Capítulo 9 - Cuatro números nuevos #2
Y, sorprendentemente, eso hice.
Me desperté porque no sentía el brazo. No metafóricamente.
Literalmente. Mi brazo había dejado de pertenecerme.
Abrí los ojos. Tardé aproximadamente tres segundos en entender el problema.
Uno. No estaba en mi habitación. Dos. Había un pecho delante de mi cara.
Tres. Ah. Carlos. Seguía prácticamente encima de él.
No sabía cómo coño habíamos conseguido mantener una postura parecida durante toda la noche.
Mi pierna seguía cruzada sobre las suyas.
Mi brazo estaba atrapado entre nuestros cuerpos.
Y una de sus manos descansaba en mi espalda.
Perfecto. Intenté sacar el brazo. Nada. Volví a intentarlo.
Carlos gruñó. Me quedé quieta. Esperé. Nada. Tiré otra vez.
—Joder...
—Mm.
—No tengo brazo.
Silencio.
—Carlos.
—Qué.
Ni siquiera abrió los ojos.
—Necesito recuperar una extremidad.
—Luego.
Lo miré.
—¿Luego?
—Estoy durmiendo.
—Está debajo de ti.
—Problema logístico.
—Problema arquitectónico.
—No.
—Sí.
Intenté moverme. Carlos cerró el brazo alrededor de mi espalda. Y me devolvió exactamente al sitio. Me quedé quieta.
—¿Acabas de impedirme escapar?
—Sí.
—Hace unas horas estabas dándome oportunidades constantemente.
—Ya has gastado todas.
Ah. Sonreí.
—Secuestro.
—Cinco minutos.
—Eso dicen todos los secuestradores.
—Jenn.
—Qué.
—Cállate.
—Vale.
Apoyé otra vez la cabeza. Cinco minutos tampoco iban a matar a nadie. Probablemente. Carlos respiró profundamente. Yo cerré los ojos. Su mano se movió una vez por mi espalda. Después otra. Muy despacio.
—Estás despierto —dije.
—No.
—Me estás tocando.
—Reflejo.
—Claro.
—Duérmete.
—Ya he dormido.
—Pues practica.
Me reí contra su pecho. Carlos abrió un ojo.
—Haces mucho ruido.
—Buenos días a ti también.
Cerró el ojo.
—Buenos días.
Silencio. Dos segundos. Tres. Entonces levantó ligeramente la cabeza y me besó. Sin avisar. Un beso corto. Todavía medio dormido. Se dejó caer otra vez sobre la almohada. Yo lo miré.
—Eso tampoco ha sido un reflejo.
—No.
—Ah.
—Cállate.
Sonreí.
—Vale.
Cinco minutos. Eso habíamos dicho. Fueron bastantes más.
Mi móvil estaba en mi habitación. Eso descubrí cuando finalmente conseguimos salir de la cama.
—Tengo que llamar al taller.
Carlos se estaba poniendo la camiseta.
—¿Te han escrito?
—No lo sé. Mi móvil está al otro lado del pasillo.
—Pues ve a por él.
Lo miré.
—Gracias. No se me había ocurrido.
—De nada.
Abrí la puerta. Miré el pasillo. Vacío. Bien. Salí. Carlos salió detrás. Me giré.
—¿Dónde vas?
—Abajo.
—Espera.
—¿Qué?
Señalé mi aspecto. Después el suyo. Después las dos puertas. Carlos miró.
—¿Qué?
—¿Vamos a bajar juntos?
—Sí.
Lo miré.
—Ah.
—¿Hay algún problema?
Pensé en Marc.
—Para nosotros, ninguno.
Carlos sonrió.
—Vamos.
—Déjame coger el móvil.
Entré en mi habitación. Cogí el teléfono de la mesita. Varias notificaciones. Nada del taller. Miré la hora. Las diez y veintitrés. Hostia. Habíamos dormido. Bueno. Algo. Me arreglé el pelo con los dedos. Inútil. Me miré en el espejo. También inútil.
—Perfecto.
Salí. Carlos seguía esperándome en el pasillo. Me miró.
—¿Qué?
—Nada.
—No me gusta cuando dices eso.
—Tu pelo.
Me lo toqué.
—¿Qué le pasa?
—Nada.
—Carlos.
Sonrió. Hijo de puta.
—Vamos.
Bajamos. Llegamos al último escalón. Gabriel estaba sentado a la mesa con una taza delante.
Adrián estaba junto a la encimera. Marc, de pie frente a la nevera.
Los tres levantaron la cabeza. Silencio.
Gabriel me miró. Miró a Carlos. Y bajó inmediatamente los ojos hacia su taza.
Ah. Adrián hizo exactamente lo mismo. Bueno.
No. Peor. Se giró. Entero. De pronto la encimera era fascinante.
Me mordí el labio. Marc no. Marc nos miró.
A Carlos. A mí. Otra vez a Carlos. Otra vez a mí.
Después miró a Gabriel. Gabriel bebió café.
Miró a Adrián. Adrián seguía estudiando la tostadora con la concentración de un ingeniero nuclear. Marc cerró la nevera.
—¿Nadie va a decir nada?
Me tapé la boca. Carlos pasó por mi lado.
—Buenos días, Marc.
—No. No me hagas eso.
—¿El qué?
—«Buenos días, Marc».
Carlos cogió una taza.
—Son las diez y media.
—¡YA SÉ QUÉ HORA ES!
Me entró la risa. Gabriel seguía sin levantar la cabeza.
—Gabriel —dijo Marc.
—No.
—¿No qué?
—No voy a participar.
—¡Gracias!
—No te estaba dando la razón.
Marc señaló a Adrián.
—¿Y tú?
—Estoy haciendo café.
—¡Llevas dos minutos mirando la tostadora!
Adrián se giró.
—Estoy esperando.
—¡NO HAY NADA DENTRO!
Miré la tostadora. Efectivamente. Vacía. Adrián miró también.
—Ah.
Ya no pude más. Me apoyé en la pared riéndome.
—Sois gilipollas.
Marc me señaló.
—Tú no puedes hablar.
—¿Por qué?
—Porque acabas de bajar de la habitación de Carlos.
—Correcto.
Marc abrió las manos.
—¿VEIS?
Gabriel suspiró.
—Marc, todos tenemos ojos.
—¡PUES ESO DIGO!
Carlos dejó una taza delante de mí.
—Café.
—Gracias.
Lo cogí. Marc nos miró.
—Increíble.
Bebí.
—¿Qué?
—Nada.
—No, venga. Ahora dilo.
Marc sonrió. Mala señal.
—¿Has dormido bien?
Lo miré por encima de la taza.
—Muchísimo.
Adrián tosió. Gabriel cerró los ojos. Carlos se rio. Marc asintió lentamente.
—Vale.
—¿Qué?
—Nada. Información suficiente.
—No tienes ninguna información.
—Tengo toda la que necesito.
—Eres imbécil.
—Y tú tienes el pelo fatal.
Me toqué la cabeza.
—¡LO SABÍA!
Carlos empezó a reírse. Me giré hacia él.
—¡TÚ TE HAS CALLADO!
—No me has preguntado.
—¡SÍ TE HE PREGUNTADO!
—Has preguntado qué le pasaba.
—¡Y HAS DICHO NADA!
—No le pasa nada.
—¡MARC ACABA DE DECIR QUE ESTÁ FATAL!
Marc levantó una mano.
—No me metáis en vuestros problemas de pareja.
Silencio. Carlos dejó de reírse. Yo bajé lentamente la taza. Marc también dejó de sonreír.
—No somos pareja —dije.
—Ya.
—Marc.
—He dicho que ya.
—Pues no pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa.
—Mi cara está perfectamente.
Lo señalé.
—No me robes frases.
—Demándame.
Gabriel dejó la taza sobre la mesa.
—¿Podemos desayunar?
—Sí —dije.
Marc abrió la nevera otra vez.
—Yo llevo intentando hacerlo diez minutos.
Adrián miró la tostadora vacía.
—Yo también, aparentemente.
Volví a reírme. Y aquello fue todo. Nadie preguntó qué había ocurrido.
Nadie necesitaba hacerlo. Me senté. Carlos a mi lado.
Marc enfrente. Gabriel puso pan sobre la mesa.
Adrián finalmente consiguió meterlo dentro de la tostadora.
Y cinco minutos después estábamos discutiendo sobre quién había acabado con el zumo.
Como si bajar juntos hubiera sido simplemente otra cosa ocurrida aquel fin de semana. Quizá lo era.
Llamé al taller después del café. Me atendieron al tercer tono. Di mi nombre. Matrícula. Esperé. Carlos estaba sentado frente a mí mirando su móvil. Marc y Adrián recogían cosas del salón. Gabriel había desaparecido escaleras arriba.
—Sí —dijo el hombre al otro lado—. Lo tienes listo.
Me incorporé.
—¿En serio?
Carlos levantó la cabeza.
—Sí. Puedes pasar cuando quieras.
—¿Qué tenía al final?
Me lo explicó. Escuché. Asentí aunque no podía verme. Entendí aproximadamente un sesenta por ciento. Suficiente. Pregunté cuánto era. Ah. Eso lo entendí al cien por cien.
—Vale. Sí. Voy ahora.
Colgué. Me quedé mirando el teléfono.
—¿Está? —preguntó Carlos.
—Sí.
—¿Y esa cara?
—Acabo de recordar que reparar coches cuesta dinero.
—Ah.
—Mi precioso Clio ha decidido cobrarme el fin de semana.
Carlos dejó el móvil.
—Te llevo.
Así. Sin preguntar. Lo miré.
—Puedo pedir...
—Jenn.
—Qué.
—Te llevo.
Sonreí.
—Vale.
Marc pasó detrás de nosotros con una mochila.
—Qué obediente.
—Cállate.
—Solo observo.
—Pues observa desde más lejos.
—Vivo para servir.
Carlos se levantó.
—¿Vamos?
—Tengo que coger mis cosas.
—Luego.
—¿Luego?
—Recoges el coche, volvemos y cargas todo directamente.
Ah. Sí. Tenía sentido.
—Vale.
—Dos veces en menos de un minuto —dijo Marc.
Me giré.
—¿No tienes una casa a la que volver?
—Sí.
—Pues empieza a echarla de menos.
—Qué carácter por la mañana.
Le enseñé el dedo corazón. Marc sonrió.
—Ahora sí eres tú.
El coche que Carlos eligió estaba en el garaje. Un Porsche. Porque claro. ¿Por qué iba a ser un coche normal? Me quedé mirándolo. Después miré a Carlos.
—No.
—¿Qué?
—Nada.
—Jenn.
Señalé el coche.
—Es que me hace gracia.
—¿El qué?
—Ya lo verás.
Carlos abrió. Subí. Y durante el camino al taller no pensé demasiado en ello. Hasta que llegamos. Porque allí estaba. Mi Clio. Aparcado delante. Pequeño. Normal. Mío. Carlos estacionó el Porsche a pocos metros. Miré uno. Miré el otro. Me entró la risa.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada.
—Otra vez.
—Es ridículo.
—¿Qué cosa?
Señalé hacia fuera.
—Eso.
Carlos miró el Clio. Después el Porsche. Después a mí.
—¿Qué pasa?
—Nada. Que he llegado a recoger un Renault Clio en un Porsche.
Carlos seguía sin entender dónde estaba el chiste. Eso me hizo todavía más gracia.
—¿Y?
Lo miré.
—Exacto.
Abrí la puerta.
—Ahora viene la parte en la que bajas tus expectativas.
Carlos miró otra vez mi coche.
—Tiene cuatro ruedas.
Me detuve.
—Normalmente.
—Entonces perfecto.
Sonreí.
—Espérame.
—Claro.
Cerré la puerta. Y fui a recuperar el coche que había empezado todo aquel desastre.
El taller olía a aceite. Mucho. A aceite, goma y algo metálico que probablemente tenía un nombre que yo no conocía.
Entré. Expliqué quién era. Otra vez. Firmé.
Pagué. Eso dolió más que cualquier otra cosa ocurrida aquel fin de semana.
—¿Todo bien entonces? —pregunté.
—Sí. No debería darte más problemas.
Miré hacia el Clio a través de la puerta abierta.
—Eso espero.
El hombre sonrió.
—Puedes probarlo antes de irte.
—No hace falta. Confío en usted.
Pausa.
—Y porque no sabría qué comprobar.
Se rio. Cogí las llaves. Salí. Carlos seguía donde lo había dejado. Apoyado contra el Porsche. Móvil en mano. Levantó la cabeza al verme. Agité las llaves.
—Vive.
—Bien.
—Mi cuenta bancaria menos.
—¿Cuánto?
—No quiero hablar de ello.
Guardó el móvil.
—¿Quieres que lo pruebe?
Lo miré. Después miré el Porsche. Después otra vez a él.
—¿Tú sabes de mecánica?
—No.
—Entonces estamos igual.
—Sé conducir.
—Yo también.