La ley del rock Capítulo 5 - Ninguna pregunta sobre después
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Capítulo 5 - Ninguna pregunta sobre después

Ninguna pregunta sobre después

Marc continuó mirándome como si acabara de resolver un crimen .

—Os habéis besado.

Cogí mi café.

—No he dicho eso.

—No hace falta.

—Pues entonces no preguntes.

—Quería confirmación.

—Vas a quedarte con las ganas.

Sonrió.

—Eso también es confirmación.

—Qué pesado eres.

—¿Ha sido esta mañana?

Lo miré.

—Marc.

—¿Anoche?

—Marc.

—Anoche no, porque Carlos es un señor responsable.

Entrecerré los ojos.

—¿Cómo sabes tú eso?

—Porque lo conozco.

—Ah.

—Y porque os dejamos solos en una piscina mientras tú estabas negociando con la gravedad.

—Estaba perfectamente.

—Te sujetabas a él para no hundirte.

—No hacía pie.

—Medio metro más y necesitabas manguitos.

Le di un golpe.

—Que te den.

Marc se rio.

—Entonces esta mañana.

Cogí otro trozo de croissant.

—No voy a responder.

—No hace falta.

—¿Sabes qué? Empiezo a entender por qué tus amigos te abandonan en setos.

—Eso fue un accidente.

—No fue un accidente —dijo Gabriel entrando otra vez en la cocina.

Marc levantó las manos.

—¡Basta con el puto seto!

Me eché a reír. Adrián apareció detrás de Gabriel con una cara considerablemente peor que la mía.

—Buenos días.

—Hostia —dije—. ¿Estás vivo?

—No.

—Café.

—Sí.

—Agua.

—También.

—Croissant.

—Cállate.

Asentí.

—Entendido.

Adrián se dejó caer sobre un taburete. Marc lo miró.

—Estamos determinando si Carlos y Jenn se han liado.

Adrián levantó la cabeza. Me miró. Después sonrió.

—Ah.

—¡¿Qué coño significa «ah»?!

—Nada.

—¡Todos hacéis lo mismo!

Gabriel abrió la nevera.

—Tú también.

—Yo no.

Los tres me miraron.

—Que os jodan.

La playa surgió como plan unos veinte minutos después, cuando Carlos volvió a bajar duchado y Adrián había recuperado suficientes funciones cerebrales para participar en una conversación.

—Podemos ir a la de Els Pins —dijo Gabriel—. Estará menos llena.

—¿Hay chiringuito? —pregunté.

Carlos me miró.

—Tus prioridades.

—Impecables.

—Sí hay —dijo Adrián.

—Entonces apoyo Els Pins.

Marc levantó una mano.

—Yo también.

—¿Por el chiringuito?

—Por la cerveza.

Gabriel lo señaló.

—Tú conduces de vuelta.

Marc bajó la mano.

—Retiro mi apoyo.

—Conduzco yo —dijo Adrián.

—Tú tienes resaca —respondió Carlos.

—Ahora. Para después de comer estaré bien.

—Ya veremos.

Los observé.

—Qué organización.

—Somos adultos —dijo Marc.

Los otros tres lo miraron.

—¿Qué?

—Nada —dije.

Media hora después estábamos saliendo. Había recuperado mis zapatillas. Estaban junto a una tumbona, exactamente donde sospechaba. También había vuelto a mi habitación para ponerme el bikini debajo de unos shorts y una camiseta ancha.

Cuando bajé, Carlos estaba junto a la puerta. Me vio. Sonrió. Yo también. No hizo nada. Ni se acercó. Ni me besó. Ni convirtió lo de la cocina en una nueva norma. Me gustó. Mucho. Pasé a su lado.

—Buenos días otra vez.

—Buenos días.

—Qué educado.

—Intento compensar.

—¿El qué?

Se inclinó apenas hacia mí.

—Lo mal que beso.

Hijo de puta. Seguí andando.

—Fatal.

—Eso recuerdo.

—Traumático.

—Tendremos que evitar repetirlo.

Me detuve. Me giré. Carlos seguía sonriendo.

—No abuses de tu suerte.

—Jamás.

—Mentiroso.

Marc pasó entre nosotros cargado con una sombrilla.

—¿Podéis follar verbalmente cuando no esté intentando pasar?

Abrí la boca. Carlos le quitó la sombrilla de las manos y le dio con ella en el culo.

—¡EH!

Me doblé de risa.

—Te lo mereces.

—¡Violencia doméstica!

—No vivimos juntos —dijo Carlos.

—¡Peor! ¡Violencia vacacional!

Gabriel abrió la puerta.

—Por favor, salid.

Els Pins estaba a unos quince minutos. No era una playa enorme.

Tampoco especialmente turística. Arena gruesa, algunas piedras cerca de la orilla y una franja de pinos detrás que explicaba el nombre sin necesidad de grandes investigaciones.

El Mediterráneo estaba tranquilo. Azul. Brillante.

Y después de la noche anterior, verlo me produjo unas ganas casi infantiles de meterme inmediatamente.

—Voy al agua.

Adrián dejó una bolsa.

—¿No ponemos primero las cosas?

—Vosotros podéis.

Me quité la camiseta. Después los shorts. Los dejé encima de mi mochila.

—Jenn —dijo Gabriel.

—¿Qué?

—Protector.

Me detuve. Mierda.

—Te odio.

—Luego me lo agradeces.

—Eso es improbable.

Busqué el bote. Empecé por los brazos. Hombros. Cara. Piernas. La espalda planteó un problema logístico. Intenté llegar. No. Otro ángulo. Tampoco.

—Puedo ayudarte —dijo Adrián.

Le tendí el bote.

—Gracias.

Se puso detrás y me extendió crema por la espalda con la eficiencia de alguien que no estaba convirtiendo aquello en nada extraño.

—Tienes una zona roja aquí.

—¿Dónde?

—Hombro.

—Del festival.

—Pues más crema.

—Sí, mamá.

—Luego no llores.

Marc apareció.

—¿Qué hacéis?

—Un ritual satánico —dije.

—¿Puedo participar?

Adrián le tiró el bote.

—Ponte tú.

—Yo no me quemo.

Gabriel lo miró.

—Te quemaste el año pasado.

—Eso fue distinto.

—¿Por?

—Estaba en Portugal.

Me quedé esperando.

—¿Y el sol portugués funciona distinto?

Marc me miró.

—Sí.

—Ah.

—Tiene otra normativa.

—Claro.

—Unión Europea, pero con matices.

—Por supuesto.

Adrián terminó.

—Ya.

—Gracias.

Cogí el bote de las manos de Marc.

—Ahora sí.

Eché a correr hacia el agua. Bueno. Correr. Arena. Piernas cortas. Hice lo que pude.

—¡NO VALE SALPICAR! —gritó Marc detrás.

Me giré mientras entraba.

—¡NO HE DICHO QUE VENGAS!

—¡PERO VOY!

Perfecto. Entré hasta las rodillas. El agua estaba fresca. Seguí. Cintura.

—Joder.

Marc llegó detrás y se lanzó directamente. La ola me golpeó.

—¡HIJO DE PUTA!

Salió riéndose.

—¡ESO HA SIDO EL MAR!

—¡TE HE VISTO!

Fui hacia él. Se alejó nadando. Otra vez.

—¡COBARDE!

—¡EVOLUCIONA, TAPÓN!

Me quedé quieta.

—¿Cómo me has llamado?

Marc también se detuvo. A varios metros.

—Nada.

—Marc.

—Ha sido el viento.

—VEN AQUÍ.

—No.

Nadé. Él también. No tenía ninguna posibilidad. Lo supe enseguida. Pero el orgullo es una enfermedad grave.

—¡NO PUEDES HUIR TODA LA VIDA!

—¡DE TI SÍ!

Conseguí acercarme cuando decidió cometer el error de reírse. Me lancé. Le agarré un brazo.

—¡TE TENGO!

—¡NO!

Intentó escapar. Me agarré con las dos manos.

—¡RÍNDETE!

—¡JAMÁS!

—¡PIDE PERDÓN!

—¡POR QUÉ!

—¡POR TAPÓN!

—¡ERES UN TAPÓN!

Intenté hundirlo. No se movió. Ni un centímetro.

—¿Pero tú cuánto pesas?

—Lo suficiente.

—Esto es humillante.

—Muchísimo.

Me impulsé con todo el cuerpo. Nada. Marc me miraba con una sonrisa insoportable.

—¿Has terminado?

—No.

—Vale.

Y desapareció.

—¿Qué...?

Sus manos me agarraron por la cintura debajo del agua.

—¡MARC, NO!

Demasiado tarde. Me levantó.

—¡NO, NO, NO, NO...!

Me lanzó. Caí al agua. Salí escupiendo Mediterráneo y apartándome el pelo de la cara. Marc estaba muerto de risa.

—Te voy a matar.

—Eso dijiste ayer.

—Hoy tengo más motivos.

—Pero menos altura.

—¡VETE A LA MIERDA!

Le lancé agua. Él respondió. Y durante varios minutos nos comportamos exactamente como dos adultos de veintisiete y treinta y dos años. Es decir, fatal.

Acabamos alejándonos un poco del resto. No mucho. Lo suficiente para que el agua nos llegase por el pecho a él y para que yo tuviese que moverme constantemente porque, una vez más, el Mediterráneo había sido diseñado sin tener en cuenta mis necesidades.

—Esto es discriminación —dije.

—¿Qué?

—El mar.

Marc miró alrededor.

—¿El Mediterráneo te discrimina?

—Sí.

—¿Por bajita?

—Sí.

—Denúncialo.

—Estoy pensando en ello.

—Tengo un amigo abogado.

—¿De verdad?

—No.

Lo salpiqué.

—Eres gilipollas.

—Pero durante un segundo has tenido esperanza.

—Porque todavía no sé cuándo hablas en serio.

—Nunca.

—Eso facilita las cosas.

Floté un poco. Marc hizo lo mismo. Nos quedamos mirando el cielo.

Silencio. Era extraño. Con él el silencio no se parecía al de Gabriel.

Gabriel callaba y parecía que todo estaba exactamente donde tenía que estar.

Marc callaba y yo esperaba que en cualquier momento dijera una barbaridad. Pasaron diez segundos. Quince.

—¿Ves? —dije.

—¿Qué?

—Estoy nerviosa.

—¿Por?

—Llevas demasiado tiempo sin hablar.

Se rio.

—Puedo estar callado.

—No me consta.

—Me conoces desde ayer.

—Tiempo suficiente.

—Qué confianza.

—Me recogisteis de una carretera. Hemos pasado ciertas etapas sociales.

—Eso es verdad.

Moví las manos lentamente bajo el agua.

—¿Siempre vais juntos a todas partes?

—Bastante.

—¿Desde hace cuánto os conocéis?

Marc pensó.

—A Adrián desde el instituto. A Gabriel un poco después. Carlos...

Miró hacia la orilla. Carlos estaba ayudando a Gabriel con la sombrilla.

—También hace muchísimo.

—¿Y no os habéis matado?

—Varias veces.

—Pero sin éxito.

—Claramente.

—¿Quién es el peor?

—Carlos.

Respondió tan rápido que me reí.

—Mentira.

—¿Por qué preguntas si ya tienes opinión?

—Porque quería comprobar tu capacidad de autocrítica.

—Excelente.

—Nula.

—No he dicho que yo sea fácil.

—Ah.

—Solo que Carlos es peor.

—¿Por qué?

Marc giró la cabeza hacia mí.

—Porque parece razonable.

—Eso sí es verdad.

—Ahí está la trampa.

—¿Qué hace?

—Nada.

—Marc.

—Es que no sé explicarlo.

Pensó.

—Cuando Carlos decide algo, es difícil moverlo.

—¿Cabezota?

—Mucho. Pero de esos que te argumentan por qué no son cabezotas mientras siguen haciendo exactamente lo que querían.

Me reí.

—Eso me lo creo.

—Y le gusta tener las cosas controladas.

—También.

—Pero no es mal tío.

Lo miré.

—Eso ha sonado casi como una advertencia.

—No.

Su expresión seguía relajada.

—Solo me has preguntado.

Asentí.

—Vale.

Marc volvió a mirar hacia arriba.

—Además, tú tampoco pareces fácil.

—¿Perdona?

—¿Qué?

—Soy encantadora.

—Sí.

—Gracias.

—Y bastante cabezota.

—Llevas un día conmigo.

—Intentaste hundirme sabiendo que pesas la mitad.

—Eso es perseverancia.

—Eso es falta de criterio.

—También me gustan las malas ideas, recuerda.

Marc giró la cabeza.

—Hostia, es verdad.

Sonrió.

—Axl actual.

—No empieces.

—No voy a superar eso.

—Pues tendrás que hacerlo.

—Nunca.

—Algún día te parecerá normal.

—Jenn.

—¿Qué?

—Teniendo disponible al de Welcome to the Jungle...

—Sí.

—...eliges al señor de sesenta y cuatro años.

—Sí.

—Voluntariamente.

—Sí.

Marc se quedó mirando el cielo.

—Fascinante.

Le lancé agua a la cara.

—Pesado.

—Estoy intentando conocerte.

—Pues pregunta cosas normales.

—Vale.

Se quedó pensando.

—¿Por qué escribes?