La ley del rock Capítulo 7 - Diez euros #2
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Capítulo 7 - Diez euros #2

Levantó el pulgar. Perfecto. Habíamos encontrado el sistema de comunicación.

Nos colocamos bastante cerca del escenario.

No primera fila. Pero lo suficiente para ver bien.

Empezaron con Creeping Death. Y sí. El batería corría.

Muchísimo. Giré lentamente la cabeza hacia Marc.

Ya me estaba mirando. Sonriendo. Negué. Él señaló al escenario.

—¡CORRE!

—¡CÁLLATE!

Se echó a reír. Después llegó el riff. Y Marc desapareció.

No físicamente. Seguía exactamente a mi lado.

Pero dejó de estar pendiente de nosotros.

Dejó de hacer el idiota. De hablar. De buscar una broma.

Simplemente escuchaba. Cabeza siguiendo el ritmo.

Una mano golpeando contra su muslo. Los dedos de la otra moviéndose ligeramente.

Me fijé. Como si estuviera tocando. Ah. Lo observé unos segundos.

Tenía sentido. Yo escuchaba una canción.

Él parecía escuchar todas las piezas por separado.

La guitarra. El bajo. La batería. Quizá por eso antes había dicho que necesitaba ruido.

Marc giró la cabeza. Me pilló mirándolo.

—¿QUÉ?

—¡NADA!

—¡¿QUÉ?!

—¡QUE NADA!

Me miró con sospecha. Le señalé el escenario.

—¡MIRA!

—¡ESTABA MIRANDO!

—¡PUES SIGUE!

Negó con la cabeza. Volvió a la música. Y yo también. Mucho mejor. Nada de pensamientos interesantes. Metallica.

A la tercera canción ya estaba sudando. A la cuarta, necesitaba beber. A la quinta, Marc había conseguido arrastrarnos un poco más hacia delante.

—¡COMO ME PISEN, TE MATO! —le grité.

—¡NO TE VAN A PISAR!

Un tío enorme pasó por mi lado. Su hombro estaba aproximadamente a la altura de mi cabeza. Lo señalé. Marc lo miró. Después me miró a mí.

—¡VALE!

—¡GRACIAS!

Se puso detrás de mí. No pegado. Simplemente ocupando espacio. Aquello funcionó sorprendentemente bien. Dos minutos después, alguien intentó atravesar por donde estábamos. Marc extendió un brazo. El tío cambió de dirección. Me giré.

—¡EH!

—¿QUÉ?

—¡SOY BAJITA, NO INVÁLIDA!

—¡TE IBA A LLEVAR POR DELANTE!

—¡PODÍA ESQUIVARLO!

—¡NO LO HABÍAS VISTO!

Eso era verdad.

—¡DETALLES!

Marc me señaló con el dedo.

—¡UNO CINCUENTA!

Abrí la boca.

—¡UNO CUARENTA Y NUEVE!

Se quedó quieto.

—¿QUÉ?

—¡UNO CUARENTA Y NUEVE!

Marc empezó a reírse. Muchísimo.

—¡NO TIENE TANTA GRACIA!

Se inclinó para acercarse a mi oído.

—¡HAS CORREGIDO EL CENTÍMETRO!

—¡PORQUE ES MÍO!

—¡JENN, ESE CENTÍMETRO NO TE VA A SALVAR!

Le empujé.

—¡GILIPOLLAS!

Volvió a colocarse detrás de mí riéndose. Y no volvió a mencionar mi altura. Durante aproximadamente cuatro minutos.

Encontramos a los demás cuando terminó el concierto. Carlos llevaba cinco vasos.

—¿Cerveza?

—Sí.

Cogí uno.

—Te quiero.

—Qué barata eres.

—Ahora mismo muchísimo.

Bebí. Fría. Perfecta. Gabriel señaló hacia Marc.

—¿Qué le pasa?

Marc todavía sonreía.

—Mide uno cuarenta y nueve.

Cerré los ojos.

—No.

Adrián me miró.

—¿En serio?

—Sí.

—Pensaba que uno cincuenta y algo.

—¡GRACIAS!

Marc abrió los brazos.

—¡ESO HE DICHO YO!

—Tú has dicho uno cincuenta.

—¡POR UN CENTÍMETRO!

—Exacto.

Gabriel bebió.

—Entiendo que esto es importante.

—Muchísimo —dije.

Carlos se acercó. Me miró de arriba abajo. No de esa manera. Bueno. Quizá un poco de esa manera. Pero principalmente calculando.

—Uno cuarenta y nueve.

—Sí.

Asintió.

—Cuadra.

—¿Qué coño significa que cuadra?

Sonrió.

—Nada.

—No. Ahora hablas.

—No tengo nada que decir.

—Has dicho que cuadra.

—Y cuadra.

—¿Con qué?

Carlos bebió.

—Con la ducha.

Silencio. Mis ojos se abrieron. Adrián se atragantó. Gabriel giró la cara. Marc bajó lentamente su vaso. Carlos tardó aproximadamente un segundo en darse cuenta de lo que acababa de decir.

—No me refería a...

Demasiado tarde. Me doblé de risa.

—¡NO!

Marc señaló a Carlos.

—¡TÚ! ¡TÚ HAS ABIERTO ESA PUERTA!

—Cállate.

—¡CON LA DUCHA!

—Me refería a que...

—¡NO LO EXPLIQUES! —dije.

—Gracias.

—¡NO! —Marc estaba encantado—. Quiero la explicación.

Carlos lo miró.

—Quería decir que...

Se detuvo. Pensó.

—No existe una explicación que mejore esto.

—Correcto —dijo Gabriel.

Adrián se estaba riendo. Yo tenía que sujetar el vaso con las dos manos.

—Arquitecto —conseguí decir.

Carlos me miró.

—Ni una palabra.

—¿Has calculado medidas?

—Jenn.

—¿Distribución de espacios?

—No.

—¿Ergonomía?

Marc soltó una carcajada. Carlos cerró los ojos.

—Voy a irme.

Lo agarré de la camiseta.

—No.

Me miró.

—Tú te quedas aquí y asumes las consecuencias de tus decisiones.

—Eso me suena familiar.

Oh. La sonrisa se me quedó un momento enganchada. Porque eso había ido con segunda intención. Y él lo sabía.

—Cabrón.

—Incendiaria.

Marc nos miró a ambos.

—Sois bastante asquerosos.

—Gracias —dije.

—No era un cumplido.

—Lo acepto igualmente.

La siguiente banda hacía versiones de Guns N' Roses. Eso cambió inmediatamente mis prioridades.

—Quiero ir delante.

Carlos levantó una ceja.

—¿Delante cuánto?

—Delante.

—Hay mucha gente.

—Me da igual.

Marc señaló mi cabeza.

—Uno cuarenta y nueve.

—Te reviento.

—Estoy contextualizando.

—Pues contextualiza desde lejos.

Empecé a avanzar. Adrián vino detrás.

—Vamos.

Gabriel también. Carlos miró a Marc.

—¿Vienes?

Marc terminó su cerveza.

—Obviamente.

Nos abrimos paso. No fue fácil. Había bastante más gente que antes.

Conseguimos llegar a una zona desde la que se veía bien, aunque todavía teníamos varias filas delante.

Para mí, varias filas significaban básicamente una colección de espaldas.

Me puse de puntillas. Nada. Me moví. Una cabeza. Otro lado. Otra cabeza.

—Genial.

Marc estaba a mi lado.

—¿Ves?

—Perfectamente.

—Mentira.

—Veo luces.

—Eso no cuenta.

—Y pelo.

—¿De quién?

—No sé.

Se rio.

—Ven.

—¿Dónde?

Me agarró suavemente por los hombros y me movió medio metro hacia un hueco.

—Ahí.

Oh. Sí. Desde allí veía el escenario entre dos personas.

—Mejor.

—De nada.

—No te acostumbres.

—¿A ayudarte o a que me des las gracias?

—A las dos.

La banda salió. Y entonces sonó It's So Easy.

—¡HOSTIA!

Marc me miró.

—¡NO ME DIGAS QUE ESTA TAMBIÉN!

—¡CÁLLATE!

La guitarra entró. Me olvidé de él. Canté. Bueno. Grité. Había una diferencia técnica. Me daba igual. La gente empezó a moverse. Mucho. Un grupo de delante saltó. El hueco desapareció.

—¡NO VEO UNA MIERDA!

Marc se echó a reír.

—¡TE LO HE DICHO!

—¡SOLUCIÓNALO!

—¡¿YO?!

—¡ERES ALTO!

—¡ESA NO ES UNA HABILIDAD!

—¡HOY SÍ!

Se colocó detrás. Me señaló un pequeño espacio a su izquierda.

—¡AHÍ!

Me moví. Funcionó durante treinta segundos. Después otro tío ocupó el hueco.

—¡JODER!

Marc miró alrededor.

—No hay más.

—Pues nada.

Me resigné. Podía escuchar. Era suficiente. Más o menos. Entonces noté unas manos en mi cintura. Me tensé.

—Soy yo —dijo Marc inmediatamente junto a mi oído.

Giré la cabeza.

—¿Qué haces?

—Espera.

Y antes de que pudiera preguntar nada, tiró de mí hacia arriba.

—¡MARC!

Mis pies dejaron el suelo.

—¡¿QUÉ COÑO HACES?!

—¡NO PESAS NADA!

—¡BÁJAME!

—¡¿VES?!

Sí. Joder. Veía. Todo. El escenario entero. El cantante. Las guitarras. La batería. Las luces.

—¡SÍ!

Marc se rio.

—¡PUES DEJA DE QUEJARTE!

—¡NO PUEDES TENERME ASÍ TODA LA CANCIÓN!

—¡NO PENSABA!

Me bajó. Volví a desaparecer detrás de las cabezas.

—Oh.

Marc me miró.

—¿Ves?

—Cállate.

—¿Quieres subir otra vez?

—No.

Empezó el estribillo. Miré hacia el escenario que no veía. Después a Marc.

—Sí.

Se echó a reír.

—Ven.

—Pero no me tires.

—No prometo nada.

—Marc.

—No voy a tirarte.

Volvió a levantarme. Esta vez apoyé las manos en sus hombros para equilibrarme.

—¡HOSTIA!

—¡¿MEJOR?!

—¡MUCHO!

Aguantó quizá veinte segundos. Después me bajó.

—Pesas más de lo que parece.

Le pegué.

—¡HIJO DE PUTA!

—¡ERA UN CUMPLIDO!

—¡¿CÓMO VA A SER ESO UN CUMPLIDO?!

—¡NO SÉ!

Me estaba riendo. Él también. Carlos apareció a nuestra derecha.

—¿Qué hacéis?

—¡Marc me ha llamado gorda!

—¡NO HE DICHO ESO!

Carlos miró a Marc.

—Valiente.

—¡HE DICHO QUE PESA MÁS DE LO QUE PARECE!

Gabriel, detrás, hizo una mueca.

—Peor.

—¡¿POR QUÉ NADIE ME AYUDA?!

Adrián le puso una mano en el hombro.

—Porque estás cavando.

—¡NO ESTOY CAVANDO NADA!

Carlos me miró.

—¿Quieres ver?

—Sí.

—Ven.

Me agarró por la cintura. Marc levantó las manos.

—¡AHORA VERÁS!

Carlos me levantó. Mucho más fácilmente.

—Oh, que te jodan —dijo Marc.

Me eché a reír.

—¡ARQUITECTO UNO, MÚSICO CERO!

—¡ESO ES TRAMPA! —gritó Marc.

Carlos me sostuvo unos segundos. Yo veía perfectamente. Y entonces cometió un pequeño exceso de confianza. Su mano se ajustó en mi cintura. La otra un poco más abajo. Muy discretamente. Lo suficiente. Giré la cabeza. Carlos sonreía.

—¿Qué?

—Nada.

—Esa mano.

—Te estoy sujetando.

—Sospechosamente.

—No quiero que te caigas.

—Claro.

—Seguridad.

—Arquitectura preventiva.

—Exacto.

Me bajó. Pero no me soltó inmediatamente. Quedé delante de él. Su mano todavía en mi cintura. La gente moviéndose alrededor. Música. Luces. Calor. Me giré.

—Hola.

—Hola.

—Ahora sí veo menos.

—Puedo solucionarlo.

—¿Otra vez?

—De otra manera.

Se inclinó. Lo entendí medio segundo antes.

—Ah.

Me besó. Allí. En medio de todo. Sin convertirlo en una escena. Sin avisar. Un beso. Después otro. Y un tercero porque aparentemente los dos teníamos dificultades bastante graves para detenernos después del primero. Me separé sonriendo.

—Eso no me ayuda a ver.

—Pero ya no te estabas quejando.

—Buen argumento.

Volví a besarlo. Alguien me golpeó accidentalmente por detrás. Carlos me sujetó. Su mano volvió a apretarme contra él. Sospechosamente. Muchísimo.

—Eso sí ha sido seguridad —dijo.

—Claro.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa.

—Es mi cara normal.

—Mentira.

Sonreí. Y entonces escuché a Marc detrás.

—¡EH!

Nos separamos. Marc estaba señalando el escenario.

—¡ESTÁ SONANDO TU NOVIO!

Fruncí el ceño. Tardé un segundo. La banda había empezado Sweet Child O' Mine. Abrí la boca.

—¡NO ES MI NOVIO!

Marc señaló al cantante.

—¡NO TÚ! ¡ÉL!

Carlos empezó a reírse.

—¡TIENE SESENTA Y CUATRO! —gritó Marc.

—¡Y ME LO FOLLARÍA IGUAL!

El hombre que tenía delante se giró. Me miró. Yo lo miré. Silencio. Levanté el vaso.

—Buenas noches.