La ley del rock Capítulo 3 - Error de cálculo #5
9%

Capítulo 3 - Error de cálculo #5

Carlos apareció a mi lado. Seguía prácticamente igual que al llegar. Eso me ofendía un poco. Yo tenía el pelo hecho una mierda, la camiseta pegada al cuerpo y la dignidad en un estado administrativo dudoso. Él parecía haber asistido a una reunión ligeramente informal.

—¿Nos vamos? —preguntó.

Lo señalé.

—Tú.

Levantó las cejas.

—Yo.

—Estás demasiado bien.

Marc empezó a reírse. Carlos me miró de arriba abajo.

—Tú tampoco estás mal.

—No me distraigas.

—No lo intento.

—Sí lo intentas.

Sonrió.

—Puede.

Lo miré unos segundos. El chispazo seguía ahí. Definitivamente.

—Presumido.

—Borracha.

—Achispada.

—Claro.

—Hay una diferencia.

—Enorme.

Entrecerré los ojos.

—No me caes bien.

—Llevas toda la noche diciéndomelo.

—Quiero que quede constancia.

—Ha quedado.

Me ofreció la mano. Miré su mano. Después a él.

—¿Qué?

—Hay bastante gente saliendo.

—¿Y?

—Y eres...

Se detuvo. Sonreí lentamente.

—Termina esa frase.

—Fácil de perder.

—Cobarde.

—Práctico.

Miré otra vez su mano. Podía caminar perfectamente sola. Sabía seguir a un grupo. No necesitaba que nadie me llevase de la mano. La cogí igualmente. Porque me apeteció.

—Como hagas un comentario sobre mi altura, te muerdo.

Carlos cerró los dedos alrededor de los míos.

—No iba a hacerlo.

—Mentiroso.

—Un poco.

Empezamos a caminar. No había nada romántico en cogerse de la mano para no separarse entre cientos de personas.

Absolutamente nada. Eso me dije mientras atravesábamos la salida.

Y técnicamente era verdad. El problema era que, una vez dejamos atrás la mayor aglomeración, ninguno de los dos soltó al otro inmediatamente.

Yo lo noté. Él también. Miré nuestras manos.

Después hacia delante. No dije nada. Carlos tampoco.

Duró quizá veinte segundos más. Treinta.

Hasta que Marc apareció caminando hacia atrás delante de nosotros.

Nos miró. Bajó la vista. Vio las manos. Levantó la vista hacia Carlos. Sonrió.

—Ni una palabra —dijo Carlos.

Marc levantó ambas manos.

—Yo no he dicho nada.

—Tu cara.

Solté una carcajada.

—¡JA!

Carlos me miró.

—No.

—¡Tu puta cara!

—No empieces tú también.

—¡Llevo diciéndotelo desde la carretera!

Marc señaló hacia mí.

—Me cae muy bien.

Carlos finalmente me soltó.

—Sois insoportables.

—Eso es porque somos bajitos y estamos más cerca del infierno —dije.

Marc se quedó quieto. Yo seguí andando.

—¿Acabas de utilizar mi propio chiste?

Me giré.

—Ahora es mío.

—¡No funciona así!

—Claro que funciona así.

—¡Jenn!

Levanté el dedo corazón sin dejar de caminar. Oí a Adrián reírse detrás.

El regreso fue bastante más tranquilo. Principalmente porque el cansancio había empezado a ganar la batalla.

Marc todavía intentó cantar durante los primeros minutos.

Esta vez nadie tuvo energía para detenerlo.

Adrián acabó apoyado contra la ventanilla.

Gabriel miraba el móvil. Yo iba detrás otra vez.

Carlos conducía. Las luces de Benialmar fueron desapareciendo poco a poco mientras nos alejábamos del recinto.

Apoyé la cabeza contra el asiento. Me pesaban los párpados.

Pero no tenía sueño exactamente. Seguía teniendo el cuerpo demasiado despierto.

La música. La gente. El alcohol. La sensación de haber pasado horas recibiendo estímulos por todas partes y necesitar ahora silencio sin querer todavía que terminase la noche. Miré por la ventanilla.

—¿Estás bien? —preguntó Carlos desde delante.

—Sí.

—¿Mareo?

—No.

—¿Ganas de vomitar?

—Qué romántico.

Marc soltó una risa débil.

—Está ligando.

—Cállate —dijo Carlos.

Sonreí.

—Estoy bien. Solo cansada.

—En quince minutos estamos.

—Perfecto.

Cerré los ojos. No llegué a dormirme. Escuchaba fragmentos de conversación.

A Marc quejarse de algo. A Adrián responder.

El sonido del motor. Una canción baja en la radio.

Cuando volvimos a atravesar la puerta automática, abrí los ojos.

La casa estaba casi completamente a oscuras.

Solo algunas luces exteriores iluminaban la fachada y el jardín.

Y la piscina. La vi al bajar. Negra. Quieta.

Con pequeñas luces encendidas bajo el agua.

Me quedé mirándola. Hacía calor. Seguía teniendo la piel pegajosa pese a la ducha anterior.

Y llevaba suficiente alcohol encima como para que algunas ideas adquiriesen una brillantez que probablemente no merecían.

Marc apareció a mi lado. También miró la piscina. Después me miró a mí.

—No.

—No he dicho nada.

—Lo estás pensando.

—Tú también.

Adrián bajó de la furgoneta.

—¿Qué?

Señalé la piscina. Adrián sonrió. Gabriel nos vio.

—No.

—¿Por qué todos decís que no? —protesté.

Carlos cerró el coche.

—Porque son casi las tres de la mañana.

Me giré hacia él.

—¿Y?

Miró la piscina. Después a nosotros. Suspiró.

—Cinco minutos.

Marc levantó ambos brazos.

—¡PISCINA!

—He dicho cinco minutos.

—¡PISCINA!

Adrián empezó a reírse. Yo miré el agua otra vez. Cinco minutos. Claro. Absolutamente. Aquello tenía toda la pinta de durar cinco minutos.