La ley del rock Capítulo 3 - Error de cálculo #4
8%

Capítulo 3 - Error de cálculo #4

Nuestros dedos se tocaron. Eso sí lo noté. Y esta vez no había ninguna curva de carretera a la que echarle la culpa. Lo miré. Carlos no apartó la mano inmediatamente. Yo tampoco. Un segundo. Quizá dos. Después cogí el vaso.

—Gracias, arquitecto.

—De nada, escritora.

Sonreí.

—Stalker.

—Pesada.

—Presumido.

—Bajita.

Abrí la boca.

—¿Tú también?

Se echó a reír.

—Era demasiado fácil.

—Te acabas de meter en terreno peligroso.

—Me gustan los terrenos peligrosos.

Ah. El alcohol no ayudaba. Nada. Me acerqué un poco.

—Eso es porque no sabes dónde te metes.

Carlos bajó ligeramente la cabeza para oírme mejor. O quizá no necesitaba acercarse tanto.

—¿Debería preocuparme?

—Muchísimo.

—No tienes pinta de ser peligrosa.

Sonreí.

—Error.

—¿Sí?

—Sí.

Estábamos demasiado cerca para una conversación sobre mi peligrosidad completamente ficticia. Podía verle los pequeños cambios en los ojos. La sonrisa. La forma en que me miraba la boca y volvía a mis ojos. No me lo estaba imaginando. Bien. Me gustaba no imaginármelo.

—Carlos.

Gabriel. Desde unos metros más allá. Carlos levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Adrián va a por comida. ¿Queréis algo?

El momento se rompió. No de forma dramática. Simplemente dejó de existir. Como una pompa. Puf. Me giré.

—¡Sí!

Carlos soltó una risa.

—Qué romántico.

Lo miré.

—Tengo hambre.

—Lo he notado.

—Las prioridades.

—Impecables.

—Exacto.

Comí algo que probablemente contenía más salsa que alimento.

Estaba buenísimo. También bebí otra cerveza.

Aquella fue una decisión cuestionable. No inmediatamente.

Inmediatamente fue una decisión estupenda.

Media hora después empecé a notar que mi sentido del equilibrio había adquirido opiniones propias.

Nada grave. Solo... Chispazo. Ese punto.

El maravilloso momento en que una sabe perfectamente lo que hace pero todo parece una idea un poquito mejor de lo que realmente es.

—Estoy contenta —anuncié.

Gabriel me miró.

—Lo vemos.

—No estoy borracha.

—Eso no lo he dicho.

—Pero lo has pensado.

—No.

—Gabriel no pone caras —dijo Adrián.

Lo señalé.

—¡Exacto! Aprende, Carlos.

Carlos estaba bebiendo otra botella de agua.

—¿Yo qué he hecho ahora?

—Tu cara.

—Llevamos horas con esto.

—Y no mejoras.

Marc me pasó un brazo por los hombros.

—Déjalo. No puedes cambiarlo.

Me apoyé contra él durante un segundo.

—Es verdad.

Carlos miró el brazo de Marc. Después a Marc.

—No la tires.

—¿Por qué iba a tirarla?

—Porque eres tú.

—Puedo sostener a una persona.

Me separé.

—Puedo sostenerme sola.

Di un paso. Tropecé con absolutamente nada. Marc me agarró del codo. Silencio. Miré el suelo. Después mi pie. Después a los cuatro.

—Había una piedra.

Gabriel miró.

—No.

—Pequeña.

—No hay ninguna.

—Microscópica.

Adrián se estaba riendo.

—¿Quieres agua?

—Quiero que Gabriel deje de desacreditarme.

—Eso va a ser más difícil.

Carlos me tendió una botella. La miré.

—No quiero.

—Bebe.

—No eres mi padre.

—No.

—Ni mi novio.

Algo cambió durante medio segundo. Pequeñísimo. Carlos sostuvo la botella.

—Tampoco.

La miré. Después a él. No sabía por qué había dicho aquello. Bueno. Sí. Porque tenía tres cervezas y algo más rondándome por la sangre y el filtro había empezado a abandonar el edificio. Cogí la botella.

—Bien.

—Bien.

Bebí. Marc se inclinó hacia Adrián.

—Yo no digo nada.

—Milagro —respondió él.

Levanté un dedo.

—Os oigo.

—Perfecto.

Bebí más agua. Carlos sonrió.

—Toda.

—¿Perdona?

—Bébete toda la botella.

Entrecerré los ojos.

—Estás disfrutando demasiado de esto.

—Muchísimo.

—¿Sabes qué?

—¿Qué?

Bebí. Sin apartar los ojos de él. Hasta terminarla. Le devolví la botella vacía.

—Toma.

Carlos la cogió.

—Muy bien.

—No me hables como si tuviera cinco años.

—No lo he hecho.

—Has puesto voz.

—¿Qué voz?

—Voz de muy bien, pequeña criatura.

Se echó a reír.

—Te estás inventando cosas.

Me acerqué un poco.

—No.

—Sí.

—No.

—Jenn.

—Carlos.

—Estás achispada.

—Un poco.

—Bastante.

—Eso no significa que no tenga razón.

—No he dicho que la tengas nunca.

Le di un golpe en el brazo.

—Gilipollas.

Sonrió. Y ahí estaba otra vez. El fuego. Pequeño. Controlable. Divertido. Yo sabía que estaba jugando. Él también. Eso creía. Y me encantaba. Muchísimo.

Cuando llegó una de las bandas grandes de la noche, ya había bebido suficiente agua como para recuperar parte de mi dignidad. No toda. La suficiente. Nos metimos entre la gente. Esta vez más cerca. Demasiado cerca para mi altura. Salté intentando ver. Nada.

—¡No veo una mierda!

Carlos estaba detrás de mí.

—Ponte delante.

—¡Estoy delante!

—Más.

Me hizo un hueco. Avancé. Mejor. Un tipo enorme se colocó justo delante.

—¡NO!

Carlos se rio detrás de mí.

—Ven.

Noté sus manos en mi cintura. Mi cerebro hizo: ¿Perdona? Y antes de que pudiera preguntar, me levantó.

—¡CARLOS!

—¿Ves ahora?

—¡SÍ, PERO BAJA!

—¿Seguro?

Miré el escenario. Perfecto. Absolutamente perfecto.

—¡NO!

Lo oí reírse.

—¡Pues decide!

—¡CÁLLATE!

No me puso sobre los hombros. Gracias. Aquello habría terminado con mi muerte o la suya. Simplemente me sostuvo unos segundos lo suficiente para que pudiera ver por encima de la gente. Yo me agarré a sus antebrazos.

—¡HOSTIA!

Las luces barrieron al público. Miles de personas. El escenario entero delante. La guitarra entró. Y se me olvidó protestar.

—¡ESTO ES LA HOSTIA!

—¡LO SÉ!

Cuando me bajó, mis pies tocaron el suelo pero sus manos siguieron en mi cintura un segundo más.

Solo uno. Me giré. Estaba justo detrás. Muy cerca.

Demasiado. La música era ensordecedora. La gente saltaba.

Las luces cambiaban. Carlos me miró. Yo lo miré.

Y sonreí. Después volví hacia el escenario.

No porque no quisiera saber qué habría pasado si me quedaba mirándolo.

Precisamente por eso. Todavía quedaba mucha noche.

Y empezaba a sospechar que jugar con fuego era bastante más divertido cuando el fuego te devolvía la mirada.

El resto de la noche pasó demasiado rápido.

Hubo más música. Más cerveza, aunque en mi caso Carlos empezó a intercalar agua con una eficacia irritante que fingí odiar bastante más de lo que realmente odiaba.

Hubo un grupo que me encantó y cuyo nombre apunté inmediatamente para no convertirme al día siguiente en esa persona que recuerda perfectamente una canción pero no tiene ni puta idea de quién la tocaba.

Otro me pareció un coñazo. Marc dijo que no tenía criterio.

Le dije que él no tenía oído porque cantaba como una cabra atropellada.

Adrián se negó a posicionarse. Gabriel dijo que ambos teníamos razón.

Carlos se rio. Y yo... Yo me lo pasé bien.

Así de sencillo. No hubo ningún momento concreto en el que pensara esto está siendo increíble.

No hacía falta. Simplemente dejé de mirar la hora.

De pensar en el coche. De recordar que aquella mañana había salido de casa con un plan completamente distinto.

En algún momento acabé saltando con Adrián durante una canción que los dos conocíamos.

En otro, Gabriel consiguió hacerme probar algo de un foodtruck que tenía un aspecto bastante cuestionable y un sabor espectacular.

Marc intentó convencerme de que una canción de Guns N' Roses estaba infravalorada.

Cometió el error de hacerlo conmigo. La discusión duró veinte minutos.

No llegamos a ningún acuerdo. Probablemente ninguno de los dos lo intentó.

Y Carlos aparecía y desaparecía a mi lado sin necesidad de estar permanentemente ahí.

A veces hablábamos. A veces no. A veces nuestras miradas se encontraban entre la gente y sonreíamos por alguna gilipollez que acababa de ocurrir.

Y otras veces simplemente lo encontraba mirándome. Eso me gustaba. No iba a fingir que no.

Cuando anunciaron el final de la última actuación que vimos, mi cuerpo empezó a recordarme que llevaba horas de pie.

—No siento los pies —dije.

Adrián miró hacia abajo.

—Siguen ahí.

—Gracias.

—Para eso estoy.

Marc pasó un brazo por sus hombros.

—¿Nos vamos?

—Sí —respondió Gabriel.

—No —dije yo.

Los cuatro me miraron. Miré hacia el escenario. Después hacia la salida.

—Pero también sí.

Marc asintió con gravedad.

—El alcohol ha completado su trabajo.

—Estoy perfectamente.

—Claro.

—Puedo caminar en línea recta.

—Nadie te lo ha pedido.

—Puedo demostrarlo.

Gabriel negó con la cabeza.

—No lo hagas.

—¿Por qué?

—Porque si tienes que demostrarlo, prefiero no saberlo.

Me pareció un argumento razonable.

—Vale.