La ley del rock Capítulo 4 - Hoy no
10%

Capítulo 4 - Hoy no

Hoy no

—Cinco minutos mis cojones .

Carlos me miró.

—Todavía no han empezado.

—Precisamente.

Marc ya estaba entrando en la casa.

—¡Voy a por bañador!

—¡Cinco minutos! —gritó Carlos.

—¡NO TE OIGO!

—Sí te oye —dije.

—Perfectamente.

Adrián pasó a nuestro lado.

—Yo también voy.

Gabriel suspiró.

—Sois idiotas.

—¿Tú no vienes? —pregunté.

Miró la piscina. Después hacia la casa. Otra vez la piscina.

—Diez minutos.

Señalé a Carlos.

—¡Ja!

—¿Qué?

—Democracia.

—Eso no es democracia.

—Somos cuatro contra uno.

—No habéis votado nada.

—Porque sabemos el resultado.

Carlos negó con la cabeza.

—Haz lo que quieras.

Sonreí.

—Eso llevo intentando hacer todo el día.

Subí a cambiarme.

Había metido un bikini en la mochila. No porque hubiese sabido que acabaría en una casa con piscina.

Lo había llevado porque iba a pasar el fin de semana en un pueblo costero y existía una posibilidad bastante razonable de terminar en la playa.

Por una vez, la Jenn de aquella mañana había tomado una decisión útil.

Me puse la parte de abajo. Después la de arriba.

Me miré en el espejo. Y ya. No hubo análisis.

No hubo meter barriga. No hubo pensar si aquel bikini me hacía más alta, más delgada o más cualquier cosa que no era. Era mi cuerpo. Necesitaba agua. Fin.

Cogí una toalla y salí. Al llegar abajo, Marc ya estaba en la piscina. Por supuesto.

—¡JENN!

—Son las tres de la mañana. ¿Puedes no anunciar mi llegada a toda Benialmar?

—¡TÍRATE!

—No.

—¡COBARDE!

—No tengo doce años.

—¡EXCUSA DE COBARDE!

Dejé la toalla sobre una tumbona. Adrián estaba entrando por las escaleras. Gabriel permanecía sentado en el borde con los pies dentro.

—¿Está fría?

—No —dijo Adrián.

Metí un pie.

—Oh.

Perfecta. Después del calor del festival, aquello era casi obsceno. Bajé otro escalón. Y otro. El agua me llegó a la cintura.

—Joder...

Cerré los ojos.

—Esto es vida.

—Cinco minutos —dijo Carlos desde algún lugar detrás.

Me giré. Error. Había salido de la casa. Bañador. Sin camiseta. Bueno. Hasta ese momento había conseguido relacionarme con Carlos fundamentalmente mediante su cara. Aquello había sido una limitación metodológica importante. Lo miré. No demasiado. Creo.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

Marc soltó una carcajada desde el agua. Me giré inmediatamente.

—¿De qué te ríes?

—De nada.

—Te ahogo.

—Tienes que alcanzarme primero.

Se impulsó hacia atrás. Lo seguí. Dos pasos. Tres. El suelo desapareció.

—¡Hostia!

Me hundí. Salí inmediatamente, apartándome el pelo de la cara. Marc estaba doblado de risa.

—¡NO HAGO PIE, GILIPOLLAS!

—¡Ya lo he visto!

—¡Ven aquí!

Intenté nadar hacia él. Se alejó.

—¡Cobarde!

—¡Superviviente!

Adrián se estaba riendo. Gabriel también. Incluso Carlos, todavía fuera.

—¡Nadie ayuda! —protesté.

—¿A quién? —preguntó Adrián.

—¡A mí!

—Eres la agresora.

—Detalles.

Dejé de perseguir a Marc. Principalmente porque me estaba cansando y él tenía una ventaja injusta basada en poseer extremidades de tamaño adulto.

Me puse boca arriba. Y floté. Ah. Eso. El ruido del mundo desapareció parcialmente.

Agua en los oídos. Cielo negro encima. Las luces de la casa en los bordes de mi visión.

Respiré. Por primera vez desde que había salido de Valdara, todo estaba quieto.

No tenía que hacer nada. Ni conducir. Ni buscar alojamiento. Ni decidir. Solo flotar.

Cerré los ojos. Una salpicadura me dio en la cara. Los abrí.

—Marc.

Estaba a varios metros.

—¡No he sido yo!

—¿Quién?

Señaló a Adrián.

—Mentira —dijo Adrián.

—Ha sido Gabriel.

Gabriel seguía sentado en el borde. Completamente seco de cintura para arriba.

—Sí. Claramente.

Me limpié la cara.

—Sois agotadores.

Carlos entró por fin. Sin saltar. Sin hacer ruido. Por las escaleras, como una persona civilizada.

—Mira —le dije a Marc—. Evolución.

—Aburrimiento.

Carlos se metió en el agua.

—Alguno tiene que poder conducir mañana.

—Mañana no es hoy —respondió Marc.

—Profundo —dijo Gabriel.

—Gracias.

Volví a flotar. El agua movía mi cuerpo lentamente. Una corriente pequeña creada por los demás me desplazó. No me importó. Hasta que mi cabeza chocó suavemente contra algo. Abrí los ojos. Carlos.

—Hola.

Estaba de pie. El agua le llegaba bastante más abajo que a mí. Injusticia biológica.

—Hola.

—Estás invadiendo mi espacio.

—Estoy flotando. No tengo jurisdicción.

Puso una mano debajo de mi nuca antes de que volviera a golpearme contra él. El gesto fue automático. Yo me quedé quieta. Su palma sostenía apenas el peso de mi cabeza.

—¿Mejor?

—Sí.

No retiró la mano. Yo tampoco se lo pedí. Durante unos segundos simplemente floté así. El agua me llevaba. Él impedía que me estampase contra su pecho. Una función pública. Prácticamente.

—Esto es muy cómodo —murmuré.

—Me alegro de ser útil.

—No te emociones.

—Jamás.

Cerré los ojos otra vez.

—Si me duermo, no dejes que me ahogue.

—Intentaré acordarme.

—Carlos.

—No voy a dejar que te ahogues.

—Gracias.

—De nada.

—Aunque sería una historia bastante mala.

—¿Cuál?

—«Recogimos a una escritora en una carretera y murió seis horas después en mi piscina».

—Podría vender.

Abrí un ojo.

—Eres horrible.

—Pero estarías muerta y no podrías quejarte.

—Te perseguiría.

—¿Crees en fantasmas?

—No.

—Problema.

—Me inventaría uno por joderte.

Sonrió.

—Eso sí me lo creo.

Una pelota pequeña cayó al agua junto a mi cara. Me incorporé de golpe.

—¡¿QUÉ COÑO?!

Marc estaba riéndose. Carlos retiró la mano.

—Se acabó la paz —dije.

—Nunca empezó —respondió Gabriel.

Diez minutos se convirtieron en media hora.

Después en más. Nadie llevaba la cuenta.

Gabriel terminó entrando del todo cuando Marc amenazó con tirarlo vestido de cintura para arriba.

Adrián encontró una colchoneta hinchable en algún sitio.

No pregunté. Apareció con ella. Eso bastaba.

Marc intentó subirse. Adrián también. La colchoneta volcó.

Los dos cayeron. Yo casi me ahogué de la risa.

Carlos seguía siendo el único completamente sobrio. Lo cual significaba que era también el único capaz de contemplarnos con la decepción de un adulto responsable.

—No nos juzgues —le dije.

—No os juzgo.

—Tu cara.

—Mi cara está cansada.

—Tu cara lleva todo el día opinando.

—Igual el problema es que tú interpretas demasiado.

—Soy escritora.

—Eso no es una defensa.

—Para mí sí.

Me impulsé hacia atrás. El agua me sostuvo. Había bebido más agua desde que llegamos, pero el alcohol seguía ahí. Más suave. Una calidez agradable. El chispazo. Marc consiguió finalmente apoderarse de la colchoneta. Se tumbó boca arriba.

—Pregunta importante.

—Miedo me da —dijo Gabriel.

—Famoso.

Adrián lo miró.

—¿Qué?

—Persona famosa con la que os acostaríais sin pensarlo.

Gabriel cerró los ojos.

—Me voy.

—¡No!

—Tengo treinta y cuatro años.

—¿Y?

—Son casi las cuatro de la mañana.

—Precisamente. Es la hora de las grandes preguntas.

Me reí.

—Estoy con Marc.

Todos se quedaron callados. Fruncí el ceño.

—¿Qué?

Adrián empezó a sonreír.

—Nada.

—He dicho que estoy de acuerdo con Marc.

—Ya.

—Sois imbéciles.

Marc levantó una mano desde la colchoneta.

—Gracias, Jenn.

—De nada.

—Empieza tú.

—¿Por qué yo?

—Eres la nueva.

—Esa norma te la acabas de inventar.

—Sí.

Pensé. No necesité demasiado.

—Axl Rose.

Marc levantó la cabeza.

—Bueno. Fácil.

—¿Qué?

—Axl joven.

—No.

Se quedó quieto.

—¿No?

—No.

—¿Entonces?

—Axl.

Silencio.

—Jenn —dijo Adrián—, creo que necesita más información.

—Axl Rose.

—¿Actual? —preguntó Marc.

—Sí.

La colchoneta dejó de moverse.

—¿Axl Rose actual?

—¿Qué parte está resultando complicada?

Marc se incorporó. La colchoneta se inclinó peligrosamente.

—Espera.

—Estoy esperando.

—¿Pudiendo elegir cualquier época?

—Sí.

—¿No quieres al de los noventa?

—No especialmente.

—¿Al actual?

—Sí.

Marc me miró como si acabara de confesar que desayunaba tornillos.

—Pero...

—Cuidado —dijo Gabriel.

—No, no. No estoy juzgando. Estoy intentando entender.

—Pues entiende.

—¿Cuántos años tiene?

—Sesenta y tantos.

—¡Eso!

—¿Eso qué?

—¡Sesenta y tantos!

—Sé contar.

Adrián estaba riéndose. Carlos flotaba a unos metros, observando la conversación con una sonrisa.

—No veo el problema —dije.

—Podrías elegir al Axl de treinta.

—Pero no quiero.

Marc se llevó ambas manos a la cabeza. La colchoneta volcó. Desapareció bajo el agua. Salió un segundo después.

—¡Sigo sin entenderlo!

Me estaba riendo tanto que apenas podía mantenerme a flote.

—¡Porque me gusta ahora!

—¡¿Por qué?!

—Porque sí.

—Eso no es una respuesta.

—Claro que lo es.

—No.

—Tiene algo.

—¿Qué?

Me quedé pensando. Eso sí necesitaba explicación.

—Energía.

Marc frunció el ceño.

—¿Energía?

—Sí. No sé.

Me puse boca arriba otra vez.

—Esa energía de hombre que probablemente sabe perfectamente que algo es mala idea y aun así existe una posibilidad razonable de que lo haga.

Silencio.

—Alguien un poco imprevisible —continué—. Con carácter. Que pueda meterse en problemas.

Nadie habló. Giré la cabeza. Adrián miraba a Marc. Gabriel miraba a Marc. Carlos... También miraba a Marc. Muy disimuladamente. Marc los vio.

—¿Por qué coño me miráis?

Perdí completamente la compostura. Adrián empezó a reírse. Gabriel se tapó la boca. Carlos miró hacia otro lado.

—¡HIJOS DE PUTA! —protestó Marc.

—Yo no he dicho nada —dijo Carlos.

—¡ME HAS MIRADO!

—Casualidad.

—¡Gabriel!

—No sé de qué hablas.

—¡Adrián!

Adrián ya no podía responder. Yo me agarré al borde de la piscina porque me estaba entrando agua en la boca de tanto reírme.

—No tiene puta gracia.

—Tiene muchísima —conseguí decir.

Marc me señaló.

—Y tú cállate.

—¡Pero si yo no sabía nada!

—Ahora sí.

—¿También haces cosas sabiendo que son mala idea?

—No.

Los otros tres respondieron a la vez.

—Sí.

Me doblé otra vez.

—Os odio.

—No —dijo Gabriel—. Nos necesitas para sobrevivir.

—Traidores.

Marc nadó hasta la escalera.

—Me voy.

—¿Te has enfadado? —pregunté.

—Profundamente.

—¿Quieres un abrazo?

—No.

—¿Seguro?

—De ti menos.

—Qué pena.

Salió de la piscina. Adrián lo miró.

—Bonito culo.

Marc levantó el dedo corazón sin girarse.

—¡Y TÚ MÁS!

—¿Mi culo es más bonito?

Marc se detuvo. Se giró.