Capítulo 6 - Ya no eres nueva #5
Fuimos. Me senté. Y al hacerlo descubrí que quizá cinco minutos fueran insuficientes.
—Oh, Dios.
Gabriel se quedó de pie frente a mí.
—¿Tan mal?
—No quiero volver a levantarme nunca.
Marc se dejó caer a mi lado.
—Eso es porque tienes treinta.
Giré lentamente la cabeza.
—Tengo veintisiete.
—Peor.
—Tú tienes treinta y dos.
—Pero soy alto.
—¿Y qué tiene que ver?
—La sangre llega antes.
Me quedé mirándolo.
—¿A dónde?
Marc abrió la boca. Se quedó pensando.
—A los pies.
—Marc.
—Qué.
—La distancia desde el corazón hasta tus pies es mayor.
Silencio.
Adrián empezó a reírse. Marc me miró.
—No me gusta que uses ciencia contra mí.
—No era ciencia. Era geometría básica.
—Peor.
Me incliné hacia delante y empecé a aflojarme los cordones. Carlos se apoyó contra una valla.
—¿Qué haces?
—Comprobar daños.
Me quité una bota. Después la otra.
—Hostia.
—¿Ampollas? —preguntó Gabriel.
—Creo que sí.
—Déjame ver —dijo Carlos.
Levanté un pie. Carlos miró.
—Tienes una aquí.
—¿Dónde?
Tocó suavemente un lateral del talón.
—Ahí.
—Ah.
—¿Duele?
—Ahora sí, cabrón.
—Entonces sí.
—Gracias, doctor.
—De nada.
Marc miró mi pie.
—Es diminuto.
Lo aparté inmediatamente.
—No.
—¿Qué?
—No vamos a empezar también con mis pies.
—Solo he dicho...
—No.
—Pero...
—Marc.
Levantó las manos.
—Vale.
Me puse otra vez la bota.
—¿Tienes tiritas? —preguntó Adrián.
—No.
Gabriel rebuscó en su mochila.
Lo miré.
—No.
Sacó un paquete pequeño.
—Sí.
—¿Por qué tienes tiritas?
—Porque sois cuatro inútiles.
Carlos señaló hacia sí mismo.
—Yo no.
Gabriel lo miró.
—El año pasado te cortaste abriendo una lata.
—La lata estaba mal diseñada.
—Claro.
Sonreí.
—Arquitecto.
—No empieces.
Gabriel me tendió una tirita.
—Toma.
—Gracias.
Volví a quitarme la bota.
—Necesito un pie nuevo.
—Amazon —dijo Marc.
—Seguro que hay.
—Con Prime mañana lo tienes.
—¿Uno cuarenta y nueve completo o solo las piernas? —preguntó Adrián.
Lo miré.
—Tú también.
—Lo siento.
—No lo sientes.
—Nada.
Me puse la tirita. Después la bota. Me levanté. Dolía menos.
—Vale.
Carlos negó.
—Cinco minutos.
—Ya han pasado.
—Dos.
—Suficiente.
—Jenn.
—Carlos.
—Vas a acabar coja.
—El lunes puedo estar coja.
—Magnífica planificación.
—Gracias.
Marc se levantó.
—Yo apoyo a Jenn.
Carlos lo miró.
—Tú estás borracho.
—Pero comprometido.
—Eso no mejora nada.
—A mí sí me parece bonito —dije.
Marc me ofreció el brazo.
—Vamos, tapón.
Miré su brazo. Después a él.
—Retira lo último.
—Vamos.
—Marc.
—Vamos, criatura de altura reducida.
—Peor.
—Persona verticalmente eficiente.
Me mordí la boca.
—Eso me ha gustado.
—Lo sé.
Me agarré de su brazo.
—Pero como vuelvas a llamarme tapón...
—Te robo a Raven.
Me detuve.
—No.
Marc siguió andando y tiró de mí.
—Ya tengo tu punto débil.
—Raven no sale de mis manos.
—Veremos.
—Ni se te ocurra.
—Podría secuestrarla.
—Te denuncio.
—¿Cuánto pagarías de rescate?
—Nada.
Marc me miró, sorprendido.
—Qué fría.
—Iría a tu casa y te rompería las rodillas perfectas.
Silencio.
Marc empezó a reírse.
—Hostia.
—¿Qué?
—Te has acordado.
—Claro.
—Eso me preocupa más.
—Debería.
Seguimos hacia el escenario. Yo todavía agarrada de su brazo. No porque lo necesitara.
Bueno.
Un poco sí.
La tirita había mejorado la situación, pero no hecho milagros.
Carlos pasó a mi otro lado. Miró mi mano enganchada en Marc. Después mis pies.
—¿Mejor?
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí.
—Vale.
Y siguió caminando.
Nada más.
***
A las cuatro y media estaba bailando otra vez. Porque aparentemente yo tampoco tenía ningún respeto por mis propias decisiones.
Adrián había desaparecido a por agua. Gabriel hablaba con una pareja que conocía de algún sitio. Marc estaba unos metros por delante.
Y Carlos...
Carlos estaba detrás de mí. Otra vez.
Empezaba a reconocer su presencia antes incluso de que me tocara. Eso era preocupante. O útil. Todavía no lo había decidido.
Una mano apareció en mi cintura.
Útil.
Definitivamente útil.
Seguí bailando. Carlos se acercó.
—¿No te dolían los pies?
—No sé de qué hablas.
—Hace media hora estabas redactando testamento.
—He mejorado.
—Milagro.
—Rock.
—Alcohol.
—También.
Su mano se movió ligeramente.
—¿Qué haces?
—Bailar.
Giré la cabeza.
—Has dicho que no bailas.
—Me estás corrompiendo.
—Qué rápido.
—Llevas dos días esforzándote.
Sonreí.
—Y todavía me queda mañana.
—Eso me preocupa.
Me giré hacia él.
—¿Por?
—No sé cómo vas a empeorar.
—Mejorar.
—No.
—Qué poca fe.
Carlos me acercó.
—Tengo exactamente la necesaria.
—¿Y cuánta es?
—Uno cuarenta y nueve.
Me quedé quieta.
—No.
Sonrió.
—Sí.
—Tú no.
—¿Por qué yo no?
—Porque esperaba más de ti.
—Error de cálculo.
Abrí la boca.
Cabrón.
—Eso ha sido bueno.
—Lo sé.
—No te acostumbres a que lo reconozca.
—Tarde.
Le pasé los brazos alrededor del cuello.
—Estás muy satisfecho contigo mismo.
—Bastante.
—Se te nota.
—¿Dónde?
—En la cara.
—¿Solo?
Oh.
Lo miré. Carlos no cambió la expresión.
—Arquitecto.
—Qué.
—Te estás poniendo peligroso.
—Llevas diciendo eso desde ayer.
—Porque no mejoras.
—Pensaba que era precisamente el problema.
Me reí.
—Gilipollas.
Lo besé. No demasiado. Un beso corto.
Otro.
Cuando fui a separarme, Carlos me siguió.
—Eh.
—¿Qué?
—Ese era mío.
—No funcionan así.
—Ahora sí.
Volvió a besarme. Más despacio. Mi mano terminó en su nuca. La suya...
Bueno.
La suya seguía teniendo antecedentes.
Se deslizó desde mi cintura hasta mi cadera. Me acercó.
—Derechos hidráulicos —murmuré.
Carlos sonrió contra mi boca.
—Exacto.
—Estamos lejos de una ducha.
—La jurisprudencia evoluciona.
Me separé riéndome.
—No puedes ampliar competencias unilateralmente.
—Puedo intentarlo.
—Denegado.
—¿Seguro?
Su mano apretó ligeramente mi cadera.
Lo miré.
—Recurso admitido a trámite.
Carlos soltó una carcajada.
—Eres idiota.
—Pero te está gustando.
—Muchísimo.
Esta vez fue él quien me besó.
Y yo estaba empezando a pensar que quizá aquella no-relación tenía demasiada terminología propia para llevar menos de veinticuatro horas existiendo. Pero tampoco pensaba analizarlo.
Ninguna pregunta sobre después.
Ya había quedado establecido.
***
A las cinco menos cuarto ocurrió algo terrible.
Me entró sueño.
De golpe. Como si alguien hubiera apagado un interruptor.
Estaba de pie. Estaba escuchando música. Y de pronto bostecé tan fuerte que se me saltaron las lágrimas.
Marc me vio.
—No.
—¿Qué?
—No puedes tener sueño.
—Pues dile a mi cerebro.
—Queda una hora.
—Lo sé.
—Aguanta.
—Estoy aguantando.
Volví a bostezar.
—Fatal —dijo.
—Vete a la mierda.
—Café.
—Sí.
Eso sí.
—Necesito café.
Gabriel apareció.
—Hay un puesto cerca de la entrada.
—Te quiero.
—No hace falta.
—Ahora mismo sí.
Fuimos los cinco.
Encontramos café.
Bueno.
Algo marrón y caliente vendido como café.
Lo probé.
—Esto es una violación de derechos humanos.
Adrián bebió del suyo.
—Está malo.
—Está criminal.
Marc lo probó. Hizo una mueca.
—Hostia.
—¿Ves?
—Tiene textura.
Lo miré.
—El café no debería tener textura.
—Este sí.
Gabriel abrió un sobre de azúcar.
—No va a arreglarlo.
—Necesito creer.
Carlos olió el suyo.
—No sé si quiero beber esto.
—Cobarde —dije.
—Tú has puesto cara de estar viendo morir a alguien.
—Pero he bebido.
Carlos tomó un sorbo.
Silencio.
—¿Y?
Tragó.
—Está bueno.
Lo miré.
—Mentiroso.
—Muchísimo.
—Dámelo.
Apartó el vaso.
—No.
—Quiero comprobarlo.
—Es el mismo.
—Igual el tuyo es bueno.
—No.
—Carlos.
—Jenn.
Intenté cogerlo.
Levantó el brazo.
Me quedé mirando el vaso.
Muy arriba.
Después a él.
—Esto es discriminación.
Marc empezó a reírse.
—¡NO DIGAS NADA!
—¡NO HE DICHO NADA!
—Tu cara.
Carlos mantenía el vaso fuera de mi alcance.
—¿Lo quieres?
—Sí.
—Pídelo.
—Dame el café.
—Eso no es pedir.
—Por favor.
—Mejor.
Bajó el vaso. Lo cogí. Bebí.
Hice exactamente la misma mueca.
—Es la misma mierda.
—Te lo he dicho.
—¿Entonces por qué no me lo dabas?
—Porque podía.
Le devolví el vaso.
—Capullo.
—Gracias.
Marc me miró.
—Conmigo pones cara de por favor y funciona. Con él amenazas.
—Cada persona requiere una estrategia.
—Eso es inquietante.
—Soy adaptable.
Gabriel removió su café.
—Manipuladora.
—También.
Adrián señaló mi vaso.
—Bébelo.
—No quiero.
—Lo has comprado.
—Eso fue antes de conocerlo.
—Necesitas despertarte.
Miré el líquido. Suspiré. Bebí.
—Si muero, decidle a Raven que la quería.
Marc levantó un dedo.
—Yo me la quedo.
—Tú no tocas a Raven.
—Si mueres...
—Ni muerta.
—Eso es difícil de gestionar legalmente.
—La entierro conmigo.
—Eso es desperdiciar una guitarra.
—Prefiero eso a que la llames objeto.
Marc sonrió.
—No volverá a ocurrir.
Lo miré.
—Has aprendido.
—Mucho.
***
A las cinco y media ya no quedaba casi nada de mí. El café había conseguido mantenerme despierta. No necesariamente viva.
La última banda que queríamos ver estaba terminando. Había menos gente. Algunos seguían dándolo todo. Otros parecían supervivientes de una guerra.
Yo estaba en el segundo grupo.
Apoyé la cabeza en el hombro de alguien. No miré quién.
—Estoy muerta.
—Ya.
Carlos.
Bien.
Cerré los ojos.
—Despiértame el lunes.
—Es domingo.
Abrí un ojo.
—¿Ya?
—Desde hace cinco horas.
—Ah.
Volví a cerrarlo.
—Entonces el lunes.
Carlos se rio.
—Quedan veinte minutos.
—No me importa.
—Hace una hora sí.
—La Jenn de hace una hora era joven.
—Tenías veintisiete.
—Ahora tengo ochenta y tres.
—Marc tenía razón.
Abrí los ojos.
—No vuelvas a decir eso.
—¿Qué?
—Que Marc tenía razón.
—¿Por?
—Se crece.
—Es verdad.
—Muchísimo.
Marc apareció por el otro lado.
—¿En qué tengo razón?
—En nada —dijimos Carlos y yo a la vez.
Marc frunció el ceño.
—Eso ha sido sospechoso.
—Vete.
—¿Qué hacéis?
—Morir —dije.
—Ah.
Se puso a mi otro lado.
—Yo también.
Durante un momento quedé entre los dos. Carlos a un lado. Marc al otro. Los tres mirando el escenario.
—Tengo hambre —dijo Marc.
—Otra vez no.
—Sí.
—No te voy a robar nada.
—No pensaba compartir.
—Entonces no me informes.
—Solo estoy verbalizando.
—Pues verbaliza para dentro.
Silencio.
Cinco segundos.
—Tengo mucha hambre.
Me separé del hombro de Carlos.
—Te odio.
—¿Vamos a comer algo al salir?
Adrián, que estaba delante, se giró.
—En casa.
—¿Qué hay?
—Comida.
—Muy específico.
—A las seis de la mañana no pienso cocinarte.
—Podemos parar.
Gabriel negó.
—No.
—¿Por qué?