Capítulo 3 - Error de cálculo
Error de cálculo
Cuando Carlos dijo que su familia tenía una casa cerca de Benialmar, yo imaginé una casa.
Fue culpa mía. Claramente. Debería haber pedido especificaciones técnicas.
Metros cuadrados. Número de plantas. Código postal.
Si disponía o no de una puta entrada digna de un hotel de cinco estrellas.
Porque aquello no era una casa. Aquello era el lugar al que una revista de arquitectura enviaba a un fotógrafo para hacer un reportaje titulado Vivir el Mediterráneo mientras el resto de los mortales contemplábamos las fotos desde nuestro salón de cuarenta metros pensando qué habíamos hecho mal con nuestra vida.
Gabriel giró por un camino privado flanqueado por árboles y redujo la velocidad delante de una puerta metálica .
—No.
Carlos, sentado a mi lado, me miró.
—¿Qué?
—No.
—¿No qué?
—Esto no es una casa.
Marc se inclinó entre los asientos desde atrás.
—Todavía no la has visto.
—Hay una puerta automática, Marc.
—Muchísimas casas tienen puerta automática.
—La mía tiene un telefonillo que funciona cuando Mercurio está retrógrado.
Carlos sonrió. Gabriel pulsó algo y la puerta empezó a abrirse.
—¿Ves?
Señalé hacia delante.
—Eso. Eso es innecesariamente elegante.
—Es una puerta.
—Es una declaración de intenciones.
Adrián se giró desde el asiento del copiloto.
—Espera.
—¿Qué?
Sonreía.
—Espera.
Eso nunca significaba nada bueno. La furgoneta avanzó.
Primero apareció el jardín. Después una construcción blanca al fondo.
Y luego toda la casa. Me quedé callada. No deliberadamente.
Simplemente mi cerebro necesitó unos segundos para reorganizar sus expectativas.
Era grande. Mucho. Dos plantas, líneas rectas, piedra clara, ventanales enormes y varias terrazas abiertas hacia un jardín que parecía continuar hasta una zona de árboles al fondo.
No tenía ese aspecto de mansión ridícula con columnas y leones de piedra que gritaba mi dinero necesita atención. Era peor. Tenía buen gusto.
—Ah —dije.
Marc empezó a reírse. Cerré los ojos.
—Ni una palabra.
—No he dicho nada.
—Pero has reconocido el «ah».
—Es nuestro idioma ya.
Carlos miró por la ventanilla, como si estuviera viendo algo completamente normal.
—No es para tanto.
Giré la cabeza hacia él.
—Hay una piscina que parece más grande que mi piso.
—Eso es difícil de calcular desde aquí.
—Te odio un poco.
—Hace un rato te gustaba más.
El comentario fue suficientemente bajo para que solo lo oyera yo. O eso esperaba. Lo miré. Carlos sonreía.
—No te emociones.
—No me emociono.
—Bien.
—Bien.
Marc apareció otra vez entre ambos asientos.
—¿Qué hacéis?
Le puse una mano en la cara y lo empujé hacia atrás.
—Vete.
—¡Eh!
—Tu sitio está allí.
—No eres la dueña de la furgoneta.
—Tú tampoco.
—Gabriel —llamó Marc—, Jenn me está oprimiendo.
—Lo superarás.
—Nadie me respeta.
—Eso se gana —dijo Carlos.
—Que te jodan.
La furgoneta se detuvo junto a la casa. Bajé.
Y fue todavía peor. Porque desde fuera podía apreciarse toda la extensión.
La piscina ocupaba una parte amplia del jardín trasero y estaba rodeada por una terraza de madera y piedra.
Había tumbonas, una zona cubierta con mesa, otra con sofás y una barbacoa que probablemente costaba más que mi Clio.
Mi Clio sano. No el actual, que en esos momentos tenía un valor sentimental muy superior al económico.
Raven pesaba contra mis piernas mientras miraba alrededor.
—Carlos.
—¿Sí?
—¿Tus padres trafican con órganos?
Adrián se echó a reír. Gabriel empezó a descargar bolsas sin reaccionar siquiera. Carlos se quedó mirándome.
—No.
—¿Seguro?
—Bastante.
—Porque esto no sale de vender pulseras en mercadillos.
—Mi padre tiene varias empresas.
—Ah.
Marc cerró de golpe la puerta de la furgoneta.
—Y ahí está el resumen humilde.
Carlos lo ignoró.
—También hay inversiones y propiedades.
—Claro.
Asentí.
—Normal.
Carlos frunció ligeramente el ceño.
—¿Te incomoda?
La pregunta no llevaba broma. Lo pensé.
—No.
Miré otra vez la casa.
—Me sorprende.
—No es lo mismo.
—No.
Y realmente no lo era. Que Carlos tuviera dinero me daba bastante igual.
Bueno. Mentira. Me generaba curiosidad. Era difícil que no lo hiciera cuando alguien decía «casa familiar» y resultaba que podría haberse celebrado una boda allí sin mover los muebles.
Pero no me molestaba. Tampoco me impresionaba en el sentido que probablemente esperaba la gente cuando enseñaba cosas así. Era bonita. Muchísimo. Y punto.
—Aunque ahora entiendo la camiseta —añadí.
Carlos bajó la mirada hacia sí mismo.
—¿Qué le pasa?
—Que parece sencilla pero seguro que cuesta ciento veinte euros.
Hubo una pausa.
—Noventa.
Abrí mucho los ojos.
—¡¿Noventa euros?!
Marc soltó una carcajada.
—Te dije que le iba a caer fatal.
—¡Es una camiseta lisa!
—No es lisa.
Carlos señaló discretamente una pequeña costura lateral. Me acerqué. La miré.
—Retiro lo dicho.
—Gracias.
—Noventa euros están completamente justificados por esta rayita.
Adrián se apoyó contra la furgoneta, riéndose. Carlos me sostuvo la mirada unos segundos. Después sonrió.
—Sabía que iba a ser difícil impresionarte.
—¿Estabas intentando impresionarme?
—No.
—Acabas de decir que...
—He dicho que sabía que sería difícil.
—Eso significa que lo has pensado.
—Puede.
—Stalker y presumido.
—Arquitecto.
—Eso también.
Cogió mi mochila antes de que yo pudiera hacerlo. Esta vez no protesté. Principalmente porque llevaba Raven y empezaba a faltarme alguna extremidad adicional.
—Por aquí.
Entramos. Y otra vez: Error. La casa era todavía más bonita por dentro.
El salón ocupaba prácticamente toda la planta baja y se abría al jardín mediante unos ventanales enormes que podían deslizarse hasta dejar el espacio casi completamente conectado con la terraza.
Madera clara, paredes blancas, piedra, muebles sencillos.
Nada dorado. Nada ostentoso. Nada que pareciese elegido por alguien cuyo único criterio fuese demostrar cuánto había pagado.
Me fastidiaba ligeramente que me gustase.
—Joder.
Carlos dejó mi mochila en el suelo.
—Eso ha sonado bien.
—No saques conclusiones.
—Nunca.
Marc entró cargado con dos bolsas.
—Miente.
—¿Tú tienes que comentar absolutamente todo? —pregunté.
—Sí.
—Debe de ser agotador ser tú.
—No sabes cuánto.
Gabriel pasó a nuestro lado.
—Para los demás más.
Marc se llevó una mano al pecho.
—Qué ambiente más hostil.
Adrián apareció detrás con una nevera portátil.
—¿Repartimos habitaciones?
—Yo quiero la misma —dijo Marc inmediatamente.
Carlos señaló hacia las escaleras.
—Pues sube antes de que alguien te la quite.
Marc dejó las bolsas donde estaba.
—¡Mierda!
Y salió disparado. Lo seguí con la mirada.
—¿Tiene cinco años?
—Treinta y dos —dijo Gabriel.
—No lo parece.
—Lo sabemos.
Un golpe sonó arriba. Después:
—¡ESTÁ LIbrE!
Me eché a reír.
—¿Qué tiene esa habitación?
Adrián contestó:
—Terraza.
—Todas tienen terraza —dijo Carlos.
—Sí, pero esa da hacia la piscina.
—Tres dan hacia la piscina.
—Pero esa le gusta.
—Ah.
Asentí solemnemente.
—Argumentos sólidos.
Carlos cogió mi mochila otra vez.
—Ven.
Lo seguí escalera arriba. No porque llevara mi mochila. Eso no tuvo absolutamente ninguna influencia. Seguro.
Había siete habitaciones. No exageraba. Siete.
Me enseñó rápidamente las que estaban libres y terminé escogiendo una en la segunda planta, al final de un pequeño pasillo.
No era la más grande. Tampoco la que tenía mejores vistas.
Pero tenía una terraza pequeña que daba hacia una zona de árboles y desde allí apenas se veía una esquina de la piscina. Me gustó inmediatamente.
—Esta.
Carlos dejó la mochila sobre una butaca.
—¿Seguro?
—Sí.
—La de al lado es más grande.
—Esta me gusta.
—Tiene peor baño.
Me giré hacia la puerta que acabábamos de atravesar. El baño tenía ducha grande, lavabo doble y una ventana.
—Carlos.
—¿Qué?
—Mi baño de casa cabe dentro de esa ducha.
Sonrió.
—Vale.
—Voy a necesitar que calibres tus conceptos.
—Lo intentaré.
Dejé a Raven sobre la cama con cuidado. Carlos la miró.
—No la sueltas.
—No.
—Dos semanas y ya estás así.
—No quiero hablar de ello.
—Entendido.
Hubo un momento de silencio. Por primera vez desde que había parado la furgoneta, estábamos solos.
Y se notó. No porque pasase nada. Precisamente porque no pasó.
El ruido de los demás llegaba amortiguado desde abajo.
Marc gritó algo que no entendí. Adrián respondió.
Carlos seguía junto a la puerta. Yo junto a la cama.
Nos miramos. Y volvió a aparecer aquello.
La sensación pequeña. Física. Sencilla. No necesitaba nombre. Me apoyé ligeramente contra el colchón.
—Gracias.
—¿Por?
—Por esto.
Hice un gesto alrededor.
—Y por parar.
—Conducía Gabriel.
—Entonces dile a Gabriel que gracias por parar y a ti gracias por bajar.
—Eso puedo aceptarlo.
—Y por no insistir cuando dudaba.
Su expresión cambió apenas.
—No habría tenido sentido insistir.
—Hay gente para la que sí.
—Ya.
No preguntó más. Otra cosa que me gustó. Demasiadas empezaban a acumularse para llevar hora y media conociéndolo. Había que corregir eso.
—Aunque sigues siendo un puto presumido.
Ahí estaba. Equilibrio restaurado. Carlos sonrió.
—Me estaba preocupando.
—No te acostumbres a recibir agradecimientos.
—Intentaré sobrevivir.
Se apoyó contra el marco.
—¿Quieres ducharte antes de ir al festival?
—Sí.
La respuesta salió con tanta intensidad que se rio.
—Muchísimo.
—Llevo horas pegajosa. Necesito agua y posiblemente una espátula.
—Hay toallas en el armario.
—Perfecto.
—¿Tienes todo?
—Creo.
—Si necesitas algo...
—¿También tienes una tienda dentro de la casa?
—No.
Pausa.
—Pero hay un supermercado a cinco minutos.
—Gracias a Dios.
Carlos sonrió.
—Otra vez.
—Es una expresión.
—Ya.
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Tu cara.
—Mi puta cara otra vez.
Me reí.
—Fuera. Necesito una ducha.
—¿Me estás echando de mi propia casa?
—De mi habitación.
Levantó una ceja.
—¿Tu habitación?
—Me la has dado.
—Temporalmente.