La ley del rock Capítulo 4 - Hoy no #3
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Capítulo 4 - Hoy no #3

Cogí el móvil. Tenía mensajes. Mi amiga.

¿SIGUES VIVA? Respondí: Sí. Tres puntos.

¿Y? Sonreí. Sabía exactamente qué significaba ese y.

La casa es una locura. El festival genial.

La respuesta llegó: No te he preguntado por la arquitectura, Jennifer.

Me tapé la boca para no reír demasiado fuerte.

El arquitecto también genial. Tardó dos segundos.

JAJAJAJAJAJA. Después: DETALLES. Miré hacia la puerta como si Carlos pudiera escuchar mis pensamientos desde alguna habitación al otro lado de la casa. Escribí: Casi beso.

La respuesta apareció tan rápido que sospeché que llevaba el móvil agarrado con las dos manos.

¿CÓMO QUE CASI? No quiso porque había bebido.

Pausa. ¿NO QUISO O NO QUISO APROVECHAR QUE HABÍAS BEBIDO?

Me quedé mirando el mensaje. Uf. Lo segundo.

Tres puntos. Jennifer. Qué. El arquitecto. Solté el móvil sobre la cama.

—Que te den.

Vibró. Lo ignoré. Volvió a vibrar. Lo cogí. EL ARQUITECTO.

—Pesada.

Escribí: Buenas noches. COBARDE. Bloqueé el móvil. Me metí en la cama. Cerré los ojos. Los abrí.

—Hoy no.

La habitación permaneció en silencio.

—Qué gilipollas.

Cerré los ojos otra vez. Esta vez me dormí antes de poder discutir conmigo misma.

Desperté con la boca como una lija. No una lija pequeña. Una industrial. Abrí los ojos. La luz entraba por una rendija de la cortina. Durante varios segundos no reconocí el techo. Mi cerebro hizo un recorrido bastante lento. Casa. Benialmar. Festival. Carlos. Piscina.

—Ah.

Cerré los ojos otra vez. Error. La habitación dio una pequeña vuelta.

—No.

Abrí los ojos. Mucho mejor. No tenía una resaca terrible. Más bien una resaca administrativa. Sed. Cabeza ligeramente pesada. Sensación de haber dormido poco. Y recuerdos perfectamente claros. Por desgracia.

Me senté. Mi móvil marcaba las diez y cuarenta y siete.

—Hostia.

Había un mensaje del taller. Me desperté completamente. Lo abrí. Habían revisado el Clio. Necesitaban hablar conmigo.

—Mierda.

Llamé inmediatamente. La conversación duró menos de cinco minutos y consiguió mejorar y empeorar mi mañana al mismo tiempo. La fuga tenía arreglo. Bien. La bomba de agua había sufrido. Mal. Necesitaban cambiar varias piezas. Peor. Podían tenerlo listo el lunes, si todo iba bien. Muy mal.

Colgué. Miré el techo.

—Lunes.

Era sábado. Fantástico. Me dejé caer otra vez sobre la almohada.

Eso significaba que durante todo el fin de semana no tenía coche.

Dependía de ellos. No completamente. Existían taxis.

Autobuses. El mundo no terminaba en la puerta de aquella casa.

Pero mi independencia logística acababa de recibir otra patada en los huevos. Me incorporé.

—Bueno.

Problema para después. Necesitaba café. Mucho.

Bajé descalza. No porque quisiera integrarme en la vida doméstica de cuatro desconocidos. Porque no encontraba mis zapatillas. Probablemente estaban cerca de la piscina. Otro problema para después. Olía a café. Seguí el olor como una criatura básica.

Gabriel estaba en la cocina. Solo. Sentado en uno de los taburetes con una taza delante y el móvil en la mano. Levantó la vista.

—Buenos días.

Mi voz salió rota.

—Café.

Gabriel señaló la cafetera.

—Ahí.

—Te quiero.

—No eres la primera persona que me lo dice por una cafetera.

Me serví una taza. Negro. Sin pensar. Bebí. Demasiado caliente.

—Joder.

Gabriel sonrió.

—Despacio.

—No estoy preparada para consejos.

—Lo veo.

Me senté enfrente. Durante unos segundos ninguno habló. Era agradable. Gabriel tenía un talento especial para no convertir el silencio en algo que había que rellenar.

—¿Resaca? —preguntó finalmente.

—Poca.

—Bien.

—Boca de momia.

—Agua.

—Ya sé.

—Entonces no hace falta que te lo diga.

—Exacto.

Bebí otro sorbo. Más despacio.

—¿Los demás?

—Adrián duerme. Marc no lo sé. Carlos ha salido.

Mi cerebro reaccionó antes que yo.

—¿Dónde?

Gabriel levantó ligeramente la mirada. Mierda. Intenté parecer completamente desinteresada. Probablemente con el éxito de una niña de cinco años escondiendo chocolate detrás de la espalda.

—A comprar desayuno.

—Ah.

Bebí café. Gabriel volvió al móvil. No dijo nada. Eso fue peor.

—¿Qué?

—Nada.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Ese nada de persona que claramente está pensando algo.

—Estaba leyendo.

—Mentira.

—No.

Lo observé. Imposible sacar nada.

—Eres inquietante.

—Me lo han dicho.

—¿Viste lo de anoche?

Eso sí hizo que dejara el móvil. No parecía incómodo. Solo atento.

—Vi muchas cosas anoche.

—No seas cabrón.

Una pequeña sonrisa.

—¿Qué quieres saber?

Me arrepentí inmediatamente de haber preguntado.

—Nada.

Gabriel levantó una ceja.

—Ahora lo haces tú.

—Cállate.

Bebí. Él me dejó escapar. Bendito hombre.

Unos pasos sonaron arriba. Después apareció Marc. Pelo suelto. Camiseta vieja. Cara de haber sido atropellado durante la noche. Se detuvo al verme.

—Buenos días, señora Rose.

Cerré los ojos. Ahí estaba.

—No.

Se acercó a la cafetera.

—¿Qué?

—No vas a empezar.

—¿Empezar qué?

—Con Axl.

Marc se sirvió café.

—¿He dicho Axl?

—Has dicho señora Rose.

—Puede ser otro Rose.

—Marc.

—Jenn.

—Son las once de la mañana.

—Y él sigue teniendo sesenta y tantos.

Levanté el dedo corazón. Gabriel soltó una risa por la nariz. Marc se sentó a mi lado.

—He estado pensando.

—Eso me preocupa.

—Muchísimo.

—¿En qué?

—En tus criterios.

—No tengo criterios.

—Eso ya lo sabemos.

Le di un golpe en el brazo.

—Gilipollas.

—No, escúchame.

Tomó café.

—Has dicho que te gustan los tíos con energía de «sé que es mala idea pero quizá lo haga».

—No he dicho que me gusten todos así.

—Pero has descrito eso como atractivo.

—Sí.

Marc señaló hacia sí mismo.

—Y estos hijos de puta me miraron.

Gabriel siguió mirando su móvil.

—Casualidad.

—No fue casualidad.

Me reí.

—¿Te ha traumatizado?

—Quiero saber qué antecedentes tenéis contra mí.

—No tenemos suficiente mañana —dijo Gabriel.

Marc lo miró.

—Tú eres el peor.

—Lo sé.

—¿Qué has hecho? —pregunté.

Marc se volvió hacia mí.

—Nada.

Gabriel soltó una carcajada.

—Oh, no.

—¿Qué?

—Ahora necesito saberlo.

—No hay nada que saber.

—Ayer me contaron lo del seto.

—Eso fue hace años.

—Cuenta igualmente.

Marc negó.

—No.

—Marc.

—Jenn.

—Cuéntamelo.

—No.

Me acerqué un poco.

—Por favor.

Entrecerró los ojos.

—Eso es manipulación.

—Sí.

—No funciona.

—Por favor.

—No.

—Por favor.

—Joder.

Sonreí.

—Sabía que funcionaría.

Gabriel dejó el móvil sobre la encimera.

—¿Cuál quieres?

Marc giró la cabeza.

—Gabriel.

—Hay categorías.

—¡Gabriel!

Me incorporé.

—¿Categorías?

—No.

—Sí.

Gabriel empezó a enumerar.

—Vehículos. Alturas. Alcohol. Fuego.

Abrí mucho los ojos.

—¿Fuego?

Marc se tapó la cara.

—Me voy.

Lo agarré de la camiseta.

—Tú no te vas a ninguna parte.

—¡Suéltame!

—¡Fuego!

—Fue un accidente.

—¿QUÉ FUE UN ACCIDENTE?

Una voz llegó desde la entrada.

—¿Qué habéis roto?

Carlos. Mi mano seguía agarrando la camiseta de Marc. Los tres miramos hacia él. Entró cargado con dos bolsas. Me miró. Después miró mi mano. Después a Marc.

—Veo que empezáis fuerte.

Solté a Marc.

—Estoy investigando.

Carlos dejó las bolsas sobre la encimera.

—Error.

—Gabriel dice que hay una categoría fuego.

Carlos se quedó quieto. Miró a Gabriel. Gabriel bebió café.

—Traidor —dijo Marc.

Carlos empezó a reírse.

—No.

—¡Tú también!

—No vamos a contar eso.

—¿Por qué?

Me acerqué a las bolsas. Olían increíble.

—Porque si empezamos no acabamos.

—Tengo todo el fin de semana.

Marc señaló hacia Carlos.

—¿Ves? Por tu culpa.

—¿Por qué por la mía?

—Porque la invitaste.

—Tú fuiste quien le ofreció cerveza.

—Eso no implica responsabilidad vitalicia.

Abrí una de las bolsas. Croissants. Pan. Algo que olía a tortilla.

—Carlos.

—¿Qué?

—Te perdono.

—¿Por?

Levanté un croissant.

—Esto.

Sonrió. Y ahí volvió. El recuerdo. Agua. Manos. Hoy no. Nuestros ojos se quedaron juntos apenas un segundo de más. Marc lo vio. Por supuesto que lo vio. No dijo nada. Milagro número dos.

Cogí el croissant.

—Por cierto. El Clio no estará hasta el lunes.

Los tres dejaron de bromear.

—¿Qué tiene? —preguntó Gabriel.

Se lo expliqué. Carlos frunció el ceño.

—Entonces te quedas.

No era una pregunta. Le di un mordisco al croissant.

—Eso parece.

—Bien.

Otra vez esa palabra. La de ayer. La que yo había soltado cuando me dijo que estaba soltero. Lo miré. Él sonrió.

—¿Qué?

Mastiqué. Tragué.

—Nada.

Marc se levantó.

—No puedo con vosotros sobrio.

—Tú no puedes con nada sobrio —dijo Gabriel.

—Exacto.

Subió las escaleras. Yo me quedé mirando a Carlos.

—¿Has dormido?

—Sí.

—¿Bien?

—Muy bien.

—Qué rabia.

—¿Tú?

—También.

Pausa.

—Más o menos.

Carlos cogió una taza.

—¿Te acuerdas de todo?

Hijo de puta. Gabriel se levantó inmediatamente.

—Voy a ducharme.

Lo miré.

—Cobarde.

—Ingeniero.

Se fue. Nos quedamos solos. Otra vez. Carlos sirvió café. Yo comí otro trozo de croissant como si aquello necesitase toda mi concentración.

—Sí —dije.

—¿Sí qué?

—Me acuerdo de todo.

—Bien.

—No pareces sorprendido.

—No lo estoy.

—¿Y si no me acordara?

—Entonces no habría nada que hablar.

Lo miré. Carlos bebió. Tranquilo. Demasiado.

—Qué irritante eres.

—Buenos días para ti también.

—Lo digo en serio.

—Ya.

—Podrías estar un poquito incómodo.

—¿Por qué?

—Porque casi nos besamos.

—No.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo que no?

Dejó la taza.

—No casi nos besamos.

Se apoyó contra la encimera.

—Casi me besas.

Abrí la boca.

—Perdona.

—Tú estabas intentando besarme.

—Eso es mentira.

—¿Sí?

—Sí.

—Me dijiste literalmente que era peligroso.

—Eso puede significar muchas cosas.

—Miraste mi boca.

—Tengo ojos.

—Te acercaste.

—La piscina me movía.

Carlos sonrió.

—Claro.

—Había corrientes.

—En una piscina.

—Pequeñas.

—Muy agresivas.

—Muchísimo.

Se estaba riendo de mí. Y lo peor era que tenía razón.

—Eres un imbécil.

—Pero te acuerdas.

—Perfectamente.

—Entonces estamos bien.

—¿Estamos?

Algo en mi tono cambió. Él lo notó. Carlos dejó de sonreír tanto.

—Sí.

—¿Y lo de «hoy no»?

—¿Qué pasa?

Me acerqué un paso. No estaba achispada. No había agua. No flotaba. No tenía ninguna excusa.

—Hoy es hoy.

Carlos me miró. Quieto. Ah. Eso sí le había llegado.

—Jenn.

—¿Qué?

—Son las once de la mañana.