La ley del rock Capítulo 2 - Refugiada mecánica #2
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Capítulo 2 - Refugiada mecánica #2

Marc asomó la cabeza.

—Por ese precio espero que te masturben al llegar.

Hubo un segundo de silencio. Adrián se tapó la cara. Gabriel miró hacia otro lado. Carlos cerró los ojos. Yo miré a Marc. Muy despacio.

—¿Qué clase de hoteles frecuentas tú?

—Ninguno tan caro, aparentemente.

Me eché a reír. No pude evitarlo.

—Eres gilipollas.

—Pero tengo razón.

—No la tienes.

—Por ese precio, mínimo desayuno.

—Eso sí.

Carlos me devolvió el móvil.

—Ven con nosotros.

La risa se me cortó.

—¿Qué?

Él lo dijo con absoluta naturalidad.

—Tenemos sitio.

Miré a los otros tres. Adrián parecía considerar aquello perfectamente normal. Gabriel no mostró ninguna sorpresa. Marc... Marc sonreía.

—No.

Carlos frunció el ceño.

—¿No?

—No voy a irme a dormir a una casa con cuatro tíos que acabo de conocer en una carretera.

Marc levantó un dedo.

—Argumento bastante sólido.

—Gracias.

—Aunque técnicamente ya conoces nuestros nombres.

—Eso cambia todo.

—Y profesiones.

—Cierto. Prácticamente sois familia.

Adrián soltó una carcajada. Carlos ignoró a ambos.

—Es la casa de mi familia. Hay habitaciones de sobra.

—Carlos...

—No tienes coche.

—Ya.

—No tienes hotel.

—Gracias por el resumen.

—Y nosotros vamos exactamente al mismo sitio que tú.

—También sois cuatro desconocidos.

Gabriel habló desde detrás.

—Eso no va a cambiar en los próximos diez minutos.

Lo miré.

—Gracias otra vez, Gabriel.

—De nada.

Carlos dio un paso hacia mí. No demasiado. Lo justo.

—No tienes que decidir ahora. Vamos a esperar a que carguen el coche. Si encuentras algo que te convenza, perfecto. Si no, la oferta está ahí.

Lo miré. Era razonable. Muy razonable. Demasiado razonable para un hombre al que había conocido hacía aproximadamente una hora y que, además, tenía la mala educación de estar muy bueno. Eso último no debía influir. Probablemente influía. Un poco.

—¿Casa dónde?

—A las afueras de Benialmar.

—¿Lejos del festival?

—Quince minutos en coche.

—¿Y de verdad tienes una habitación libre?

Marc soltó una carcajada. Carlos ni siquiera lo miró.

—Sí.

Entrecerré los ojos.

—¿Qué?

—Nada.

Me giré hacia Marc.

—Tú. ¿De qué te ríes?

—De «una habitación».

—¿Qué pasa con la habitación?

—Nada.

—Marc —dijo Carlos.

—Es que «una»...

Gabriel le dio un golpe en el brazo.

—Cállate.

Marc se calló. Milagro.

Miré a Carlos.

—¿Cuántas habitaciones tiene la casa?

Pausa.

—Siete.

Me quedé mirándolo.

—¿Siete?

—Sí.

—¿Siete habitaciones?

—Sí, Jenn.

Miré su ropa otra vez. Aquella que parecía cara sin esforzarse en parecerlo. Arquitecto. Casa familiar. Siete habitaciones.

—Ah.

Marc se acercó a Adrián.

—Ya ha hecho «ah».

—Cállate —dijimos Carlos y yo a la vez.

Silencio. Nos miramos. Marc hizo un ruido que sonó peligrosamente parecido a alguien intentando contener una carcajada. Yo señalé hacia él sin apartar los ojos de Carlos.

—Como vaya, ¿puedo pegarle?

—Hay piscina —respondió Carlos—. Puedes ahogarlo.

Marc abrió los brazos.

—¿Perdona?

Sonreí.

—Vale.

Carlos levantó una ceja.

—¿Vale qué?

Miré mi Clio mientras el conductor empezaba a preparar la plataforma.

Después mi móvil. Después a los cuatro. Cuatro hombres.

Desconocidos. De Valdara. Camino del mismo festival.

Una casa con siete habitaciones. Y yo con una cerveza en la mano, una guitarra en el maletero y absolutamente ningún plan B.

Era una idea terrible. Pero, siendo justos, mi idea original consistía en dormir dentro de un Renault Clio.

Mi criterio no estaba precisamente atravesando su mejor momento.

—Vale —repetí—. Si no encuentro otra cosa mientras cargan el coche, voy con vosotros.

Marc levantó su cerveza.

—¡Bienvenida a la secta!

—Habías dicho que no erais una secta —le dije a Adrián.

—Yo dije que no. Él no ha firmado nada.

Carlos sonrió. Y yo volví a mirar el móvil. Todavía podía encontrar un hotel. Todavía podía mantener el plan más o menos bajo control. Todavía podía pasar el fin de semana sola. Sí. Claro. Porque hasta ese momento todo estaba saliendo exactamente según lo previsto.

PERO…

No encontré hotel. Ni apartamento. Ni hostal.

Ni una pensión sospechosa con fotos tomadas aparentemente en 2007.

Nada. Bueno, no. Mentira. Encontré una habitación a cuarenta y cinco kilómetros de Benialmar que costaba casi lo mismo que mi alquiler.

Durante unos segundos la contemplé. Solo por curiosidad.

Tenía una cama de matrimonio, un baño decorado enteramente en tonos marrones y una televisión pequeña colgada en una esquina. Ni siquiera incluía desayuno.

—Váyanse ustedes a la mierda —murmuré.

—¿Quiénes? —preguntó Adrián.

—La industria hotelera.

Estaba sentado en el suelo, apoyado contra una rueda de la furgoneta.

Marc había desaparecido dentro. Gabriel hablaba con el conductor de la grúa.

Y Carlos estaba a mi lado. No pegado. No demasiado cerca.

Pero a mi lado. Llevaba allí varios minutos sin decirme nada mientras yo buscaba alojamiento.

Lo cual empezaba a parecerme sospechosamente considerado.

—¿Nada? —preguntó.

Bloqueé el móvil.

—Hay una habitación a cuarenta y cinco kilómetros.

—Eso no es Benialmar.

—Geográficamente, excelente observación.

Sonrió.

—¿Cuánto?

—No importa.

—Entonces era caro.

—Era un atraco con cuarto de baño.

—Ven a casa.

Lo miré.

—Qué facilidad tienes para invitar desconocidas a dormir.

—No suelo recogerlas en carreteras.

—Eso diría alguien que recoge desconocidas en carreteras.

—Tienes un punto.

—Lo sé.

Se cruzó de brazos.

—¿Qué necesitas para quedarte tranquila?

La pregunta me pilló desprevenida.

—¿Cómo?

—Para venir. ¿Qué necesitas saber?

Lo observé. No parecía molesto por mis dudas. Ni ofendido. Ni especialmente interesado en convencerme. Simplemente esperaba. Me gustó eso.

—Dirección.

—Te la doy.

—Quiero mandársela a una amiga.

—Perfecto.

—Y la matrícula.

Carlos levantó una ceja.

—¿La matrícula?

—Sip.

—Vale.

—Y una foto vuestra.

Eso sí lo descolocó.

—¿Una foto?

—Sí.

Adrián levantó la cabeza desde el suelo.

—¿Una foto de grupo?

—Para que alguien sepa con quién estoy.

—Ah.

Se levantó inmediatamente.

—Perfecto.

Carlos lo miró.

—¿Perfecto?

—Sí. Es inteligente.

—No he dicho que no lo sea.

—Has puesto cara.

Me llevé una mano al pecho.

—¡Gracias!

Carlos cerró los ojos.

—Ahora sois dos con mi cara.

—Tu cara tiene problemas de comunicación —dije.

—Empiezo a asumirlo.

La puerta lateral de la furgoneta se abrió. Marc apareció con una bolsa de patatas.

—¿Qué pasa?

Adrián lo señaló.

—Foto de grupo.

Marc miró alrededor.

—¿Por qué?

—Porque Jenn quiere pruebas para que puedan identificar nuestros cadáveres.

—Nuestros cadáveres no.

—Bueno, los vuestros —aclaré—. El mío sería bastante fácil de encontrar.

Marc se metió una patata en la boca.

—Eso es tranquilizador.

—Quiero mandarle a una amiga con quién estoy, la dirección y la matrícula.

Masticó. Asintió.

—Tiene sentido.

Esperé una broma. No llegó.

—¿Ya está?

—¿Qué?

—¿No vas a decir ninguna gilipollez?

—¿Sobre que una mujer que acaba de conocer a cuatro tíos quiera decirle a alguien dónde va a estar?

Se encogió de hombros.

—No.

Ah. Vale. Punto para el gremlin.

—Pues venga —dijo Adrián—. Foto.

Gabriel regresó justo en ese momento.

—¿Qué foto?

—Para identificarte cuando nos detengan —respondió Marc.

—Vale.

Ni siquiera preguntó. Empecé a reírme.

—¿Pero tú aceptas cualquier cosa?

Gabriel se colocó junto a Adrián.

—Llevo demasiados años con ellos.

—Eso no responde.

—Sí responde.

Saqué el móvil. Los cuatro se colocaron delante de la furgoneta. Bueno. Tres. Marc seguía comiendo patatas a un lado. Carlos lo miró.

—Marc.

—Estoy aquí.

—Ponte.

—Se me ve.

—Pareces un traficante que pasaba por detrás.

—Más realista.

—Ponte bien, coño.

Marc suspiró como si aquello constituyese una violación gravísima de sus derechos humanos y se colocó al lado de Gabriel. Levanté el móvil. Y tuve que bajarlo.

—No.

—¿Qué? —preguntó Carlos.

—Esto parece una rueda de reconocimiento.

Adrián empezó a reírse.

—Sonreíd un poco.

Carlos sonrió. Adrián también. Gabriel hizo un intento razonable. Marc enseñó todos los dientes como un psicópata.

—Marc.

—¿Qué?

—Normal.

Cambió de expresión. Ahora parecía muerto por dentro.

—No sé ser normal bajo presión.

Me estaba riendo tanto que tuve que bajar otra vez el teléfono.

—Eres imbécil.

—Tú has pedido la foto.

—Y me estoy arrepintiendo.

—¿La quieres sexy?

Carlos giró la cabeza.

—Como te quites la camiseta, te dejo aquí.

—No iba a quitarme la camiseta.

Pausa.

—Pero ahora que lo dices...

—Marc —dijimos los tres.

Gabriel no. Gabriel simplemente lo miró. Marc levantó las manos.

—Vale, joder.

Conseguí hacer la foto. Más o menos. Adrián salía riéndose. Carlos miraba a cámara con una media sonrisa. Gabriel parecía una persona normal que había sido secuestrada por tres idiotas. Y Marc... Marc estaba mirando a Carlos.

—¿Por qué coño mirabas a Carlos?

Cogió mi móvil antes de que pudiera apartarlo.

—A ver.

—¡Eh!

Miró la foto.

—Porque estaba hablando.

—¿Qué decía?

—Que me estuviera quieto.

—Y decidiste no hacerlo.

—Exacto.

Me devolvió el móvil.

—Es una foto honesta.

—Es una mierda de foto.

—Pero si nos asesinan, podrán identificarnos.

—Ese era el objetivo —dijo Adrián.

—Entonces misión cumplida.

Guardé la imagen. Fotografié la matrícula. Carlos me dio la dirección. La copié. Después abrí una conversación y envié todo.

Voy a dormir aquí. He conocido a estos cuatro de camino al RockFest porque el coche se ha averiado. Te mando ubicación y matrícula. Si mañana no doy señales, estos son los sospechosos.

Adjunté la foto. Me quedé mirándola. Marc seguía mirando a Carlos. Adrián se reía. Gabriel parecía cansado de existir. Carlos estaba absurdamente bien. Sí. Perfecto. Muy útil para la investigación.

Guardé el móvil.

—Hecho.

Carlos asintió.

—¿Más tranquila?

Pensé la respuesta.

—Sí.

Y era verdad. No completamente. Pero sí lo suficiente.

El conductor terminó de subir el Clio a la plataforma. Verlo ahí arriba me produjo una sensación extraña.

—Pobrecito.

Marc apareció a mi lado.

—Hace media hora lo odiabas.

—Las relaciones son complejas.

—¿Quieres despedirte?

—Vete a la mierda.