Capítulo 9 - Cuatro números nuevos
Cuatro números nuevos
El clic de la puerta sonó detrás de mí. Me quedé quieta. Carlos dejó las llaves sobre una cómoda. Yo miré la habitación. Volví a mirar la cama. Mierda .
—¿Qué? —preguntó.
—Nada.
—Tu cara.
—Mi cara está perfectamente.
—Claro.
Se apoyó contra la cómoda. Y no hizo nada. Eso fue peor.
—¿No vas a decir nada?
—¿Qué quieres que diga?
—No sé.
—Has venido tú.
—Me has invitado tú.
—Y he venido.
—Correcto.
Silencio. Lo miré. Carlos me miró.
—Esto era menos raro en la piscina.
Sonrió.
—Había agua.
—Y gente.
—Y Marc.
—Sobre todo Marc.
Me reí. Bien. Eso ayudó. Carlos dio un paso hacia mí.
—Todavía puedes irte a tu habitación.
Lo miré.
—¿Otra vez?
—Solo digo...
—Carlos.
—Qué.
—Como vuelvas a preguntarme si quiero estar aquí, voy a empezar a pensar que quieres echarme.
—No quiero echarte.
—Pues deja de darme salidas.
Se quedó mirándome.
—Vale.
—Vale.
Otro segundo.
—Entonces ven.
No vino. El cabrón sonrió.
—Ven tú.
Ah. Vale. Fui. Le agarré de la camiseta y tiré de él hacia abajo.
—Problema de altura.
—Problema tuyo.
—Solución mía.
Lo besé. Carlos reaccionó inmediatamente.
Una mano en mi cintura. La otra en mi nuca.
Eso ya lo conocía. Su boca. Sus manos. La manera en que me acercaba.
Pero era distinto. No había música terminándose.
Ni agua. Ni una tumbona de mierda en la que no cabíamos.
Ni nadie que pudiera aparecer en cualquier momento.
Esta vez podíamos seguir. Me separé apenas. Carlos me miró.
—¿Qué?
—Estoy decidiendo.
—¿Qué?
Lo besé otra vez.
—Que esto es una ventaja.
Se rio contra mi boca.
—Bien.
No sé quién empezó a moverse. Probablemente los dos. Carlos retrocedió hasta que la parte de atrás de sus piernas chocó contra la cama. Lo miré.
—Arquitecto.
—Qué.
—Mala planificación del espacio.
—Mi habitación lleva así años.
—Y hoy casi te mata.
—Sobreviviré.
—Ya veremos.
Volví a besarlo. Carlos terminó sentado en el borde de la cama. Me coloqué entre sus piernas. Y aun así tuve que mirarlo prácticamente de frente. Fruncí el ceño.
—Esto es ridículo.
—¿Qué?
—Sigues siendo alto.
Carlos se echó a reír.
—Perdón.
—No lo sientes.
—Nada.
Sus manos se apoyaron en mis caderas. Le quité la camiseta. Él levantó los brazos y colaboró. Eso estuvo bien. Lo que apareció debajo también. Mucho. Me quedé mirando. Un segundo. Quizá dos.
—¿Qué? —preguntó.
Levanté la vista.
—Estoy ocupada.
—Ya veo.
—Cállate.
Sonrió. Me acerqué otra vez. Esta vez fui yo quien lo besó primero.
Y a partir de ahí hablar empezó a resultar bastante menos prioritario.
No imposible. Porque seguíamos siendo nosotros.
Hubo ropa que se resistió más de lo necesario.
Mi pelo decidió participar en un momento en el que nadie lo había invitado.
—Espera.
Carlos se detuvo.
—¿Qué?
—Mi pelo.
—¿Qué le pasa?
—Está atrapado.
—¿Dónde?
Intenté moverme. Tirón.
—¡Ah! No tires.
—No estoy tirando.
—Pues algo tira.
Carlos miró. Yo miré. Silencio.
—Eres tú —dijo.
Ah. Me quedé quieta.
—Vale.
Carlos empezó a reírse.
—No te rías.
—No estoy...
—Sí estás.
—Un poco.
Conseguimos liberarlo. Me aparté el pelo de la cara con toda la dignidad que pude reunir. No era mucha.
—Momento espectacular.
—Muchísimo.
Me entró la risa. Carlos también acabó riéndose.
Y quizá eso fue lo que terminó de quitar lo poco que quedaba de raro.
No necesitaba que fuera perfecto. Ni serio.
Ni importante. Solo quería estar allí. Con él.
Carlos volvió a acercarme. Esta vez la risa desapareció sola.
No de golpe. Simplemente dejó de hacer falta.
Lo besé. Él me respondió. Y seguimos. Sin piscina.
Sin festival. Sin interrupciones. Sin ninguna razón para parar salvo que alguno quisiera hacerlo.
Y ninguno parecía tener demasiadas ganas.
El botón de sus vaqueros se atascó. Tiré de la cremallera hacia abajo con un bufido.
Carlos se rió contra mi oreja. Me mordió el lóbulo despacio.
—¿Prisas?
—Optimización de recursos, arquitecto. La ropa estorba.
—Compro la teoría.
Mandó los vaqueros y los calzoncillos al suelo de una patada.
Yo me quité lo que me quedaba encima. Rápido.
Sin perder tiempo. Carlos me agarró por las caderas.
Me levantó en peso. Fácil. Exactamente igual que por la tarde en la piscina.
Con mi metro cuarenta y nueve, la diferencia de tamaño se notaba.
Mucho. Pero en la cama jugaba a favor. Carlos era ancho.
Pesaba lo suyo. Y aun así sabía perfectamente dónde estaba yo debajo.
Eso se agradecía. Me planté a horcajadas sobre sus muslos.
Tener la iniciativa desde arriba siempre da cierta ventaja.
Le pasé las manos por los costados. Sentí cómo se le tensaba todo bajo la piel.
Carlos cerró los ojos un segundo. Soltó el aire por la nariz.
Despacio. La respiración ya no le salía tan tranquila como pretendía.
—Mírame.
Abrió los ojos. Cero rastro de la media sonrisa de sobrao. Solo una mirada fija. Directa.
—Dime.
—Te mola tener el control, pero esta noche te toca negociar.
Se le escapó una sonrisa torcida. Subió las manos desde mi cintura hasta la nuca. Dedos abiertos. Firmes.
—Soy muy razonable en la mesa de negociación, Jenn. Pon las condiciones.
No hablé. Le tapé la boca con la mía. Nada de besos de tanteo.
Fue directo. Pesado. Mis dedos en su pelo.
Los dos encajando sin dejar un solo hueco en medio.
Carlos tiró fuerte de mi cadera hacia él.
Me pegó a su cuerpo. Una presión clarísima.
Solté un gemido directo a su boca. Y ahí se acabó el cachondeo.
Con la piel pegada a la piel, las bromas sobraban.
Las frases se quedaron cortas. Faltaba el aire.
La respiración se volvió más bruta. Bastante más real.
Carlos me giró en un movimiento limpio. Me dejó boca arriba en el colchón.
Apoyó los codos a los lados de mi cabeza para no aplastarme.
Aunque la presión de su cuerpo contra el mío era justo lo que quería. Desde que había entrado por esa puerta.
—¿Bien así?
La voz rota. Ronca.
—Cállate y sigue.
Soltó el aire caliente en mi cuello. Bajó la boca hacia mi pecho.
Sin prisa. No daba puntada sin hilo. Cada vez que sus manos encontraban un sitio que me gustaba, mi cuerpo reaccionaba antes que yo.
La espalda contra el colchón. Más cerca.
Más. Le clavé los dedos en los hombros. Carlos frenó apenas. Lo justo para mirarme.
—No.
—¿No qué?
Tiré de él otra vez hacia mí.
—No pares.
Ah. Eso lo entendió perfectamente. Cuando por fin dejamos de contenernos, ya no quedaba mucho que pensar.
Ni que hablar. Carlos me sujetó por la cintura.
Fuerte. Yo tampoco estaba precisamente colaborando para que aquello fuera tranquilo.
Y encontramos nuestro ritmo. Rápido. Mucho más fácil de lo que habría esperado después de conocernos hacía apenas dos días.
Yo le buscaba la boca. Los hombros. El peso de su pecho contra el mío.
Respondiendo a cada empuje con las mismas ganas que él.
La habitación se redujo al crujido del somier.
Al zumbido del aire acondicionado. A nuestras respiraciones.
No había espacio en mi cabeza para nada más.
Ni para el viaje de vuelta. Ni para el lunes.
Solo Carlos. Yo. El calor. Y ese ritmo que habíamos encontrado casi sin buscarlo.
Joder. Dos días. Llevábamos dos putos días conociéndonos.
Y, al menos en aquello, parecía que llevábamos bastante más.
Un rato después estaba tumbada de lado. Agotada. Muchísimo. La cabeza sobre el pecho de Carlos. Una pierna encima de las suyas. Tardé unos segundos en darme cuenta. Miré hacia abajo. Carlos siguió mi mirada.
—¿Qué?
—Estoy igual que esta tarde.
Miró mi pierna. Después a mí.
—Es verdad.
—Qué poca imaginación tengo.
—Puedes quitarla.
Lo pensé.
—No.
—Entonces solucionado.
Volví a apoyar la cabeza. Carlos tenía un brazo alrededor de mí. La otra mano se movía despacio por mi espalda. Arriba. Abajo. Sin ninguna intención concreta. Simplemente estaba ahí. Cerré los ojos.
—Carlos.
—Mm.
—Tu cama está bien.
Noté la risa en su pecho.
—Gracias.
—De nada.
—Me preocupaba tu valoración.
—Debería.
—¿Aprobado?
Pensé.
—Notable.
Su mano se detuvo.
—¿Notable?
Abrí un ojo.
—Estoy evaluando la cama.
—Ah.
—No te emociones.
—¿Y el resto?
Sonreí.
—No hacemos preguntas mañana.
—Todavía es hoy.
Abrí los dos ojos. Carlos estaba sonriendo. Hijo de puta.
—Error contractual —dijo.
Me incorporé un poco.
—Eso es mío.
—Ya no.
—Ladrón.
—Muchísimo.
Le di un beso. Corto. Después volví a acomodarme.
—Sobresaliente.
—Gracias.
—No voy a especificar categoría.
—No hace falta.
Cerré los ojos otra vez. Su mano volvió a moverse por mi espalda. Podría haberme quedado así perfectamente. De hecho... Eso estaba haciendo.
—Oye —dijo Carlos.
—Qué.
—¿Vas a quedarte encima de mí toda la noche?
Abrí un ojo. Miré mi situación. Una pierna sobre las suyas. Un brazo cruzándole el pecho. La cabeza encima. Prácticamente estaba utilizando al pobre hombre como colchón.
—¿Te molesta?
—No.
—Entonces sí.
—Vale.
Y no me apartó. Eso me gustó. No de una manera complicada. Simplemente estaba cómoda. Mucho. Cerré los ojos.
—Jenn.
—Mm.
—Mañana hay que conducir.
—Problema de la Jenn de mañana.
—Pobre mujer.
—Que se joda.
Carlos soltó una risa. Después noté un beso en el pelo.
Pequeño. Nada más. No pensé en qué éramos.
Ni en si aquello se repetiría. Ni en qué pasaría cuando saliéramos de aquella casa.
Habíamos quedado en no hacer preguntas sobre después.
Y por una vez no tenía ninguna. Tenía sueño.
Tenía calor. Y tenía un Carlos considerablemente más cómodo que la almohada de mi habitación. Me acomodé un poco más sobre él.
—Buenas noches, arquitecto.
—Buenas noches, Jenn.
Silencio.
—Carlos.
—Qué.
—Al final sí era dormir.
—Todavía no estás dormida.
—Detalles.
—Duerme.
—Vale.