Capítulo 4 - Hoy no #2
—No sé cómo responder sin empeorar esto.
Otra ronda de carcajadas. Hasta Gabriel.
La conversación sobre famosos degeneró rápidamente. Adrián eligió a alguien que provocó una discusión. Gabriel se negó durante varios minutos hasta que terminó respondiendo solo para que lo dejaran en paz. Carlos esquivó la pregunta. Yo no olvidé aquello.
—Tú no has contestado.
—Sí.
—No.
—He dicho que no tengo una respuesta.
—Eso no es contestar.
—Es exactamente una respuesta.
—Cobarde.
—Exigente.
—Quiero saberlo.
—¿Por qué?
—Curiosidad científica.
—Claro.
—Soy una mujer de ciencia.
Gabriel me miró.
—Eres escritora.
—No destruyas mi argumento.
Carlos sonrió.
—Otro día.
—¿Por qué otro día?
—Porque me gusta que quieras saberlo.
Me quedé callada. Ah. Hijo de puta.
—Eso ha sido rastrero.
—Ha funcionado.
—No.
—Sí.
—No.
—Sigues preguntando.
Le salpiqué. Carlos cerró los ojos cuando el agua le dio en la cara.
—Eso ha sido un error.
Retrocedí.
—No.
—Sí.
—Carlos.
Avanzó. Yo retrocedí nadando.
—Ni se te ocurra.
—¿Qué?
—Lo que estés pensando.
—No estoy pensando nada.
—Esa frase no funciona después de pasar un día con vosotros.
Sonrió. Me alejé. Él me siguió.
—Carlos.
—Jenn.
—Estoy avisando.
—Yo también.
—¿De qué?
No respondió. Me alcanzó. Intenté cambiar de dirección. Me agarró por la cintura. Solté un grito cuando me levantó parcialmente del agua.
—¡NO!
—¿No qué?
—¡CARLOS!
—¿Te tiro?
Me agarré a sus hombros.
—¡Como me tires te arranco los huevos!
—Eso parece un no bastante claro.
Me bajó inmediatamente. Mis pies buscaron el suelo. No estaba.
—Espera.
Me agarré otra vez a él.
—Aquí no hago pie.
—Ya.
—No te rías.
—No me río.
Se estaba riendo.
—Gilipollas.
Sus manos seguían en mi cintura. Las mías en sus hombros. El agua nos movía ligeramente. Y entonces me di cuenta. Muy bien. Esto era diferente.
Adrián y Gabriel seguían hablando al otro lado de la piscina. Marc estaba sentado en una tumbona secándose el pelo con una toalla y protestando sobre algo. No estábamos solos. Pero durante un momento dio exactamente igual. Carlos me sostenía. Yo podría haber nadado. No lo hice.
—¿Ya haces pie? —preguntó.
—No.
—Qué tragedia.
—Cállate.
—Puedo llevarte a la parte baja.
Miré hacia allí. Después a él.
—Podrías.
No se movió. Yo tampoco. El alcohol seguía calentándome por dentro. Pero aquello no era el alcohol. Sobria ya había sabido que me atraía. Sobria había visto cómo me miraba. Sobria había querido jugar. El alcohol simplemente estaba haciendo que me pareciera menos necesario fingir que no.
Moví una mano. Sus hombros estaban mojados. Deslicé los dedos apenas unos centímetros. Nada. Una tontería. Carlos bajó la mirada hacia mi mano. Después volvió a mis ojos.
—Jenn.
—¿Qué?
—Estás jugando.
Sonreí.
—Puede.
—Ya.
—¿Te molesta?
—No.
Su respuesta fue inmediata.
—Entonces no veo el problema.
—Yo sí veo uno.
—¿Cuál?
—Has bebido.
—Tú no.
—Exacto.
Lo miré. Ah. Eso. No me estaba rechazando. Tampoco estaba aprovechando el momento. Simplemente había puesto una línea. Y, curiosamente, aquello no apagó el fuego. Lo hizo peor. Mucho peor.
—Estoy achispada —dije.
—Lo sé.
—No estoy fuera de mí.
—También lo sé.
—Sé perfectamente lo que hago.
Carlos sostuvo mi mirada.
—Eso espero.
—¿No me crees?
—Sí.
—Entonces...
—Entonces no tengo prisa.
Silencio. El agua chocó suavemente contra nosotros. Me quedé mirándolo. Qué respuesta más hija de puta.
—Eso ha sido muy sexy.
Carlos se rio.
—Jenn.
—¿Qué?
—No ayudas.
—No estoy intentando ayudar.
Su sonrisa desapareció poco a poco. No porque estuviera serio.
Porque la distancia entre nosotros acababa de cambiar sin que ninguno se moviera.
O quizá sí nos habíamos movido. No estaba segura.
Solo sabía que su cara estaba más cerca.
Mis brazos seguían alrededor de sus hombros.
Sus manos en mi cintura. El agua nos hacía pesar menos.
Todo parecía más lento. Más fácil. Más peligroso.
Miré su boca. No disimulé. Cuando volví a sus ojos, él estaba mirando la mía.
—Carlos.
—Dime.
No sabía qué iba a decir. Eso era probablemente mala señal. Una voz llegó desde el borde.
—Me voy a dormir.
Gabriel. Parpadeé. El mundo reapareció. Gabriel cogió su toalla.
—Buenas noches.
—Buenas noches —respondió Carlos.
Mi voz tardó un poco más.
—Buenas noches.
Gabriel nos miró. No dijo absolutamente nada. Pero aquella mínima elevación de ceja... Hijo de puta.
—Gabriel.
—¿Sí?
—Nada.
—Buenas noches, Jenn.
Se fue. Adrián bostezó.
—Yo también debería.
Marc seguía en la tumbona.
—Yo ya estoy fuera.
—Eso podemos verlo —dijo Adrián.
—Me refiero mentalmente.
—Eso lleva años.
—Que te jodan.
Me reí. Y al hacerlo aflojé los brazos alrededor de Carlos. Él me llevó sin decir nada hacia una zona menos profunda. Mis pies tocaron el suelo. Podría haberme separado. No lo hice inmediatamente. Carlos tampoco.
—Ya haces pie —dijo.
—Sí.
—Bien.
—Bien.
Ninguno se movió. Marc se levantó de la tumbona.
—Voy a por agua.
Adrián salió detrás de él.
—Yo me voy directamente a dormir.
—Buenas noches —dije.
—Buenas noches.
Adrián nos miró. A Carlos. A mí. Sonrió. No una sonrisa de sé algo. Más bien de no pienso meterme en esto. Y entró en la casa. Marc recogió su camiseta. Nos miró.
—¿Venís?
—Ahora —respondió Carlos.
Marc asintió.
—Vale.
Y ya. Ni broma. Ni cejas. Ni comentario. Entró. Eso me sorprendió más que cualquier gilipollez que pudiera haber dicho.
El silencio llegó de golpe. No completo. Agua. Algún insecto. El ruido lejano de un coche en la carretera. Pero después de horas de festival y cuatro personas hablando a la vez... Silencio. Carlos seguía delante de mí.
—Bueno —dije.
—Bueno.
—Nos han abandonado.
—Parece.
—Irresponsables.
—Muchísimo.
Me puse boca arriba. Otra vez. Floté. Carlos se quedó cerca. No me tocó. El agua me desplazó lentamente hacia él.
—Esto es peligroso —murmuré.
—¿La piscina?
—Tú.
Silencio. Sonreí mirando el cielo.
—Y yo un poco.
Carlos soltó una risa baja.
—Eso ya lo había notado.
—¿Sí?
—Sí.
—Qué listo.
—Arquitecto.
—Eso no tiene nada que ver.
—Me gusta recordártelo.
Giré en el agua hasta quedar frente a él.
No hacía pie otra vez. Perfecto. Extendí una mano.
Carlos la cogió. Me acercó apenas lo necesario para estabilizarme.
O eso fingimos los dos. Quedé flotando delante de él.
Una mano suya sujetaba la mía. La otra apareció en mi cintura cuando el agua volvió a moverme.
—¿Ves? —dije.
—¿Qué?
—Peligroso.
—Podrías irte a dormir.
—Podría.
—Yo también.
—Sí.
Silencio. Ninguno lo hizo. Me acerqué un poco más. Esta vez sabía perfectamente que había sido yo. Carlos no retrocedió. Tampoco avanzó.
—No vas a besarme —dije.
No era exactamente una pregunta. Sus ojos bajaron a mi boca.
—Hoy no.
Hostia. Sonreí despacio.
—¿Hoy no?
—Hoy no.
—Qué seguro estás de que habrá otro día.
—No.
Acercó un poco la cara. Solo un poco.
—Estoy seguro de que, si mañana sigues queriendo besarme, me lo harás saber.
Mi estómago hizo una cosa bastante poco digna.
—Presumido.
—Mucho.
—Igual mañana no quiero.
—Entonces habré hecho bien.
Eso me dejó sin respuesta. Lo odié. Muchísimo.
—Eres irritantemente razonable cuando te interesa.
—Y tú estás intentando convencerme de que deje de serlo.
—Puede.
—No va a funcionar.
—Ya veremos.
Carlos sonrió. Estábamos muy cerca. Lo bastante para que besarle hubiese requerido prácticamente nada. Un movimiento. Uno. Yo podía hacerlo. Él no me estaba reteniendo. No me estaba pidiendo que me quedara. No estaba intentando convencerme. Y quizá precisamente por eso no lo hice.
Me limité a acercarme a su oído.
—Mañana igual te arrepientes.
Sentí su risa más que escucharla.
—Duérmete, Jenn.
—Eso no es una respuesta.
—Buenas noches.
Me separé. Nadé hacia las escaleras. Salí. Cogí la toalla. Cuando me giré, Carlos seguía dentro del agua. Mirándome. Sonreí.
—Cinco minutos, ¿eh?
Negó con la cabeza.
—Buenas noches, incendiaria.
Me detuve.
—¿Incendiaria?
—Te gusta jugar con fuego.
Ah. Sonreí.
—Solo cuando merece la pena quemarse.
Y entré en la casa antes de poder decidir si aquella frase había sido brillante o una gilipollez monumental. Con el alcohol que llevaba encima, las probabilidades estaban bastante igualadas.
Subí las escaleras envuelta en la toalla y con una conclusión muy clara. Carlos era un cabrón. Uno educado. Responsable. Atractivo. Razonable. Pero cabrón. Abrí la puerta de mi habitación. La cerré detrás de mí. Me apoyé contra ella. Silencio. Después:
—Hijo de puta.
Me llevé una mano a la cara. Estaba sonriendo.
—No.
Seguí sonriendo.
—No tiene puta gracia.
La tenía. Muchísima.
Me aparté de la puerta y fui hacia el baño dejando pequeñas gotas de agua por el suelo.
Hoy no. Qué respuesta más asquerosamente efectiva.
Ni un no. Ni un sí. Una promesa sin prometer nada.
Me miré en el espejo. Tenía el pelo mojado pegado a la cara, los ojos algo rojos por el cloro y una expresión que me daba bastante vergüenza ajena.
—Te ha ganado.
Negué inmediatamente.
—No.
Me quité el bikini.
—Empate.
Me metí bajo la ducha para quitarme el cloro.
Cinco minutos. Esta vez sí. Cuando salí, me puse una camiseta ancha para dormir y ropa interior.
Nada más. Tenía sueño. Muchísimo. Pero mi cerebro había decidido organizar un congreso.
Carlos. La piscina. Sus manos en mi cintura.
Hoy no. Axl Rose. Marc cayéndose de la colchoneta.
Todos mirando a Marc cuando había explicado mi aparente inclinación por hombres con una capacidad dudosa para evitar problemas.
Me eché a reír sola.
—Pobre imbécil.