Marc había respondido: «Pues qué pena.
» Gabriel había enviado: «Son las 6:52.» Y aquello, aparentemente, había iniciado una discusión sobre si las siete de la mañana podían considerarse todavía de noche.
Seguí bajando. Había una foto de un café.
Otra de unas botas. Un audio de Adrián que no podía escuchar porque todavía no estaba preparada para sonidos humanos.
Y finalmente: Marc: «¿Has practicado?» Miré la hora.
Siete y veintiséis. El mensaje era de hacía cuatro minutos.
Tecleé. «Tengo trabajo.» Respuesta inmediata.
«Eso no responde.» «Son las siete y media.
» «Tampoco.» «Te odio.» Los tres puntitos aparecieron. «Buenos días ❤ ️ » Me reí.
—Gilipollas.
Otro mensaje. Gabriel. «No le des conversación.» Respondí: «Tarde.» Adrián apareció. «Error de principiante.» «LITERALMENTE.» Marc: «Practica.» Bloqueé el teléfono. Bebí café. Volvió a vibrar. No lo miré. Otra vez.
—No.
Otra. Cogí el móvil. Esta vez no era el grupo.
Carlos. Me quedé quieta un segundo. Ah. Había guardado su número ayer después de que Gabriel me añadiera.
Abrí. «Buenos días.» Sonreí. Mucho más normal.
Respondí. «Depende.» Tardó poco. «¿De qué?
» «De si pretendes obligarme a existir antes de las ocho.
» «Son las siete y media.» «Exacto.» «¿Trabajas hoy?
» «Por desgracia.» «¿Cómo estás?» Miré la pantalla.
Pensé. Escribí: «Cansada.» Borré. Escribí otra vez.
«Tengo agujetas.» Lo envié. Me arrepentí aproximadamente medio segundo.
Los tres puntitos aparecieron. Desaparecieron.
Volvieron. Sonreí antes incluso de leer.
«No sé de qué me hablas.» Solté una risa.
«Claro.» «Quizá dormiste mal.» «Dormí encima de ti.
» «Entonces el colchón no tiene la culpa.
» «El colchón tenía un notable.» «Sigo considerando injusta esa valoración.
» «Presenta una reclamación.» «Prefiero una segunda inspección.
» Me quedé mirando el mensaje. Ah. Bueno.
Buenos días, Carlos. Bebí café. «Qué rápido.
» «Soy eficiente.» «Eres arquitecto.» «Precisamente.
» «Eso no tiene ningún sentido.» «¿Esta semana?
» Dejé la taza. Lo releí. No había añadido nada.
Ni una explicación. Ni una broma que permitiera fingir que preguntaba otra cosa.
¿Esta semana? Sonreí. «¿Eso es una invitación?
» «Sí.» Ah. Vale. Carlos tampoco parecía especialmente interesado en jugar a hacerse el difícil.
Me gustó. «Puede ser.» «Eso no es un sí.
» «Muy observador.» «Miércoles.» Me reí.
«Mañana es miércoles.» «Muy observadora.
» «Carlos.» «¿Qué?» «Trabajo.» «La gente suele hacerlo.
» «Odio que tengas respuesta para todo.» «Miércoles por la noche.
» Miré el café. Después el reloj. Después otra vez el mensaje.
Tenía sueño. Muchísimo. Me esperaba un día entero de trabajo.
Probablemente debería querer llegar a casa esa tarde, cenar cualquier cosa y meterme en la cama temprano.
Probablemente. «Vale.» La respuesta llegó inmediatamente.
«Te recojo a las ocho.» Parpadeé. «¿Sabes dónde vivo?
» Pausa. Los tres puntos. «No.» Me reí. «Pequeño problema.
» «Solucionable.» «Mañana.» «Mañana.» Guardé el móvil.
Lo volví a coger. Abrí el chat. «Y no vengas en el Porsche.
» Esperé. «¿Por qué?» Claro. Me apoyé en la encimera.
«Porque me niego a parecer una traficante de suministros industriales. » Tardó un poco más. «No prometo nada.»
—Carlos.
Sonreí. Bloqueé el teléfono. Entonces vi la hora.
—¡Mierda!
Dejé la taza en el fregadero. Cogí el bolso. Las llaves. Volví porque me había dejado el móvil. Salí. Cerré. Bajé las escaleras deprisa. Y diez minutos después estaba dentro de mi Clio. Arrancó a la primera.
—Muy bien.
Le di una palmada al volante.
—Así me gusta.
Salí hacia el trabajo.
***
A las ocho y tres estaba sentada delante del ordenador.
Tres minutos tarde. Aceptable. Encendí la pantalla.
Correo. Mucho correo. Demasiado correo. Abrí el primero.
Un proveedor preguntando por una factura.
El segundo. Un cliente preguntando por un pedido.
El tercero. Otro proveedor preguntando por otra factura.
Me quedé mirando la bandeja de entrada. El viernes a esa hora estaba trabajando.
Esa misma mesa. Esa misma silla. Probablemente esa misma cara de querer morir.
Después había salido. Había metido una bolsa y a Raven en el Clio.
Había conducido hacia Benialmar. Y desde entonces...
Apoyé la barbilla en la mano. No. No iba a hacer un resumen mental de todo lo que había ocurrido mientras tenía cuarenta y dos correos sin leer. Abrí el programa de gestión.
—Buenos días.
Levanté la cabeza. Una compañera dejó el bolso en su mesa.
—Buenos días.
Me miró. Después sonrió.
—¿Qué tal el festival?
Ah. La pregunta.
—Bien.
—¿Solo bien?
Pensé en la furgoneta. La casa. El RockFest. La playa. La piscina. Raven. Carlos. La cama de Carlos. Carlos sin camiseta. La ducha de Carlos. Carlos con bastante menos que una camiseta. Volví a mirar a mi compañera.
—Muy bien.
—¿Te lo pasaste bien?
—Muchísimo.
—¿Fuiste sola al final?
Abrí la boca.
—Sí.
Técnicamente.
—Qué valiente.
Casi me atraganté con mi propia saliva.
—Sí.
Valiente. Eso.
—¿Y qué hiciste?
Miré la pantalla. Cuarenta y dos correos. Después a ella.
—Es una historia larga.
—Tenemos ocho horas.
—Precisamente por eso no pienso empezar.
Se rio.
—Luego me cuentas.
—Maybe.