La ley del rock Capítulo 8 - En principio
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Capítulo 8 - En principio

En principio

Me desperté porque tenía calor. Mucho. Abrí un ojo. Sol. Cerré el ojo. No. Volví a dormir .

La segunda vez me desperté porque alguien llamó a la puerta.

—No.

Silencio. Perfecto. Cerré los ojos.

—Jenn.

Abrí uno.

—No.

—Son las dos y cuarto.

Reconocí la voz. Gabriel.

—Mentira.

—Vale.

Escuché sus pasos alejándose. Me quedé quieta. Dos y cuarto. Abrí los ojos. Miré el móvil. 14:17.

—Hijo de puta.

Me incorporé. Error. Todo mi cuerpo protestó. Pies. Espalda. Cuello. Una zona indeterminada de mi hombro izquierdo que no recordaba haber utilizado para nada. Miré mis pies.

—Buenos días.

No respondieron. Bien. Me levanté. Encontré un pantalón corto. Una camiseta. Me miré en el espejo.

—Hostia.

Aquello tampoco respondió. Me recogí el pelo como pude y salí. Abajo olía a café. Eso aceleró considerablemente mi recuperación. Encontré a Gabriel en la cocina. Solo. Sentado frente a una taza. Demasiado entero. Lo miré.

—No.

—Buenos días.

—¿Cómo estás así?

—¿Así cómo?

—Humano.

Gabriel bebió.

—He dormido.

—Yo también.

—Tú te acostaste casi a las siete.

—Detalles.

Fui hacia la cafetera.

—¿Los demás?

—Adrián está despierto.

—¿Carlos?

—No.

—¿Marc?

Gabriel me miró.

—¿Tú qué crees?

—Muerto.

—Probablemente.

Preparé café. Me apoyé contra la encimera mientras salía.

—¿Qué hora es de verdad?

—Las dos y veinte.

—No me gusta.

—A mí tampoco.

—Siento que he perdido el día.

—Te acostaste cuando empezó.

—Eso no ayuda.

Cogí la taza. Bebí. Cerré los ojos.

—Oh.

Gabriel me observó.

—¿Mejor?

—Mucho.

—Dramática.

—Necesito otro.

—Termina ese primero.

—No me controles.

—Haz lo que quieras.

Me senté enfrente. Durante unos segundos solo bebí. Gabriel miraba el móvil. Yo miraba el café. Aquello podría haber sido incómodo. No lo fue.

—Tengo hambre —dije.

—Yo también.

—¿Hay comida?

—Sí.

—¿Hay comida que no implique cocinar?

Gabriel dejó el móvil.

—No.

—Entonces no hay comida.

—Correcto.

Pensé.

—Pizza.

—Sí.

—Mucha.

—Sí.

—Piscina.

Gabriel levantó la vista.

—¿Qué?

—Comemos pizza en la piscina.

—¿Dentro?

—Alrededor. Dentro. Donde caigamos.

Gabriel asintió.

—Me parece bien.

Lo miré.

—Eres muy fácil.

—Son las dos y media y tengo hambre.

—Buen argumento.

Escuchamos pasos. Adrián apareció. Pelo mojado. Duchado. Vestido. Lo miré con absoluto desprecio.

—No.

Se detuvo.

—¿Qué?

—Tú tampoco puedes estar así.

—¿Así cómo?

Señalé todo su cuerpo.

—Funcional.

Adrián miró a Gabriel.

—¿Qué le pasa?

—Se ha despertado.

—Ah.

—Os odio.

Adrián abrió la nevera.

—¿Café?

—Ya tengo.

—¿Comida?

—Pizza.

—Vale.

—Piscina.

Cerró la nevera.

—Vale.

Lo señalé.

—¿Ves? Él también.

Gabriel asintió.

—Hambre.

—Exacto.

Me terminé el café.

—Voy a despertar a los otros.

Adrián se giró.

—No.

—¿Por?

—Carlos te va a mandar a la mierda.

—Me arriesgaré.

—Marc te va a mandar a la mierda.

Sonreí.

—Ese me hace más ilusión.

Gabriel volvió a mirar el móvil.

—Luego no corras.

—No corro.

Los dos me miraron.

—Vale, corro.

Primero Carlos. Porque tenía una idea bastante clara de dónde estaba su habitación. Me planté delante. Llamé. Nada. Volví a llamar.

—Carlos.

Nada.

—Arquitecto.

Silencio. Sonreí.

—Papi.

Algo golpeó dentro. Me tapé la boca.

—¿Qué coño quieres?

Me eché a reír.

—Buenos días.

—Vete.

—Son las dos y media.

—Me da igual.

—Vamos a pedir pizza.

—Pide.

—Y comer en la piscina.

—Perfecto.

—Tienes que levantarte.

—No.

Me apoyé contra la puerta.

—Carlos.

—Jenn.

—Carlos.

—Jenn.

—Carlos.

La puerta se abrió. Oh. Vale. Quizá aquello no había sido una gran idea. Pelo revuelto. Ojos medio cerrados. Sin camiseta. Pantalón corto. Y una expresión que indicaba que mi supervivencia dependía considerablemente de mis siguientes palabras. Bajé la vista. Subí.

—Buenos días.

Carlos se apoyó en el marco.

—¿Has terminado?

—No.

—Qué sorpresa.

—Pizza.

—Sí.

—Piscina.

—Sí.

—Tú.

—No.

—Por favor.

—No pongas esa cara.

Sonreí.

—¿Qué cara?

Carlos cerró los ojos.

—No.

—No he hecho nada.

—Exacto.

—¿Entonces?

—Vete.

Me giré.

—Vale.

Di un paso. Dos.

—Jenn.

Me giré.

—¿Qué?

Carlos seguía en la puerta.

—¿A qué hora?

Sonreí.

—Media hora.

—Cuarenta minutos.

—Treinta.

—Treinta y cinco.

—Trato.

—No me des la mano.

Solté una carcajada.

—¿Tú también?

—Marc me ha contado lo del error contractual.

—Traidor.

—Buenas tardes.

Cerró la puerta. Me quedé mirándola.

—Papi.

La puerta se abrió inmediatamente. Salí corriendo.

—¡JENN!

Me fui por el pasillo riéndome.

Marc. No sabía exactamente cuál era su habitación. Eso planteaba un problema. Había tres puertas. Una era la mía. Dos posibles. Elegí. Llamé. Nada.

—Marc.

Nada. Abrí ligeramente.

—¿Marc?

—Mm.

Bingo. Entré. La habitación estaba casi a oscuras. Marc dormía boca abajo. Una pierna fuera de la sábana. Pelo por todas partes. Me acerqué.

—Marc.

Nada.

—Marc.

—No.

Sonreí.

—Son las dos y media.

—No.

—Pizza.

Silencio.

—Pizza —repetí.

—Qué.

—Vamos a pedir.

Marc levantó ligeramente la cabeza. Tenía media cara marcada por la almohada. Me mordí la boca.

—No te rías.

—No me río.

—Te estás riendo.

—No.

—Fuera.

—Piscina.

—Fuera.

—Pizza en la piscina.

Marc abrió un ojo.

—Eso es antihigiénico.

—No dentro necesariamente.

—Entonces has mentido.

—He simplificado.

Volvió a hundir la cara en la almohada.

—Media hora.

—Carlos ha dicho treinta y cinco.

—Me da igual Carlos.

—¿Competencia?

Marc levantó el dedo corazón sin mover el resto del cuerpo.

—Vale.

Me giré.

—Por cierto.

—No.

—No he dicho nada.

—Lo que sea, no.

—Solo quería decirte que Raven ha dormido mejor que tú.

Silencio.

—Diez euros.

—Hijo de puta.

—Cierra al salir.

Me fui riéndome.

Pedimos cuatro pizzas.

—Cinco —dijo Marc.

Lo miré.

—¿Cinco?

—Sí.

—Somos cinco.

—Exacto.

—Una pizza por persona.

—Correcto.

Adrián negó con la cabeza.

—Cuatro.

—Cinco.

—No vas a comerte una entera.

—No sabes de qué soy capaz.

—Ayer no terminaste un bocadillo.

Marc me señaló.

—Porque fue contaminado.

—No estaba contaminado.

—Lo robaste.

—Eso no contamina.

—Tus manos estaban implicadas.

Me llevé una mano al pecho.

—Perdona.

—No.

—Tengo unas manos perfectamente higiénicas.

Carlos entró en la cocina. Ya despierto. Ya vestido. Ya peligrosamente presentable.

—Puedo confirmarlo.

Silencio. Marc cerró los ojos. Gabriel miró al techo. Adrián dejó el móvil sobre la mesa. Yo miré a Carlos. Carlos me miró.

—No.

Me eché a reír.

—¡LO HAS HECHO OTRA VEZ!

—No me he dado cuenta.

—¡Tercera!

—No estaba pensando en...

Marc levantó una mano.

—Norma.

Carlos suspiró.

—No lo expliques.

—Exacto.

—Buenos días —dije.

—Buenas tardes.

Sonreí.

—Papi.

Carlos señaló hacia mí.

—Tú.

—¿Qué?

—Hoy vas a acabar en la piscina.

—Ese era el plan.

—No como tú crees.

—¿Mojada?

Silencio. Oh. Gabriel se levantó.

—Voy fuera.

Adrián lo siguió.

—Yo también.

Marc cogió el móvil.

—Cinco pizzas.

—¡CUATRO! —gritó Adrián desde fuera.

Me apoyé contra la encimera riéndome. Carlos se pasó una mano por la cara.

—Llevo despierto veinte minutos.

—Y ya estás perdiendo.

—Por tu culpa.

—Siempre puedes volver a la cama.

Me miró.

—No me provoques.

Mi sonrisa cambió. Un poquito.

—¿O qué?

Ah. Carlos se quedó quieto. Marc levantó la cabeza del móvil. Nos miró. Después volvió a bajarla.

—Voy a pedir cinco.

Ninguno respondió. Carlos dio un paso hacia mí.

—¿O qué? —repetí.

—Jenn.

—Carlos.

Otro paso. Yo seguía apoyada contra la encimera.

—Estás jugando.

—Siempre.

—Ya.

Llegó hasta mí. Puso una mano a cada lado de la encimera. No me tocó. Peor. Mucho peor.

—Y luego dices que soy yo.

—¿Tú qué?

—El peligroso.

—Lo eres.

—Ahora mismo no estoy haciendo nada.

—Exacto.

Sonrió. Maldito hijo de puta.

—¿Te suena?

Sí. Me sonaba.

—Me estás copiando.

—Aprendo rápido.

—Eso está por demostrar.

Carlos bajó un poco la cabeza. Yo levanté la barbilla.

—¿Qué?

—Nada.

—Carlos.

—Qué.

—Si vas a besarme, hazlo.

Su sonrisa desapareció. Oh. Vale. Eso había funcionado.

—¿Así?

—¿Así qué?

—¿Das órdenes ahora?

—Solo cuando tardas demasiado.

Carlos me besó. Bien. Problema resuelto. Le agarré de la cintura. Su mano llegó a mi nuca. La otra sí decidió tocarme. Cintura. Cadera. Me acercó. El borde de la encimera contra mi espalda.

—Eso está mejor —murmuré.

—Hablas demasiado.

—Tápame la boca.

Carlos se separó apenas. Me miró. Yo sonreí.

—No con la mano.

—Ya he aprendido.

Volvió a besarme. Más largo. Y esta vez no había música.

Ni gente. Ni luces. Ni una piscina llena de alcohol.

Solo una cocina. Las tres de la tarde. Y el hecho bastante evidente de que Carlos besaba muy bien incluso recién despertado.

Su mano bajó. No mucho. Lo suficiente. Uy. Ahí estaba. El uy. Me separé apenas.

—Arquitecto.

—Qué.

—Tus competencias.

—Estoy revisando los límites de parcela.

Solté una risa contra su boca.

—Eso es malísimo.

—Y sigues aquí.

—Porque estás bueno.

Carlos se quedó mirándome.

—Gracias.

—De nada.

—Muy romántico.

—No hacemos eso.

—Cierto.

Me besó otra vez. Su mano volvió a moverse. Esta vez no dije nada. Porque... Bueno. No tenía ninguna objeción administrativa. Hasta que una voz llegó desde la puerta.

—Cinco pizzas.

Nos separamos. Marc estaba allí. Móvil en mano. Mirándonos.

—¿Qué? —dije.

—Cinco.

Carlos respiró profundamente.

—Cuatro.

—Cinco.

—Cuatro.

Marc me miró.

—Jenn.

—No me metas.

—¿Cinco?

—¿Qué tamaños?

—Medianas.

—Cinco.

Marc señaló hacia mí.

—¡GRACIAS!

Carlos me miró.

—¿Una por persona?

—No voy a comerme una entera.

Marc bajó lentamente el móvil.

—Traición.

—Pero quiero variedad.

Su expresión cambió.

—Eso es razonable.

—Gracias.

—Cinco.

—Cinco.

Carlos se apartó de mí.

—Haced lo que os dé la gana.

Marc sonrió.

—Ya lo hacemos.

Carlos lo miró.

—Tú especialmente.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo acepto.

Marc salió. Yo miré a Carlos.

—¿Dónde estábamos?

—No me acuerdo.

—Mentiroso.

—Muchísimo.

Me agarró de la cintura.

—Ah.

—¿Aquí?

—Más o menos.

—Bien.

Y volvimos a perder unos minutos completamente necesarios para la planificación del almuerzo.