La ley del rock Capítulo 2 - Refugiada mecánica #4
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Capítulo 2 - Refugiada mecánica #4

—Y que tienes veintisiete.

—¿Has llegado hasta mi edad?

—Estaba en la bio.

—No tengo mi edad en la bio.

Silencio. Marc hizo un ruido ahogado. Yo miré a Carlos. Carlos me miró.

—Vale.

—¿Vale qué?

—He bajado un poco.

Me eché a reír.

—¡Eres un puto stalker!

—No soy un stalker.

—Has investigado a una tía que acababas de encontrar tirada en una carretera.

—Investigar es una palabra muy grande.

—¿Hasta dónde has bajado?

—Jenn.

—¿Hasta dónde?

—Poco.

—¡Eso no es una medida!

—Tres fotos.

—Mentira.

—Cinco.

Marc se estaba muriendo detrás.

—Me encanta esto.

—Nadie te ha preguntado —dijo Carlos.

Me crucé de brazos.

—Cinco fotos.

—Quizá seis.

—Carlos.

—Había tiempo.

Solté una carcajada.

—No tienes vergüenza.

—Muy poca.

—¿Y si hubiese tenido pareja?

Me miró directamente.

—No la tienes.

Ah. Otra vez. Ese pequeño cambio. No fue lo que dijo. Fue cómo.

—No —respondí.

—Pues ya está.

—¿Y eso también lo has averiguado en Instagram?

—No.

—¿Entonces?

Se encogió ligeramente de hombros.

—No tienes pinta.

—¿Qué pinta tiene una persona soltera?

—La tuya.

—Respuesta de mierda.

—Pero acertada.

—Por casualidad.

—Puede.

Lo miré. Él sonrió. Y tuve que reconocer algo.

Me gustaba jugar con él. Mucho. No porque estuviera buscando nada.

Precisamente porque no lo estaba. No había futuro que calcular.

No había que pensar si era compatible conmigo.

No tenía que preguntarme qué quería de la vida, cómo gestionaba sus emociones o si dejaba los calcetines tirados en el suelo.

Podía limitarme a mirar aquella sonrisa y pensar: Sí.

Ese hombre estaba bueno. Me atraía. Y punto.

Qué maravilla cuando las cosas podían ser tan sencillas.

—¿Y tú? —pregunté.

—¿Yo qué?

—¿Tienes pareja?

Marc hizo un ruido desde atrás. Carlos cerró los ojos.

—Marc.

—¡No he dicho nada!

—Pero vas a hacerlo.

—Solo respiraba.

—Respiras con gilipollez.

Gabriel soltó una risa desde el asiento del conductor. Me giré ligeramente.

—¿Qué pasa?

—Nada —dijo Carlos.

—Otra vez nada.

—Estoy soltero.

—Bien.

La palabra salió antes de que pudiera plantearme si quería decirla. Carlos levantó una ceja. Yo levanté la mía.

—¿Qué?

—Nada.

—No pongas esa cara.

—Es mi cara.

—Tu cara está diciendo cosas.

—¿Qué cosas?

Me incliné un poco hacia él.

—Que te ha gustado que diga «bien».

—Me ha gustado.

Ah. No retrocedió. Yo tampoco. Durante un par de segundos la furgoneta pareció quedarse curiosamente pequeña. Entonces:

—¿Queréis que pongamos música romántica? —preguntó Marc desde atrás.

Me giré.

—¿Quieres morir antes de llegar al festival?

—Solo intento crear ambiente.

Carlos le lanzó una botella de agua. Marc la atrapó.

—Violencia. Delante de una invitada.

—No soy una invitada —dije.

—¿Qué eres?

Pensé.

—Una refugiada mecánica.

Adrián se rio.

—Me gusta.

Gabriel encendió la radio. Una guitarra llenó la furgoneta. Reconocí la canción en dos segundos.

—Sube.

Gabriel subió el volumen. Me acomodé en el asiento. Carlos seguía a mi lado. Marc empezó a cantar desde atrás. Mal. Muy mal.

—¡Hostia puta! —grité por encima de la música—. ¿Tú haces eso todo el viaje?

—¡Tengo una voz preciosa!

—¡Tienes una orden de alejamiento de la afinación!

Adrián empezó a cantar también. Muchísimo mejor.

—¡Eso es trampa! —protestó Marc—. ¡Él es cantante!

Me giré.

—¿También eres cantante?

Adrián levantó una mano desde delante.

—Culpable.

—¿Luthier y cantante?

—Sí.

—Qué asco de gente competente.

—Marc toca dos instrumentos —dijo Gabriel.

Miré hacia atrás.

—¿Tú?

Marc se llevó una mano al pecho.

—¿Tan sorprendente es?

—Muchísimo.

—Guitarra y bajo.

—¿Y los dos los tocas mejor de lo que cantas?

—Todo lo hago mejor de lo que canto.

—Gracias a Dios.

—En el que no crees —dijo Carlos a mi lado.

Giré la cabeza de golpe.

—¿Eso también estaba en Instagram?

Sonrió.

—Puede.

—¿Cuántas putas fotos has visto?

Se rio. Y yo también. Fuera, la última luz del día desaparecía poco a poco.

Dentro olía a cerveza, patatas, calor y ese ambientador de coche que alguien había elegido con muy poco criterio.

La música estaba demasiado alta. Marc cantaba fatal.

Adrián intentaba corregirlo. Gabriel conducía como si llevara décadas transportando idiotas.

Y Carlos tenía el brazo apoyado junto al mío.

De vez en cuando, con alguna curva, nos rozábamos.

Nada. Una tontería. Pero empecé a notar cada una.

Miré por la ventanilla para que no se me notara la sonrisa.

Aquella mañana iba a ir sola a un festival.

Ahora estaba metida en una furgoneta con cuatro desconocidos camino de una casa que no sabía ni cómo era.

Mi coche estaba en una grúa. No tenía alojamiento propio.

Había permitido que un hombre al que conocía desde hacía poco más de una hora descubriese mi Instagram y, en vez de indignarme como una persona sensata, estaba pensando que tenía unos ojos bastante bonitos.

Mi capacidad para tomar decisiones seguía siendo espectacular.

Y, por primera vez en mucho tiempo, me importaba una mierda.