Capítulo 7 - Diez euros
Ya no eres nueva
Marc seguía protestando cuando Adrián arrancó .
—No entiendo por qué nadie quiere contarme nada.
—Porque no es asunto tuyo —dijo Carlos.
—Eso nunca me ha detenido.
—Lo sabemos —respondió Gabriel.
Yo iba detrás, entre Marc y Gabriel. Otra vez. Había empezado a sospechar que aquello ya era mi sitio. Marc se giró hacia mí.
—Solo quiero saber una cosa.
—No.
—Ni siquiera sabes qué voy a preguntar.
—Me da igual.
—¿Había poca presión?
Me tapé la cara. Gabriel soltó una risa por la nariz. Desde delante, Carlos dijo:
—Marc.
—¿Qué?
—Cállate.
—Estoy intentando comprender la instalación hidráulica de la casa.
—Te importa una mierda la instalación hidráulica.
—Ahora me apasiona.
Adrián empezó a reírse mientras conducía. Yo bajé las manos.
—Había problemas de presión.
Marc asintió muy serio.
—Comprendo.
—Gracias.
—Especialmente en determinadas zonas.
—Te voy a pegar.
—¿Ves? Eso ya es información.
Le di un golpe en el brazo.
—¡Violencia!
—Te avisé.
—Gabriel, haz algo.
Gabriel miraba por la ventanilla.
—No he visto nada.
—Sois todos unos mierdas.
—Tú empezaste —dije.
Marc me miró.
—Ayer eras nueva.
—Ya no.
La frase salió sin pensar. Nadie dijo nada durante un segundo. Solo uno. Pero lo noté. Adrián me miró brevemente por el retrovisor. Gabriel giró apenas la cabeza. Carlos no se volvió. Marc sí me miró. Después sonrió.
—Eso explica que ya pegues.
—Exacto.
—La integración ha sido rápida.
—Tengo capacidad de adaptación.
—Y violencia.
—Sobre todo violencia.
Gabriel asintió.
—Encajas.
Sonreí y miré por la ventanilla. Las calles de Benialmar empezaban a llenarse otra vez de gente.
Camisetas negras. Botas. Grupos caminando hacia el recinto.
Alguna bandera. Música saliendo de coches aparcados.
Era distinto a la noche anterior. O quizá la distinta era yo.
Ayer había llegado allí después de quedarme tirada en una carretera.
Sin saber dónde iba a dormir. Sin conocer a ninguno de ellos.
Con esa sensación extraña de estar entrando en una vida ajena durante unas horas.
Ahora sabía que Marc no podía estar callado más de quince segundos sin que empezase a preocuparme.
Que Gabriel podía destrozarte con cuatro palabras y después seguir mirando el móvil como si nada.
Que Adrián observaba mucho más de lo que decía.
Y que Carlos... Miré hacia delante. Carlos estaba hablando con Adrián.
Una mano apoyada en la puerta. Perfil iluminado a intervalos por las farolas.
No. Por ahí no. Ya había tenido suficiente Carlos aquella tarde.
Bueno. Mentira. Pero necesitaba conservar algo de dignidad. Volví a mirar por la ventana.
—¿Qué bandas hay hoy? —pregunté.
Marc reaccionó inmediatamente.
—Ahora versiones.
—Eso lo sé.
—Entonces ¿para qué preguntas?
—Qué bandas, imbécil.
—Ah.
—Tiene sentido la pregunta —dijo Gabriel.
—Gracias.
Marc levantó un dedo.
—Hay una de Metallica bastante buena.
Giré la cabeza.
—¿Bastante buena según tú?
—Sí.
—Eso puede significar cualquier cosa.
—Los vi el año pasado.
—¿Y?
—El batería corre.
Parpadeé.
—¿Corre?
—Mucho.
—¿Mientras toca?
—No, Jenn. Entre canciones sale a hacer cardio.
Gabriel cerró los ojos. Le di otro golpe a Marc.
—¡Joder!
—Te lo estás ganando.
—Toca rápido —aclaró Carlos desde delante.
—Gracias, Carlos.
—De nada.
Marc se frotó el brazo.
—Eso iba a explicar.
—No parecía.
—No me has dado tiempo.
—Has dicho que el batería corre.
—Es terminología musical.
—No.
—Ahora que tienes dos riffs no vengas a darme lecciones.
Abrí la boca.
—Hijo de puta.
Sonrió.
—Seven Nation Army.
—Cállate.
—Smoke on the Water.
—Marc.
Empezó a cantar el riff. Mal. A propósito.
—Tan, tan, taaan...
—Te odio.
—Tan, tan, tarán...
—Que te calles.
—TAN, TAN...
Me lancé sobre él para taparle la boca. Marc se echó hacia Gabriel.
—¡AYUDA!
—No.
—¡ME ESTÁ ATACANDO!
—Te lo has buscado.
Intenté alcanzarlo. Marc se pegó más a la puerta.
—¡ADRIÁN!
—Estoy conduciendo.
—¡CARLOS!
—Ojalá te mate.
—¡SOIS UNA PUTA MIERDA DE AMIGOS!
Conseguí agarrarlo de la camiseta.
—Ven aquí.
—No.
—Ven.
—¡No!
—Te voy a arrancar el pelo.
—Eso sí que no.
Se protegió la cabeza. Me eché a reír.
—¡Ah! ¿Eso sí te preocupa?
—Me ha costado años.
—Pues respeta a Raven.
—Raven no puede oírme.
Me quedé quieta.
—Retira eso.
Marc también se quedó quieto.
—No.
—Retíralo.
—Es una guitarra.
—Fuera.
—Estamos en marcha.
—Me da igual. Te bajas.
—No puedes echarme de una furgoneta que no es tuya.
Miré a Adrián.
—¿Puedo?
—Por mí sí.
Marc abrió la boca.
—¡¿QUÉ?!
Carlos empezó a reírse.
—Traidor.
—Has insultado a su guitarra —dijo Adrián.
—¡ES UN OBJETO!
Silencio. Los cuatro lo miramos. Marc observó nuestras caras.
—Vale.
Señaló alrededor.
—Esto es una secta.
—Pide perdón —dije.
—No.
—Marc.
—Jenn.
—A Raven.
—No está aquí.
—Lo grabas.
Gabriel se giró hacia él.
—Yo lo haría.
Marc lo miró, traicionado.
—Tú también.
—Quiero llegar al festival.
Marc suspiró. Sacó el móvil. Lo puso frente a su cara.
—Hola, Raven.
Me tapé la boca para no reírme.
—Siento haber dicho que eres un objeto.
Adrián soltó una carcajada.
—No ha sonado sincero —dije.
—¡JENN!
—Sigue.
Marc cerró los ojos. Respiró. Volvió a mirar la cámara.
—Raven. Perdóname. Eres una guitarra maravillosa a la que no conozco personalmente, pero de la que he oído hablar muchísimo en las últimas cuatro horas. Espero que algún día podamos superar este conflicto y quizá tocar juntos.
—Mejor.
—¿Ya?
—Sí.
Detuvo el vídeo.
—Toma.
Me lo envió. Mi móvil vibró. Lo guardé.
—Gracias.
—Estás enferma.
—Y tú acabas de pedirle perdón a una guitarra.
Gabriel empezó a reírse. Marc me miró. Después miró su teléfono.
—Hija de puta.
Sonreí.
—Tengo pruebas.
—Bórralo.
—Nunca.
—Jenn.
—Esto va a sobrevivirte.
—Te conozco desde ayer y ya tienes material para chantajearme.
Me quedé pensando.
—También sé lo del seto.
—Me cago en Dios.
Adrián empezó a reírse otra vez.
—Y todavía queda todo el fin de semana —añadió Gabriel.
Marc se dejó caer contra el asiento.
—Quiero volver a ayer.
—Demasiado tarde —dije.
Me miró de lado.
—Sí.
Sonrió.
—Supongo que sí.
El RockFest se veía desde bastante antes de llegar.
Luces sobre el cielo. Columnas de focos moviéndose lentamente.
El golpe grave de alguna prueba de sonido llegando hasta el aparcamiento.
Adrián aparcó en la misma plaza asignada que el coche de Carlos el día anterior.
Cuando bajé, el aire todavía estaba caliente.
Mucho. Pero ya no tenía el sol pegándome en la cabeza y aquello mejoraba considerablemente mi opinión sobre la existencia. Carlos cerró su puerta.
—¿Todos lleváis la acreditación?
Marc se palpó los bolsillos.
—Sí.
Gabriel levantó la suya. Adrián también. Busqué la mía. Bolsillo. Nada. Otro. Nada. Bolso. Abrí.
—Espera.
Carlos me miró.
—¿Qué?
—Nada.
Seguí buscando. Móvil. Cartera. Pañuelos. Una púa que no recordaba haber metido. Un pintalabios. Mierda.
—Jenn.
—Que sí.
—¿La tienes?
—Sí.
No. Marc apareció a mi lado.
—No la tiene.
—Sí la tengo.
—Tu cara dice que no.
—Mi cara no dice nada.
Carlos se acercó.
—¿Dónde la has puesto?
—En el bolso.
—Pues estará ahí.
—Gracias, Sherlock.
—De nada.
Seguí rebuscando. Nada.
—Joder.
Adrián se apoyó contra la furgoneta.
—Sin prisa.
—Sí hay prisa. Vamos a perder...
—Faltan veinte minutos —dijo Gabriel.
—Ah.
Seguí buscando igualmente. Marc metió la mano en uno de los bolsillos laterales de mi bolso.
—¿Y aquí?
Le di un manotazo.
—¡No metas la mano en mi bolso!
—Estoy ayudando.
—Eso es territorio soberano.
—Tienes un recibo de hace tres meses.
—¡FUERA!
Sacó la mano.
—Qué miedo.
Carlos estaba sonriendo.
—No te rías.
—No me río.
—Tus ojos sí.
—Has aprendido.
—Por desgracia.
Saqué la cartera. La abrí. Nada. Y entonces Gabriel señaló mi pecho.
—Jenn.
—¿Qué?
—Eso.
Miré. La acreditación estaba colgada de mi cuello. Silencio. Marc me miró. Yo miré el colgante. Después a Marc.
—No.
Su boca empezó a abrirse.
—No digas absolutamente nada.
Carlos se giró. Adrián se tapó la cara. Gabriel miró al suelo. Marc respiró profundamente.
—La integración ha sido completa.
—Que te jodan.
Atravesamos las puertas poco antes de las diez.
Y fue distinto. Ayer había entrado delante.
Aquella noche no había delante ni detrás.
Caminábamos juntos. Marc y Adrián discutían unos pasos por delante sobre dónde comprar cerveza.
Gabriel intervino solo para decirles que estaban discutiendo por una gilipollez.
Carlos iba un poco más adelante y se giró para decir algo.
Yo respondí sin pensar. Seguimos andando.
Eso era todo. Y quizá precisamente por eso lo noté.
Ya no estaba pendiente de ellos. No tenía que recordar que estaban ahí.
Estaban. Sin más. Gabriel iba a mi izquierda.
Carlos a mi derecha. En algún momento nos abrimos para dejar pasar a un grupo.
Después volvimos a juntarnos. Sin pensarlo.
Como si llevase haciéndolo más tiempo del que realmente llevaba.
La primera banda ya estaba saliendo al escenario.
Reconocí el dibujo enorme del telón de fondo.
—Oh.
Marc se volvió.
—¿Qué?
—Metallica.
—Te lo he dicho.
—Has dicho que el batería corre.
—Y corre.
—Como vuelvas a decirlo te abandono.
—No puedes.
—¿Por qué?
Marc caminó hacia atrás durante unos pasos.
—Ya no eres nueva.
Y siguió andando. Me quedé mirándolo. Solo un segundo. Después sonreí. Cabrón. Gabriel me dio un pequeño golpe con el hombro al pasar.
—Venga.
Fui con ellos.
La banda empezó fuerte. Muy fuerte. No metafóricamente. A los treinta segundos podía sentir el bombo en el pecho.
—¡HOSTIA! —grité.
Marc se inclinó hacia mí.
—¡¿QUÉ?!
—¡QUE SUENA DE LA HOSTIA!
—¡NO TE OIGO!
—¡QUE TE DEN!