La ley del rock Capítulo 8 - En principio #4
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Capítulo 8 - En principio #4

Entonces bajó Carlos. Y... Ah. Bueno. Se había cambiado.

Vaqueros oscuros. Camiseta. Pelo todavía húmedo.

Nada extraordinario. Absolutamente nada extraordinario.

Mi cerebro, sin embargo, decidió presentar una observación.

*Está muy bueno.* Gracias, cerebro. Información completamente nueva. Carlos me vio.

—¿Qué?

—Nada.

—Otra vez esa cara.

—¿Qué cara?

—La de estar pensando algo.

—Pienso muchas cosas.

—Eso me preocupa.

—Debería.

Pasó junto al sofá. Cuando estuvo a mi altura, bajó la voz.

—¿Has dormido bien?

Lo miré. Sonreí.

—Regular.

—Mentira.

—Muchísimo.

Siguió caminando. Y yo me quedé sonriendo como una idiota durante aproximadamente tres segundos. Hasta que Gabriel me miró.

—Ni una palabra.

—No he dicho nada.

—Tu cara.

—Mi cara está perfectamente.

—Claro.

Marc encontró la camiseta. Era negra. Nadie comentó nada.

Por supervivencia. Salimos cerca de las ocho y cuarto.

Esta vez el trayecto fue diferente. Menos excitación.

Más cansancio. Ventanillas abiertas. Música baja.

Adrián conduciendo. Yo detrás con Marc y Gabriel.

Carlos delante. En algún momento Marc apoyó la cabeza contra mi hombro. Lo miré.

—¿Qué haces?

—Dormir.

—Pesas.

—Mido más que tú.

—Eso no responde.

—Estoy cansado.

—Apóyate en la ventana.

—Vibra.

Lo miré. Ah. Cabrón.

—Eso dije yo esta mañana.

—Por eso.

—¿Me estás copiando?

—Aprendo rápido.

—Pesas.

—Ya lo has dicho.

—Y sigues pesando.

No se movió. Yo tampoco lo aparté. Gabriel miraba por la ventana. Adrián conducía. Carlos hablaba con él de algo. Y durante unos minutos solo estuvimos así. Marc utilizando mi hombro de almohada. Yo mirando fuera. Hasta que empezó a vencérseme la cabeza. Marc habló sin levantarla.

—Ni se te ocurra.

—¿Qué?

—Dormirte encima de mí.

—Tú estás encima de mí.

—Yo he llegado primero.

—Esa norma no existe.

—Ahora sí.

Apoyé la cabeza sobre la suya.

—Pues te jodes.

—Jenn.

—Shhh.

—Pesas.

Sonreí.

—Mido uno cuarenta y nueve.

Silencio.

—Touché.

Cerré los ojos. Solo un momento.

Cenamos cerca del recinto. Nada espectacular. Hamburguesas. Patatas. Agua. Una cerveza para quien quiso. Yo no.

—¿No bebes? —preguntó Adrián.

—Hoy no.

Carlos levantó la vista. Sonreí.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—Has pensado en la piscina.

—No.

—Mentira.

—Muchísimo.

Marc miró de uno a otro.

—Me estoy perdiendo cosas.

—Muchas —dije.

—No me gusta.

—Acostúmbrate.

Gabriel le dio una patata.

—Come.

—Gracias.

—Así te callas.

—Qué amistad tan bonita.

—Mucho.

Terminamos sobre las diez. Entramos al RockFest. Y esta vez...

No necesitaba verlo todo. Eso también había cambiado.

El viernes había querido absorber cada segundo.

El sábado había querido quedarme hasta que el cuerpo se rindiera.

El domingo me apetecía estar allí. Sin más.

Ver un par de bandas. Tomar algo. Reírme.

Volver cuando nos cansáramos. Quizá porque ya no sentía que aquello pudiera desaparecer si dejaba de mirarlo.

***

A las once y media estábamos viendo una banda de versiones. Buenas. Muy buenas. Guns. AC/DC. Metallica. Canciones que conocía. Eso ayudaba considerablemente a mi estado físico. Cuando empezaron Sweet Child O' Mine miré inmediatamente a los demás. Marc me vio.

—No.

—¿Qué?

—Ya sé lo que estás pensando.

—No sabes nada.

—Axl.

—Siempre.

Carlos apareció a mi lado.

—¿Otra vez?

—No te pongas celoso.

—Imposible competir.

—Buena respuesta.

—He aprendido.

Empecé a cantar. Mal. Con entusiasmo. Que era lo importante. Marc también. Peor de lo que esperaba. Lo miré.

—¡CANTAS FATAL!

—¡TÚ TAMBIÉN!

—¡PERO YO LO SÉ!

—¡YO TAMBIÉN!

Adrián apareció entre nosotros.

—¡CALLAOS LOS DOS!

Cantamos más fuerte. Gabriel se alejó. Carlos negó con la cabeza. La canción terminó. Yo estaba riéndome.

—Otra.

—¿Otra qué? —preguntó Marc.

—Que toquen otra de Guns.

—No decides tú.

—Debería.

—Eso sería peligroso.

—Mucho.

La siguiente fue Highway to Hell.

—ME VALE.

Marc levantó las manos.

—Claro que te vale.

Y durante un rato simplemente estuvimos allí. Cinco personas cansadas. Cantando fatal. Sin ninguna necesidad de convertirlo en algo más importante.

A la una Carlos apareció con dos botellas de agua. Me dio una.

—Gracias.

—De nada.

—¿Nos vamos pronto?

—Cuando quieras.

Lo miré.

—¿Tú?

—Estoy reventado.

—Yo también.

—Entonces.

—¿Los demás?

Carlos señaló. Marc y Adrián discutían sobre algo relacionado con una guitarra. Gabriel estaba mirando el programa.

—Podemos decirles.

—Sí.

Pero ninguno se movió. Carlos estaba a mi lado. Muy cerca.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—No te creo.

—Problema tuyo.

—Carlos.

Me miró.

—Qué.

—Tienes cara.

—Todo el mundo tiene.

—Esa cara.

—¿Cuál?

—La de estar pensando algo.

Sonrió.

—Puede.

—Dime.

—No.

—Carlos.

—Jenn.

—Por favor.

—No funciona conmigo.

—Sí funciona.

—A veces.

Me acerqué un poco.

—Por favor.

—Manipuladora.

—Muchísimo.

Carlos bebió agua. Yo esperé.

—Esta noche —dijo.

—Qué.

Miró hacia el escenario. Después a mí.

—Si quieres...

Pausa. Oh.

—¿Sí?

—Puedes dormir conmigo.

Lo miré. Carlos sostuvo la mirada. Sin bromear. No serio. Simplemente claro.

—¿Dormir?

Una pequeña sonrisa.

—En principio.

Ah. Uy.

—En principio.

—Sí.

—Qué formulación tan prudente.

—Soy arquitecto.

—Eso no tiene nada que ver.

—Planificación.

Me mordí la boca.

—¿Y si no quiero dormir?

Carlos inclinó ligeramente la cabeza.

—Entonces ya veremos.

Ah. Vale. El uy acababa de evolucionar.

—¿Eso es una invitación?

—Sí.

—¿Con derechos hidráulicos?

Carlos cerró los ojos. Me eché a reír.

—Lo siento.

—No lo sientes.

—Nada.

Abrió los ojos.

—Sin contratos.

—Sin contratos.

—Sin preguntas mañana.