La ley del rock Capítulo 6 - Ya no eres nueva #7
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Capítulo 6 - Ya no eres nueva #7

Me soltó. Señaló Raven.

—Hazlo.

Volví a colocar la mano.

—Aprieta menos.

—No suena.

—Un poco más.

Apreté.

—Ahí.

Sonó.

—¿Ves?

—Sí.

—Pues esa es la fuerza.

Lo intenté otra vez.

—No.

—¿Qué?

—Otra vez estás apretando.

—¡Joder!

Marc se rio.

—Relaja.

—No sé relajar.

—Eso ya lo veo.

—En general.

—Eso también.

Lo miré.

—Me conoces desde ayer.

—Tiempo suficiente.

Levanté el dedo corazón.

—Este está muy relajado.

—Perfecto. Técnica excelente.

Me reí.

Y volvimos.

Una vez. Otra. Otra.

Marc corregía. Yo protestaba. Marc corregía otra vez. Yo lo mandaba a la mierda.

Y poco a poco...

Algo cambió.

No mucho.

Pero el sonido empezó a salir con menos esfuerzo.

—Espera.

Toqué otra vez.

Marc no dijo nada.

Repetí.

—Hostia.

—Sí.

Lo miré.

—¡HOSTIA!

Marc sonrió.

—¿Ves?

—¡Sí!

—No grites.

Me tapé la boca.

—Perdón.

Volví a tocar. Más despacio. Intentando no apretar.

Me salió mal a mitad.

—Mierda.

—Otra.

Otra.

Esta vez mejor.

Sonreí.

—Vale.

—Otra.

—¿No eran seis minutos?

Marc miró hacia ninguna parte.

—Cállate.

Sonreí todavía más.

—¿Cuánto llevamos?

Sacó el móvil. Miró la hora.

—Veintitrés.

Me eché a reír.

—Carlos tenía razón.

Marc levantó un dedo.

—No vuelvas a decir eso.

—¿Por?

—Se crece.

Me quedé quieta. Después empecé a reírme más.

—¡ESO LO HE DICHO YO!

Marc frunció el ceño.

—¿Cuándo?

—En el festival.

—No me acuerdo.

—Estabas borracho.

—Sigo borracho.

—Menos.

—No funciona así.

—¿No?

—No sé.

—Gran profesor.

—Toca.

Smoke on the Water fue peor. Mucho peor.

—No.

—¡¿Qué?!

—Ese dedo.

—¿Qué dedo?

—Ese.

—¡Tengo cinco!

—El que estás usando.

—¡ESTOY USANDO VARIOS!

Marc se tapó la cara.

—Dios.

—Profesor de mierda.

—Alumna de mierda.

—Yo te estoy pagando.

Marc bajó las manos.

—No me estás pagando.

—Te debo veinte euros.

—Eso es una apuesta.

—Pues peor.

—Toca otra vez.

—No quiero.

—Sí quieres.

—No.

—Llevas media hora.

Miré la hora.

—¿Media?

—Treinta y uno.

—Hostia.

Silencio.

Miramos hacia las escaleras.

Nada.

—Nos van a matar —susurré.

Marc también bajó la voz.

—Toca.

—¿Ahora susurramos?

—Sí.

—¿Por qué?

—No sé.

—Vale.

Volví a tocar.

Mal.

Marc hizo una mueca.

—Tu cara.

—No he dicho nada.

—Tu cara ha dicho muchísimo.

—Otra.

—No.

—Jenn.

—Estoy cansada.

—Una más.

—Eso dicen todos los profesores malos.

—No soy profesor.

—Se nota.

Me quitó la púa de la mano.

—Eh.

—Mira.

Cogió Raven.

Tocó el riff.

Despacio.

Muy despacio.

Lo suficiente para que pudiera ver cada movimiento.

—Así.

Volvió a hacerlo.

Miré sus dedos.

—Otra.

Repitió.

—Otra.

—¿Ves?

—Sí.

—Entonces.

Me devolvió la guitarra.

Lo intenté.

Primera parte.

Bien.

Segunda.

Regular.

Tercera.

—Mierda.

—No pares.

Seguí.

Llegué al final.

Marc asintió.

—Mejor.

—¿Solo mejor?

—Mucho mejor.

—Ah.

Eso sí.

Sonreí.

Marc se recostó en la silla.

—Te dije que sabías exactamente lo que tenías que saber.

—Dos riffs.

—Dos semanas.

—Sigo sin saber una mierda.

—Exacto.

—Qué bonito.

—Pero ahora estrangulas un poco menos.

—Vete a la mierda.

—Diez euros.

—¿Qué?

—Te rebajo la deuda.

Lo miré.

—¿Por qué?

—Has mejorado.

—¿En media hora?

—Sí.

—¿Tanto?

Marc se encogió de hombros.

—Escuchas.

No sé por qué aquello me gustó. Quizá porque no había dicho que tuviera talento. Ni que fuera buena. Ni ninguna de esas cosas que se dicen para animar a alguien.

Escuchas.

Eso sí podía creerlo.

—Diez euros —dije.

—Diez.

Extendí la mano.

Marc la miró.

—No.

—Vamos.

—He aprendido.

—No voy a añadir cláusulas.

—Mentira.

—Lo prometo.

—No.

—Marc.

—No vuelvo a firmar nada contigo.

Me eché a reír.

—Cobarde.

—Superviviente.

Guardé la púa.

Marc se levantó.

—A dormir.

—Espera.

—No.

—Una cosa.

—Jenn.

—Una.

Suspiró.

—Qué.

Miré a Raven. Después a él.

—Toca algo.

Marc se quedó quieto.

—¿Qué?

—Lo que quieras.

—Son casi las siete.

—Bajito.

—Con una eléctrica desenchufada vas a escuchar una mierda.

—Pues una mierda.

Me miró.

—¿Por qué?

Me encogí de hombros.

—Quiero oírte tocar.

Nada más.

Marc miró la guitarra.

—Dámela.

Se la tendí.

Volvió a sentarse. Acomodó Raven sobre su pierna.

—¿Qué quieres?

—He dicho lo que quieras.

—Eso es demasiado amplio.

—Sorpréndeme.

—No me gusta esa palabra.

—Problema tuyo.

Marc pensó unos segundos.

Después empezó.

No reconocí lo que tocaba. Quizá porque no lo conocía. Quizá porque no era una canción.

No pregunté.

Era algo lento. Un puñado de acordes. Notas sueltas entre medias. Nada espectacular. Nada diseñado para impresionar.

Simplemente...

Bonito.

Apoyé la barbilla en una mano.

Marc miraba el mástil. No a mí.

Sus dedos se movían sin esfuerzo. Muy distinto a los míos.

Yo peleaba con Raven.

Él hablaba con ella.

Qué cabrón.

Terminó.

—Ya.

Fruncí el ceño.

—¿Ya?

—Has dicho una cosa.

—Ha sido corta.

—No hemos negociado duración.

—Error contractual.

Marc me señaló.

—Por eso no te doy la mano.

Me reí.

—¿Qué era?

—Nada.

—Tenía que ser algo.

—Estaba tocando.

—Ya, pero...

—No era una canción.

Ah.

—¿Te lo has inventado?

—Más o menos.

—Ahora.

—Sí.

Miré Raven. Después a él.

—Odio a la gente como tú.

Marc sonrió.

—¿Por?

—Yo llevo dos semanas intentando que no parezca que estoy desmontando un mueble y tú te sientas y haces eso.

—Llevo muchos años.

—No me importa. Quiero indignarme.

—Adelante.

—Gracias.

Me devolvió Raven.

La guardé. Esta vez con cuidado. Mucho.

Cuando cerré el estuche, Marc ya estaba caminando hacia las escaleras.

—Eh.

Se giró.

—¿Qué?

—Gracias.

Marc hizo una mueca.

—Diez euros.

—Cabrón.

—Buenas noches.

—Buenos días.

—Que te den.

Subió.

Lo seguí.

A mitad de las escaleras me detuve.

—Marc.

Se giró otra vez.

—¿QUÉ?

Me llevé un dedo a los labios.

—Shhh.

Cerró los ojos.

—¿Qué quieres?

Sonreí.

—Mañana otra vez.

Marc me miró. Cansado. Despeinado. Todavía un poco borracho.

—Ya veremos.

—Eso es un sí.

—No.

—Sí.

—Duerme.

—Buenas noches.

—Buenos días.

—Cállate.

Llegamos arriba. Nuestros dormitorios estaban en direcciones distintas.

Marc señaló hacia el mío.

—Ahí.

—Sé dónde duermo.

—No parecía.

—Gilipollas.

—Buenas noches, Jenn.

—Buenos días, Marc.

Me enseñó el dedo corazón.

Sonreí.

Entré en mi habitación. Cerré la puerta. Me dejé caer sobre la cama todavía vestida.

Y entonces recordé algo.

Carlos.

Sonreí contra la almohada.

Derechos hidráulicos.

Después pensé en Raven.

Diez euros.

Y en que, aparentemente, al día siguiente iba a volver a tocar.

No estaba nada mal para un fin de semana que había empezado con un coche averiado.

Cerré los ojos.

Y esta vez no necesité contar absolutamente nada para quedarme dormida.