La ley del rock Capítulo 7 - Diez euros #3
24%

Capítulo 7 - Diez euros #3

El hombre volvió lentamente hacia el escenario. Carlos se dobló de risa. Marc prácticamente desapareció detrás de Adrián. Gabriel se tapó toda la cara.

—¿QUÉ? —protesté.

—Nada —dijo Carlos.

—¡PARECÉIS NIÑOS!

—Has gritado que te follarías a Axl Rose en mitad de un concierto —consiguió decir Adrián.

—¡PORQUE MARC HA EMPEZADO!

Marc levantó la cabeza.

—¡YO SOLO HE DICHO QUE TIENE SESENTA Y CUATRO!

—¡COMO SI ESO FUERA UN IMPEDIMENTO!

—¡PARA MÍ SÍ!

—¡PUES NO TE LO FOLLES TÚ!

Gabriel se dio la vuelta. Se fue.

—¿Dónde vas? —grité.

Levantó una mano.

—A conocer gente nueva.

Me quedé mirándolo. Carlos empezó a reírse otra vez.

—Gilipollas.

La banda terminó cerca de medianoche. Yo tenía la garganta destrozada.

—Necesito agua.

—Milagro —dijo Gabriel.

—He dicho agua, no convento.

—Todavía.

Fuimos hacia una de las barras. Esta vez compramos botellas. Me bebí casi media antes de dejar de sentir que había tragado arena.

—Mejor —dije.

Adrián señaló hacia una zona lateral del recinto.

—¿Vamos allí un rato?

Había mesas altas. Algo menos de ruido. Asentimos. Nos colocamos alrededor de una. Marc apoyó los brazos.

—Tengo hambre.

Lo miré.

—Hemos comido hace...

Miré la hora.

—Vale. Han pasado bastantes horas.

—Gracias.

—¿Quieres algo?

—Sí.

—Ve.

—Luego.

—Entonces no tienes hambre.

—Tengo hambre pero no quiero moverme.

—Eso no es mi problema.

—Podrías traerme algo.

—Podrías chuparme un pie.

Silencio. Marc me miró. Yo lo miré. Adrián empezó a reírse.

—Eso ha escalado rápido —dijo Carlos.

—Ha pedido comida —me defendí.

—Y ella ha ofrecido extremidades —añadió Gabriel.

Marc se quedó pensando.

—¿Con sal?

Abrí mucho los ojos.

—Eres puto asqueroso.

—Venimos de la playa.

—¡ME HE DUCHADO!

Carlos bebió agua.

—Puedo confirmarlo.

Silencio. Giré la cabeza hacia él. Carlos se quedó con la botella en los labios. Marc abrió lentamente la boca.

—No.

Carlos cerró los ojos.

—Otra vez no.

—¡PUEDES CONFIRMARLO!

—Quería decir...

—¡NO! —dije inmediatamente—. Hemos aprendido que explicar lo empeora.

Adrián apoyó la frente contra la mesa. Gabriel murmuró:

—Segunda vez esta noche.

Carlos señaló hacia mí.

—Es culpa suya.

—¿Mía?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque desde que has llegado digo gilipolleces.

Me llevé una mano al pecho.

—Eso es precioso.

—No era romántico.

—Ya lo sé.

—Bien.

—Me ha gustado igualmente.

Carlos negó con la cabeza. Marc nos miró.

—Voy a por comida.

—Buena decisión —dijo Gabriel.

—¿Alguien quiere?

Adrián levantó la mano.

—Algo salado.

—Muy específico.

—Sorpréndeme.

Marc me miró.

—¿Tú?

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

—Luego no robes.

—No robo comida.

Los cuatro me miraron. Fruncí el ceño.

—¿Qué?

Carlos sonrió.

—Nada.

—No me conocéis lo suficiente para esa mirada.

—Mañana hablamos —dijo Adrián.

—¿Qué coño significa eso?

Marc se fue riéndose.

Volvió con dos bocadillos y una ración de patatas.

—Eso no es «algo salado» —dijo Adrián.

—Tiene sal.

—Te odio.

Marc dejó las patatas en medio. Cogí una. Me la comí. Marc se quedó quieto.

—Perdona.

—¿Qué?

—Has dicho que no querías.

—No quiero.

Cogí otra.

—Eso son mis patatas.

—Hay muchas.

—Pero son mías.

—Compartir es bonito.

—Compra las tuyas.

Cogí otra. Marc apartó el plato.

—No.

Me estiré.

—Dame.

—No.

—Marc.

—Has dicho que no querías.

—He cambiado de opinión.

—Problema tuyo.

Intenté alcanzar el plato. Lo movió más lejos.

—No seas rata.

—No soy rata. Estoy poniendo límites.

—Te voy a poner yo un límite en la frente.

—Violencia otra vez.

Carlos empujó su vaso hacia mí. Dentro había unas pocas patatas que había cogido antes.

—Toma.

Miré las patatas. Después a él.

—Gracias.

Cogí una. Marc parecía ofendido.

—No.

—¿Qué?

—No puedes premiarla.

—No es un perro —dijo Gabriel.

—¡YA LO SÉ!

—Entonces deja de hablar de premios.

Me comí otra patata.

—Están buenísimas.

Marc me señaló.

—Las próximas te las cobro.

—Apúntalas.

—Lo haré.

—Hazme una factura.

—Con IVA.

—Perfecto.

—Y recargo.

—Denunciable.

—Morosa.

Sonreí.

—Músico.

Marc frunció el ceño.

—Eso no es un insulto.

—Depende de cuánto cobres.

Adrián escupió prácticamente el agua. Marc me miró fijamente.

—Eso ha sido bajo.

—Uno cuarenta y nueve.

—Hija de puta.

Levanté mi botella.

—Salud.

Y Marc chocó la suya contra la mía.

—Salud, tapón.

—Como me vuelvas a llamar así...

—¿Qué?

—Te robo el bocadillo.

Marc abrazó inmediatamente el plato contra el pecho.

—No te atreverías.

Sonreí.

—¿Estás seguro?

Por primera vez desde que lo conocía, Marc pareció genuinamente preocupado.

—Jenn.

—¿Qué?

—Hay líneas.

—Tú me has robado la dignidad varias veces desde ayer.

—Eso no se come.

—Tu bocadillo sí.

Lo acercó todavía más al cuerpo.

—Ni se te ocurra.

—No lo quiero.

—Mentira.

—He cenado.

—Me has robado cuatro patatas.

—Tres.

—Cuatro.

—No llevas la cuenta.

—Claro que llevo la cuenta.

Lo miré.

—Eso es tristísimo.

—Son mis patatas.

—Vale.

Me encogí de hombros.

—Come tranquilo.

Marc entrecerró los ojos.

—No me gusta ese tono.

—¿Qué tono?

—Ese.

—No estoy haciendo nada.

—Precisamente.

Cogió el bocadillo. Yo bebí agua. Marc dio un mordisco sin dejar de mirarme. Sonreí.

—¿Qué? —preguntó con la boca llena.

—Nada.

—Estás planeando algo.

—No.

—Sí.

—Come.

Masticó. Esperó. Nada. Otro mordisco. Yo seguía hablando con Adrián sobre una de las bandas que tocaba después. Marc empezó a relajarse. Perfecto. Esperé. Un minuto. Dos. Hasta que dejó el bocadillo sobre la mesa para abrir una botella. Lo cogí.

—¡EH!

Salí corriendo.

—¡JENN!

Me eché a reír con el bocadillo en la mano.

—¡HIJA DE PUTA!

—¡TE LO HE DICHO!

—¡NO ME HAS DICHO NADA!

—¡PEOR PARA TI!

Escuché pasos detrás. Mierda. Corrí. Bueno. Otra vez. Hice lo que pude. Había demasiada gente para escapar bien y Marc tenía unas piernas aproximadamente tres veces más largas que las mías. Miré hacia atrás. Error. Estaba mucho más cerca.

—¡NO!

—¡VEN AQUÍ!

—¡ES MÍO!

—¡TE MATO!

Esquivé a una pareja. Marc también.

—¡JENN!

—¡NO CORRAS TANTO!

—¡DEVUÉLVEMELO!

—¡ESTOY INTENTANDO SObrEVIVIR!

—¡PUES PARA!

—¡ESO EMPEORARÍA MIS POSIBILIDADES!

Me estaba riendo tanto que apenas podía respirar. Doblé junto a una de las barras. Mala decisión. Había más gente. Tuve que frenar. Marc me alcanzó.

—Te tengo.

Me agarró por detrás alrededor de la cintura.

—¡NO!

Intenté escapar. Imposible.

—Dame el bocadillo.

—¡Jamás!

Lo levanté todo lo que pude. Marc miró mi brazo. Después me miró.

—Jenn.

—¿Qué?

—Lo estás levantando.

—Sí.

—Mides uno cuarenta y nueve.

Hijo de puta. Levantó una mano. Cogió el bocadillo sin ningún esfuerzo. Me quedé mirándolo.

—Eso ha sido humillante.

—Muchísimo.

Seguía sujetándome con el otro brazo para que no escapara.

—Suéltame.

—¿Vas a volver a robarme?

—No.

—Mentira.

—Sí.

—¿Sí qué?

—Que es mentira.

Marc soltó una carcajada.

—Al menos eres sincera.

Me soltó. Le miré el bocadillo.

—No lo quería de verdad.

—Has corrido cuarenta metros.

—Era por principios.

—¿Qué principios?

—No sé. Pero eran importantes.

Marc negó con la cabeza.

—Estás fatal.

—Un poco.

Empezamos a volver hacia la mesa.

—Por cierto.

—¿Qué?

—Corres muy rápido para tener treinta y dos.

Marc se detuvo. Lo miré.

—¿Qué?

—Tengo treinta y dos, no ochenta.

—Ya.

—¿Qué coño esperabas?

—No sé. Una rodilla mala.

—Vete a la mierda.

Sonreí.

—¿Te duele?

—No.

—Eso ha sonado defensivo.

—Tengo las rodillas perfectas.

—Qué bien.

—Puedo enseñártelas.

Lo miré. Marc también me miró. Silencio.

—Eso ha sonado raro —dijo.

—Muchísimo.

—Me refería...

—No lo expliques.

—Sí.

—Tenemos una norma nueva.

—¿Cuál?

—Cuando algo suene sexual sin querer, no se explica.

Marc asintió.

—Me parece bien.

—Carlos la necesita más que nadie.

—Carlos necesita un abogado.

—También.

Volvimos a la mesa. Adrián nos vio llegar.

—¿Quién ha ganado?

Marc levantó el bocadillo.

—Yo.

—Porque tiene brazos de orangután —dije.

—Porque tú has intentado esconder algo levantándolo por encima de tu cabeza.

Gabriel me miró.

—No ha sido tu mejor estrategia.

—Estaba bajo presión.

Carlos señaló el bocadillo.

—¿Le has dado un mordisco?

Marc se quedó quieto. Miró el bocadillo. Después a mí.

—No.

Sonreí.

—No.

—Jenn.

—¿Qué?

—¿Le has dado un mordisco mientras corrías?

—Eso habría sido peligrosísimo.

—¿LE HAS DADO UN MORDISCO?

Me eché a reír.

—No.

Marc examinó el bocadillo.

—No sé si creerte.

—No lo he tocado.

—¿Seguro?

—Sí.

—Júralo por Raven.

Mi sonrisa desapareció.

—Eso es juego sucio.

—Júralo.

—No.

Marc abrió mucho los ojos.

—¡LO SABÍA!

—¡NO HE HECHO NADA!

—¡ENTONCES JÚRALO!

—¡NO METAS A RAVEN EN ESTO!

Carlos empezó a reírse. Gabriel negó lentamente con la cabeza.

—Esto va a ser agotador.

—Muchísimo —dijo Adrián.

Marc dejó el bocadillo.

—Ya no lo quiero.

—¿Por qué?

—Porque igual lo has lamido.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué clase de persona crees que soy?

Los cuatro me miraron.

—Oh, que os jodan.

El bocadillo terminó en mis manos. No porque hubiera ganado.

Según Marc, porque estaba contaminado. Según yo, porque era débil.

Me comí aproximadamente la mitad. La otra mitad se la acabó Adrián, que aparentemente no tenía ningún miedo a mis supuestos fluidos corporales.

Después volvimos hacia los escenarios. La siguiente hora pasó rápido.

Una banda. Otra. Una versión especialmente mala de una canción que conocíamos todos y que provocó una discusión de diez minutos sobre si destrozar un clásico podía considerarse delito.

Gabriel defendía que dependía del clásico.

Marc quería penas de prisión. Yo propuse trabajos comunitarios.

Carlos dijo que nos estábamos tomando aquello demasiado en serio.

Adrián sugirió directamente quitarles los instrumentos.

Ganó Adrián. A la una y algo empezó una banda nacional que ellos querían ver. No la conocía.

—¿Son buenos? —pregunté.

Marc hizo una mueca.

—Sí.

—Eso ha sido poco convincente.

—El disco anterior me gusta más.

—Ah.

—Pero el guitarrista es muy bueno.

—¿Tanto?

Marc me miró.

—Escucha.

Así que escuché. No conocía las canciones. Eso me permitió hacer algo que normalmente no hacía. Prestar atención a cómo tocaban. No solo a si me gustaba. Marc estaba a mi lado.

—¿Ves lo que hace? —me dijo cerca del oído.

Miré al escenario.

—¿Qué?

Señaló al guitarrista.

—Ahora.

—¿Qué hace?