La ley del rock Capítulo 9 - Cuatro números nuevos #3
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Capítulo 9 - Cuatro números nuevos #3

—Tu coche discrepa.

Abrí la boca. La cerré.

—Eso ha sido feo.

Carlos sonrió.

—¿Arranca?

—Vamos a descubrirlo.

Abrí la puerta. Me senté. Llave. Contacto. Arranqué. El motor respondió. Me quedé escuchándolo como si de repente supiera interpretar motores. Parecía normal. Carlos se acercó a la ventanilla. La bajé.

—¿Qué?

—¿Bien?

—No ha explotado.

—Buen comienzo.

—Mis estándares están bajos.

Apoyó una mano en el techo.

—Sígueme.

—¿A qué velocidad?

—A la legal.

Lo miré.

—Qué decepción.

—Llevas un coche recién salido del taller.

—Cobarde.

—Nos vemos en casa.

Se apartó. Subí la ventanilla. Y por primera vez desde el viernes estaba sola dentro de mi coche.

Me quedé quieta un momento. Las manos sobre el volante.

Mi bolso en el asiento del copiloto. El olor conocido.

El pequeño arañazo junto a la radio. Mi Clio.

Habían pasado tres días. Parecía más. Delante, el Porsche arrancó. Ah. Sí. Moví el cambio.

—Vamos, campeón.

El Clio no respondió. Porque era un coche.

—Bien.

Salí detrás de Carlos.

Seguir un Porsche con mi Clio resultó bastante menos humillante de lo que debería. Principalmente porque Carlos conducía como una persona normal. Aburridísimo. En un semáforo lo tuve delante. Rojo. Brillante. Perfecto. Miré mi salpicadero. Le di dos golpecitos.

—Tú ni caso.

El semáforo cambió. Continuamos. Cuando llegamos a la casa, Carlos entró primero en el garaje.

Yo aparqué fuera. No porque no hubiera sitio.

Porque me dio la gana. Apagué el motor. Silencio.

Esta vez arrancaría yo cuando quisiera. Y podría irme.

La idea apareció. Sin drama. Solo estaba ahí.

Cogí el bolso y bajé. Carlos salía del garaje.

—¿No lo metes?

—No.

—Hay sitio.

—Ya.

—Entonces ¿por qué...?

—Porque mi Clio es de exterior.

Carlos me miró.

—¿De exterior?

—Sí.

—¿Como los muebles?

—Exacto.

—Entiendo.

—No entiendes nada.

—Nada.

Entramos. Había bolsas junto a la puerta. Varias. Una mochila. Una chaqueta que reconocí como de Marc.

—¿Se van?

—Eso parece.

Ah. Subí a mi habitación. Mi bolsa seguía abierta encima de la cama. Raven estaba donde la había dejado. Me quedé mirándola.

—Tú también has tenido un fin de semana curioso.

Silencio. Muchísimo carácter. Guardé lo poco que quedaba fuera.

Cargador. Neceser. Una camiseta. Comprobé el baño.

Nada. Volví. Cerré la bolsa. Después cogí a Raven.

Y ahí sí. La habitación cambió. No porque hubiera sido mía.

No lo era. Pero durante tres días había dejado cosas allí.

Había entrado y salido. Había dormido. Había tirado ropa encima de esa silla.

Ahora volvía a parecer una habitación cualquiera.

—Bueno.

Me colgué la bolsa. Cogí la guitarra. Y salí. Abajo había más movimiento que antes. Adrián estaba junto a la puerta con una mochila a la espalda. Gabriel comprobaba algo en su móvil. Marc apareció desde el pasillo cargando una bolsa. Me vio. Miró a Raven.

—¿Te la llevas?

Me quedé quieta.

—No, Marc. La voy a abandonar aquí.

—Era una pregunta.

—Era una pregunta de mierda.

—Buenos días otra vez.

Pasó por mi lado.

—Oye.

Se giró. Levanté ligeramente el estuche.

—Lo de las clases sigue en pie, ¿no?

Marc frunció el ceño. Como si la pregunta fuera absurda.

—Claro.

—Vale.

—Pero tienes deberes.

—¿Perdón?

—Lo que te enseñé ayer.

—Estamos de vacaciones.

—Yo no.

—Yo sí.

—Problema tuyo.

—Eres un profesor horrible.

—Y tú una alumna mediocre.

Entrecerré los ojos.

—Retiro lo de las clases.

—No puedes.

—¿Por qué?

—Ya he aceptado.

—No funciona así.

—Ahora sí.

Sonreí.

—Gilipollas.

—Vaga.

Marc salió. Lo vi atravesar el cristal de la puerta. Y entonces caí en algo.

—Espera.

Me giré hacia los demás.

—No tengo vuestros números.

Gabriel levantó la vista.

—¿Ninguno?

Pensé.

—Ninguno.

Marc apareció otra vez por la puerta.

—Eso es preocupante.

—Llevamos tres días juntos y nadie ha pensado en esto.

—Porque estabas físicamente delante —dijo Adrián.

—Buen sistema.

Gabriel guardó el móvil.

—Tenemos un grupo.

Lo miré.

—Esa frase ha sonado amenazante.

—Lo es.

Marc volvió dentro.

—La metemos.

Gabriel negó inmediatamente.

—No.

—Gracias, Gabriel.

—No sabes lo que hay ahí.

—Ahora quiero entrar más.

—Ese es el problema.

Marc volvió dentro.

—Yo voto que sí.

Carlos sacó el móvil.

—Yo también.

Gabriel miró a Adrián.

—¿Tú?

—He sido yo quien lo ha propuesto.

—Estamos perdidos.

—Tres contra uno —dije.

—No tienes voto.

—¿Por qué?

—Todavía no estás dentro.

—Esto es una dictadura.

—Era una democracia hasta el viernes.

Marc se apoyó contra la pared.

—Añádela.

Gabriel suspiró.

—Luego no os quejéis.

Mi móvil vibró. Lo miré. Una notificación. Había sido añadida a un grupo. Abrí. Miré el nombre. Después levanté lentamente la cabeza.

—¿En serio?

Marc empezó a sonreír.

—¿Qué?

—¿Quién le puso este nombre?

—No importa.

—Marc.

—No existen pruebas.

Adrián se rio. Gabriel negó con la cabeza. Carlos estaba mirando su móvil.

—Podemos cambiarlo.

—Ni se te ocurra —dijo Marc.

—Todavía no sé si quiero saber qué hay aquí —dije.

—No quieres —respondió Gabriel.

Entré en la información del grupo. Cuatro participantes. Ahora cinco. Ah. Guardé los números uno a uno. Adrián. Gabriel. Marc. Al llegar al último levanté la vista. Marc seguía allí.

—¿Qué?

—Nada.

—Otra vez esa palabra.

—Estoy guardándote.

—Qué romántico.

—Te voy a poner «Gilipollas».

—Pon Marc, que ocupa menos.

—Buen argumento.

Lo guardé. Marc. Ya estaba. Mi móvil vibró. Mensaje nuevo en el grupo. Marc. Abrí. «Prueba.» Lo miré.

—Funciona.

Otro mensaje. Adrián. «Por desgracia.» Gabriel: «Aún estamos a tiempo de echarlos a los dos.» Me reí. Carlos escribió algo desde mi lado. Vibración. «No.» Marc levantó la cabeza.

—Arquitecto, qué autoritario.

—Tres contra uno.

—Eso lo ha aprendido de ella —dijo Gabriel.

Guardé el móvil.

—Bueno.

Y esa palabra hizo algo raro. No malo. Solo... Bueno. Adrián cogió sus llaves.

—Nosotros vamos tirando.

Ahí estaba. Se acababa. No el mundo. El fin de semana. Que era bastante menos dramático. Dejé la bolsa y Raven junto a la puerta. Adrián fue el primero. Me abrazó. Sin ceremonia. Fuerte.

—Nos vemos.

—Eso espero.

—Tienes que venir al taller.

—Sí.

—Y a vernos tocar.

—También.

—No le hagas caso a Marc con la guitarra.

Marc levantó la voz desde detrás.

—¡Estoy aquí!

—Precisamente.

Me reí. Adrián se apartó. Gabriel fue el siguiente. Su abrazo fue más corto. Pero igual de fácil.

—Avísanos cuando llegues.

—Sí, papá.

—Retiro el abrazo.

Lo agarré otra vez.

—Demasiado tarde.

Gabriel soltó una risa.

—Conduce con cuidado.

—Tú también.

Marc estaba esperando. Lo miré.

—¿Qué?

—Nada.

—¿No hay abrazo?

—No sé. ¿Te lo has ganado?

—Te he enseñado guitarra.

—Mal.

—Has aprendido.

—Poco.

—Porque eres mediocre.

—Vete a la mierda.

Marc abrió los brazos.

—Ven aquí.

Fui. Me abrazó. Y fue extraño únicamente porque hasta ese momento no recordaba haberlo hecho. Marc olía a él. A ropa limpia. A algo que no identifiqué. Le rodeé la cintura. Él me apretó una vez. Fuerte. Después me soltó. Nada más.

—Practica —dijo.

—Pesado.

—Mañana te pregunto.

—Mañana trabajo.

—Yo también.

—Pues trabaja.

—Después.

—Marc.

Sonrió.

—Nos vemos.

—Eso espero.

—No te emociones.

—Vete a la mierda.

Cogí la bolsa. Carlos cogió Raven antes que yo.

—Eh.

—Qué.

—Puedo llevarla.

—Ya.

—Entonces...

—Yo también.

Lo miré.

—Vale.

Salimos. Adrián y Gabriel ya estaban junto a la furgoneta. Marc había abierto la puerta lateral. Metí la bolsa en el maletero del Clio. Carlos dejó a Raven con cuidado. Cerré. Adrián arrancó la furgoneta. Bajé la ventanilla del Clio.

—¡Adiós!

Gabriel levantó una mano desde dentro. Adrián tocó el claxon. Marc asomó la cabeza por la ventanilla.

—¡PRACTICA!

—¡VETE A LA MIERDA!

—¡MAÑANA TE PREGUNTO!

La furgoneta empezó a moverse.

—¡PESADO!

Marc siguió con medio cuerpo fuera hasta que Adrián aceleró. Después desaparecieron. Me quedé mirando la carretera vacía. Silencio.

—Son idiotas —dije.

—Mucho.

Carlos estaba detrás de mí. Me giré. Ah. Quedaba uno.

—Bueno.

—Bueno.

Lo miré. Carlos metió las manos en los bolsillos.

—¿Vas directa a Valdara?

—Sí.

—¿Cuánto tienes?

—Un par de horas.

—Para si estás cansada.

—Sí, papá número dos.

—Jenn.

—Pararé.

—Bien.

Silencio. Aquello sí era ligeramente más raro.

Porque a Adrián lo había abrazado. A Gabriel también.

Marc me había llamado mediocre y casi me había ordenado deberes.

Pero Carlos... Carlos era otra cosa. No sabía exactamente cuál.

Y no me apetecía averiguarlo allí. Así que hice lo más sencillo.

Me acerqué. Carlos sacó las manos de los bolsillos.

—Ven aquí.

—Eso estaba haciendo.

Me agarró de la cintura. Yo le pasé los brazos alrededor del cuello.

Y lo besé. No corto. No de despedida educada.

Largo. Carlos me acercó más. Una mano se quedó en mi cintura.

La otra subió hasta mi nuca. Conocido. Ya.

Demasiado rápido para llevar dos días. Me separé apenas para respirar. Carlos no me soltó.

—Escribe cuando llegues.

—Estás en el grupo.

—A mí.

Lo miré. Ah.

—Vale.

—Vale.

Volví a besarlo. Porque sí. Porque podía. Porque me apetecía. Y porque si aquello era una despedida, pensaba despedirme bien. Cuando nos separamos esta vez, Carlos apoyó la frente un segundo contra la mía.

—Conduce.

—Mandón.

—Muchísimo.

—Arquitecto.

Sonrió.

—Administrativa.

Abrí los ojos un poco más.

—No uses mi profesión como insulto.

—No era un insulto.

—Ha sonado a insulto.

—Conduce, Jenn.

—Pesado.

Me soltó. Abrí la puerta del Clio. Entré. Arranqué. Carlos seguía allí. Bajé la ventanilla.

—Oye.

—Qué.

—Tu cama sigue teniendo un notable.

Carlos sonrió.

—Vete.

—Adiós.

—Adiós, Jenn.

Subí la ventanilla. Metí primera. Y me fui.