Capítulo 3 - Error de cálculo #3
La entrada al RockFest estaba hasta arriba.
No había otra forma de decirlo. Gente. Gente por todas partes.
Camisetas negras. Vaqueros. Botas. Pantalones cortos.
Chalecos llenos de parches. Tatuajes. Melenas.
Cabezas rapadas. Parejas. Grupos. Gente bastante mayor.
Gente que probablemente acababa de cumplir los dieciocho.
Y música. Incluso antes de atravesar el control podía escuchar un escenario a lo lejos.
Batería. Guitarras. Un bajo que se sentía más que se oía.
Algo dentro de mí se encendió. Eso. Había venido por eso.
No por Carlos. No por la casa. No por conocer gente.
Por eso. Me quedé mirando hacia el recinto mientras avanzábamos en la cola. Adrián debió verme la cara.
—¿Primera vez?
—¿Aquí? Sí.
—Te va a gustar.
—Ya me gusta.
Y era verdad. El aire olía a verano, comida, cerveza y polvo. Había algo eléctrico en el ambiente. Una impaciencia compartida por miles de personas que habían ido allí exactamente por lo mismo. Sonó un golpe de batería desde dentro. Después una guitarra. La gente de la cola reaccionó. Yo también.
—Hostia.
Me puse de puntillas intentando ver algo por encima de las cabezas. Nada. Uno cuarenta y nueve. Magnífica altura para infiltrarse en túneles. Una mierda para festivales. Carlos estaba delante de mí. Se giró.
—¿Qué haces?
—Intento evolucionar.
—¿Cómo?
—Necesito quince centímetros más.
Miró por encima de la gente.
—No te pierdes nada todavía.
—Tú porque mides como una persona funcional.
Marc, detrás, apoyó el antebrazo sobre mi cabeza. Me quedé inmóvil.
—Qué cómodo —dijo.
Giré los ojos hacia arriba aunque no podía verlo.
—Tienes tres segundos.
—¿Para?
—Conservar el brazo.
Lo retiró.
—Violenta.
—Pesado.
—Pequeña.
Me giré.
—Marc.
Sonreía. Levanté el dedo corazón.
—Eso sí te llega a mi altura —dijo.
Me salió una carcajada.
—Algún día voy a matarte.
—Pero hoy no, que hemos pagado la entrada.
—Habla por ti. La mía ya estaba pagada antes de conocerte.
—Entonces puedes.
Carlos se giró hacia él.
—¿Puedes dejar de tocarle los cojones cinco minutos?
Marc lo miró. Después a mí. Después otra vez a Carlos. Y sonrió.
—Sí.
Ese sí llevaba demasiadas cosas dentro para una palabra tan pequeña. Carlos lo vio.
—No.
—¿Qué?
—Lo que estés pensando.
—No estoy pensando nada.
—Marc.
—Carlos.
—Dios —murmuré—. Ahora entiendo lo irritante que resulta desde fuera.
Adrián asintió.
—Gracias.
Nos pusieron las pulseras. Pasamos el control.
Y entré. Me olvidé de ellos durante aproximadamente treinta segundos.
No a propósito. Simplemente ocurrió. El recinto se abrió delante de mí y quise mirarlo todo a la vez.
Había varios escenarios señalizados con estructuras enormes y carteles de colores.
Filas de puestos recorrían una de las zonas laterales: camisetas, discos, accesorios, artesanía, mierdas que probablemente no necesitaba y que ya sabía que acabaría mirando.
Más allá estaban los foodtrucks. Una zona de mesas. Barras. Y, al fondo, luces de feria.
—Hay una noria.
—Sí —dijo Carlos.
—¿Por qué hay una noria?
—Porque gira —contestó Marc.
—Gracias.
—De nada.
—Quiero subir.
—No —dijo Gabriel.
Lo miré.
—¿Por qué?
—Marc.
Eso era toda la explicación. Miré a Marc.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
—¿Qué hiciste?
Adrián empezó a reírse.
—El año pasado intentó balancear una cabina.
Abrí la boca.
—¿A cuántos metros del suelo?
—No sé —dijo Marc—. Bastantes.
—¿Y por qué?
—Quería saber si se movía.
—¿Y?
—Se movía.
Me tapé la cara.
—Eres Darwin esperando a suceder.
—Sigo vivo.
Gabriel lo miró.
—Contra pronóstico.
Una guitarra rugió desde uno de los escenarios. Giré la cabeza.
—¿Quién toca?
Adrián consultó el horario en el móvil.
—Black Harbor.
—No los conozco.
—Son de Alicante. Están empezando.
—Vamos.
Los cuatro me miraron.
—¿Qué?
Carlos sonrió.
—Nada.
—Pues vamos.
Y fui. No comprobé si me seguían. Durante un instante recordé por qué había comprado una sola entrada. Porque quería poder hacer exactamente eso. Escuchar algo. Decidir que me interesaba. Ir. Sin preguntar si a otra persona le apetecía. Sin negociar. Sin esperar. Solo ir.
Llegué hasta una zona desde la que podía ver razonablemente bien el escenario.
Razonablemente significaba entre el hombro de un hombre enorme y la cabeza de una chica con dos moños.
Me servía. La banda no sonaba mal. Nada mal.
El cantante tenía presencia y el guitarra estaba haciendo algo que yo no habría sabido identificar técnicamente ni aunque mi vida dependiera de ello. Pero me gustaba. Eso bastaba.
—¿Qué tal? —preguntó Adrián a mi lado.
Me sobresalté.
—Hostia.
—Perdón.
Miré detrás. Habían venido los cuatro. No sé por qué me sorprendió.
—Me gustan.
Adrián asintió.
—El guitarra es bueno.
—¿Qué está haciendo?
—Ahora mismo, ¿eso?
—Sí.
Se inclinó ligeramente para hablarme cerca del oído sin tener que gritar. Me explicó algo sobre la técnica. Entendí aproximadamente el sesenta por ciento. Quizá el cuarenta.
—Haz como si tuviera cinco años.
Se rio. Volvió a explicarlo. Esta vez entendí más.
—Ah.
—Cuando lleves algo más de tiempo tocando te resultará más fácil reconocerlo.
—De momento mi criterio es «suena guay».
—Es un criterio perfectamente válido.
Marc apareció al otro lado.
—¿Qué criticamos?
—Nada.
—¿El guitarra?
—Le estaba explicando una cosa.
Marc observó el escenario.
—Está abusando un poco.
Adrián lo miró.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Los observé.
—Oh, qué bien. Otra pareja casada.
—Él empezó —dijeron los dos.
Me eché a reír. Carlos estaba unos pasos detrás con Gabriel.
Nuestras miradas se cruzaron. Me hizo un gesto con la cabeza hacia el escenario.
¿Bien? Levanté el pulgar. Sonrió. Y volvió a hablar con Gabriel.
Algo de aquel gesto me gustó. No había venido a pegarse a mí.
No intentaba reclamar mi atención cada treinta segundos porque estuviera interesado. Me dejaba estar. Bien. Muy bien.
Cuando terminó la actuación ya tenía otro grupo apuntado en el móvil.
—Esto es peligroso —dije.
—¿Qué? —preguntó Adrián.
—Venir a festivales. Voy a salir con cuarenta bandas nuevas.
—Ese es el objetivo.
—Y pobre.
—Ese también.
Fuimos a por cerveza. Carlos pidió agua. Lo miré.
—¿Agua?
—Conduzco.
—Has bebido una cerveza.
—Hace horas.
—Responsable.
—A veces.
Marc cogió dos vasos.
—No os dejéis engañar.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque ahora parece una persona seria y mañana te contará que...
Carlos le tapó la boca con una mano.
—No.
Marc habló contra su palma.
—Mmmff.
—No.
—Mfff.
—Promete que te callas.
Marc asintió. Carlos retiró la mano.
—...que una vez se compró un coche porque le gustaban los faros.
Carlos cerró los ojos. Yo miré hacia el parking. Después a él.
—¿Cuál?
—No importa.
—¿El Porsche o el Maserati?
—Jenn.
—¿Cuál?
Marc estaba radiante.
—El Porsche.
Me giré lentamente hacia Carlos.
—Te compraste un Porsche por los faros.
—No fue solo por los faros.
—¿Qué más?
Pausa.
—El motor.
—Ah, bueno.
Asentí.
—Entonces una compra racional.
—Me gustaba el coche.
—¡Eso ya es una razón! ¿Por qué coño has dicho lo de los faros?
—Yo no lo he dicho.
Señaló a Marc.
—Ha sido ese imbécil.
—Pero es verdad.
Carlos bebió agua.
—No sé por qué sigo siendo amigo vuestro.
Gabriel levantó su vaso.
—Porque nadie más te soporta.
Chocamos los vasos. Incluso Carlos.
La primera cerveza desapareció demasiado rápido.
La segunda, más. No estaba borracha. Todavía.
Tenía ese punto agradable en el que el cuerpo se afloja un poco y las cosas hacen ligeramente más gracia.
Bailé. Mal. Me daba igual. Canté canciones que conocía.
También mal. Me seguía dando igual. En una de las bandas conocía el estribillo pero no las estrofas, así que solucioné el problema vocalizando sonidos aproximados con absoluta confianza. Carlos me miró.
—No tienes ni puta idea de la letra.
—Claro que sí.
—Acabas de decir «nanana motherfucker».
—Es una versión alternativa.
—¿Oficial?
—Mía.
—Entonces retiro lo dicho.
Seguí cantando. Él se rio. En algún momento empezó a hacer calor de verdad entre tanta gente.
Me recogí el pelo. Bebí. Salté. Una chica que no conocía me agarró del brazo durante un estribillo y cantamos juntas como si fuéramos amigas desde hacía veinte años.
Cuando terminó la canción, nos abrazamos. Después desapareció entre la gente.
—¿Quién era? —preguntó Carlos.
—Ni puta idea.
—¿La conocías?
—Ahora sí.
Me miró divertido.
—Tienes una definición extraña de conocer.
—Hemos compartido un momento.
—De cuarenta segundos.
—Intenso.
—Eso sí.
La siguiente banda empezó. Más gente se acercó.
Nos movimos hacia un lateral. Y ahí descubrí otra ventaja inesperada de haber terminado con cuatro tíos.
Nadie me aplastaba. No porque hicieran un círculo protector ridículo a mi alrededor.
Simplemente ocupaban espacio. Mucho. Especialmente cuando Marc y Adrián empezaban a discutir. Yo cabía estupendamente entre ellos.
—Esto es fantástico —dije.
Marc bajó la mirada.
—¿Qué?
—Sois infraestructura.
—¿Perdona?
—Tengo visibilidad y espacio personal.
—¿Nos estás utilizando?
—Sí.
—Carlos.
—¿Qué quieres que haga?
—Tu amiga nos utiliza.
Hubo una pausa minúscula. Carlos lo miró. Yo también. Tu amiga. Nada raro. Nada importante. Pero Carlos respondió:
—Pues hazte útil.
Marc se llevó una mano al pecho.
—Esto duele.
Le pasé un brazo por la cintura.
—No llores.
Me miró hacia abajo.
—Gracias.
—De nada.
—¿Ves? Ella sí me quiere.
—No exageres.
Le solté inmediatamente. Marc sonrió. Y volvió a mirar el escenario. Eso fue todo. Porque era todo lo que había. Una tontería. Un gesto. Dos personas que llevaban unas horas metiéndose el uno con el otro y que habían encontrado un ritmo sorprendentemente rápido para hacerlo. Nada más.
Carlos me tendió mi cerveza.
—La habías dejado allí.
—Gracias.