La ley del rock Capítulo 3 - Error de cálculo #2
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Capítulo 3 - Error de cálculo #2

—Los contratos verbales son vinculantes.

—Eso no funciona exactamente así.

—Arquitecto. No abogado.

Se quedó mirándome.

—Voy a acabar arrepintiéndome muchísimo de haberte invitado.

—Probablemente.

Carlos salió. Antes de cerrar la puerta, asomó otra vez la cabeza.

—Jenn.

—¿Qué?

—La contraseña del wifi está detrás de la puerta.

Miré. Había una pequeña placa.

—¿Ves? Ahora sí estás intentando impresionarme.

Soltó una risa y cerró. Me quedé sola. Silencio. Por fin. Miré alrededor. La habitación. La mochila. Raven. Después mi reflejo en el espejo.

—Bueno.

Mi pelo parecía haber atravesado un pequeño conflicto bélico. La camiseta estaba arrugada. Tenía una mancha de polvo en un muslo. Y una sonrisa. Me acerqué al espejo.

—No.

La sonrisa siguió ahí.

—Ni se te ocurra.

Seguía. Me señalé a mí misma.

—Has venido a escuchar música.

Nada más. Aquello no era completamente cierto.

Había venido a hacer lo que me diese la gana.

Y quizá lo que me diese la gana incluía tontear con un arquitecto insoportable de sonrisa bonita.

No veía el problema. No quería novio. No buscaba pareja.

No tenía ganas de empezar una historia de amor a los tres meses de haber terminado una relación de seis años.

Pero un hombre atractivo era un hombre atractivo.

No hacía falta presentar documentación. Me quité las zapatillas. Después la camiseta.

—Ducha.

Mi cerebro intentó pensar otra vez en Carlos.

—He dicho ducha.

Entré al baño.

Veinte minutos después era otra persona.

O, como mínimo, una persona que ya no se pegaba a sí misma.

Me puse ropa limpia. Otros vaqueros cortos.

Otra camiseta negra. Esta vez Metallica.

Me sequé el pelo lo justo para que dejase de gotear y terminé recogiendo parte porque no tenía paciencia.

Del neceser saqué maquillaje. Lo miré. Pensé.

Lo volví a guardar. No. Después lo saqué otra vez.

—Joder.

No por Carlos. Por mí. Claro. Eso era perfectamente creíble. Me puse un poco de máscara de pestañas y marqué ligeramente los ojos. Nada más. Me miré.

—Normal.

Perfectamente normal. Cogí el móvil. Tenía mensajes.

Uno de la amiga a la que había enviado la dirección y la foto.

¿PERO QUIÉNES SON ESOS? Sonreí. Contesté: Los que me han recogido.

Estoy viva. La casa existe. No parece una secta de momento.

La respuesta llegó casi inmediatamente. EL DE LA DERECHA. Miré la foto. Carlos.

—Cállate.

Escribí: Sí. Ya lo sé. Tres puntos. JAJAJAJAJAJA. Bloqueé el móvil.

—Amigas de mierda.

Salí al pasillo. La música llegaba desde abajo.

Guns N' Roses. Me detuve. Reconocí la canción inmediatamente y sonreí.

Bajé. Adrián estaba en la cocina abriendo bolsas.

Gabriel colocaba bebidas dentro de una nevera enorme.

Carlos hablaba por teléfono junto a uno de los ventanales.

Y Marc estaba de espaldas, inclinado sobre el equipo de música. Me vio Adrián.

—Eh.

Marc se giró. Me miró. Después miró mi camiseta.

—Traición.

Bajé el último escalón.

—¿Qué?

Se señaló su camiseta de Metallica. Después la mía.

—Ahora vamos iguales.

Miré la suya. Miré la mía.

—Hostia.

—Cámbiate.

—Cámbiate tú.

—Yo la llevaba primero.

—¿Y?

—Tengo derechos de antigüedad.

—No funcionan así las camisetas.

—Claro que funcionan así.

—No.

—Jenn.

—Marc.

Adrián apoyó ambas manos sobre la encimera.

—No llevamos ni dos horas y ya me cansa esto.

—Pues imagínate a mí —dije.

Marc se acercó un poco.

—Además la mía es mejor.

Miré el estampado.

—No.

—Sí.

—Ni siquiera sabes cuál llevo yo.

Bajó los ojos hacia mi pecho.

—Master of Puppets.

Esperé. Sus ojos volvieron inmediatamente a mi cara.

—He leído la camiseta.

—Ya.

—Era necesario.

—Por supuesto.

—Por rigor musical.

—Me tranquiliza.

Carlos terminó la llamada.

—¿Qué pasa?

Marc señaló nuestras camisetas.

—Me copia.

—He subido a ducharme antes de verte bien la camiseta.

—Excusas.

Carlos me miró. Solo un segundo. Pero de arriba abajo. Discreto. No tanto como creía. Lo vi. Y me gustó. Mucho más de lo que debería.

—Le queda mejor a ella —dijo.

Marc se quedó callado. Me giré hacia Carlos. Adrián hizo un pequeño:

—Uh.

Carlos ignoró a todos. Yo sonreí.

—Gracias.

—Objetivamente.

—Por supuesto.

Marc miró su propia camiseta.

—Pues a tomar por culo.

Gabriel cerró la nevera.

—¿Nos vamos o vais a discutir sobre ropa toda la noche?

Miré la hora.

—¡El festival!

Había conseguido olvidarme durante casi media hora del motivo por el que estaba allí. Cogí la mochila pequeña que había dejado preparada.

—¿Cuánto tardamos?

—Quince minutos —dijo Carlos.

—¿Dónde aparcamos?

—Tenemos reservado.

Me detuve.

—¿Reservado qué?

—Parking.

—Ah.

Lo señalé.

—Dinero.

—Organización.

—Dinero organizado.

Sonrió.

—También.

Marc pasó a mi lado.

—Te acostumbrarás.

—No quiero acostumbrarme.

—Todos decimos eso hasta que pruebas un asiento climatizado.

—Eso sí suena bien.

—¿Ves?

Carlos cogió unas llaves de la encimera.

—Vamos.

Miré las llaves. Después hacia fuera.

—¿No vamos en la furgoneta?

—No.

—¿Entonces?

Marc empezó a sonreír. Oh, no.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—Estoy empezando a odiar esa palabra.

Carlos caminó hacia una puerta lateral que daba al garaje. Lo seguimos. Se encendió la luz. Y ahí estaban. Varios coches. Reconocí inmediatamente el Porsche. El otro necesité unos segundos.

—No.

Carlos pulsó el mando. Las luces del Maserati parpadearon. Me quedé quieta.

—No pienso subirme ahí.

Carlos me miró.

—¿Por qué?

—Porque no.

—Excelente argumento.

—Es demasiado coche.

Marc pasó a mi lado.

—Hace una hora tu coche era un hotel.

—Precisamente. Tengo principios.

—No veo la relación.

—Yo sí.

Carlos abrió la puerta del conductor.

—Vamos, refugiada mecánica.

Me quedé mirándolo.

—¿Cómo me has llamado?

Sonrió.

—Has dicho tú antes que eras eso.

—No significa que puedas utilizarlo.

—Demasiado tarde.

—Carlos.

—Jenn.

Resoplé.

—Me caes fatal.

—Eso ya me lo has dicho.

—Y cada vez con más fundamento.

Abrí una de las puertas traseras. Marc apareció detrás de mí.

—Yo voy delante.

—Enhorabuena.

—Solo informaba.

—Tu capacidad para generar información inútil es impresionante.

—Gracias.

Se sentó. Adrián y Gabriel ocuparon los otros asientos. Yo terminé detrás de Carlos. El motor arrancó con un sonido bajo que me recorrió desagradablemente bien el cuerpo. Miré el interior. Cuero. Pantallas. Luces. Detalles que seguramente costaban cantidades que prefería no conocer.

—Como le haga una mancha, me cambio de identidad y huyo del país.

Carlos me miró por el retrovisor.

—Relájate.

—Fácil decirlo desde el asiento del propietario.

—Es un coche.

Me quedé mirándolo por el espejo.

—Eso ha sido la cosa más falsa que has dicho hoy.

Marc soltó una carcajada.

—¡Exacto!

Carlos negó con la cabeza. Salimos del garaje.

A medida que nos acercábamos a Benialmar empezó a aumentar el tráfico.

Coches. Motos. Furgonetas. Gente caminando en grupos por los arcenes próximos al recinto.

Y entonces lo vi. A lo lejos. Luces. Estructuras.

Una enorme señal iluminada sobre la entrada.

MEDITERRÀNIA ROCK FEST · BENIALMAR. Debajo, más pequeño: ROCKFEST. Sentí algo en el estómago.

Una pequeña sacudida. Ilusión. Pura. Me acerqué a la ventanilla.

—Joder.

Adrián se giró.

—Ahora sí.

La música del recinto todavía quedaba lejos, pero los graves ya se intuían incluso dentro del coche.

Gente con camisetas negras caminaba por todas partes.

Había puestos iluminados. Banderas. Pulseras.

Ese ambiente extraño que existe antes de entrar a un festival, cuando todavía no estás dentro pero ya perteneces temporalmente a algo.

Sonreí. Había llegado. Con horas de retraso.

Sin coche. Sin hotel. Y acompañada por cuatro hombres que aquella misma tarde no sabía que existían.

Pero había llegado. Carlos me miró por el retrovisor.

—¿Ha valido la pena salir de casa?

Nuestros ojos se encontraron. Pensé en el arcén. En la grúa. En la cerveza. En Raven. En la casa. En aquella sensación de estar haciendo algo por primera vez únicamente porque quería hacerlo.

—Todavía no lo sé.

Sonreí.

—Pregúntame mañana.

Marc se giró desde delante.

—Mala respuesta.

—¿Por qué?

—Mañana tendrá resaca.

—No voy a tener resaca.

Los cuatro se rieron. Fruncí el ceño.

—¿Qué?

Gabriel fue el único que respondió.

—Nada.

—Que os den por culo.

Y mientras Carlos entraba en el parking del RockFest, decidí que quizá aquel fin de semana no necesitaba parecerse en absolutamente nada al que había planeado. Solo tenía que ser mío.

El parking reservado resultó estar lo bastante cerca de la entrada como para confirmar dos cosas. La primera: Carlos tenía dinero. La segunda: empezaba a comprender por qué le gustaba tenerlo.

—Vale —dije al bajar—. Esto sí.

Carlos cerró el coche.

—¿Esto sí qué?

—Esto sí me impresiona.

Sonrió inmediatamente.

—Sabía que acabarías cayendo.

—No te emociones. Me impresiona no tener que andar cuarenta minutos.

—Por algún sitio se empieza.

—Noventa euros de camiseta, cero puntos. Parking cerca, diez.

—Tus prioridades son extrañas.

—Mis piernas miden medio metro. Mis prioridades son impecables.

Marc apareció por detrás.

—Eso explica muchas cosas.

Me giré.

—¿Qué explica?

—Tu hostilidad. Estás más cerca del infierno.

Lo miré fijamente. Adrián soltó una carcajada.

—¿Me acabas de llamar enana?

Marc empezó a caminar hacia atrás.

—Técnicamente he hecho una observación geográfica.

—Ven aquí.

—No.

—Marc.

—Jenn.

Fui hacia él. Salió corriendo.

—¡HIJO DE PUTA!

—¡NO CORRES NADA!

—¡PORQUE TENGO LAS PIERNAS CORTAS, GILIPOLLAS!

Eso consiguió que se doblara de risa. Y a mí también. Me detuve.

—Te odio.

—Eso es mentira.

—Llevo dos horas conociéndote. Dame tiempo.

—Eso sí me lo creo.

Carlos pasó a mi lado.

—¿Habéis terminado?

—Él ha empezado.

—Tiene treinta y dos años, Jenn. No puedes esperar mucho.

—¡Os oigo!

Gabriel cerró el coche.

—Ese es el problema.