La ley del rock Capítulo 5 - Ninguna pregunta sobre después #3
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Capítulo 5 - Ninguna pregunta sobre después #3

—Solo comparativamente.

—Eso te convierte en adulto.

—No acepto esa responsabilidad.

Marc señaló hacia él con el tenedor.

—Una vez...

—No.

—¡Déjame contarla!

—No.

—Jenn necesita contexto.

—Jenn no necesita nada.

Lo miré.

—Yo quiero contexto.

Gabriel suspiró.

—Traición.

—Llevo un día aquí. Todavía no tengo lealtades.

Carlos, a mi lado, dijo:

—Eso es mentira.

Giré la cabeza.

—¿Perdona?

—Ya tienes favoritas.

—¿Personas?

—Historias.

Ah.

—Eso sí.

Sonreí.

—La categoría fuego va ganando.

Marc dejó el tenedor.

—¡NO EXISTE UNA CATEGORÍA FUEGO!

—Gabriel dijo que sí.

—Gabriel miente.

—Muy poco —dijo Gabriel.

—¡AHORA MISMO!

Adrián se inclinó hacia mí.

—Sí existe.

Marc cerró los ojos.

—Me voy a cambiar de amigos.

—No puedes —dijo Carlos.

—¿Por?

—Nadie nuevo aguantaría el periodo de prueba.

Me reí.

Y entre una historia y otra empecé a entenderlos un poco.

Adrián era mucho más observador de lo que parecía cuando estaba haciendo el imbécil con Marc.

Escuchaba. Se fijaba. Y tenía esa clase de humor que aparecía medio segundo tarde, cuando ya habías bajado la guardia.

Gabriel era exactamente lo contrario de distante.

Simplemente no necesitaba ocupar espacio constantemente.

Cuando hablaba, solía tener algo que decir.

Y cuando no, parecía perfectamente cómodo dejando que los demás llenasen el aire.

Carlos... Bueno. A Carlos estaba empezando a conocerlo de otra manera.

Y Marc era Marc. Todavía no tenía una definición mejor. Probablemente tampoco la necesitaba.

Después de comer volvimos al agua. La cerveza, el arroz y el sol habían convertido a Marc en una criatura mucho menos agresiva.

—No pienso correr —anunció.

—Nadie te lo ha pedido —dije.

—Lo aclaro.

—Gracias.

Entramos caminando. Adrián y Gabriel se quedaron cerca de la orilla hablando. Marc se metió más. Yo también. Carlos apareció detrás. No le presté demasiada atención. A propósito. Seguí avanzando. Hasta que dejé de hacer pie. Otra vez.

—Me cago en...

Una mano apareció en mi cintura. No necesité girarme.

—Hola.

La voz de Carlos junto a mi oído.

—Esto empieza a parecer premeditado.

—¿El qué?

—Que siempre aparezcas cuando no hago pie.

—Podrías quedarte donde haces pie.

—Podría.

Su mano seguía allí.

—Pero sería aburrido.

—También.

Me giré en el agua. Carlos no retiró la mano. Quedamos frente a frente.

—¿Qué haces? —pregunté.

—Evitar que te ahogues.

—Sé nadar.

—Entonces puedo soltarte.

Sus dedos empezaron a aflojarse. Le agarré el hombro.

—Tampoco hace falta ponerse dramático.

Sonrió.

—Eso pensaba.

El agua nos movía. O nosotros utilizábamos el agua como excusa. A esas alturas era difícil distinguirlo. Carlos me acercó un poco. No demasiado. Lo suficiente para que mi cuerpo chocara suavemente contra el suyo.

—Eso no era necesario para salvarme —dije.

—No.

—Bien.

—Bien.

Miré hacia la orilla. Gabriel hablaba con Adrián. Marc flotaba boca arriba a unos metros. Nadie nos prestaba atención. Volví hacia Carlos.

—¿Vas a besarme?

—¿Quieres?

—No sé.

—Entonces no.

Sonreí.

—Has aprendido.

—Rápido.

—Qué pena.

—¿Por?

—Me gustaba poder acusarte de presumido.

—Puedes seguir.

—Gracias.

Le pasé los brazos alrededor del cuello.

—Quiero.

Carlos no necesitó más. Me besó. El Mediterráneo ayudó.

Muchísimo. Porque no había peso. Ni equilibrio.

Ni necesidad de decidir exactamente dónde poner las piernas o cuánto acercarse.

Simplemente flotábamos. Y cada movimiento pequeño terminaba convirtiéndose en otro.

Su mano subió por mi espalda. La otra siguió en mi cintura.

Yo me agarré a él. Nos separamos un segundo. Volvimos.

—Sigues besando fatal —murmuré.

—Lo siento.

—Tendrás que practicar.

—¿Mucho?

—Bastante.

Me besó otra vez. Sonreí. Una ola pequeña nos movió. Carlos aprovechó para atraerme más contra él. Mucho más. Oh. Aquello sí había sido deliberado. Me separé apenas de su boca.

—Arquitecto.

—¿Qué?

—Esa mano.

—¿Qué le pasa?

Estaba en mi cintura. Perfectamente correcta. La presión con la que me tenía pegada a él no lo era tanto.

—Está tomando decisiones.

—No sabía que tuviera autonomía.

—Pues vigílala.

—¿Quieres que la quite?

Lo miré.

—No he dicho eso.

Su sonrisa fue mínima.

—Entonces deja de denunciarla.

—Solo estoy dejando constancia.

—Consta.

Volví a besarlo. Y durante unos minutos aquello fue exactamente lo que quería que fuera. Nada más. Un hombre que me gustaba. Un mar caliente. Besos. Manos. Sol en la espalda. Ninguna pregunta sobre después.

Cuando finalmente me separé, Marc estaba a unos metros mirándonos. No con ninguna expresión rara. Solo aburrido.

—¿Habéis terminado?

Me eché a reír.

—¿Qué quieres?

—Tengo sed.

—¿Y?

—Las botellas están en la orilla.

—Ve.

—Me da pereza ir solo.

Carlos lo miró.

—Tienes treinta y dos años.

—Y sed.

—Pues bebe mar —dije.

—Gracias, amiga.

—De nada.

—Como muera, será culpa tuya.

—Te haremos una placa.

Marc empezó a nadar hacia la orilla.

—Que os jodan.

Me separé de Carlos.

—Voy con él.

Carlos soltó mi cintura sin más.

—Vale.

Eso. Exactamente eso. Ningún quédate. Ninguna cara. Ninguna necesidad de convertir diez minutos de besos en una obligación para los siguientes cuarenta.

Nadé detrás de Marc.

—¡Espera!

—Ahora no.

—¡No seas rencoroso!

—Estoy muriendo.

—Dramático.

—Deshidratado.

—Estás literalmente rodeado de agua.

—Bébela tú.

—No.

—Pues eso.

Y salimos juntos.

Volvimos a la casa a media tarde. Arena hasta en lugares cuya existencia desconocía. Sal en el pelo. Piel caliente. Y sueño. Muchísimo sueño.

Adrián aparcó.

—Yo necesito una siesta.

—Yo también —dijo Marc.

Gabriel miró la hora.

—Tenemos margen.

—¿A qué hora salimos? —pregunté.

—Sobre las nueve y media —dijo Carlos—. Empiezan las versiones a las diez.

—Perfecto.

Entramos. La casa estaba fresca. Maravillosa. Subí las escaleras pensando únicamente en una ducha. Y una cama. En ese orden. Llegué a mi habitación. Entré. Fui directa al baño. Abrí el grifo. Nada. Fruncí el ceño. Otra vez. Nada.

—No.

Probé el lavabo. Un hilo ridículo.

—No me jodas.

Salí al pasillo.

—¡CARLOS!

Una puerta se abrió. No la suya. Marc asomó la cabeza.

—¿Qué?

—¿Eres Carlos?

—Depende.

—Entonces no.

—Qué borde.

Cerró. Otra puerta. Carlos apareció.

—¿Qué pasa?

—No tengo agua.

—¿Nada?

—La ducha no.

Frunció el ceño.

—Espera.

Entró conmigo. Probó. Nada. Lavabo. Hilo.

—Mierda.

—Eso he dicho.

Se agachó junto a una pequeña puerta bajo el lavabo.

—¿Qué haces?

—Mirar.

—Arquitecto.

—No fontanero.

—Ah.

—Pero puedo mirar igualmente.

—Adelante.

Esperé. Carlos tocó algo. Probó otra vez. Nada.

—Creo que esta planta tiene poca presión cuando se usan varias duchas.

—¿Cuántas hay?

—Gabriel y Adrián deben estar duchándose.

—Fantástico.

Me miré los brazos. Tenía sal seca. Arena. Necesitaba agua inmediatamente.

—Puedes usar la mía.

Miré a Carlos.

—¿Tu ducha funciona?

—Está en otra línea.

—¿Por qué?

—La casa se reformó por partes.

—¿Y eso no te molesta como arquitecto?

—Muchísimo.

—Bien.

Cogí mi neceser.

—Vamos.

Su habitación era algo más grande que la mía. No muchísimo. El baño sí. Entré. Abrí la ducha. Agua.

—Oh, gracias a Dios.

Carlos se apoyó en el marco.

—Problema resuelto.

—Te debo una.

—Otra.

Lo miré.

—¿Otra?

—Te recogimos.

—Tú no me recogiste.

—Te di desayuno.

—Eso fue inversión propia. Tú también comiste.

—Te he salvado de ahogarte varias veces.

—No necesitaba ayuda.

—Claro.

—Y ahora me prestas una ducha.

—Exacto.

—Vale.

Me acerqué.

—¿Qué quieres?

Carlos sonrió.

—Nada.

—Mentira.

—Una ducha.

—Pues espera tu turno.

Me di la vuelta.

—No.

Pausa. Me giré otra vez.

—¿No?

—No quiero esperar.

Ah. Lo miré. Carlos seguía apoyado contra el marco. Perfectamente tranquilo. Demasiado.

—Qué problema.

—Muchísimo.

—Hay más baños.

—El mío funciona.

—Y lo estoy usando yo.

—Todavía no.

—Estoy a punto.

—Eso sí.

Silencio. Ahí estaba. El juego. Otra vez. Y esta vez no había alcohol. Ni público. Ni Mediterráneo. Solo nosotros. Miré la ducha. Después a Carlos.

—Bueno.

Levantó ligeramente las cejas.

—¿Bueno qué?

—Es grande.

—La ducha.

—Sí.

—Ya.

—Cabemos dos.

Carlos dejó de sonreír durante medio segundo. Solo medio. Interesante.

—¿Estás segura?

Puse los ojos en blanco.

—Otra vez no.

—Tengo que preguntar.

—¿Por qué?

—Porque hace aproximadamente veinticuatro horas eras una desconocida tirada en una carretera.

—Y ahora soy una desconocida que sabe que besas fatal.

—Gran evolución.

—Muchísima.

Me acerqué a la puerta.

—¿Te duchas o no?

Carlos me miró.

—Sí.

—Pues cierra.

Y cerró.

La ducha era grande. Eso había sido cierto. Lo que no había calculado correctamente era que grande no significaba infinita. Y que dos personas desnudas ocupaban bastante más espacio emocional que físico.

Entré primero. El agua cayó sobre mi cabeza. Cerré los ojos.

—Joder.

Perfecto. Sal. Arena. Calor. Todo desapareciendo.

Me mojé el pelo. Carlos entró detrás. No me giré inmediatamente.

Porque, de repente, aquella idea que cinco segundos antes me había parecido divertidísima había adquirido una cantidad preocupante de realidad.

No era vergüenza. Era... Conciencia. Mucha.

Demasiada conciencia de que Carlos estaba desnudo detrás de mí.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Sí.

—Te has quedado muy callada.

—Estoy disfrutando del agua.

—Ah.

—No te emociones.

—Jamás.

Sonreí. Eso ayudó. Me giré. Y... Bueno. Perfecto. Estupendo. Magnífica idea, Jennifer. Mis ojos consiguieron comportarse con una dignidad razonable. Más o menos. Carlos me estaba mirando la cara. El muy cabrón.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—Tu cara.

—Estoy poniendo mi cara normal.

—No.

—¿Qué hace?

—Está disfrutando.

—Puede.

Cogí el gel.

—Compórtate.

—Tú me has invitado.

—A ducharte.

—Estoy duchándome.

—Bien.

—Bien.

Me di la vuelta. Empecé a lavarme el pelo. Durante aproximadamente treinta segundos conseguimos hacer exactamente eso. Ducharnos. Civilizadamente. Adultos. Agua. Champú. Gel. Nada más.

Hasta que intenté pasar detrás de él para coger algo. Carlos se movió al mismo tiempo. Chocamos.

—Perdón.

—No pasa nada.

Intenté pasar por el otro lado. También.

—¿En serio?

Se rio.

—Pasa.