Capítulo 4 - Hoy no #4
—Sé leer un reloj.
—Tienes resaca.
—Tengo sed.
—Eso es resaca.
—Muy poca.
—Y llevas un croissant en la mano.
Miré el croissant.
—Eso sí es un problema.
Lo dejé sobre la encimera. Volví hacia él.
—Solucionado.
Carlos soltó una risa.
—Eres imposible.
—No.
Me detuve delante.
—Solo quiero comprobar una cosa.
Su expresión cambió.
—¿Cuál?
—Si ayer fue el alcohol.
Silencio.
—¿Y cómo piensas comprobarlo?
Sonreí.
—Arquitecto.
Me acerqué un poquito más.
—Eres listo.
Esta vez Carlos sí avanzó. Muy poco. Lo suficiente. El estómago se me encogió. Perfecto. No había alcohol. No había piscina. No había excusa. Y seguía queriendo. Mucho.
Carlos levantó una mano. No me tocó. La dejó a medio camino.
—¿Segura?
Lo miré.
—Como vuelvas a preguntarme, igual te pego.
Sonrió.
—Eso es un sí raro.
—Carlos.
—Jenn.
—Bésame.
Su mano terminó el recorrido que había dejado a medias y se apoyó en mi cara, justo debajo de la oreja. Y me besó. Una vez. Despacio. Como si todavía me estuviera dando tiempo para decidir que no. Qué detalle tan bonito. Qué completamente innecesario.
Agarré su camiseta con una mano y tiré de él. Carlos soltó una risa contra mi boca.
—Ah —murmuró.
—Cállate.
Volví a besarlo. Esta vez no hubo ninguna duda.
Ni por su parte. Su otra mano encontró mi cintura y me acercó.
Y ahí descubrí que había cometido un pequeño error de cálculo.
Carlos me atraía. Eso ya lo sabía. Carlos sin camiseta en una piscina me atraía todavía más.
También lo sabía. Lo que no sabía era qué iba a pasar cuando dejara de imaginar cómo sería besarlo y tuviera información real.
La información real era un problema. Un problema bastante serio. Porque besaba bien. Muy bien. Demasiado bien para un hombre que ya tenía suficientes cosas a su favor. Me separé apenas lo necesario para respirar.
—No.
Carlos abrió los ojos.
—¿No?
—Esto no.
Su mano se aflojó inmediatamente en mi cintura.
—Vale.
Me quedé mirándolo. Tardé un segundo en entender.
—¡No!
Frunció el ceño.
—Acabas de decir que no.
—No a eso.
—Jenn, vas a tener que ayudarme.
—Que no es justo.
Silencio. Después empezó a reírse.
—Eres gilipollas.
—¿Qué coño querías que entendiera?
—Que besas demasiado bien.
Su sonrisa apareció despacio. Oh, no.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa.
—Es mi cara.
—No. Esta es distinta. Esta es de imbécil satisfecho.
—Me acabas de decir que beso demasiado bien.
—Ha sido un error.
—Un poco tarde.
Intenté apartarme. No llegué muy lejos porque todavía tenía agarrada su camiseta. Miré mi mano. La solté.
—Esto no ha ocurrido.
—Claro.
—Lo retiro.
—Perfecto.
—Besas fatal.
—Fatal.
—Horrible.
—¿Quieres comprobarlo otra vez?
Lo miré. Hijo de puta.
—Solo por rigor científico.
Esta vez fui yo. Le agarré de la nuca y lo besé.
Carlos ya no hizo ninguna pausa. Me recibió directamente.
Y aquello dejó de parecerse bastante rápido a una comprobación científica.
Su mano volvió a mi cintura. La mía se quedó en su nuca.
La otra terminó en su pecho sin que recordase haber decidido ponerla ahí.
Nos separamos. Volvimos. Otra vez. Y otra.
Sin urgencia por llegar a ninguna parte.
Pero tampoco con demasiada intención de terminar.
Eso era lo peligroso. No estaba pensando en mañana.
Ni en qué significaba. Ni en si aquello iba a complicar el fin de semana.
No quería hacerlo. Había pasado demasiado tiempo tomando decisiones según todas las cosas que podían ocurrir después.
Aquella mañana solo quería una. Esa. Carlos.
Su boca. Sus manos. La sensación completamente absurda de estar besándome con un hombre al que el día anterior ni siquiera conocía mientras sostenía medio croissant abandonado a dos metros de nosotros.
Bueno. El croissant ya no. Lo había dejado. Menos mal. Un mínimo de dignidad.
Carlos se separó un poco. Apoyó la frente contra la mía. Los dos respirábamos distinto.
—¿Conclusiones del experimento?
Abrí los ojos.
—Resultados no concluyentes.
Sonrió.
—¿Necesitas ampliar la muestra?
—Probablemente.
—Qué sacrificio.
—La ciencia exige compromiso.
Volvió a besarme. Sonreí contra su boca.
Aquello me gustó incluso más. Porque no era solemne.
No parecía uno de esos besos en los que el universo se detenía y de repente había violines y alguien descubría el sentido de la vida.
Me estaba poniendo muchísimo. Sí. Pero también me estaba divirtiendo.
Y necesitaba eso. Más que los violines. Muchísimo más.
Le mordí suavemente el labio antes de separarme. Carlos se quedó quieto. Ah. Interesante.
—¿Qué? —pregunté.
Me miró.
—Nada.
—Tu cara.
—No empieces.
—Tu cara acaba de hacer una cosa.
—¿Qué cosa?
—No sé.
Sonreí.
—Pero me ha gustado.
Carlos bajó la mirada hacia mi boca.
—Estás jugando otra vez.
—Estoy sobria.
—Eso lo empeora.
—Para ti.
—Exacto.
Me reí. Intenté coger mi café. Su mano seguía en mi cintura. Miré hacia abajo. Después hacia él.
—¿Me vas a soltar?
—¿Quieres que te suelte?
Pensé.
—No especialmente.
—Pues ya está.
Cogí la taza estirándome desde donde estaba. Bebí. El café se había enfriado.
—Puaj.
—¿Qué?
—Está frío.
—Llevabas un rato ocupada.
Lo miré por encima de la taza.
—Tú también.
—No me quejo.
—Presumido.
—Incendiaria.
Me detuve.
—No me llames así.
—¿Por qué?
—Porque me gusta.
Carlos sonrió.
—Entonces definitivamente voy a llamarte así.
—Te odio.
—No parece.
—Puedo odiarte y besarte.
—Me parece un acuerdo aceptable.