La ley del rock Capítulo 5 - Ninguna pregunta sobre después #2
15%

Capítulo 5 - Ninguna pregunta sobre después #2

Ah. Eso sí era normal. Demasiado.

—Porque mi cabeza no se calla.

Marc sonrió.

—Eso lo entiendo.

—¿Sí?

—Música.

—Ah.

—Supongo que es parecido.

Me interesó.

—¿Tú compones?

—A veces.

—¿Y qué haces?

—¿Cómo que qué hago?

—Cuando tienes algo aquí.

Me toqué la sien.

—¿Cómo pasa de ahí a una canción?

Marc tardó un poco en responder.

—Depende.

Se movió hasta hacer pie y yo seguí flotando cerca.

—A veces aparece una melodía. Otras una frase. O un ritmo. Y luego vas tirando del hilo.

—¿Primero música o letra?

—Música casi siempre.

—Yo no podría.

—¿Por?

—Necesito palabras.

—Porque eres escritora.

—Exacto.

—Yo necesito ruido.

Sonreí.

—Porque eres pesado.

Marc me salpicó.

—Que te den.

Me reí.

—¿Y tocas todos los días?

—Casi.

—¿Guitarra o bajo?

—Depende.

—¿Cuál prefieres?

Dudó. Eso me sorprendió.

—No sé.

—Tiene que haber uno.

—No.

—Sí.

—¿Tú qué prefieres, escribir diálogo o narración?

Abrí la boca. La cerré.

—Hijo de puta.

Sonrió.

—Exacto.

—Vale. Punto para ti.

—Gracias.

—Pero yo estoy empezando con la guitarra y me parece magia negra todo.

—No lo es.

—Para ti.

—Para nadie. Es práctica.

—Sé hacer dos riffs.

—¿Cuáles?

—No te rías.

—No prometo nada.

—Seven Nation Army.

Marc asintió.

—Clásico.

—Y Smoke on the Water.

Me miró.

—Por supuesto.

—¡He dicho que no te rías!

—No me río.

Se estaba riendo.

—Gilipollas.

—Todo el mundo empieza por ahí.

—Pues eso.

—¿Cuánto llevas?

—Dos semanas.

Marc dejó de reírse.

—¿Dos semanas?

—Sí.

—Entonces sabes exactamente lo que deberías saber.

—¿Dos riffs?

—Que todavía no sabes una mierda.

Me quedé mirándolo.

—Qué motivador.

—Es bueno.

—¿Cómo va a ser bueno?

—Porque no tienes que demostrar nada. Estás empezando.

Se encogió de hombros.

—Toca mal. Haz ruido. Equivócate. Ya tocarás bien después.

Aquello... Me gustó. Mucho.

—Eso ha sido sorprendentemente sensato.

—No se lo digas a nadie.

—Arruinaría tu reputación.

—Exacto.

—¿Me enseñarías alguna cosa?

La pregunta salió sin pensar. Marc tampoco pareció darle importancia.

—Claro.

—¿Sí?

—Tienes la guitarra en casa.

—Raven.

—¿Qué?

—Se llama Raven.

Silencio. Marc me miró.

—Le has puesto nombre.

—Sí.

—Llevas dos semanas tocando.

—Sí.

—Y ya le has puesto nombre.

—¿Tú no les pones nombre?

Marc tardó medio segundo de más. Sonreí.

—¡JA!

—No he dicho nada.

—¡Tienes nombres!

—Cállate.

—¡¿Cómo se llaman?!

—No pienso decírtelo.

—Marc.

—No.

—Marc.

—Jenn.

—¡Dime uno!

—Ni de coña.

Me lancé hacia él.

—¡DIME UNO!

—¡NO!

Y volvimos a empezar.

Cuando regresamos hacia la orilla, los demás ya habían conseguido montar una pequeña base de operaciones. Sombrilla. Toallas. Nevera. Bolsas. Adrián estaba tumbado boca arriba. Carlos sentado en la arena. Gabriel leía algo en el móvil.

Salí del agua detrás de Marc. Carlos levantó la vista. Sus ojos se detuvieron en mí. No de forma obscena. Pero tampoco precisamente académica. Sonreí.

—¿Qué?

—Nada.

—Tu cara.

—No he hecho ninguna cara.

—Has hecho ojos.

Marc se dejó caer sobre una toalla.

—Eso no tiene sentido.

—Tú cállate.

Carlos sonrió.

—¿Os habéis ahogado?

—Lo he intentado —dijo Marc.

—Es muy difícil de hundir —añadí.

Carlos me miró. Después a Marc.

—¿Has intentado hundirlo?

—Sí.

—¿Por qué?

—Me llamó tapón.

Adrián, sin abrir los ojos, dijo:

—Motivo válido.

—Gracias.

Me senté en mi toalla. Carlos estaba lo bastante cerca como para que nuestras rodillas casi se tocaran. Cogí agua de la nevera. Bebí.

—¿Qué hacíais tan lejos? —preguntó Gabriel.

—Hablar de guitarras.

Marc se tumbó.

—Jenn lleva dos semanas tocando y ha bautizado la suya.

—Raven —dijo Carlos.

Lo miré.

—¿Cómo sabes eso?

Silencio. Marc abrió un ojo. Carlos me miró.

—La dijiste ayer.

—¿Cuándo?

—Cuando sacaste la guitarra.

—No dije el nombre.

Pausa. Entrecerré los ojos.

—Instagram.

Marc empezó a reírse. Carlos negó con la cabeza.

—Puede.

—¡STALKER!

—Otra vez no.

—¿Hasta dónde bajaste realmente?

—Ya hablamos de esto.

—¡Seis fotos mis cojones!

Adrián empezó a reírse sin abrir los ojos.

—Está atrapado.

Carlos cogió su botella de agua.

—No pienso responder.

—¿Hasta Raven?

—No sé qué significa eso.

—¡Hasta una foto de Raven!

—Puede que hubiera una.

—¿Cuánto bajaste?

—No tanto.

—¡CARLOS!

Se levantó.

—Voy a reservar mesa.

Lo vi alejarse hacia el chiringuito.

—¡COBARDE!

Levantó una mano sin girarse. Marc estaba riéndose.

—Le estás haciendo sufrir.

—¡Se lo merece!

—Un poco.

Miré hacia Carlos. Caminaba descalzo por la arena. Espalda. Bañador. Sol. Me quedé mirando quizá un segundo de más.

—Jenn.

—¿Qué?

Marc sonreía.

—Nada.

Levanté el dedo corazón.

—Que te den.

Y me tumbé sobre la toalla intentando ignorar que, a apenas veinte metros, un arquitecto insoportable acababa de ofrecerme unas vistas considerablemente mejores que las del Mediterráneo.

El chiringuito estaba lleno. No abarrotado, pero sí lo suficiente como para que Carlos regresara diez minutos después con expresión de haber tenido que negociar un tratado internacional.

—Una y media.

Adrián abrió un ojo.

—Perfecto.

—¿Has reservado dentro o terraza? —preguntó Gabriel.

—Terraza.

Levanté una mano.

—Bien.

Carlos me miró.

—No estaba sometido a votación.

—Pero has acertado.

—Qué alivio.

Volvió a sentarse. A mi lado. No especialmente cerca. Tampoco lejos.

Marc se incorporó sobre los codos.

—¿Podemos pedir arroz?

—Podemos pedir lo que quieras —dijo Carlos.

—Arroz.

—Pues arroz.

—¿A banda?

—Marc.

—¿Qué?

—Falta una hora.

—Quiero ir tomando decisiones.

—Eso sería nuevo —dijo Gabriel.

Me reí. Marc le lanzó una chancla. Gabriel la esquivó sin levantar apenas la vista del móvil.

—Eso ha sido impresionante —dije.

—Experiencia.

—¿Cuántos años hacen falta para desarrollar ese reflejo?

—Demasiados.

Marc recuperó la chancla.

—Sois todos unos hijos de puta.

Me tumbé boca arriba.

—Yo llevo aquí un día.

—Te has adaptado rápido.

—Tengo talento.

—Eso sí.

Cerré los ojos. El sol calentaba. La brisa evitaba que resultase insoportable.

Y durante un rato no pasó absolutamente nada.

Nadie tuvo una revelación. Nadie dijo una frase importante.

Simplemente estuvimos allí. Cinco personas tiradas en una playa un sábado de julio.

Adrián terminó durmiéndose. Gabriel siguió leyendo.

Marc se puso los auriculares. Carlos habló por teléfono unos minutos con alguien del estudio.

Yo escuché el mar. Y pensé que quizá una de las cosas que más había echado de menos durante los últimos meses era precisamente aquella.

No hacer nada sin sentir que estaba desperdiciando el tiempo.

A la una y media entramos al chiringuito. Bueno. Entramos era generoso. Ocupamos una mesa de madera bajo un toldo, prácticamente sobre la arena. Había olor a pescado, crema solar y cerveza. Una combinación extrañamente perfecta.

—Yo quiero una —dije mirando la carta.

Carlos levantó la vista.

—¿Cerveza?

—Sí.

—Adelante.

—Gracias, papá.

Marc soltó una carcajada. Carlos cerró la carta.

—No vuelvas a llamarme así.

—¿Por qué?

—Porque no.

Lo miré. Sonreí.

—Vale, papi.

Adrián se atragantó con el agua. Marc dejó caer la frente contra la mesa. Gabriel se tapó la boca. Carlos me miró fijamente. Yo aguanté exactamente dos segundos antes de echarme a reír.

—¡Tu puta cara!

—Eres imbécil.

—¡Ya lo sé!

—No vuelvas a hacerlo.

—Prometido.

—No te creo.

—Haces bien.

La camarera apareció. Pedimos bebidas. Después comida. Marc consiguió su arroz. Yo pedí pescado porque estábamos a veinte metros del Mediterráneo y me parecía casi obligatorio.

—¿Compartimos entrantes? —preguntó Adrián.

—Sí.

—¿Qué os gusta?

—Todo —dije.

Gabriel me miró.

—Eso facilita.

—Mientras no tenga cilantro.

—¿No te gusta?

—Sabe a Fairy.

Marc levantó la cabeza.

—¿Cómo sabes a qué sabe el Fairy?

—No sé.

—Entonces...

—Pero sabe a Fairy.

—Eso no es científicamente válido.

—Pregúntale a Carlos. Soy una mujer de ciencia.

Carlos apoyó la barbilla en una mano.

—No quiero participar.

—Cobarde.

Adrián sonrió.

—Calamares, bravas y tellinas.

—Sí.

—Perfecto.

Y así de fácil. Sin negociar durante veinte minutos. Sin el clásico a mí me da igual seguido de rechazar absolutamente todas las opciones. Me gustó aquella gente. Mucho.

La cerveza llegó fría. Bebí.

—Joder.

Marc levantó la suya.

—Eso.

Chocamos los vasos. Carlos había pedido una también. Lo miré.

—¿Ahora sí?

—No conduzco.

Adrián levantó las llaves del coche.

—Yo.

—¿Ya estás bien?

—Perfectamente.

Gabriel lo observó.

—Después de comer.

—Después de comer.

—Y si bebes, conduzco yo.

—Sí, mamá.

Sonreí.

—¿Veis? No soy la única.

—No vuelvas a empezar —dijo Carlos.

—No he dicho nada.

—Tu cara.

Me llevé una mano al pecho.

—¿MI cara?

Marc señaló a Carlos.

—Te la ha devuelto.

—No funciona así.

—Claro que funciona así —dije.

Carlos bebió.

—Me arrepiento de haberte recogido.

—Tú no me recogiste.

—Cada minuto me arrepiento más.

—Pero qué bien beso.

Silencio. Oh. Aquello había salido directamente. Sin consultar con administración. Adrián bajó lentamente su vaso. Gabriel miró hacia el mar. Marc abrió muchísimo los ojos. Carlos... Carlos sonrió. Despacio.

—Eso no es exactamente lo que has dicho esta mañana.

Me quedé inmóvil. Hijo de puta.

—¿Qué ha dicho esta mañana? —preguntó Marc inmediatamente.

—Nada.

—¿QUÉ HA DICHO?

—Marc —dijo Gabriel.

—¡No! ¡Esto me interesa!

Levanté mi cerveza.

—He dicho que besa fatal.

Marc me miró. Después miró a Carlos. Después otra vez a mí.

—No te creo.

—Problema tuyo.

—¿Cuántas veces lo has comprobado?

—Come pan.

—Todavía no ha llegado la comida.

—Pues mastica aire.

Adrián empezó a reírse. Y ahí murió el interrogatorio. Más o menos. Porque Marc me miró dos veces durante los siguientes minutos con esa sonrisa de gilipollas que prometía futuras investigaciones. Me daba igual.

La comida terminó siendo uno de esos momentos que después probablemente no recordaría entero.

Recordaría trozos. Adrián contando que una vez había dormido dentro de un coche porque se negó a admitir que había perdido las llaves del apartamento.

Gabriel explicándome, después de bastante insistencia, que no era serio: simplemente los otros tres habían agotado su cuota de estupidez compartida.

—Entonces tú eres el adulto —dije.

—No.

—Sí.