La ley del rock Capítulo 8 - En principio #2
28%

Capítulo 8 - En principio #2

Las pizzas llegaron casi a las cuatro. Cinco.

Marc ganó. Las llevamos fuera. La piscina parecía una idea espectacular.

Habíamos colocado las cajas en una mesa bajo una sombrilla.

Bebidas. Agua. Servilletas. Y absolutamente ninguna intención de comportarnos como adultos funcionales.

Adrián ya estaba dentro. Gabriel sentado en el borde con los pies en el agua. Marc abrió la primera caja.

—No toquéis esa.

—¿Por qué? —pregunté.

—Es mía.

—No existen pizzas individuales.

—Esta sí.

Cogí un trozo.

—Jenn.

Le di un mordisco.

—Está buena.

—Te odio.

—Lo sé.

Carlos salió detrás de mí.

—¿Ya estás robando?

—Compartiendo.

—No es compartir si no te lo ofrecen.

—Detalles.

Me senté en el borde. Metí los pies. Oh. Perfecto.

—Esto sí.

Gabriel miró mis talones.

—¿Qué tal las ampollas?

—Existen.

—Muy informativo.

—Gracias.

Adrián nadó hacia nosotros.

—Dame pizza.

Marc protegió su caja.

—Esa no.

—No quiero la tuya.

—Bien.

Adrián señaló otra. Le pasé un trozo.

—Gracias.

—Servicio de piscina.

—Muy eficiente.

—Propina.

—No.

—Rata.

—Has dormido gratis.

—Buen punto.

Cogí otro trozo. Carlos se sentó a mi lado.

—¿No vas a entrar?

—Después.

—¿Por los pies?

—Por la pizza.

—Prioridades.

—Siempre.

Marc se sentó al otro lado. Durante aproximadamente diez minutos dejamos de hablar. Cinco personas destruyendo pizza. Sol. Agua. Silencio. Fue precioso. Hasta que Marc dijo:

—¿Sabéis qué estaría bien?

—No —dijimos cuatro voces.

Marc nos miró.

—Joder.

—Come —dijo Gabriel.

—Solo iba a decir música.

—Ah —dije.

—¿Ves?

—Eso sí.

Marc sacó el móvil.

—¿Qué queréis?

—Nada del festival —dijo Adrián.

—Sí —añadí—. Mi cerebro necesita otra cosa.

—¿Qué?

Me encogí de hombros.

—Pon algo.

Marc empezó a buscar.

—Eso es mucha responsabilidad.

—Sorpréndenos.

Me miró.

—Otra vez esa palabra.

Sonreí.

—Te encanta.

—No.

Empezó una canción. La reconocí casi inmediatamente.

—Oh.

Marc levantó la vista.

—¿Sí?

—Sí.

No dije más. Tampoco hacía falta. Seguimos comiendo. Carlos se levantó.

—Voy dentro.

—Vale.

Saltó. Agua por todas partes.

—¡HIJO DE PUTA!

Mi pizza. La miré. Una gota. Marc inspeccionó la suya.

—La mía está bien.

—Me alegro muchísimo.

Carlos salió a la superficie.

—¿Qué?

—¡MI PIZZA!

—No le ha pasado nada.

—Está mojada.

—Una gota.

—Agua de piscina.

—Cloro. Desinfectada.

Lo miré.

—Voy a matarte.

Carlos sonrió.

—Ven.

—Estoy comiendo.

—Cobarde.

Me quedé quieta. Oh. No.

—¿Qué has dicho?

—Cobarde.

Dejé la pizza. Marc me miró.

—No.

—Sí.

—Jenn, no.

Me puse de pie.

—Sujeta.

Le di mi trozo.

—¿Por qué yo?

—Porque tú has pedido cinco.

—Eso no tiene...

Salté. El agua me tragó. Fresca. Perfecta. Salí. Me aparté el pelo de la cara. Carlos estaba riéndose.

—¿Cobarde?

—Ha funcionado.

—Ven aquí.

—No.

Fui hacia él. Carlos retrocedió.

—Jenn.

—¿Qué?

—No hagas algo de lo que...

Me lancé. Conseguí agarrarlo.

—¡NO!

Intenté hundirlo. Imposible.

—¡HÚNDETE!

—¡NO FUNCIONA ASÍ!

—¡COLABORA!

Carlos se reía. Intenté subirme sobre él para hacer peso. Error. Me agarró. Un segundo después estaba fuera del agua.

—No.

—Sí.

—¡CARLOS!

—¿Qué?

Me tenía en brazos.

—Bájame.

—Has intentado ahogarme.

—Jugando.

—Yo también.

—Carlos.

Me miró. Sonriendo.

—Papi.

Su sonrisa desapareció. Oh.

—No.

—Papi.

—Jenn.

—Papi.

Me lanzó.

—¡HIJO DE PUTA!

Caí al agua. Salí escupiendo. Marc estaba doblado sobre la mesa. Adrián prácticamente se había hundido de la risa. Gabriel negaba con la cabeza.

—¡LO HA HECHO A PROPÓSITO!

Carlos se pasó las manos por el pelo.

—Te he avisado.

—¡TE ODIO!

—No parece.

Fui hacia él.

—Ahora sí.

—Ven.

Y fui. Pero esta vez Carlos no huyó. Me agarró cuando llegué.

—¿Qué haces?

—Evitar otro intento de asesinato.

—Suéltame.

—No.

Intenté apartarme. No pude.

—Carlos.

—Qué.

—Me estás reteniendo ilegalmente.

—Demándame.

—Lo haré.

—Perfecto.

—Tengo testigos.

Miré hacia los demás. Marc estaba comiéndose mi pizza.

—¡EH!

—¿Qué?

—¡ESA ERA MÍA!

—Me has dicho que la sujetara.

—¡NO QUE TE LA COMIERAS!

—Abandono de propiedad.

—¡ERROR CONTRACTUAL!

Marc levantó el trozo.

—Este contrato no existe.

—¡DÁMELA!

Intenté salir. Carlos no me dejó.

—¡SUÉLTAME!

—No.

—¡ME ESTÁ ROBANDO!

—Consecuencias de tus decisiones.

—¡CARLOS!

Marc le dio otro mordisco.

—Está buena.

—¡OS ODIO!

Gabriel cogió otro trozo de una caja.

—Esto es bastante entretenido.

Adrián asintió.

—Mucho.

Miré a Carlos.

—Suéltame.

—¿Vas a ir a pegarle?

—No.

—Mentira.

—Sí.

—¿Sí qué?

—Que es mentira.

Carlos se rio.

—Al menos eres sincera.

—Eso me ha dicho él.

—Empiezo a entenderlo.

Aflojó los brazos. Error suyo. Me escapé. Fui hacia el borde. Marc se levantó inmediatamente con mi pizza.

—No.

—Ven aquí.

—No.

—Marc.

—No puedes correr en el agua.

—Pero puedo salir.

—Tardarás.

—Hijo de puta.

Intenté subir. Mis manos resbalaron. Marc sonrió.

—¿Necesitas ayuda?

—No.

Volví a intentarlo. Nada.

—El bordillo está mojado.

—Curioso en una piscina.

—Cállate.

Me tendió una mano. La miré. Después a él.

—No confío en ti.

—Haz bien.

—Entonces...

Me agarró de la muñeca y tiró. Subí.

—Ah.

—De nada.

—Gracias.

—Tu pizza.

Me tendió lo que quedaba. Un trozo minúsculo. Lo miré.

—Te voy a matar.

Marc salió corriendo.

—¡HIJO DE PUTA!

Fui detrás. Dos pasos. Tres. Mis pies mojados sobre el suelo.

—¡NO CORRAS! —gritó Gabriel.

Frené.

—Joder.

Marc se giró desde una distancia prudente.

—¡MADUREZ!

Levanté el dedo corazón.

—¡DIEZ EUROS!

—¡NUEVE!

—¡ESO NO FUNCIONA ASÍ!

—¡AHORA SÍ!

Sonreí. Cabrón.

Después de comer dejamos de existir. No encuentro otra manera de describirlo.

Adrián ocupó una tumbona. Gabriel otra. Marc tiró una toalla bajo una sombrilla y se tumbó directamente en el suelo.

Yo me quedé flotando. Boca arriba. Ojos cerrados.

Orejas bajo el agua. Silencio. Bueno. Ese silencio raro de piscina.

El mundo convertido en algo lejano. Me gustaba.

Mucho. Noté movimiento cerca. Abrí un ojo. Carlos. Flotaba a un par de metros.

—Hola.

—Hola.

Cerré el ojo.

—¿Vas a tirarme otra vez?

—Ahora mismo no.

—Qué tranquilizador.

Silencio. Seguimos flotando. El sol calentaba mi cara. El agua sostenía el resto. Podría haberme dormido allí.

—Jenn.

—Mm.

—No te duermas.

—No.

—Tienes los ojos cerrados.

—Estoy pensando.

—Mentira.

—Muchísimo.

Escuché agua. Carlos se había acercado. Abrí los ojos. Estaba al lado.

—¿Qué?

—Nada.

—Otra vez nada.

—Sí.

—Peligroso.

—Mucho.

Su mano encontró mi cintura bajo el agua. Ah. Bueno. La flotación acababa de adquirir nuevas posibilidades.

—Arquitecto.

—Qué.

—Estábamos descansando.

—Yo sigo descansando.

—Tu mano no.

—Es independiente.

—Tienes problemas de autoridad.

—Con determinadas extremidades.

Me eché a reír. Eso hizo que perdiera la posición. Me hundí un poco. Carlos me sostuvo.

—Eh.

—Estoy bien.

—Ya.

Su brazo quedó alrededor de mi cintura. Yo pasé uno alrededor de su cuello para estabilizarme.

—Esto parece sospechoso.

—Seguridad.

—Otra vez.

—Siempre.

Volvimos a flotar. Más cerca. Mucho más. Mis piernas rozaron las suyas. Carlos me miró. Yo lo miré.

—Hola otra vez.

—Hola.

—Tienes agua en las pestañas.

—Tú también.

—Qué romántico.

Su mano se movió por mi espalda. Despacio. Sin prisa.

—Eso tampoco parece seguridad.

—No.

—Ah.

—¿Problema?

Pensé. No demasiado.

—Ninguno.

Carlos sonrió. Me besó. Flotando. Aquello era ridículamente agradable. No había música. Ni bromas. Ni nadie gritando. Solo agua moviéndose alrededor. Su mano en mi espalda. La mía en su nuca. Un beso lento. Otro. Y otro. Me separé apenas.

—Esto sí se te da bien.

—¿Flotar?

—Sí, Carlos.

—Gracias.

—Idiota.

Volvió a besarme. Su mano bajó. Cintura. Cadera. Un poco más. Uy. Ahí. No dije nada. Carlos tampoco. Su mano volvió a subir. Después bajó otra vez. Como si estuviera comprobando exactamente dónde estaba la frontera. Lo miré.

—Estás haciendo mediciones.

—Deformación profesional.

—¿Y?

—Parcela complicada.

—¿Complicada?

—Pequeña.

Abrí mucho los ojos.

—Hijo de puta.

Intenté separarme. Carlos me agarró riéndose.

—¡No me refería a eso!

—¡UNO CUARENTA Y NUEVE MIS COJONES!

—¡ME REFERÍA A...!

—¡NORMA!

Carlos cerró la boca. Me eché a reír.

—No lo expliques.

—Exacto.

—Cabrón.

—Ven.

—No.

—Jenn.

—Has insultado la parcela.

—La parcela me encanta.

Oh. Me quedé quieta. Carlos también.

—Eso ha sonado...

—No lo expliques.

Sonreí.

—Aprendes.

—A hostias.

—Es el mejor método.

Volvió a acercarme. Esta vez fui yo quien lo besó. Y sí. Su mano volvió a bajar. Y sí. Esta vez la frontera se desplazó un poquito. Solo un poquito. Lo suficiente para que mi cerebro hiciera: Uy. Otra vez. Me separé. Carlos levantó las cejas.

—¿Qué?

—Nada.

—Tu cara.

—Mi cara está perfectamente.

—Claro.

—Cállate.

—No he dicho nada.

—Mejor.

Me besó debajo de la mandíbula. Una vez. Despacio. Oh. Eso era nuevo. Incliné ligeramente la cabeza antes de poder decidir si quería hacerlo. Carlos lo notó. Por supuesto que lo notó. Repitió. Más cerca del cuello.

—Carlos.

—Qué.

—No sé.

—Gran argumento.

—Cállate.

Lo hizo. Pero solo porque estaba ocupado. Y durante unos segundos pensé que quizá la piscina fuera una idea todavía mejor de lo que había calculado. Hasta que escuché:

—¿Estáis follando?

Abrí los ojos. Marc. Tumbado bajo la sombrilla. Ni siquiera había levantado la cabeza.

—¡NO! —grité.

—Vale.

Silencio. Carlos enterró la cara en mi cuello. Estaba riéndose.

—No te rías.

—No puedo.

—Lo voy a matar.

Desde la sombra:

—Os oigo.

—¡DUÉRMETE!

—Lo intento.

—¡PUES CALLA!

—Tú estás gritando.

—¡POR TU CULPA!

Gabriel habló desde alguna tumbona.

—Por favor, matadlo después de la siesta.

Adrián añadió:

—Sí.

Marc levantó una mano desde el suelo.

—Democracia.

Me tapé la cara. Carlos seguía riéndose contra mi hombro.

—Te odio —murmuré.

—¿A mí?

—Ahora mismo a todos.

—Ah.

Bajé las manos. Lo miré.

—Aunque tú un poco menos.

—Qué bonito.

—No te emociones.

—Imposible.

Me besó una vez. Corto. Después se separó.

—Vamos a dormir.

—¿Juntos?

La pregunta salió sola. Carlos se detuvo. Yo también. Oh. Bueno. Ya estaba dicha. Levantó una ceja.

—¿Eso era una propuesta?

—Era una pregunta.

—Peligrosa.

—Mucho.

Miré hacia las tumbonas. Después a él.

—Bajo las sombrillas.

—Ah.

—¿Qué pensabas?

Carlos sonrió.

—Nada.