Capítulo 2 - Refugiada mecánica #3
—Puedo dejaros intimidad.
—Marc.
—¿Sí?
—Patatas.
Extendí la mano. Me ofreció la bolsa. Cogí unas cuantas.
—Gracias.
—De nada.
Miré otra vez el coche.
—Tengo que sacar las cosas.
El conductor me confirmó que podía hacerlo. Abrí el maletero. Mochila. Una bolsa pequeña con comida. Raven. Y varias cosas que, aquella mañana, habían parecido completamente normales y ahora tenían que entrar en una furgoneta con cuatro hombres. Saqué la mochila. Carlos extendió la mano.
—Dámela.
—Puedo.
—No he dicho que no puedas.
—Entonces no hace falta.
—Tampoco he dicho que haga falta.
Nos quedamos mirándonos con la mochila entre ambos.
—¿Esto es una lucha de poder? —preguntó Marc detrás.
—No —dijimos Carlos y yo.
—Parece una lucha de poder.
Agarré la mochila y se la estampé contra el pecho.
—Toma.
Carlos sonrió.
—Gracias.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
Lo vi alejarse hacia la furgoneta con ella. Marc se puso a mi lado.
—Le has hecho feliz.
—¿Por llevar una mochila?
—Es un hombre sencillo.
Miré a Carlos. Ropa cara. Casa de siete habitaciones. Arquitecto.
—No parece.
Marc siguió mi mirada.
—No. La verdad es que no.
Había algo divertido en su tono. No malicioso. Como si supiera perfectamente qué impresión daba su amigo y aquello le hiciese gracia. Saqué la bolsa. Marc la cogió sin preguntar.
—Eh.
—A mí no me hagas la charla de que puedes sola. Ya se la has dado a él y me aburro rápido.
—Puedo sola.
—Lo sé.
Se alejó con la bolsa. Me quedé quieta un segundo. Qué gente más rara.
Adrián apareció a mi lado.
—¿Y la guitarra?
—Esa la llevo yo.
—Eso me imaginaba.
Cogí a Raven. Cerré el maletero. Y entonces vi cómo el conductor aseguraba definitivamente el Clio. Mi plan original acababa de quedar atado encima de una plataforma. Literalmente.
—Bueno —murmuré.
Adrián me oyó.
—¿Te da pena?
—Un poco.
—Lo arreglarán.
—Espero.
Miré hacia la carretera. El cielo estaba ya entre naranja y violeta. La temperatura había bajado ligeramente. En algún lugar a menos de cuarenta kilómetros había un festival al que se suponía que iba a llegar hacía bastante rato.
—Menuda mierda de primer día.
Adrián hizo una mueca.
—Todavía no has llegado.
—Gracias. Eso ayuda muchísimo.
—Quería decir que todavía puede mejorar.
Lo miré. Sonreía.
—Eres peligrosamente optimista.
—Me lo dicen mucho.
El conductor me explicó dónde dejarían el coche y me dio los datos del taller. Quedamos en que llamaría a primera hora. Después subió a la grúa. Y se fue. Me quedé mirando cómo mi coche desaparecía carretera abajo.
—Adiós, hotel.
—Tenemos uno mejor —dijo Carlos detrás de mí.
Me giré. Estaba apoyado contra la puerta de la furgoneta.
—Eso está por ver.
—Tiene ducha.
—Ya gana puntos.
—Camas.
—Ambicioso.
—Aire acondicionado.
Me llevé una mano al pecho.
—No juegues conmigo.
Sonrió.
—Piscina.
—Eso ya lo habías dicho.
—Quería recordártelo.
—¿Por qué?
—Porque estás a punto de subir a una furgoneta con cuatro desconocidos y necesito argumentos.
Me reí.
—Al menos eres consciente de cómo suena.
—Muchísimo.
—Eso tampoco sé si tranquiliza.
Gabriel abrió la puerta del conductor.
—¿Nos vamos?
Miré la furgoneta. Y ahí apareció la última resistencia.
Una cosa era decir si no encuentro hotel, voy.
Otra subir. Una vez dentro, dependía de ellos para llegar.
No tenía coche. No conocía la casa. No conocía Benialmar.
Podía pedir un taxi, claro. Podía ir al taller con la grúa y solucionar mi vida desde allí.
Podía hacer muchas cosas. Carlos debió notar que me había quedado quieta.
—Jenn.
Lo miré.
—Si no quieres venir, no pasa nada.
No había decepción en su voz. Ni presión.
—Te pedimos un taxi. O esperamos contigo hasta que llegue.
Aquello decidió por mí más que la piscina. Porque podía haber utilizado todas las razones por las que ir con ellos era más fácil. No lo hizo. Me dejó una salida. Miré a Adrián. A Gabriel. A Marc, que ya estaba dentro comiendo mis patatas.
—¡Eh!
Marc miró la bolsa. Después a mí.
—Pensaba que eran comunitarias.
—¡Son mías!
—Ahora lo sé.
Subí a la furgoneta.
—Dámelas.
Marc levantó la bolsa fuera de mi alcance.
—Pide por favor.
—Te voy a arrancar el brazo.
—Eso no es por favor.
Intenté cogerla. La levantó más. Medía aproximadamente medio kilómetro más que yo, así que aquello era humillante.
—Marc.
—Jenn.
—Tengo hambre.
Me devolvió inmediatamente la bolsa. Sin broma.
—Toma.
La cogí.
—Gracias.
—He comido pocas.
Miré dentro.
—Mentiroso.
—Depende de tu definición de pocas.
Carlos subió detrás de mí.
—¿Ya le estás robando comida?
—Compartiendo.
—No te la ha ofrecido.
—Los detalles destruyen las buenas historias.
Busqué dónde sentarme. La furgoneta tenía dos filas detrás de los asientos delanteros.
Había mochilas, bolsas, una nevera portátil y suficientes cosas para confirmar que cuatro hombres podían llenar un vehículo con exactamente la misma eficiencia que yo.
Gabriel conducía. Adrián se sentó delante.
Carlos ocupó uno de los asientos de la primera fila trasera.
Marc se dejó caer al fondo. Yo dudé. Carlos apartó una mochila del asiento junto a él.
—Aquí.
Ah. Bueno. Me senté. Raven quedó entre mis piernas. Carlos cerró la puerta. Gabriel arrancó. Y así, con una facilidad completamente absurda, mi día cambió de dirección. Literalmente.
Tardamos menos de cinco minutos en descubrir que todos éramos de Valdara pero vivíamos en mundos sorprendentemente separados.
—¿En qué zona? —preguntó Adrián desde delante.
Se lo dije.
—Hostia, pues yo paso bastante por ahí.
—Yo llevo viviendo en el mismo piso solo tres meses.
—Ah.
—Antes vivía en otra zona.
No expliqué con quién. No porque fuese secreto. Simplemente no me apetecía. Carlos, a mi lado, no preguntó.
—¿Y escribes desde casa? —preguntó en cambio.
Lo miré.
—¿Cómo sabes que escribo?
Se hizo un silencio.
—No lo sé.
—¿Entonces?
—No sé por qué he dicho eso.
Marc se inclinó desde atrás.
—Porque has mirado su Instagram mientras esperaba la grúa.
Carlos giró la cabeza muy despacio.
—Te voy a matar.
Abrí mucho los ojos.
—¿Qué?
Marc estaba encantado.
—Su nombre estaba en la transferencia de la cerveza.
—¿Qué transferencia?
—No había transferencia —dijo Carlos.
—Entonces igual he visto mal.
—Marc.
—¿Sí?
—Cállate.
Me giré hacia Carlos.
—¿Has buscado mi Instagram?
—No.
—Ha buscado tu Instagram —dijo Marc.
—No lo he buscado.
—Entonces ¿cómo sabes que escribe?
Silencio. Carlos miró hacia delante. Yo esperé.
—Tu funda.
Miré a Raven.
—¿Mi funda dice que soy escritora?
—No.
—Carlos —dijo Adrián, riéndose—, abandona.
Carlos soltó aire por la nariz.
—He visto tu perfil.
Me tapé la boca.
—Hostia.
—Ha sido un segundo.
—¿Cuándo?
—Mientras esperabas al de la grúa.
—¿Cómo me has encontrado?
—Nombre, Valdara.
—¡Eso es buscarme!
—Técnicamente.
Marc empezó a aplaudir desde atrás.
—Arquitecto, empresario, detective privado.
Carlos se giró.
—No soy empresario.
—Todavía.
—¿Y qué has visto? —pregunté.
Volvió hacia mí.
—Poco.
—¿Qué es poco?
—Que escribes.
—Eso ya lo sabemos.
—Que te gusta Guns N' Roses.
Miré mi camiseta.
—Sherlock.
Sonrió.