Capítulo 8 - En principio #5
Eso sí me hizo mirarlo de otra manera. No porque me molestara. Precisamente porque entendía lo que estaba diciendo. Lo mismo que yo. Esto era esto. No una promesa. No el principio obligatorio de nada. No una deuda. No una conversación pendiente. Una noche. Si nos apetecía.
—Sin preguntas mañana —repetí.
Carlos asintió.
—Vale.
—¿Vale qué?
Sonreí.
—Que dormiré contigo.
Su mirada bajó un instante hasta mi boca. Volvió.
—Bien.
—Bien.
Nos quedamos mirándonos.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
—Ahora nada.
—Qué decepción.
Carlos se acercó.
—Estamos en mitad de un festival.
—Ayer no parecía importarte.
—Ayer tú...
Se detuvo. Sonreí.
—Norma.
—No lo expliques.
—Exacto.
Me agarró de la cintura.
—Pero puedo hacer esto.
—Eso está autorizado.
Me besó. Y quizá fue porque acabábamos de hablar de esa noche.
O porque yo sabía que, cuando volviéramos a la casa, no iba a entrar en mi habitación.
Pero el beso tuvo otro sabor. No más romántico.
No. Más consciente. Mi mano se cerró en su camiseta.
La suya me acercó. Y durante unos segundos...
Uy se quedó bastante corto. Cuando nos separamos, respiré.
—Vale.
Carlos sonrió.
—¿Qué?
—Nada.
—Tu cara.
—Mi cara está perfectamente.
—Claro.
—Creo que deberíamos volver pronto.
Se rio.
—Eso pensaba.
—Por cansancio.
—Naturalmente.
—Estoy agotada.
—Se te nota.
—Muchísimo sueño.
—Terrible.
—Necesito una cama urgentemente.
Carlos se acercó a mi oído.
—Tengo una.
Oh. Hijo de puta. Me separé.
—Vámonos.
Se echó a reír.
Convencer a los demás fue sorprendentemente fácil. Marc quería quedarse un poco más. Hasta que bostezó en mitad de su propia argumentación. Lo señalé.
—Caso cerrado.
—Eso no demuestra nada.
Volvió a bostezar.
—Dos pruebas.
—Que te den.
Adrián quería dormir. Gabriel directamente ya estaba caminando hacia la salida.
A las dos menos cuarto estábamos en la furgoneta.
Esta vez nadie habló demasiado. Marc no utilizó mi hombro.
Había conseguido la ventana. Traidor. Apoyé la cabeza.
Carlos estaba delante. En algún momento giró ligeramente la cabeza.
No podía verme bien desde allí. Yo sí veía parte de su perfil.
Pensé en su habitación. En la tumbona. En su mano bajo el agua. En: *En principio.* Sonreí.
—¿Qué? —murmuró Marc.
Giré la cabeza.
—¿Qué de qué?
—Estás sonriendo.
—¿Y?
—Nada.
—Pues duerme.
—No tengo sueño.
—Hace veinte minutos te estabas muriendo.
—He remontado.
—Enhorabuena.
Cerré los ojos.
—Jenn.
—Qué.
—¿Vas a dormir con Carlos?
Abrí los ojos. Lo miré. Marc seguía mirando hacia delante.
—¿Qué?
Se encogió de hombros.
—Nada.
—No, no. Ahora preguntas.
—Os he visto hablar.
—¿Y?
—Y tienes esa cara.
—¿Qué cara?
Marc me miró.
—Esa.
—No sé de qué hablas.
—Vale.
—¿Vale qué?
—Nada.
—Marc.
Sonrió.
—Buenas noches.
—Gilipollas.
—Muchísimo.
Miré hacia delante. Carlos seguía hablando con Adrián. No sabía si había oído algo. Probablemente no. Volví a mirar a Marc.
—¿Y a ti qué te importa?
—Nada.
La respuesta fue inmediata. Normal. Sin tensión. Sin nada escondido. Simple curiosidad. Me señaló.
—Pero mañana quiero información.
—Ni de coña.
—General.
—No.
—Una valoración del uno al diez.
—Marc.
—¿Sí o no?
—Vete a la mierda.
—Eso es un sí.
Le pegué en el brazo.
—¡Ay!
—Cállate.
Gabriel habló desde el otro lado.
—Intentamos dormir.
—Perdón —dije.
—Ella ha empezado —dijo Marc.
—¡MENTIRA!
—Los dos —dijo Gabriel.
Nos callamos. Diez segundos. Marc se inclinó ligeramente hacia mí.
—¿Del uno al diez?
Le di otro golpe.
Llegamos pasadas las dos. Bajamos de la furgoneta. Adrián fue el primero en entrar. Gabriel detrás. Marc se estiró.
—Mañana no pienso despertarme.
—Mañana es lunes —dije.
Se quedó quieto.
—No digas eso.
—Es lunes desde hace dos horas.
—Jenn.
—¿Qué?
—Hay palabras que no hacen falta.
—Lunes.
—Te odio.
—Lunes.
—Buenas noches.
—Lunes.
Me enseñó el dedo corazón mientras subía las escaleras. Sonreí. Carlos cerró la puerta de casa. Silencio. Adrián ya había desaparecido arriba. Gabriel también. Carlos me miró. Yo lo miré. Ah. Aquí estábamos.
—Bueno —dije.
—Bueno.
—Qué conversación tan interesante.
—Estoy cansado.
—Yo también.
—Muchísimo.
—Terriblemente.
Ninguno se movió.
—Carlos.
—Qué.
—Creo que tu habitación está arriba.
—Creo que sí.
—Deberíamos comprobarlo.
Sonrió.
—Por seguridad.
—Exacto.
Subimos. Despacio. No porque hubiera ningún motivo. Simplemente... Despacio. Al llegar al pasillo, mi habitación quedaba hacia un lado. La suya hacia otro. Me detuve. Carlos también. Miré hacia mi puerta. Después hacia él.
—Última oportunidad para huir —dijo.
Lo miré.
—¿Tú quieres que huya?
—No.
—Entonces no digas gilipolleces.
Carlos sonrió.
—Vale.
Me acerqué.
—¿Tú?
—¿Qué?
—Última oportunidad.
—Tampoco.
—Bien.
—Bien.
Caminamos hacia su habitación. Carlos abrió.
Entró. Yo fui detrás. Y cuando cerró la puerta...
Por primera vez desde que lo conocía, no había nadie alrededor que pudiera interrumpirnos.
Ni una piscina. Ni música. Ni Marc preguntando si estábamos follando.
Solo Carlos. Yo. Una cama. Y absolutamente ninguna pregunta sobre después.