La ley del rock Capítulo 6 - Ya no eres nueva #4
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Capítulo 6 - Ya no eres nueva #4

—Escucha.

—Estoy escuchando.

—No la canción. La guitarra.

Intenté aislarla. Batería. Voz. Bajo. Guitarra.

—Vale.

—¿La tienes?

—Creo.

—Fíjate cuando cambie.

Esperé. El guitarrista movió la mano por el mástil. El sonido cambió.

—Ah.

Marc sonrió.

—Eso.

—¿Qué ha hecho?

—Luego te lo explico.

—No, ahora.

—Aquí no vas a entender una mierda.

—Inténtalo.

Me miró. Después señaló sus propias manos.

—Está jugando con la dinámica. No está tocando todo igual de fuerte. Y está dejando respirar algunas notas.

—Vale.

—Tú cuando empiezas haces...

Movió las manos exageradamente como si estuviera estrangulando una guitarra imaginaria.

—TAN TAN TAN TAN TAN.

Le di un golpe.

—¡No me has oído tocar!

—Todos los principiantes hacen eso.

—Igual soy un prodigio.

—Seguro.

—Igual cojo Raven y...

—TAN TAN TAN TAN.

—Que te den.

Se rio.

—Relaja la mano.

—¿Qué?

—Cuando toques.

Levantó mi mano. La tenía cerrada alrededor de la botella.

—Haces esto.

—Estoy sujetando una botella.

—Ya. Pero seguro que haces esto con el mástil.

—No lo sabes.

—Apuesto dinero.

—¿Cuánto?

—Veinte euros.

—Hecho.

Marc sonrió.

—Perfecto.

—¿Y cómo demostramos quién gana?

—Me enseñas cómo tocas.

—¿Ahora?

Miró alrededor.

—Jenn.

—Qué.

—No llevo una guitarra escondida en el culo.

Lo miré.

—Norma nueva.

Marc cerró los ojos.

—No lo expliques.

—Exacto.

Nos echamos a reír.

—En casa —dijo—. Cuando volvamos.

—Raven está allí.

—Ya.

—Entonces ¿me enseñarás con ella?

—Claro.

Lo miré.

—¿Hoy?

Marc arqueó una ceja.

—¿A las seis de la mañana?

—Sí.

—Estás loca.

—Eso no es un no.

—Si al volver todavía tienes ganas.

Extendí la mano.

—Trato.

La miró. Después a mí.

—¿Qué haces?

—Sellarlo.

Marc me estrechó la mano.

—Trato.

—Veinte euros.

—Veinte euros.

—Y guitarra.

—La guitarra no forma parte de la apuesta.

—Ahora sí.

—No.

—Has estrechado mi mano.

—¡ANTES DE QUE LO DIJERAS!

—Error contractual.

—Eres una estafadora.

—Escritora.

—Peor.

Solté su mano.

—No sabes dónde te has metido.

Marc negó con la cabeza.

—Eso empiezo a sospechar.

***

A las dos y media había bebido otras dos cervezas.

Despacio. Con agua entre medias. Perfectamente consciente de dónde estaba.

Carlos también había bebido. Marc bastante más.

Adrián había decidido parar porque probablemente conduciría.

Gabriel parecía tener un sistema interno de regulación que le impedía estar nunca demasiado borracho.

Yo estaba en ese punto agradable. Caliente.

Suelta. Con ganas de bailar aunque técnicamente no supiera.

La banda que tocaba ayudaba. No era metal. Rock más ligero. Mucho ritmo.

—Voy —dije.

Carlos me miró.

—¿Dónde?

Señalé hacia la gente.

—Ahí.

—Voy.

—No hace falta.

—Ya.

Vino igualmente. No me molestó. Nos metimos entre la gente. No había empujones. Solo cuerpos moviéndose. Brazos arriba. Gente cantando. Me giré hacia Carlos.

—¿Bailas?

—No.

—¿No sabes?

—Sé.

—Entonces bailas.

—No.

Le agarré las manos.

—Sí.

—Jenn.

—Carlos.

Tiré de él. No se movió.

—Eres aburrido.

—Muchísimo.

—Venga.

—No.

—Una canción.

—No.

—Media.

—No.

Lo solté.

—Vale.

Me di la vuelta. Empecé a bailar sola. Dos segundos después, una mano apareció en mi cintura. Sonreí. No me giré.

—Eso es hacer trampa.

—No estoy bailando.

—Claro.

La otra mano apareció al otro lado.

—Esto tampoco.

—No.

Me atrajo hacia él. Mi espalda contra su pecho.

—¿Y esto?

—Seguridad.

Me eché a reír.

—Qué preocupado estás por mi integridad.

—Muchísimo.

Me moví al ritmo de la música. Carlos tuvo que moverse conmigo.

—Estás bailando.

—No.

—Sí.

—Estoy evitando que me pises.

—Mentiroso.

Giré entre sus brazos.

—Baila.

—No sé por qué insistes.

—Porque quiero verte hacer el ridículo.

—No va a ocurrir.

—Cobarde.

Eso funcionó.

—¿Cobarde?

—Sí.

—Vale.

Oh. Carlos me agarró de una mano.

—Ven.

—¿Qué...?

Me hizo girar. De verdad. Solté una carcajada.

—¡HOSTIA!

Me recogió otra vez.

—¿Eso querías?

—¡Sí!

—Pues deja de quejarte.

—¡Otra vez!

—No tienes cinco años.

—¡Otra vez!

Negó. Sonriendo. Volvió a hacerme girar. Esta vez cuando regresé contra él, me quedé allí. Muy cerca.

—Ves como sabes.

—Nunca he dicho que no supiera.

—Has dicho que no bailabas.

—No es lo mismo.

—Qué hombre más complicado.

—Tú has tardado veinticuatro horas en descubrirlo.

—Estoy perdiendo facultades.

—Será Axl.

—No metas a Axl en nuestra relación.

Carlos levantó las cejas.

—¿Nuestra qué?

Me quedé quieta. Oh.

—Nuestra...

Él esperaba. Sonriendo. Cabrón.

—Interacción.

—Ah.

—Sí.

—Nuestra interacción.

—Exacto.

—Menos mal.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de que me has pillado.

—Te he pillado.

—No.

—Has dicho relación.

—Gramaticalmente.

—Claro.

—Relación entre dos elementos.

—Matemática.

—Exacto.

—Arquitectura.

—También.

Carlos se acercó a mi oído.

—Amigos con derechos hidráulicos.

Me quedé inmóvil. Después me salió una carcajada tan fuerte que una chica a nuestro lado nos miró.

—¡ERES GILIPOLLAS!

—Te ha gustado.

—Muchísimo.

—Lo sé.

Le pasé los brazos alrededor del cuello.

—Derechos hidráulicos.

—Sí.

—No vuelvas a decir eso.

—Lo diré siempre.

—Te odio.

—Eso también.

Lo besé. Porque podía. Porque me apetecía.

Y porque los derechos hidráulicos merecían algún tipo de reconocimiento institucional.

Carlos me respondió riéndose. Después dejó de reírse.

Su mano bajó hasta mi cintura. Me acercó.

La canción seguía. La gente alrededor también.

Yo dejé de prestar atención durante un rato.

Hasta que alguien pasó a nuestro lado y gritó:

—¡QUE VIVA EL AMOR!

Me separé de Carlos.

—¡NO!

El desconocido levantó los brazos.

—¡VIVA!

—¡NO SOMOS PAREJA!

Carlos empezó a reírse. El tío ya se alejaba.

—¡PUES QUE VIVA LO QUE SEA!

Me quedé mirándolo marcharse.

—Bueno.

Carlos se inclinó hacia mí.

—Que vivan los derechos hidráulicos.

Le pegué en el pecho.

—Te voy a matar.

—Pero no hoy.

—Hoy no.

Nos miramos. Ah. Los dos nos acordamos. Sonreí.

—Eso fue ayer.

—Exacto.

Y me besó otra vez.

Cuando volvimos con los demás, Marc estaba sentado en el suelo. No sabía por qué.

—¿Qué haces?

Levantó la cabeza.

—Descansar.

—Hay sillas.

—Están ocupadas.

Miré. Había una libre.

—Esa no.

—¿Por?

—No me gusta.

—¿Qué le pasa?

—Tiene mala energía.

Me quedé mirándolo.

—¿Cuántas cervezas llevas?

—Las suficientes para detectar energías.

Gabriel estaba sentado al lado.

—Se ha sentado en el suelo porque ha intentado apoyar el culo y ha fallado.

Marc lo miró.

—Traidor.

Me eché a reír.

—¿Te has caído?

—No.

—¿Te has caído intentando sentarte?

—No.

—Sí —dijo Adrián.

—¡CALLAOS!

Me agaché delante de Marc.

—¿Estás borracho?

—No.

—¿Cuántos dedos?

Levanté tres. Marc los miró.

—Jenn.

—¿Cuántos?

—Tres.

—Bien.

Levanté uno.

—¿Ahora?

—Vete a la mierda.

—Orientado en tiempo y espacio.

—Soy adulto.

—Eso está por demostrar.

Marc me miró.

—Tú has estado comiéndote la cara con Carlos durante media hora.

—¿Y?

—Nada.

—Exacto.

—Solo estoy diciendo que no puedes evaluar mis decisiones.

—Puedo perfectamente.

—Hipócrita.

—¿Por besar?

—Mucho.

—Eso no tiene sentido.

—Para mí sí.

Sonreí.

—Estás borracho.

—Un poco.

—Ah.

—Pero no mucho.

—Vale.

Me senté en el suelo a su lado. Marc me miró.

—¿Qué haces?

—La silla tiene mala energía.

Se quedó callado. Después empezó a reírse.

—¿Ves?

—Sí.

—Tú me entiendes.

—Completamente.

Gabriel negó con la cabeza.

—Fantástico.

Apoyé la espalda contra la estructura metálica que teníamos detrás. Marc hizo lo mismo.

—¿Qué toca ahora? —pregunté.

—No sé.

—Eres mi agenda musical.

—Estoy fuera de servicio.

—Qué decepción.

—Mira el programa.

—Me da pereza.

—Pues sorpresa.

—También me vale.

Nos quedamos allí. Un rato. Sin hablar. La música del otro escenario llegaba amortiguada. Gente pasando. Voces. Risas. Un vaso cayó en algún sitio. Marc apoyó la cabeza hacia atrás.

—¿Sabes qué?

—Qué.

—Raven es un buen nombre.

Giré la cabeza. Él seguía mirando al frente.

—¿Ahora?

—Sí.

—Hace unas horas era un objeto.

—He evolucionado.

—Muchísimo.

—No te acostumbres.

Sonreí.

—No pensaba.

Pausa.

—¿Cómo se llama la tuya?

Marc giró lentamente la cabeza hacia mí.

—No.

—Vamos.

—No.

—Me has prometido que la voy a tocar.

—Eso no te da acceso a información clasificada.

—Marc.

—Jenn.

—Dime el nombre.

—No.

Me acerqué un poco.

—Por favor.

—No funciona tres veces.

—Por favor.

—No.

—Por favor.

—No.

—Por...

Me puso una mano en la cara.

—Cállate.

Aparté su mano.

—¡No me tapes la boca!

—Es el único sistema.

—Te la voy a lamer.

Marc retiró la mano inmediatamente.

—¡NO!

Me doblé de risa.

—¡CARLOS HA APRENDIDO ESO HOY!

Silencio. Marc me miró. Yo me quedé quieta. Mierda. Su expresión cambió lentamente.

—¿Qué?

—Nada.

—¿Por qué le has lamido la mano a Carlos?

—No he dicho eso.

—Acabas de decir literalmente...

—Estás borracho.

—¡JENN!

Me levanté.

—Voy a buscar a los demás.

Marc se puso de pie detrás de mí.

—¡NO! ¡AHORA ME LO CUENTAS!

—No hay nada que contar.

—¡¿EN QUÉ CONTEXTO LE LAMES LA MANO A UN TÍO?!

Empecé a caminar.

—¡NO ERA SEXUAL!

—¡ESO LO EMPEORA!

Me giré.

—¡ME TAPÓ LA BOCA!

Marc se detuvo. Silencio.

—¿Por qué?

Capítulo 7

Diez euros

A las cuatro de la mañana descubrí que mis pies tenían un límite. No era psicológico. Ni negociable. Era físico .

—No puedo más.

Adrián me miró.

—¿Qué te pasa?

—Mis pies.

—¿Qué tienen?

—Han dimitido.

Gabriel señaló un banco.

—Siéntate.

—No quiero sentarme.

—Acabas de decir que no puedes más.

—Quiero seguir, pero con otros pies.

Marc apareció por detrás.

—Puedo cortártelos.

Me giré.

—Gracias.

—De nada.

—Qué buen amigo.

—Siempre dispuesto.

Carlos miró mis botas.

—¿Te hacen daño?

—Ahora sí.

—Quítatelas.

Lo miré. Después miré el suelo. Vasos. Tierra. Algo que esperaba sinceramente que fuera cerveza.

—Ni de coña.

—Entonces siéntate.

—Pero está tocando...

Señalé hacia el escenario. No sabía quién estaba tocando. Aquello debilitaba considerablemente mi argumento.

Carlos levantó una ceja.

—¿Quién?

—Ellos.

—Ah.

—Me gustan.

—¿Cómo se llaman?

—No importa.

Marc se inclinó hacia mí.

—No tienes ni puta idea.

—Me sé una canción.

—¿Cuál?

—La de antes.

—¿Qué canción?

—Esa.

—Gran tema.

—Que te den.

Adrián empezó a caminar hacia el banco.

—Cinco minutos.

Suspiré.

—Cinco.