Capítulo 8 - En principio #3
—Mentiroso.
—Muchísimo.
Salimos del agua.
No había suficientes tumbonas. Naturalmente. Gabriel tenía una. Adrián otra. Marc seguía en el suelo sobre su toalla porque, según él, «ahí corría más aire». Quedaba una. La miré. Carlos la miró.
—Tú —dijo.
—No.
—Sí.
—Compartimos.
—No cabemos.
Observé la tumbona. Después a Carlos.
—Tú ocupas demasiado.
—Ese no es mi problema.
—Arquitecto.
—Jenn.
Me tumbé.
—Ven.
Carlos me miró.
—¿Dónde?
—Ya veremos.
—Eso suele acabar mal contigo.
—Cobarde.
Suspiró. Se sentó en un extremo.
—No.
—¿Qué?
—Túmbate.
—Jenn.
—Carlos.
Me moví hacia un lado. Había espacio. Poco. Carlos terminó tumbándose. Muy pegado. Muchísimo.
—¿Ves?
—Me voy a caer.
—No.
—Tú estás ocupando...
—Shhh.
—No me mandes callar.
—Siesta.
Carlos resopló. Me giré de lado. Quedé frente a él. Eso empeoró bastante la situación espacial.
—Hola.
—No.
Me reí.
—¿Qué?
—Duerme.
—No tengo sueño.
—Hace diez minutos estabas flotando con los ojos cerrados.
—Eso era antes.
—¿Antes de qué?
Lo miré. Carlos también. Su boca estaba demasiado cerca.
—Nada.
—Ah.
—Sí.
—Peligroso.
—Mucho.
Me acomodé. Una pierna terminó inevitablemente entre las suyas. Silencio. Carlos bajó la mirada. Después volvió a mi cara.
—Esto no ayuda.
—¿A dormir?
—No.
—Ah.
Sonreí.
—Problema tuyo.
—Completamente.
Su mano se apoyó en mi cintura.
—¿Eso ayuda?
—Tampoco.
—Entonces quítala.
No la quitó. Yo tampoco se lo pedí otra vez. Cerré los ojos. Unos segundos después sentí sus dedos moverse muy ligeramente sobre mi costado.
—Carlos.
—Estoy quieto.
—Mentira.
—Duerme.
—Tú primero.
—Tengo un problema.
Abrí un ojo.
—¿Cuál?
Me miró. Después miró nuestra posición. Después otra vez a mí. Entendí. Ah. Uy. Me mordí el labio para no reírme.
—No te rías.
—No me río.
—Jenn.
—No es culpa mía.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque llevas media hora...
Se detuvo.
—Norma.
—Exacto.
—No lo expliques.
Sonreí.
—Qué buen alumno.
Carlos cerró los ojos.
—Duerme.
—Vale.
Los cerré. Esta vez de verdad. Pero antes de quedarme dormida noté su mano acomodarse mejor en mi cintura.
Mi pierna seguía entre las suyas. Y pensé que quizá compartir tumbona había sido una idea terrible.
Terrible. Maravillosa. Pero terrible. Dormí.
Contra todo pronóstico. No sé cuánto. Lo primero que noté al despertarme fue calor.
Lo segundo, una mano. Abrí los ojos. Tardé unos segundos en recordar dónde estaba.
Piscina. Sombrilla. Tumbona. Carlos. Ah.
Carlos seguía dormido. Muy cerca. Mi cara prácticamente contra su pecho.
Una de sus manos en mi cintura. Mi pierna...
Seguía donde la había dejado. Entre las suyas.
Bien. Perfecto. Situación completamente normal entre dos personas que se conocían desde hacía aproximadamente cuarenta y ocho horas.
Intenté mirar la hora sin moverme demasiado.
Imposible. Mi móvil estaba en la mesa. Cerré los ojos otra vez.
Podía dormir más. Perfectamente. Entonces los dedos de Carlos se movieron sobre mi cintura. Muy poco.
—¿Estás despierto?
—No.
Sonreí.
—Vale.
Silencio.
—¿Qué hora es?
—No sé.
—Muy útil.
—Estoy dormido.
—Cierto.
Volví a acomodarme. Carlos respiró profundamente.
Su brazo me acercó un poco más. No dije nada.
Porque estaba cómoda. Mucho. Y porque quizá aquello fuera precisamente lo peligroso de Carlos.
No los besos. Ni la ducha. Ni sus manos con problemas jurisdiccionales.
Esto. Estar hecha una mierda un domingo por la tarde, medio dormida, pegada a él bajo una sombrilla... Y que no resultara raro.
—Jenn.
—Mm.
—Tu pierna.
Abrí un ojo.
—¿Qué le pasa?
—Nada.
—Entonces déjala tranquila.
Carlos soltó una risa baja.
—Vale.
Cerré el ojo. Sus dedos volvieron a moverse.
—Tu mano.
—¿Qué le pasa?
—Nada.
—Entonces déjala tranquila.
Sonreí contra su pecho.
—Capullo.
—Has empezado tú.
—Estaba dormida.
—Yo también.
—Entonces nadie es responsable.
—Me parece bien.
Eso pareció resolver jurídicamente el asunto. Durante aproximadamente treinta segundos. Hasta que levanté la cabeza. Carlos abrió los ojos.
—Hola.
—Hola.
Tenía la marca de la tumbona en una mejilla. Sonreí.
—¿Qué?
—Nada.
—Tu cara.
—Mi cara está perfectamente.
—Tienes rayas.
Se tocó la mejilla.
—¿Dónde?
—Ahí.
Le pasé un dedo.
—Aquí.
Carlos me miró. Mi dedo seguía en su cara. Lo bajé. Despacio.
—Pareces una parrilla.
—Gracias.
—De nada.
—Tú tienes el pelo en la boca.
—Eso es habitual.
Apartó un mechón. Y su mano se quedó detrás de mi cabeza. Ah.
—Carlos.
—Qué.
—Creo que ya no estamos durmiendo.
—Yo tampoco.
Me besó. Un beso todavía medio dormido. Lento.
Sin ninguna prisa. Me gustó de una manera distinta a los demás.
No había ese impulso de *ven aquí*. Era más bien...
*Ya estás aquí.* Y eso resultó peligrosamente agradable.
Me acerqué. Carlos me dejó hacerlo. Otro beso.
Su pulgar rozó mi mejilla. Otro. Hasta que escuchamos:
—Son las seis.
Me separé. Gabriel estaba sentado en su tumbona. Mirándonos.
—¿Cuánto hemos dormido?
—Casi dos horas.
—Hostia.
Me incorporé. Carlos hizo una mueca.
—No te muevas tan rápido.
Lo miré. Después recordé. La pierna. Ah. Uy. Me mordí el interior de la mejilla.
—Perdón.
—No lo sientes.
—Ahora mismo un poquito.
Carlos me miró.
—Mentira.
—Muchísimo.
Me levanté. Marc seguía en el suelo. Exactamente en la misma posición. Lo señalé.
—¿Está vivo?
Gabriel miró.
—Ha roncado.
—Yo no ronco —dijo Marc sin moverse.
Me sobresalté.
—¡HOSTIA!
—Estáis gritando.
—¡PENSABA QUE DORMÍAS!
—Dormía.
—¿Desde cuándo estás despierto?
—Desde «pareces una parrilla».
Me quedé quieta. Carlos empezó a reírse.
—¿Y has estado escuchando?
Marc levantó una mano.
—No podía apagar los oídos.
—Podías haberte levantado.
—Estaba cómodo.
—Eres un voyeur.
Marc abrió un ojo.
—Habéis estado besándoos a dos metros de mi cabeza.
—No mires.
—No he mirado.
—Bien.
—Solo escuchaba.
—¡ESO ES PEOR!
Adrián apareció desde dentro de la casa.
—¿Qué pasa?
—Marc escucha besos.
—No voluntariamente —protestó.
Adrián lo miró.
—¿Qué?
—Nada —dijo Gabriel—. No preguntes.
—Vale.
Adrián señaló hacia la casa.
—¿Duchas y salimos sobre las ocho?
Miré la hora. 18:06.
—¿A las ocho?
—Podemos cenar algo antes de entrar.
Carlos se incorporó.
—Yo quiero ducharme.
Lo miré. Carlos me vio mirarlo. Oh. No. Sonrió.
—Solo.
—No he dicho nada.
—Tu cara.
—Mi cara está perfectamente.
—Claro.
Marc habló desde el suelo.
—Derechos hidráulicos.
Carlos cogió una chancla. Marc se levantó de golpe.
—¡EH!
La chancla voló. Marc la esquivó.
—¡VIOLENCIA!
—¡CÁLLATE!
Me doblé de risa.
—¡NO LE PEGUES!
Carlos me miró.
—Tú eres la culpable.
—¿Yo?
—Tú inventaste...
—¡TÚ INVENTASTE LOS DERECHOS HIDRÁULICOS!
Silencio. Marc abrió mucho los ojos. Adrián se quedó quieto. Gabriel miró a Carlos.
—¿Has inventado qué?
Carlos cerró los ojos.
—Nada.
Marc estaba encantado.
—No, no. Ahora quiero contexto.
—No existe.
—¡DERECHOS HIDRÁULICOS! —repetí.
Carlos me señaló.
—Tú cállate.
—¡AMIGOS CON DERECHOS HIDRÁULICOS!
Marc cayó otra vez sobre la toalla. Adrián se apoyó en la puerta. Gabriel... Gabriel sonrió. Muy poco. Pero lo vi. Lo señalé.
—¡TÚ TAMBIÉN!
—No estoy haciendo nada.
—¡TE HAS REÍDO!
—No.
—¡SÍ!
Carlos se levantó.
—Me voy a duchar.
—Solo —dijo Marc.
Carlos se giró.
—Voy a matarte.
Marc levantó las manos.
—Solo estaba aclarando.
—Hasta luego.
Se fue. Lo vi entrar en casa. Marc se sentó.
—¿Amigos con derechos hidráulicos?
—Sí.
—Necesito saber cómo nació eso.
—No.
—Jenn.
—No.
—Por favor.
—No funciona contigo.
—¿Por qué?
—Porque me debes diez euros.
Marc me miró.
—Nueve.
—¡DIEZ!
Nos repartimos las duchas. Esta vez sin incidentes diplomáticos. Cuando terminé, me vestí para el festival bastante más cómoda que la noche anterior. Mi cuerpo ya había presentado suficientes reclamaciones. Bajé con el pelo todavía húmedo. Gabriel estaba solo en el salón. Otra vez.
—¿Tú apareces siempre primero?
—Sí.
—¿Cómo?
—Organización.
—Qué asco.
—Gracias.
Me senté en el sofá.
—Estoy cansada.
—No me digas.
—Pero quiero ir.
—Entonces iremos.
—¿Tú estás cansado?
—Sí.
—No lo pareces.
Gabriel dejó el móvil.
—Porque no necesito anunciar cada sensación corporal que experimento.
Lo miré.
—Eso ha sido por mis pies.
—Entre otras cosas.
—Mis pies sufrieron mucho.
—Todos lo sabemos.
—No tienes empatía.
—Tengo tiritas.
Me quedé callada.
—Buen argumento.
Gabriel sonrió.
—Gracias.
Me hundí un poco más en el sofá.
—Me gusta estar aquí.
La frase salió sin pensarlo. Gabriel me miró.
—¿En la casa?
Pensé.
—También.
No preguntó más. Eso me gustó. Mucho. Se limitó a asentir.
—Se nota.
—¿Sí?
—Sí.
—¿Cómo?
—El viernes pedías permiso para todo.
Fruncí el ceño.
—No pedía permiso.
Gabriel me miró. Vale.
—Un poco.
—Hoy has organizado comida, has despertado a media casa y has intentado ahogar a Carlos.
—Jugando.
—Claro.
Sonreí.
—También he robado pizza.
—Eso ya no sorprende a nadie.
—Qué rápido os acostumbráis a mí.
—No hemos tenido alternativa.
Le lancé un cojín. Lo atrapó.
—Gilipollas.
—Eso también.
Me reí. Y entonces apareció Adrián.
—¿Nos vamos?
—Faltan dos.
—Marc está buscando una camiseta.
—¿Y Carlos?
—No sé.
Me levanté.
—Voy a...
Gabriel me señaló.
—No.
—¿Qué?
—No despiertes, busques ni supervises a nadie.
—Solo iba...
—Siéntate.
—Qué mandón.
—Siéntate.
Me senté. Adrián se rio.
—Funciona.
—No funciona.
—Estás sentada.
—Porque quiero.
—Claro.
Dos minutos después bajó Marc.
—¿Alguien ha visto mi camiseta negra?
Lo miramos. Llevaba una camiseta negra. Silencio. Marc bajó la vista.
—Esta no.
Me tapé la boca. Adrián giró la cara. Gabriel cerró los ojos.
—¿Qué? —dijo Marc.
—Nada.
—Tengo varias.
—Claro —dije.
—La otra tiene...
Se detuvo.
—Norma nueva —dije.
—Que os den.
Subió otra vez. Me dejé caer contra el sofá riéndome.
—¿Cómo ha sobrevivido treinta y dos años?
—Con ayuda —dijo Adrián.
—Mucha —añadió Gabriel.
—Os oigo —gritó Marc desde arriba.
—¡BUSCA TU CAMISETA! —respondí.
—¡ESTOY EN ELLO!