Capítulo 4 - Hoy no #5
Y ahí estaba. La oportunidad perfecta para poner nombre a aquello.
Para preguntar qué estaba pasando. Qué esperaba.
Si aquello significaba que íbamos a pasar el fin de semana liándonos.
Si él buscaba algo. Si yo buscaba algo. No pregunté.
No porque me diese miedo la respuesta. Porque no necesitaba tenerla todavía.
Cogí otro trozo del croissant.
—¿Qué hacemos hoy?
Carlos tardó un segundo en responder. Quizá esperaba otra pregunta.
—Hay festival por la tarde.
—Ya.
—Podemos ir a la playa antes.
—¿Podemos?
—Sí.
—¿Todos?
—Supongo.
—Bien.
Mordí el croissant. Carlos seguía mirándome.
—¿Qué?
—Nada.
—No.
—¿Qué quieres que diga?
—No sé. Estás mirando.
—Puedo mirar.
—Eso sí.
Le di otro mordisco.
—Pero si esperas una conversación trascendental sobre lo que acaba de pasar, necesito desayunar antes.
Carlos se rio.
—No esperaba ninguna conversación trascendental.
—Perfecto.
—Aunque...
Oh.
—¿Aunque?
Se apoyó contra la encimera.
—Quiero dejar una cosa clara.
Tragué.
—Dime.
—No estoy buscando novia.
Lo miré. Y sentí... Alivio. Puro. Tan inmediato que casi me dio la risa.
—Gracias a Dios.
Carlos parpadeó.
—Vale.
—No, en serio.
Dejé el croissant.
—Perfecto.
—Parece que te has alegrado demasiado.
—Porque yo tampoco quiero novio.
—Bien.
—Muy bien.
Nos quedamos mirando. Y empecé a reírme. Carlos también.
—Esta es probablemente la conversación menos romántica que he tenido después de besar a alguien —dijo.
—¿Y no es maravillosa?
—Bastante.
—Me gustas.
Eso se me escapó. No me arrepentí. Su expresión cambió un poco.
—Tú también.
—Me atraes.
—Eso lo había deducido.
—Cállate.
—Perdón.
—Pero acabo de salir de una relación de seis años.
Carlos dejó de sonreír. No por incomodidad. Escuchaba.
—Hace tres meses.
—Vale.
—Y no quiero volver a construir nada ahora mismo.
No dije por qué había terminado. Todavía no. No hacía falta.
—Quiero hacer cosas porque me apetecen. Salir. Conocer gente. Equivocarme si me da la gana.
Lo miré.
—Besar a un arquitecto insoportable que recoge desconocidas en carreteras.
—Yo no te recogí.
—Formabas parte de la organización criminal.
—Eso sí.
—Pues eso.
Carlos asintió lentamente.
—Me parece bastante claro.
—¿Sí?
—Sí.
—¿No vas a decirme que tenga cuidado?
—¿Con qué?
—Con equivocarme.
Se encogió de hombros.
—Es tu vida.
La respuesta me golpeó de una manera extraña. Sencilla. Sin épica. Es tu vida.
—Ya.
Carlos me observó.
—¿Qué?
Negué.
—Nada.
Y esta vez era verdad. No quería explicar por qué tres palabras tan normales me habían gustado tanto. Así que hice algo mucho más sencillo. Me acerqué. Le di otro beso. Corto esta vez. Solo porque podía.
—Eso por no darme consejos.
—Puedo darte menos.
—No abuses.
Se oyó un ruido arriba. Después pasos. Nos separamos ligeramente. No mucho. Marc apareció por las escaleras. Nos vio. Se detuvo. Miró a Carlos. Me miró a mí. Miró la distancia bastante poco inocente que había entre ambos. Después el croissant.
—¿Puedo desayunar o estáis utilizando toda la cocina para follar con los ojos?
Me atraganté. Carlos cerró los ojos.
—Buenos días otra vez, Marc.
—Es una pregunta legítima.
—Puedes desayunar —dije.
—Gracias.
Se acercó a las bolsas. Cogió un croissant. Lo miró.
—¿Este es seguro?
—¿Qué coño significa eso?
—No sé qué habéis hecho mientras no estaba.
—Comer.
Marc miró a Carlos.
—¿Tú también?
Silencio. Me tapé la boca. Carlos señaló las escaleras.
—Vete.
—Acabo de bajar.
—Sube.
—Tengo hambre.
—Come arriba.
Marc dio un mordisco.
—No.
Se sentó. Yo ya estaba riéndome.
—No le animes —dijo Carlos.
—No hago nada.
—Te ríes.
—Porque tiene gracia.
Marc me señaló con el croissant.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo acepto igualmente.
Carlos cogió su café.
—Voy a ducharme.
Marc miró su ropa.
—¿Otra vez?
Carlos se quedó quieto. Yo bajé la cabeza. No. No podía haber dicho eso. Marc tardó exactamente un segundo en comprender lo que acababa de insinuar involuntariamente. Abrió mucho los ojos.
—¡NO! Yo no...
Ya estaba llorando de risa.
—¡Me refería a que te duchaste anoche!
Carlos se tapó la cara.
—Joder.
—¡NO A QUE NECESITES DUCHARTE POR...!
—Marc —dije entre risas—. Para.
—¡PERO ES QUE HA SONADO...!
—Cuanto más explicas, peor —dijo Carlos.
Marc cerró la boca. Esperó.
—Buenos días.
Carlos se fue. Lo vi subir. Marc esperó hasta que desapareció. Después se giró hacia mí. Silencio. Mordió el croissant.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Marc.
—He aprendido.
—Mentira.
—Un poco.
Lo miré. Él me miró.
—¿Os habéis besado?
Ahí estaba. Sonreí.
—Desayuna.
Marc abrió la boca.
—¡HOSTIA!
—No he dicho nada.
—¡TU CARA!
Me quedé quieta. Después empecé a reírme.
—Que te jodan.
Marc señaló hacia las escaleras.
—¡Se te ha pegado!
—¡Cállate!
—¡TU PUTA CARA, JENN!
Le lancé una servilleta. Y mientras Marc se reía como un imbécil al otro lado de la encimera, pensé que quizá aquello era exactamente lo que había querido cuando compré aquella entrada.
No a Carlos. No aquella casa. Ni siquiera ese beso.
Algo más sencillo. Poder despertarme un sábado sin saber exactamente qué iba a ocurrir antes de volver a acostarme. Y tener ganas de averiguarlo.