Capítulo 6 - Ya no eres nueva #6
—Porque si nos sentamos a comer fuera no llegamos a casa hasta las ocho.
—¿Y?
Los cuatro lo miramos.
Marc levantó las manos.
—Vale.
—Además —dije—, tú me debes algo.
Marc tardó un segundo.
—¿Qué?
Lo miré.
—No.
—¿Qué?
—No me jodas.
—No sé de qué hablas.
—Veinte euros.
Su cara cambió.
—Ah.
Sonreí.
—Y Raven.
—La apuesta no incluía...
—Error contractual.
Marc cerró los ojos.
—Joder.
Carlos nos miró.
—¿Qué habéis apostado?
—Que estrangulo —dije.
Silencio.
Carlos parpadeó. Gabriel giró la cabeza. Adrián se volvió. Marc me miró.
Yo repasé mentalmente la frase.
—La guitarra.
Carlos empezó a reírse.
—Norma nueva —dijo Marc.
—No lo expliques —respondí.
—Demasiado tarde —dijo Gabriel.
Me tapé la cara.
—Estoy cansada.
—Eso está claro —dijo Adrián.
Carlos se inclinó hacia mí.
—¿Estrangulas?
Lo miré por entre los dedos. Su expresión era absolutamente inocente.
—No.
—Ah.
—Ni se te ocurra.
—No he dicho nada.
—Tus ojos.
—Mis ojos están perfectamente.
—Voy a matarte.
—¿Antes o después de la guitarra?
Bajé las manos.
—Después.
—Perfecto.
Marc señaló hacia nosotros.
—¿Veis? Luego el raro soy yo.
—Tú siempre eres el raro —dijo Gabriel.
—Gracias.
—De nada.
La última canción de la última banda de versiones terminó a las seis menos diez. No esperamos a ver de qué iba la madrugada del non-stop. No hubo votación para quedarnos.
Los cinco empezamos a caminar hacia la salida con la coordinación de un grupo de ancianos después de una excursión.
—Mis pies —dije.
—Mis rodillas —dijo Adrián.
Marc lo señaló.
—¡JA!
—¿Qué?
—Rodillas.
Lo miré.
Marc me miró.
Sonreí.
—Treinta y tres.
—Cállate —dijo Adrián.
—Ya empieza —murmuré.
Gabriel caminaba delante.
—No pienso escuchar una conversación sobre edades.
—Tú eres el mayor —dije.
Se giró.
—Precisamente.
—¿Cuántos tienes?
—Treinta y cuatro.
—Anciano.
—Tienes siete años menos.
—Una generación.
—No.
—Prácticamente.
—No sabes qué es una generación.
—Claro que sí.
—¿Cuánto?
Me quedé pensando.
—Más de siete.
Gabriel asintió.
—Gracias.
—De nada.
Carlos abrió la furgoneta.
—Subid.
—Qué autoritario —dije.
—Sube.
—Sí, papá.
Carlos se quedó quieto.
Oh.
Marc soltó una carcajada detrás de mí.
—¡HA VUELTO!
—No —dijo Carlos.
—¡PAPI CARLOS!
—Marc, sube a la furgoneta.
—¿Ves? Autoridad paterna.
Adrián estaba doblado sobre sí mismo de risa. Gabriel abrió la puerta lateral.
—Entrad antes de que os abandone aquí.
Subí. Marc detrás.
Carlos cerró la puerta con bastante más fuerza de la necesaria.
Me senté.
—Creo que le ha gustado.
Marc asintió.
—Muchísimo.
Carlos abrió la puerta del copiloto.
—Os estoy oyendo.
—Buenas noches, papi —dije.
Silencio.
Adrián golpeó el volante. Gabriel se tapó la cara. Marc se dejó caer contra mí riéndose.
Carlos giró lentamente la cabeza. Me miró.
Yo intenté mantener la expresión.
No pude.
—Lo siento.
—No lo sientes.
—Nada.
—Algún día te vas a arrepentir.
Levanté las cejas.
—¿Promesa?
Carlos abrió la boca.
Se quedó callado.
Marc hizo un ruido a mi lado.
—Uf.
Giré la cabeza.
—¿Qué?
—Nada.
—Marc.
—Norma nueva.
—¿Cuál?
—No lo expliques.
Sonreí.
—Aprendes rápido.
—Gracias.
Adrián arrancó.
No recuerdo demasiado bien el trayecto. Recuerdo apoyar la cabeza contra la ventana.
Descubrir que vibraba demasiado. Cambiar de postura.
Cerrar los ojos. Abrirlos porque Marc me empujó accidentalmente con el hombro.
Volver a cerrarlos. Escuchar a Carlos y Adrián hablando delante. Gabriel decir algo. Marc responder.
Después nada.
Hasta que alguien me tocó la rodilla.
—Jenn.
Abrí los ojos.
—Mm.
Marc.
—Hemos llegado.
Miré por la ventana.
Casa.
—No.
—Sí.
—No quiero moverme.
—Problema.
—Déjame aquí.
—No.
—Estoy cómoda.
Marc miró mi postura. Tenía la cabeza torcida contra el cristal y una pierna medio doblada debajo de la otra.
—Eso es mentira.
—Ahora es mi casa.
—Vives en una furgoneta.
—Sí.
—Vale.
Empezó a bajar.
Lo agarré de la camiseta.
—¿Dónde vas?
—A dormir.
—No.
Marc me miró.
—¿No qué?
Mi cerebro tardó. Muchísimo.
Entonces lo recordó.
Sonreí.
—Raven.
Marc cerró los ojos.
—No.
—Sí.
—Jenn.
—Trato.
—Son las seis y veinte.
—Perfecto.
—Estoy borracho.
—Un poco.
—Tú estás medio dormida.
—También.
—Mañana.
—Hoy.
—Cuando nos levantemos.
—Eso no fue lo acordado.
—No especificamos hora.
—Dijiste al volver.
Marc me miró.
Mierda.
Lo sabía.
Sonreí.
—Error contractual.
—Te odio.
—Veinte euros.
—No has ganado todavía.
—Entonces demuéstralo.
Marc se quedó mirándome. Después miró hacia la casa. Después otra vez a mí.
—Cinco minutos.
Me incorporé inmediatamente.
—Sí.
—Cinco.
—Diez.
—Cinco.
—Ocho.
—Cinco.
—Siete.
—Jenn.
—Seis.
Marc suspiró.
—Seis.
Extendí la mano.
—Trato.
La miró.
—No vuelvo a estrecharte la mano en mi puta vida.
Me eché a reír.
—Has aprendido.
—Muchísimo.
Bajé de la furgoneta. Mis pies protestaron. Mi espalda protestó. Mi cerebro pidió formalmente una cama.
Lo ignoré.
Raven estaba dentro.
Y yo tenía veinte euros que ganar.
Entramos en la casa intentando hacer poco ruido.
Duró aproximadamente ocho segundos.
Marc chocó contra una silla.
—¡Joder!
—Shhh.
—No la he visto.
—Está en el mismo sitio que ayer.
—Gracias por la información.
Adrián pasó por detrás.
—Buenas noches.
—Buenos días —dije.
Se detuvo. Miró hacia una ventana.
Empezaba a clarear.
—No quiero hablar de eso.
Subió las escaleras.
Gabriel fue detrás.
—Seis minutos.
Marc lo miró.
—¿Tú también?
—Quiero dormir.
—No necesitamos público.
—Precisamente.
Desapareció escaleras arriba.
Carlos seguía junto a la puerta. Me miró. Después a Marc.
—¿De verdad vais a tocar ahora?
—Sí —dije.
—No —dijo Marc.
Lo miré.
—Sí.
Marc suspiró.
—Seis minutos.
Carlos negó con la cabeza.
—Estáis fatal.
—Tú te has duchado conmigo —dije.
Silencio.
Marc se giró lentamente hacia Carlos.
Carlos me miró.
—Eso no guarda ninguna relación.
—Solo estoy estableciendo niveles de criterio.
—No vuelvas a utilizarme como referencia.
—¿Por qué?
—Porque pierdo siempre.
Sonreí.
—Buenas noches, arquitecto.
Carlos empezó a subir.
—Buenos días.
—Cállate.
Se detuvo en el primer escalón. Giró la cabeza.
—Jenn.
—¿Qué?
Me señaló.
—Seis minutos.
—¿Por qué os preocupa tanto?
—Porque como os dejemos, a las ocho seguís aquí.
Marc negó.
—Imposible.
Carlos lo miró.
—Tú eres peor.
—¿Yo?
—Sí.
—Tengo autocontrol.
Carlos soltó una risa.
—Claro.
Siguió subiendo.
Marc esperó hasta que desapareció. Después me miró.
—Tiene razón.
—¿En qué?
—Soy peor.
Sonreí.
—Perfecto.
Raven estaba donde la había dejado.
Fui hacia ella. Marc encendió una lámpara pequeña.
La casa quedó en silencio. Silencio de verdad. Después de horas de amplificadores, voces, gente y música, aquello era rarísimo. Hasta mis oídos parecían seguir escuchando un zumbido que ya no existía.
Cogí a Raven.
—Hola.
Marc me miró.
—No.
—¿Qué?
—¿La saludas?
—Sí.
—Vale.
—Tú le has pedido perdón esta tarde.
—Obligado.
—Hay un vídeo.
—Bórralo.
—Nunca.
Saqué la guitarra. Marc acercó una silla.
—Siéntate.
—¿Por qué?
—Porque te vas a caer.
—Estoy perfectamente.
Me quedé quieta.
El suelo hizo una cosa pequeña.
O quizá fui yo.
—Siéntate —repitió.
—Vale.
Me senté.
Marc cogió otra silla y la puso enfrente.
—Dame.
Abracé la guitarra.
—No.
—Jenn.
—¿Qué?
—Tengo que verla.
—Desde ahí la ves.
—Necesito comprobar que está afinada.
—Ah.
Se la tendí.
Marc la cogió.
Y ocurrió algo curioso.
Dejó de parecer borracho.
No del todo. Seguía teniendo los ojos cansados y el pelo hecho una mierda. Pero en cuanto colocó Raven sobre su pierna, sus manos supieron exactamente qué hacer.
Tocó una cuerda. Después otra. Giró una clavija. Otra cuerda.
Lo observé.
—¿Qué?
Levanté la vista. Me había pillado.
—Nada.
—Estás mirando.
—Es mi guitarra.
—No voy a robarla.
—Eso has dicho antes.
—He dicho que podría secuestrarla.
—Peor.
Marc volvió a tocar una cuerda.
—Está un poco desafinada.
—¿Mucho?
—No.
Terminó.
Después tocó algo. Solo cuatro o cinco notas. Limpias. Fáciles. Nada espectacular.
Pero salieron de Raven de una manera en que nunca habían salido conmigo.
Fruncí el ceño.
Marc lo vio.
—¿Qué?
—No suena así cuando la toco yo.
Se rio.
—Claro que no.
—¿Por qué?
—Porque llevas dos semanas.
—Qué borde.
—¿Qué quieres que te diga?
Me devolvió la guitarra.
—Dentro de diez años seguirá sonando diferente conmigo.
—Presumido.
—No.
Señaló Raven.
—Tus manos serán tuyas. Las mías son mías.
Miré la guitarra.
—Eso ha sonado profundo para las seis y media de la mañana.
—No era profundo.
—Bien.
—Toca.
—¿Qué?
—Lo que sabes.
—No.
Marc me miró.
—¿Cómo que no?
—Me da vergüenza.
Silencio.
Su expresión cambió. Después sonrió.
—¿Tú?
—Sí, yo.
—La mujer que hace unas horas ha gritado delante de cientos de personas que se follaría a Axl Rose con sesenta y cuatro años.
—Eso era diferente.
—¿Cómo?
—No sé.
—Toca.
—No.
—Veinte euros.
Mierda.
—Eres un cabrón.
—Toca.
Coloqué los dedos.
—No te rías.
—No prometo nada.
—Marc.
—No me voy a reír.
Lo miré.
—¿De verdad?
—De cómo tocas, no.
Ah.
Eso me valía.
Miré el mástil.
Seven Nation Army.
Fácil.
Lo había hecho muchas veces.
Empecé.
Primera nota. Segunda. Tercera.
Me equivoqué.
—Mierda.
—Sigue.
—Pero...
—Sigue.
Volví.
Esta vez salió.
Más lento de lo que quería.
Pero salió.
Llegué al final.
Paré.
Marc estaba mirando mi mano izquierda.
—¿Qué?
No respondió.
—Marc.
Levantó la vista. Sonrió.
—Veinte euros.
—¡NO!
—Te lo he dicho.
—¡No la estrangulo!
Marc imitó mi mano cerrándose alrededor de un cuello invisible.
—La estás asesinando.
—¡Que te den!
—Mira tu pulgar.
Miré.
—¿Qué le pasa?
Marc acercó su silla.
—Estás haciendo demasiada fuerza.
—Porque tengo que apretar las cuerdas.
—Sí. Pero no como si Raven te debiera dinero.
—No hago tanta.
—Jenn.
—¿Qué?
—Tienes la mano blanca.
La miré.
Vale.
Quizá un poco.
—Eso no demuestra nada.
—Dame la mano.
Se la tendí.
Marc la cogió. Me colocó los dedos como si sostuviera un mástil invisible.
—Así.
—¿Así qué?
—Relaja.
—Estoy relajada.
—No.
—Sí.
Marc movió mi pulgar.
—Esto fuera.
—¿Dónde?
—Aquí.
Volvió a colocarlo. Después aflojó mis dedos uno por uno.
—No necesitas fuerza. Necesitas la justa.
—Eso es muy ambiguo.
—Porque tienes que sentirla.
—Fantástico.
—Toca hasta que la nota deje de sonar limpia.
—¿Qué?